Catástrofe en Haití


El 12 de enero de 2010 un terrible sismo estremeció a Puerto Príncipe, capital de la República de Haití, una de las grandes Antillas en el Caribe. Todos fuimos conmovidos por la magnitud del cataclismo y la catástrofe que generó. Un eco de solidaridad recorre América y Europa. Justamente entre el 14 y el 17 de enero iba a realizarse un festival de escritores y poetas: “Etonnants Voyageurs”. Debemos lamentar la muerte del escritor haitiano Georges Anglade y de su esposa que ya habían arribado, procedentes de Canadá. Afortunadamente, la mayoría de los participantes estaba en tránsito para llegar a Puerto Príncipe. El poeta y novelista Ernest Pépin de la Guadalupe, conmovido por las espantosas pérdidas humanas y por los desastres materiales eleva en su voz el alma dolorida de hermano. Tenemos de él un poema que nos ha enviado para que traducido al castellano levante el espíritu solidario de nosotros los americanos.


POR HAITÍ
Por Ernest Pépin, traducción Prof. Mariella Aíta - USB

Las alas de la muerte tocan a nuestras puertas. El oleaje de la tierra cubre de polvo las caras. El cielo se empequeñece para recibir a los muertos. Las calles claman, como fantasmas heridos, bajo las máscaras de los vivos.

¡Haití!

¡Haití!

A las caras cenicientas, al cielo cubierto de sangre, ruega con voz sonámbula la polvareda de los dioses.

Sobrina, hermana, padre su ausencia nos llama. Viven lo invisible en un decorado de moscas.

Hay unos que duermen de pie o en las mismas aceras. Sus ojos calcinados rehúsan cerrarse.

Hay unos que cargan sobre sus cabezas la desesperanza en una miserable valija.

Hay una que muere preñada bajo las piedras del infortunio, que extraemos en vano para que el sol llore.

¡Haití!

Haití se reclina frente a edificios en ruinas, a cuerpos tumefactos y toda la ciudad camina a paso de sepulturero.

Desastre cargado entre trapos.

Desastre de entrañas cuando la vida se evapora bajo mirada de agua muerta.

La mula del infortunio siempre corre como mujer enloquecida.
¡Haití!

Estamos con ustedes, hombres de lodo seco y mujeres que el silencio desgarra.

Estamos con ustedes, niños de funesta muerte, cuando el país va de sacudida en sacudida devorando la infancia.

Estamos con ustedes y clamamos por una palabra solidaria.

Palabra desnuda donde sólo reina una lágrima.

Son todos nuestros infortunios. Es nuestra sangre que un cementerio enciende como cirio.

Son la sombra tendida de nuestros olvidos de ayer. El duro resplandor de nuestros silencios de antaño.

Los siglos se lamentan triturados por tantos gritos. Los árboles se alimentan del silencio de los pájaros.

¡Pero, la tierra permanece!

¡Pero, la vida permanece!

¡Pero, la sangre y la fe de los vivos permanecen!

Haití no ha muerto bajo los párpados de la noche.

¡Haití no muere, muchos poetas la han creado!

Damos su nombre al mañana, al amanecer de las palabras, al sello de la esperanza, al pueblo hacedor de milagros.

¡Haití! Sol de encrucijadas que sigue su camino de luz convulsa, de imprevisible sobrevivencia entre las tumbas y la grafía de los vientos.

¡Pero, la tierra permanece!

¡Pero, la vida permanece!

¡Pero, la sangre y la fe de los vivos permanecen!

¡Haití no muere!

Le tendemos la mano llena de ancestros hermanados. Lloramos lo que hay que llorar. Escribimos en las ruinas en nombre del niño resucitado al final de su pesadilla:

¡HAITÍ NO MUERE!

¡HAÍTÍ NO DEBE MORIR!

Faugas, 16 de enero 2010


Universalia nº 30












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