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Luis Alberto Hernández
La intención materializada de
la religiosidad
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"De alguna manera, pintar es como
rezar"
Luis Alberto Hernández
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Esperando al autobús éramos trece figuras de pie,
en silencio, inquietas. El sol daba las diez y media. Día
de todos los santos, día sagrado.
Dentro del autobús, en mi asiento individual, estoy incómodo.
TIPS ARE WELCOME
PLEASE NO SMOKE (sic.)
La letra me tiembla sobre el cuaderno y no me saco de la cabeza
el caprichoso parecido entre el conductor y José Vicente
Rangel. Recuerdos profanos que se filtran y conviven con los solemnes,
como siempre. Me voy quedando solo mientras la bulla de la gente
se va adormeciendo, mientras viajamos desde la USB a San José
de los Altos.
Cabeceo y me duermo. Al despertar veo por la ventana las calles
sucias y solitarias del barrio, dando un preludio triste a la visita.
Un frigorífico pasa de largo. Veo una mujer, única
clienta. No estoy consciente de la ruta que vamos tomando, no sé
cómo llegamos aquí desde la autopista y luego pasamos
a una zona de quintas y calles con monte creciendo alto a ambos
lados. Finalmente Calle Paraguaná, estrecha, garúa,
una cuesta empinada donde el autobús se estaciona y la Qta.
Minou al frente.
Ese nombre: Minou. Siento como si ya había venido aquí
antes. La reja de aluminio, todos caminando en silencio, plantas
en macetas bordeando el caminito de ladrillos que dan a la puerta
de entrada. Todo se me hace tan familiar. Alguien abre, cruzamos
el umbral y entonces olor a incienso penetrante, amistoso. Luis
Alberto Hernández está vestido de negro, nos mira
entrar, canoso y sonriente, con las manos en los bolsillos. Pasamos
y nos sentamos en los sofás y en el suelo, acomodándonos
lo mejor posible en el espacio reducido de la sala. Miro alrededor
para apresurar impresiones. Las paredes y las mesas humildemente
recargadas de objetos personales, cálidos en la atmósfera
de capricho satisfecho que crean.
Dos mecedoras de cuero y madera, la puerta batiente que da a la
cocina, su luz ocre tragada por la penumbra y el suelo de granito
me transportan a la casa de mi abuela. Ya veo venir el almuerzo,
tajadas, una porción de arroz con forma de taza, voy comprendiendo
tanta familiaridad y sin embargo, exposiciones en París y
la UNESCO, un altar de María Lionza, una radiografía
de la Venezuela politeísta, Marilyn Manson queriendo comprar
un cuadro de Luis Alberto en Alemania para un video clip.
"La cuestión religiosa", "el problema de
la muerte, de Dios, de la existencia". Luis Alberto, sentado
en una de las mecedoras, comienza a hablarnos. Nos va explicando
su concepto particular de lo religioso. Lo que dice y veo lo voy
sintiendo velado por un olor a antiguo, de baúl, "el
baúl donde se guardaban muchos objetos religiosos, al que
no nos dejaban entrar". Estamos sentados como nietos. De la
casa se respira pueblo, "Yo vengo de una familia humilde y
una tradición religiosa trastocada por un sentido muy personal
de lo estético, ya de muchos años".
"Tendríamos que diferenciar entre imagen (religiosidad)
y religión". El arte de Luis Alberto está basado
en la religiosidad de todos los pueblos, en descontextualizar el
uso de imágenes y símbolos religiosos. "Me interesa
no la religión, sino la religiosidad". Dice que se siente
como antropólogo que se va encontrando con objetos atados
a ella.
De los venezolanos dice que, aunque lo neguemos, somos politeístas,
y recuerda: "(Cuando pequeños) íbamos de la misa
a la sesión de espiritismo sin ningún conflicto".
La quinta es un museo y un almacén, tantos objetos negros
surten su efecto enajenante, me alejan de lo religioso, me persuaden
de que se trata de arte, de algo intelectual. Mantos, manteles,
crucifijos. Varias mesas convertidas en altares. Una Biblia gigante
con un crucifijo dorado encima, velones rojos a medio derretir.
Un cuello de sacerdote se exhibe en una columna como un animal disecado.
