Julio Pacheco Rivas

El misterio de la mirada
Ingrid Salazar

Julio Pacheco Rivas es un reconocido artista plástico venezolano: representó a Venezuela en la Bienal de Venecia en 1990 y ha participado en numerosas exposiciones en países de Europa, Asia, Estados Unidos y Latinoamérica. Importantes distinciones cuenta en su haber y sus obras están en los principales Museos de Venezuela y en múltiples colecciones particulares, así como en los museos de Nicaragua y Casa de Las Américas de La Habana, Cuba, entre otros.

Conocido por sus imágenes de espacios de imposibles y geométricas perspectivas, sus trabajos ilustran hoy Universalia impresa y es nuestro invitado a la Galería virtual.

Presentamos una muestra retrospectiva de los resultados de sus investigaciones pictóricas que lo han llevado a incorporar a sus visiones cosmopolitas objetos cotidianos. El color de épocas anteriores, basado en tonos pasteles de rosados, azules y grises se ha unificado ahora en un gris, y a lo que él comenta "Creo que hay dos lecturas posibles en mis cuadros, una referente al dibujo, a la construcción del espacio, que para mí es la más racional, puesto que es la parte en la cual hago un boceto a escala para luego pasarlo a la tela, aun si en este salto me ofrezco libertades de cambio inherentes a la nueva dimensión; y otra referente al color, que no preveo, que se decide en la propia tela y que es lo que me produce los estados de ánimo que escapan a mi intención original, el color es lo que cambia el cuadro, lo que me ofrece otra posibilidad de lectura, lo que invoca la atmósfera poética, lo que nunca podré descubrir en el diseño original. Es, en definitiva, la carnosidad del cuadro, la vida del cuadro, el elemento que pone a convivir las atmósferas". Frente a sus cuadros nos invade el vértigo que se asoma en el silencio, en la ausencia, en el vacío.

"Mira de Alta Mar" es una escultura-paisaje suya, que se encuentra sobre la autopista Francisco Fajardo, en Caracas, a la altura de la entrada de Altamira: un ícono de la ciudad.

Pacheco Rivas no sólo es pintor, también reflexiona sobre el papel del artista como hombre de su tiempo: "Pienso que todo escritor -dice- es libre de involucrarse o no en los problemas del hombre de su tiempo, vale decir en la política. Es cuestión de temperamento, hasta de vocación. Y ha habido escritores que han puesto su vida y su obra al servicio de las causas en las que han creído, con admirable espíritu de sacrificio. Yo, en lo personal, he hecho un deslinde entre literatura y política y pretendo no mezclarlas: la literatura como arte y la política como acción. Siempre lo tuve muy claro y la acción la ejercí en la clandestinidad y en las calles luchando abiertamente contra la tiranía que me tocó vivir; pero cuidé mucho no confundir esto con mi vocación literaria. En ocasiones la tentación fue muy fuerte y escribí cosas con determinado tinte político; pero me ocupé de que en todo caso en esos escritos predominara el valor artístico sobre el político". Su opinión es consultada comúnmente, como protagonista del panorama cultural de las artes en Venezuela, por los diarios nacionales.

Julio Pacheco Rivas nació en el Táchira, donde pasó su primera infancia. Marcado por la idiosincrasia del hombre de los andes -introvertido, sereno, comedido- es también un hombre del Caribe, y esto se descubre en las cafeteras, los cepillos de dientes y hasta en las plantas de sábila, que sorprenden en su obra en lugares y ángulos que continúan jugando con el absurdo y que contrarrestan toda la circunspección que la exactitud de las líneas y los colores dan a la obra. Los títulos de las mismas también son un juego del humor de este artista. Sin embargo, es en sus poemas en donde se descubre una seductora inteligencia intelectual que nos devela las dos caras de esta moneda. Sus escritos son una picardía, son como el guiño de alguien en pasada por un Metro, son una complicidad.

Viéndolo trabajar en sus dibujos cibernéticos que luego traslada a la tela, le preguntamos sobre las nuevas tecnologías, a lo que responde que "los nuevos medios de expresión, especialmente la computadora, necesitan tiempo de digestión para lograr que su utilizador logre ir más allá de los efectos, esos oropeles que nos alejan de lo esencial. Llegará el día en que podamos servirnos de ellos con la misma naturalidad con la que usamos un lápiz, convirtiéndolo en prolongación de nuestras ideas".

Y, agrega, que "para reivindicarse como artista ya no hace falta habilidad manual -con esto no quiero decir que la considere indispensable-: con el photoshop todo se puede. Es un programa para manipular imágenes o, al menos, uno piensa que así debe ser. La verdad es que el manipulador suele terminar siendo el verdadero manipulado, por todos esos efectos standard a disposición global, elementales a fuerza de su uso masivo".

Fotos tomadas por Ingrid Salazar













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