El decir implícito y la diversidad de sus modos
Reflexiones de un aprendiz e iniciación al doble fondo

Daniel Enrique Mata Flores.
Estudiante de Ingeniería Geofísica.
Asignatura: Modos del decir implícito (IDY-333), Prof. Diana Sasso, cursada en el trimestre ene-mar 2009.

Capítulo I

De Ducrot y su semántica cognitiva “presupuesta”


Siempre debe existir una motivación que nos guíe hacia la consecución de un objetivo. En mi caso, lo confieso, el lenguaje visto como un mecanismo capaz de construir descripciones semánticas, logra impulsar mis sentidos y llevarlos a lugares inimaginables. Uno de ellos, quizás el más inesperado, ha sido, desde el 12 de enero del presente año, el salón 111 del edificio MYS en la Universidad Simón Bolívar.

            Es difícil imaginar un mundo sin implícitos; el ser humano en sí mismo representa un universo infinito de decires ocultos, que hacen de la comunicación un juego cuya regla principal, por no decir única, consiste en descubrir el doble fondo presente en las ideas de nuestro interlocutor, y refutarlo de la misma manera. Precisamente esta primera reflexión es la que sirve de palanca o trampolín para preguntarse, ¿qué decimos cuando hablamos?, ¿qué dejamos de decir?, o, ¿qué decimos de más? Y es en este punto en el cual el gran Ducrot ofrece una respuesta bastante convincente.

            En el ámbito personal, nunca me di el tiempo necesario para internalizar de manera responsable algo que está tan a simple vista y que, sin embargo, se nos escapa de las manos. Y ha sido Ducrot, con su noción de presupuesto, quien me ofreció un abanico de opciones, interesantísimas todas, para así entender un poco más lo que sucedía a mi alrededor. El autor antes mencionado introduce los conceptos de afirmación y presuposición, como componentes que constituyen la significación de un enunciado complejo. Además, ofrece un criterio operacional, la transformación de la oración en interrogativa, como complemento útil para determinar, dentro de una oración, lo que se afirma y lo presupuesto. A priori, resulta un poco difícil entender, y hasta cierto punto aceptar (así me sucedió al menos a mí), que la simple respuesta ante un saludo jovial, o una conversación trivial, estuviesen compuestos por: unidades portadoras de significados, afirmaciones/negaciones y presentación de creencias como si fuesen evidentes (presupuestos), pero, aun cuando no resulta obvio que lo hacemos siempre de forma espontánea, natural, es altamente satisfactorio poder concluir de manera expresa y como producto de reflexión propia (aunque guiada) que “Pedro siguió trabajando el viernes”, presupone que “Pedro trabajó antes del viernes” y afirma que trabajó ese mismo día.

No obstante, justo cuando ya me sobreponía a la sorpresa producida por la emoción experimentada al entender lo que Ducrot quería expresar, la cuestión se complicaba un poco, pues el criterio interrogativo trata de manera distinta a los circunstanciales de espacio-tiempo y a los de modo. Pero, en cierta forma, es evidente. O acaso, ¿qué se pone en duda cuando las palabras de alguien están en tela de juicio? En construcciones semánticas más complejas, como las que contienen diversos circunstanciales, resulta difícil distinguir entre lo que se afirma y lo presupuesto.

              Sin embargo, mis ánimos no decayeron, y en el continuo caminar entre los implícitos me percaté de lo siguiente: la interpretación de algunos presupuestos depende, en gran medida, del verbo empleado para introducir una subordinada que describe un estado de cosas. Así pues, “saber” que alguien vendrá no deja lugar a dudas con respecto a esa venida, a diferencia de “imaginarse” la supuesta venida, que muestra un grado mayor de incertidumbre ante la misma.

              De igual manera, basándose en toda la argumentación antes expuesta, se puede enunciar lo que Ducrot llama “regla de la negación”, según la cual un enunciado negado debe, al igual que el convertido en interrogación,  implicar los mismos presupuestos que el propio enunciado aseverativo.

              Resulta apasionante pensar en la simple posibilidad de un mundo en el que, afirmando y negando se pueda transmitir  un mismo contenido, aunque esté “bajo tierra”. Lo curioso es que ese mundo existe, y lo llamamos “universo de presupuestos”.