En la mesa con la Biblia hay un cofrecito con una pata fuera de
la mesa, a medio volcar. También, en una pared, la biblioteca
atiborrada, libros en pilas derramándose, todos esos libros
que se ven tan leídos y el candelabro negro, tristemente
torcido, con sus bombillos desorientados y su telaraña artificial
(un toque exagerado).
Yo estoy sentado en el suelo y detrás de mí, junto
a la pared-biblioteca de repisas humildes, un cobertor se derrama
desde un sofá hasta el suelo. Sobre el sofá unos diez
cojines con motivos arabescos, y una pieza de retablos y bambú
cuelga en la pared detrás. Unas cuencas sin los ojos, unas
alas de madera. Mucho oro, mucho rojo, muchas sombras. Mezcla de
motivos. Un crucifijo en todo el centro.
"He visto gente llorando en una exposición, o rezando".
"En el Arturo Michelena un hombre le cayó a golpes a
una obra y la rompió". "Era un fanático,
un religioso ofendido".
Las imágenes religiosas se encuentran con el baúl,
con la pasión por los materiales y por el trabajo creativo,
con el artista antropólogo enternecido con la inocencia y
la profunda sabiduría plasmada en tanto objeto primo hermano
de la superstición, sin tener nada que ver con lo estudiado
o lo racional.
Repica un celular. La interrupción me toma por sorpresa,
como si ese objeto fuese muy ajeno a la atmósfera que crean
la quinta, Luis y nosotros, los nietos.
-"Perdone la interrupción".
-No te preocupes"- dice Luis con voz sonriente.
La conversación va avanzando, vamos haciendo preguntas.
El refrigerador arranca otra vez y la luz del candelabro parpadea
un poco. ¿Cómo es el proceso creativo? "Primero
doro todo con hojilla de oro". La hojilla, el arte colonial,
olor a catedrales. "¿Cómo empiezo? Todo es dolorosísimo.
La música ayuda mucho, particularmente la barroca".
Con suerte llega el trance, el impulso, la inspiración en
avalancha, la profunda concentración. "A veces paso
días enteros y sin saber cómo el tiempo transcurre".
"De alguna manera, pintar es como rezar".
Afuera increíblemente, un gallo canta. No puedo precisar
bien la edad de Luis Alberto, lo veo viejo pero enérgico,
sus manos y su voz se mueven con vitalidad mientras habla sobre
las etapas del crecimiento del artista. Dice que al principio hay
que dejar que las influencias hagan su trabajo, que con los años
se va adquiriendo un estilo propio y que, en su opinión,
la madurez llega a los cincuenta.
Por fin vamos al taller, un anexo de la quinta con poca luz y techo
bajo. Casi habría que doblar el cuello para entrar a ese
closet grande donde se guardan las materias primas y los cuadros
terminados. Viéndolos entendemos algunas cosas. Noto que
todo aquello que se exhibía en la quinta es el punto de partida
para el arte de Luis. Lo más íntimo y personal, lo
diario es menos denso y serio, como la cabeza de muñeca que
tiene un aspecto fúnebre bajo un velo negro y transparente,
y la calavera de un animal pequeño sobre la mesa central
de la sala. Cuando veo los cuadros, veo la intención materializada,
el otro lado de ese arte que es también aquel baúl,
aquellos objetos cotidianos regados por la casa en humilde disposición
de museo para las manos y los ojos, y a veces un vaso con un trago,
todo ese lado más sincero de la sensibilidad que por eso,
por puro, no merece ser expuesto fuera de la quinta, del hogar.
Cuando nos vamos, a eso de las doce y media, poniendo un pie en
el otro lado del umbral, le doy la mano a Luis Alberto y regreso
a mi mundo de calles y autobuses parados en una cuesta. Estoy feliz
de haber venido. Me siento feliz de haber visitado este otro universo
donde un celular se siente desencajado, la Qta. Minou, un hombre
en un día sagrado.
(*) Texto realizado por Carlos
Alberto Pérez Duerto
Estudiante de Ingeniería Electrónica USB
En el contexto del curso DAP-427
Prácticas surrealistas en el arte contemporáneo
Prof.
Gioia Kinzbruner
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