José Guadalupe Posada

Un esqueleto sobre una bicicleta
Carlos Fuentes(*)

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José Guadalupe Posada (1852-1913), el artista gráfico más famoso de México.

Posada fue un cronista de la actualidad en estos grabados sensacionalistas y llamativos, derivados de la observación directa desde la ventana de su imprenta en la ciudad de México. Posada dibujó e imprimió carteles, gacetas callejeras para el pueblo qua exigía el reportaje directo y sensacionalista de lo qua estaba ocurriendo, a fin de saber quién asesinó a quién, quién había dado a luz a un niño con dos cabezas, quién había ganado las elecciones presidenciales y cuándo iba a volar un cometa sobre nuestras cabezas.

El arte de José Guadalupe Posada, sin embargo, también fue un pronóstico de los grafitos modernos que hoy encontramos, notablemente, en las ciudades norteamericanas, desde Nueva York hasta Los Ángeles.

Posada perteneció a esa rara categoría de artistas claramente asociados con una forma universal de la cultura: la cultura del peligro, de lo extraño, de los extremos y de la informalidad. En este sentido, Posada pertenece a la familia española de Goya y de Buñuel. Su arte también logra universalizar lo excéntrico. Por esta misma razón, se encuentra estrechamente ligado a la cultura callejera de los que carecen de letra y de voz. En Posada abundan los asesinatos. Los más interesantes nos muestran a mujeres de alto rango, vestidas con largos trajes negros, disparando las unas contra las otras. Pintó escenas de suicidio, muerte y estrangulamiento. Una joven se tira desde la torre más alta de la Catedral de México. Un torero es cogido. Un sastre es sentenciado a muerte por haberle cortado la garganta a su mujer. Abunda también el sexo, el flirteo, la bebida, el baile. 41 homosexuales son descubiertos vestidos de mujeres en un baile privado. Nacen diversos monstruos. Un niño con cara en las nalgas. Un hombre con piernas en vez de brazos, un cerdo con cara de hombre.

Pero hay otra cara grotesca del desastre que Posada ofrece como sueño y como pesadilla. Estos son los desastres que ocurren dentro del alma de cada individuo, no en el mundo eterno de los acontecimientos. Como Los Caprichos de Goya Los demonios de Posada, sus horrores volantes, sus íncubos y monstruos (llamados Avaricia, Lujuria, Pereza y Envidia) nos muerden y nos jalonean.

La muerte nos espera en la feria, en el carnaval que pone de cabeza las categorías sociales y las ficciones políticas. El gran espectáculo igualitario que disuelve las fronteras entre escenario y auditorio, entre actor y espectador, entre el que mira y el que es mirado. Este encuentro carnavalesco, este gran disolvente de la autoridad desde los albores del mundo, conduce a Posada a una visión de la muerte fantásticamente alegre a irónica. Las calaveras de Posada son ilustraciones preparadas para el día de Todos Santos y el día de los Muertos. El arte de lo macabro en Posada asciende hacia su cima en el más moderno de los vehículos, la bicicleta, súbitamente aparecida en un cementerio fantasmagórico. Los grabados de Posada evocan, junto al progreso, los pesos muertos de la superstición, la ignorancia y el bandidaje armado.

Con un golpe de verdadero genio, Posada resuelve y reúne estas contradicciones en la figura de la muerte en bicicleta, fundiendo lo viejo y lo nuevo en la inevitabilidad de la muerte. La bicicleta se lleva a los catrines y a los matones, a los diputados y a los falsos médicos, a los coyotes y a los jueces, a las viejecillas devotas y a los yanquis explotadores; los gringos, dice Posada, deben tener cuidado con estos hábiles ciclistas. Tanto el habitante del campo como el de la ciudad tendrán que rodar, inevitablemente, por la avenida de la muerte, una muerte alegre, sin duda, una muerte con cigarro en la boca, bailando el jarabe tapatío y, sobre todo, cómica y dramáticamente también, disfrazada como una dama de fin de siglo, una especie de Mae West macabra, envuelta en los mantones de la serpiente emplumada, Quetzalcóatl, su cabeza pelona cubierta por un suntuoso sombrero parisino, de alas anchas y cargado de flores. En sí misma extraordinaria, esta visión le debe tanto a la tradición como le otorga a la misma. En Posada, como en todos los grandes artistas, la creación es una pausa que lleva adelante a la tradición y, genialmente. la reconoce y trasciende, la niega y la enriquece.


(*)Fragmentos tomados de "El Espejo Enterrado", Ed. Taurus, México 1992

 












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