              Sin lugar a dudas me siento atraído por tal universo, antes desconocido para mí, que me ofrece la oportunidad de cuestionar la simplicidad de lo dicho. Es como si, luego de mostrarle a un niño un destornillador, se le animara a construir un automóvil. Ansío poder seguir obteniendo mis “tornillos”, para así ir formando, poco a poco, el auto que me lleve hacia lo inesperado, que dentro de unos pocos días será el sobrentendido.

Capítulo II

Sobrentendiendo lo lingüístico y lo retórico

Así pues, me encuentro meditabundo ante una inesperada aseveración del gran maestro Ducrot: “la lengua se nos presenta, fundamentalmente, como el lugar del debate y confrontación de las subjetividades”. No cometería sacrilegio, entonces, al concluir que es precisamente lo subjetivo del ser humano lo que brinda ese toque de divinidad a la comunicación. Pero hasta ahora no he sido del todo claro en mi breve exposición.

Todo comenzó de la siguiente manera: con el panorama bastante despejado, proveniente del capítulo anterior, me sumerjo con vehemencia en el estudio crítico del sobrentendido. De entrada aseguro que el lenguaje académico empleado por el “maestro” (en lo sucesivo he decidido, de manera un tanto autoritaria y sin previa consulta al lector, emplear este calificativo para referirme a Ducrot) no ayudará, precisamente, a desenmascarar de una vez por todas las ideas expuestas. De este modo empiezo a devorar lo dicho y lo entredicho en la lectura; topándome, sin tener que emplear mucho tiempo en ella, con el primero de unos cuantos enunciados que me hicieron lucubrar sobre ciertos aspectos del lenguaje, del todo desconocidos anteriormente por mí.

¿Cómo es posible determinar con exactitud y precisión el significado de un cierto enunciado, emitido bajo ciertas circunstancias? En efecto, se hace necesario incluir, además de una gama de conocimientos considerados lingüísticos, una serie de “leyes” psicológicas, lógicas o sociológicas, así como extraer información del posible contexto para, con ello, intentar dar un poco de luz a tan suntuoso misterio. O si no, ¿cómo saber si “¡Qué magnífica intervención!”, constituye realmente un comentario elogioso, o es únicamente una manera peyorativa de expresar lo mal que intervino el posible alumno?

Sobre este basamento, bastante ambiguo realmente, el “maestro” nos presenta una definición clave que, seguramente, nos permitirá atacar todo este “problema” del lenguaje. Ducrot, (y no utilizo el calificativo esta vez para no presentarlo como omnipotente), postula dos tipos de componentes que aseguran la atribución de significación a un determinado enunciado, dependiendo del contexto en el que se manifieste. Él llama, en primer lugar, “componente lingüístico” a aquel que brinda cierto significado a lo que se dice, independientemente de las circunstancias bajo las cuales se expresa, y, por último, “componente retórico” al que enmarca la enunciación. De este modo, es evidente la manera de operar para determinar lo que se quiere decir con la frase en tal circunstancia y momento.

Y de esta forma el “maestro” (esta vez sí es pertinente idealizarlo) introduce el “sobrentendido” como una serie de construcciones, relacionadas con la sintaxis, que se pueden asociar al componente retórico. Asimismo, el enunciado con sobrentendidos siempre posee un “sentido literal”; dicho de manera muy coloquial, el sobrentendido permite anticipar lo dicho, “sin decirlo y al mismo tiempo diciéndolo”. Y esto último provoca gran impacto en mi mente turbada entre implícito e implícito.
           
             Los sobrentendidos, pues, y así lo concluyo, se generan a posteriori, cuando el oyente reflexiona acerca del enunciado. Es maravilloso poder ir hilvanando, mentalmente, todo este esquema comunicacional; al hablar, dos personas pueden proferir una serie de afirmaciones y presupuestos, que luego pueden concluir con sobrentendidos. O de manera inversa, el proceso luce, también, interesante.

