Julio Pacheco Rivas

Entre príncipes*

Al parecer, los coscorrones verbales del Presidente terminarán un buen día por instalarse en aquel plano de nuestras expectativas cotidianas correspondiente a la normalidad. Ese día -cuando el callo que nace del ajetreado vaivén entre la fricción y la consecuente ampolla devenga escudo protector de nuestros oídos y nuestra inteligencia- ya no acusaremos dolor y viviremos en paz. Sólo que entonces balaremos, cual esos sempiternos masticadores de paja, espesamente forrados en motitas blancas. Entre tanto, no nos queda otra que seguir coleccionando sobresaltos, perplejidades e indignaciones, a los que la palabra revolución suele servir de tópico anestésico.

¿Cuál revolución? En lo que respecta a los recientes nombramientos a la dirección de diversas instituciones museísticas no puede hablarse sino de promoción. En efecto, afortunadamente, los cambios representan, en su mayoría, el ascenso a la dirección de personas cuya formación profesional ha sido garantizada por esas entidades y específicamente, por sus príncipes, quienes, como puede verse, no sólo dieron el pez sino que enseñaron a pescar. Los anatemas y vituperios presidenciales no logran ocultar el reconocimiento subyacente a una eficiente labor cumplida en la formación de cuadros que hoy asumen el relevo. Pero lo que debería entenderse como algo positivo y deseable, se reivindica como triunfo sobre la maldad, operación comando por
la que se logró desmantelar el último (y olvidado) reducto de las cúpulas podridas; aniquilación de una élite cultural que en realidad, a fin de cuentas, ha sido lo suficientemente sabia como para garantizar su sucesión natural. Si en Venezuela la evolución de las instituciones ocurriera ordinariamente de esta manera, por la cual ellas mismas generan, desde adentro, las posibilidades de transformación, otro sería nuestro cantar, con mucho mayor sentido, entendimiento y razón.

No hay ruptura, hay consolidación de un liderazgo de casi tres décadas, el de Manuel Espinoza, que hoy llega a su cenit y le permite pasearse alrededor de los cadáveres de otros príncipes menos afortunados. Dispone de lo necesario (ha dado pruebas contundentes de su capacidad como promotor y gerente cultural) para diseñar políticas, asignar tareas y supervisar directamente el funcionamiento de las instituciones museísticas. Lo hará con lo que pueda, con lo que quede, en medio de la absoluta desatención del Gobierno hacia la cultura. Pero, eso sí, con su idea personal: he allí el problema. Porque a la supuesta dispersión existente en esfuerzos y recursos se está respondiendo con la concentración del poder en manos de alguien que quiere construir su exclusiva visión de lo que la totalidad debe ser. Esto, hecho sistema, puesto al servicio de una educación nacional con visos proselitistas, generará un menú museológico, un decálogo de prioridades, que aunado a los filtros curatoriales y comerciales remitirán la libertad del artista a las cuatro paredes de su taller. Un paso más en la mediatización existente entre la obra del artista y su público; entre la realización libre de la obra y su difusión. Un paso más en la dirección de reducir la actividad creadora al mero ejercicio de tareas dirigidas.

*Julio Pacheco Rivas. Publicado en el diario El Nacional, Cuerpo C, 7 de febrero de 2001.













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  Universidad Simón Bolívar. Decanato de Estudios Generales