| El Callao
…máscara, ritmo y color
María Elena Núñez
(*)
Las fotografías de esta exposición surgen del trabajo
de campo realizado en los cursos de estudios generales de la Universidad
Simón Bolívar “Folklore Musical de Venezuela” y “El
mestizaje en Venezuela: sus orígenes”, de los profesores
Emilio Mendoza y Otilia Rosas, respectivamente, en El Callao, Estado
Bolívar, durante los carnavales de 2006.
El Decanato de Estudios Generales de la USB se propuso mostrar
al público universitario una selección rigurosa entre
las trescientas noventa imágenes digitales, cifra total
de las imágenes recabadas durante la curaduría a
cargo de la profesora María Elena Núnez, del Dpto.
de Diseño, Arquitectura y Artes Plásticas de la USB.
Para el análisis y selección de las imágenes
fotográficas se utilizó el método hermenéutico.
Para ello la curadora estableció varias categorías
y criterios que se cruzaron modificando la selección hasta
dar con la definitiva. Se tomó en cuenta lo estético
y artístico en los elementos formales de la imagen, como
son color, luz, plano, espacio y punto de vista; aspectos técnicos
o resolución de la imagen digital de origen; elementos descriptivos
del carnaval fundamentales en la fiesta, como comparsas, instrumentos
musicales, público, además del recorrido espacio
temporal; la expresión social, al incluir personas de distintas
edades y sectores. Y por último, la visión personal
e individual de los fotógrafos, donde el retrato tuvo cierto
protagonismo al igual que las líneas de interés.
El texto que acompaña la muestra fotográfica es
síntesis de la investigación con la que la curadora
abordó su propia experiencia en los carnavales de El Callao,
para ello se guió por los lineamientos de la investigación
participante y fenomenológica.

Desde las entrañas de un pueblo
generoso, seguro de su fuerza, que se precia de jugar con lo más
terrenal a lo más sagrado, entre ángeles y demonios,
en cada carnaval de El Callao resurge el ritmo corporal y musical
del calipso.
De casas anónimas del pueblo salen grandes
diablos acompañados de tambores, demonios con máscaras
de múltiples cuernos coloridos, acompañados de diablillos
rojos que golpean el piso con látigos de cuero y producen
un chasquido aterrador. Y también salen bellas muchachas
con sensuales trajes de fantasía, las Madamas vestidas con
amplios trajes de colores vivos contrastantes, niños y niñas
disfrazados para las comparsas, hombres y mujeres que bailan con
gracia haciéndoles compañía o sintiendo la
fiesta desde el interior de sus casas.
“A El Callao no se viene a dormir…” es
el mandato de quienes viven este evento desde adentro, fiesta que
no se detiene durante el día ni la noche. Después
de los rituales religiosos de la mañana comienzan las comparsas,
primero con los más pequeños y las Madamas; continúan
durante la tarde y la noche con mineros, sirenas y otras alegorías,
y luego, a las tres de la madrugada, salen los medio-pinto, sensú pentiné en
patuá, para manchar con su mezcla de tintura negra a todos
los que a esa hora se mantienen en las calles, diversión
extra con su componente amenazador y recuerdo social de exclusión
y discriminación. Al amanecer, inicia el recorrido con su
canto particular la “Comparsa de Agricultura”, embadurnados
por los medio-pinto y transportando íconos del trabajo en
el campo y la cacería, como plantas de cambur y plátano,
ramas de cualquier árbol, animales disecados, morrocoyes… para
culminar a las siete, cierre de una jornada que recomienza allí mismo,
en la Plaza Bolívar, con los que desde sus autos escuchan
y bailan ritmos de moda, y la mezcla de amanecidos y recién
levantados que buscan un cafecito en la panadería de la
esquina.