Más interesante aún resulta concluir toda esta reflexión, haciendo la siguiente analogía: si lo afirmado es lo que sostengo como hablante, lo sobrentendido lo que mi oyente debe inferir, y lo presupuesto lo que debe ser común a ambos en el diálogo, entonces, utilizando pronombres, lo presupuesto se nos presenta como propio del “nosotros”, lo afirmado como propio del “yo” y el sobrentendido sería el territorio en manos del “tú”.

He salido bien librado de todo este “sobrentendido”, rogando para que los próximos “maestros” no se molesten tanto en adornar sus ideas con abundantes tecnicismos. Siendo honesto, y fiel a la razón, no fue fácil asimilar todo el concepto de sobrentendido, pues al principio a mi mente se le hizo más fácil interrelacionar sobrentendido con presupuesto, obteniendo un híbrido literario del que Ducrot no estaría muy orgulloso. Pero una vez superado el percance, ha sido fascinante descubrir un criterio nuevo.

Es uno más de mis “tornillos”; una más de las experiencias que espero seguir cosechando a lo largo de mi transitar entre los implícitos. ¡Y que venga el próximo capítulo! 

Capítulo III:
                        
 Pragmática vs. Sintaxis – semántica.
                   Felicidad / infelicidad vs. Veracidad / verificabilidad.

“Hablar es siempre hacer algo, porque el lenguaje es un comportamiento social”, y bienvenidos a Austin con toda su enmarañada “teoría de la felicidad”. Ni tan absurdo resulta calificar oraciones como afortunadas o desafortunadas; no es que el verbo esté muy contento, o que el complemento esté, definitivamente, pasando por un largo período de depresión. Aunque suene, quizás, un poco irónica mi declaración anterior, vale la pena mencionarla, pues mi primera impresión de Austin y su teoría estuvo bastante cerca de lo dicho anteriormente con respecto al verbo y al complemento.

Pero una vez dentro de este mundo de implícitos, todo es posible, o, aún mejor, “impossible is nothing”. Y para, de una vez, ir dando un poco de lógica a mis argumentos, comienzo con mi nuevo esquema lingüístico. Es importante, o al menos para mí lo fue, tener bastante claro que la sintaxis y la semántica estudian el proceso de la formación de oraciones. Se ocupan, pues, de estudiar el significado de las palabras, y de sus posibles combinaciones. Como yo hubiese dicho, hace algunos años, “su trabajo es velar por el correcto uso de las palabras”. Y es aquí donde me pregunto, ¿existe un correcto uso?, de ser así, ¿qué implica este “correcto” uso? Dejemos, por el momento, esto hasta este punto. Prometo, más adelante, discurrir al respecto.

Internándome a fondo en todo este místico camino, me encuentro con la teoría de los actos de habla, según la cual ciertos enunciados lingüísticos sólo tienen sentido en el tipo de “juego” en el que se usan. Tuvo “sentido”, entonces, haber definido hace dos capítulos a la comunicación como un juego. Y aparece, de pronto, un universo muy pequeño de verbos denominados “performativos explícitos”, mediante los cuales, al emplearlos, en ocasiones se hace exactamente lo que se dice.

Y es en este punto, disculpe querido lector, en el que me valgo de toda la autoridad ya empleada, ¿acaso no sin cierto abuso?, en el capítulo anterior para catalogar a Austin como “mi segundo maestro”. Se merece el título, pues fue en contra de todo el pensamiento lingüístico establecido para su época. El positivismo lógico de entonces sostenía que si una oración no era verificable, tal estructura carecía de sentido: el significado lingüístico se medía por el criterio de verificabilidad, se presentaba una correspondencia “lógica” entre las palabras y el mundo. Ante tal “caos inherente a la lógica”, Austin hizo sentir su voz.  