¿De dónde proviene esa fuerza que expresa,
acepta e intercambia deseos culturales profundos y que, aún
sabiéndose “espectáculo” y ahora objeto
para consumo turístico, no se deja arrastrar más
allá de su querer verdadero? Porque el calipso está allí,
se impone, hermanando en las diferencias e imponiendo su desmesura.
Cómo explicar esa sensación del
alma humana extendida que se subyuga ante lo que reconoce
como verdadero. Es tal vez la sensación de pérdida
momentánea de lo individual al ser absorbido por el colectivo.
Quizás esté allí, el misterio de un carnaval
que va más allá de ser vistoso, lucido o alegre.
Un carnaval que arrastra hacia una auténtica vivencia que
sin prejuicio citadino llamaría vivencia de lo verdadero,
experiencia de lo no falso. Porque no es el carnaval de El Callao
un espectáculo organizado por alguna Alcaldía, aunque
es justo decirlo, la Alcaldía también está presente.
Y hablamos de lo verdadero como valor dentro de la modernidad,
con la mirada de quien observa un ritual que conserva parte importante de su
tradición. Pero no es posible quedarse allí, en esa visión
parcial de un evento local, sin mencionar la tensión que sabemos se
produce ante la co-existencia de distintas prácticas comunicativas (bailes
distintos al calipso, como el reggaeton, por ejemplo), con sus encuentros y
desencuentros (turistas que provienen de la zona oriental del país que
suelen producir, algunos de ellos, cierta conmoción en la gente del
lugar), múltiples formas simbólicas que expresan y producen interpretaciones
colectivas distintas (incorporación de cornetas electrónicas
ordenadas en torres negras móviles que anuncian, auditiva y visualmente,
la comparsa desde lejos), descentralizaciones del sentido desde las minorías
(travestis con disfraces alegóricos a un mundo de hadas)
La fuerza actual del carnaval de El Callao
no está solamente en la conservación de lo popular
tradicional, producto de la integración de lo antillano
de influencia inglesa, francesa y africana junto a lo criollo,
sino y sobre todo en la absorción y re-interpretación
de influencias de un mundo más global, donde se incluyen,
entre otras múltiples formas, valores y prácticas
promovidas por la cultura electrónica de comunicación,
el registro y visualización inmediata de la imagen en la
cámara fotográfica y el video digital, nuevas modas
en el vestir con el prestigio de ciertas marcas, junto con la oferta
de productos que identifican el evento en cintas, franelas y sombreros
indicando “Carnaval de El Callao 2006”, símbolo
con el que se facilita la inserción intra-grupal.

¿Por qué los oriundos de
El Callao conscientes de estos cambios vuelven a su pueblo en cada
carnaval? Participen activamente o no de la fiesta en la calle,
vuelven para reencontrarse con el ritmo dentro de sus casas, degustar
la comida que se prepara especialmente para recibirlos, reencontrar
historias y cuentos, para conocer a los recién nacidos o
admirar a la niña que se hizo mujer y se ve tan linda en
su traje de carnaval... y también van a lamentar sus muertos.
Es un tiempo y un lugar de calipso, de ritmo corporal aprendido
desde el vientre materno y acentuado cuando la madre amamanta y
baila al mismo tiempo, abraza y acepta al otro desde su propia
vivencia de lo alegre.
¡Slá se negué mue!
¡kí du se mue negué!
Así lo canta el poeta calloense
Freddy Crescente:
¡Esa es la negra mía!
¡esa es mi negra!
¿Acaso es posible negar el misterio
que esta cultura conserva y comparte con propios y extraños?
El carnaval de El Callao no puede ser silenciado pues sus diablos
buenos no lo permiten. Su tradición, respetada por la iglesia
católica y la iglesia anglicana, engulle tanto al lugareño
como al turista rumbero, cultural, religioso, académico
o familiar. Con el poder de la danza y los tambores el calipso
empuja, estruja y expulsa cuando quiere, también esconde
o hace aparecer al “Otro” que te acompaña, hace
bailar aunque no se quiera, arrastrados por la fuerza de un rito
capaz de deslastrar y colocar frontalmente prejuicios, limitaciones
o temores. Un carnaval que con su máscara, ritmo y color
desenmascara el corazón, el corazón de lo humano.
(*)Magíster en Artes Plásticas, fotógrafa
y educadora y se desempeña como Profesora, en la Sección
de Artes Plásticas del Departamento de Diseño, Arquitectura
y Artes Plásticas, en la Universidad Simón Bolívar.
grapa2_men@yahoo.es
Universalia nº 25 Abril- Julio 2006
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