Primeramente indicando que, a su parecer, la verdad no era el mejor criterio para entender el lenguaje humano (como si, a veces, no prefiriésemos mentir un poco), para luego plantear la existencia de ciertas expresiones “desconcertantes” dentro del lenguaje. De este modo, el “maestro segundo” postula la existencia de dos tipos de enunciados: los constatativos, cuya verdad o falsedad parece indudable y los convierte automáticamente en verificables; y los “performativos” (también conocidos como “realizativos”), que no pueden ser ciertos ni falsos, pero sí pueden salir mal. En la medida en la que estos últimos tengan éxito, el acto será “realizado”, y esto hace “feliz” al performativo explícito; si son desafortunados, el acto se considera “no realizado” y el performativo explícito en cuestión pasa a ser “infeliz”. Ahora, ¿de qué depende, entonces, la “felicidad” o el “carácter afortunado” de un performativo? De que el performativo correspondiente lo use quien deba, como deba, cuando deba y ante quien deba, en las circunstancias que correspondan, en cuyo caso no sólo el performativo resultará “afortunado”, sino que también el acto que el hablante intentaba hacer al emitirlo, habrá sido efectivamente realizado.

Ahora que releo mi escrito, me doy cuenta del abuso que he cometido. Me preocupé en demasía por ahondar en la concepción teórica del asunto, olvidando por completo lo más interesante. Hagamos, pues, de esto, un capítulo más “feliz”. Y lo más curioso es, precisamente, percibir la felicidad del enunciado.

En este último capítulo he estado hablando de un gran postulado teórico descubierto y formulado por Austin, y concerniente a los performativos explícitos. Pero nunca mencioné cuáles eran, de modo que, para saldar cuentas con el lector y quedar a mano con mi conciencia, los performativos explícitos, tal y como dije anteriormente, son verbos que dicen lo que hace el hablante, al ser usados: juro, prometo, declaro, niego, pido, ordeno, bautizo, entre otros. Entonces, podríamos remontarnos a la Edad Media, y en la corte de un monarca anglosajón se escucha: - ¡Yo te ordeno, Arthur, que obedezcas a mi mandato!, dijo el rey. A lo que el sumiso y desdichado Arthur responde: - como usted ordene, mi Lord -. Es este un claro ejemplo de un acto realizado; el performativo ha sido usado por quien debe, el rey, y ha tenido éxito, pues se ajusta al contexto.  

En contraposición, imaginemos ahora a un vagabundo en una calle oscura, un poco ebrio, quizás, frente a dos perros. Y, de repente, en nuestra alocada aventura imaginaria nuestro borracho les dice a los caninos: - ¡Y los declaro, hip, marido, hip, y mujer!-. No es un ejemplo descabellado, pero, séalo o no, ilustra fielmente cómo un performativo puede llegar a no tener éxito, y desembocar en un acto no realizado, lo que convierte al realizativo en “infeliz”.

En este punto me encuentro, cavilando sobre la infelicidad y, qué oportuno, esto me lleva directo a una conferencia personal con mi segundo “maestro”.

Solo me resta concluir con una reflexión, bastante pragmática, hecha por Reyes en uno de sus escritos: “aún cuando sabemos que el lenguaje nos viene dado desde fuera, uno de los pocos actos de libertad que se nos permite es usarlo, ya que usándolo hacemos”.

Asistamos, pues, a la ansiada conferencia.

Capítulo IV:

Conferencia personal con el “maestro” Austin.

Lo imposible se ha hecho realidad, el maestro Austin me ha concedido una cita. Y aquí estoy, sentado en el sofá del tiempo, en una lujosa sala de espera, existente únicamente en mi imaginario, disfrutando de un placentero té de adrenalina, regocijándome por el logro, pues sé que cualquiera moriría por estar en mi posición. Se abre, de repente, una puerta y un hombre muy animado me invita a seguir a su “oficina”. Es él, mi maestro. Le explico rápidamente mi odisea por los implícitos, y le manifiesto mi admiración por sus conferencias. De inmediato replica que cualquiera hubiese podido descubrirlo, - Era muy evidente - argumenta, y, agrega que el único mérito de su exposición es “que es verdadera, por lo menos en parte”. Y, a partir de este momento se dio inicio a una cálida y distendida conversación, que se prolongó un buen tiempo. He aquí un pequeño “resumen” de lo dicho.

Austin comienza ilustrándome sobre lo que ocurría antes de sus “tiempos”. Me explica que, en tiempos pasados, todo enunciado fáctico podía ser considerado legítimamente como significativo, si y solo si era verificable. “¿Entonces qué sucede con las preguntas y las órdenes, por ejemplo?, ¿Son, acaso, verificables?” pregunto. Y él responde: - Calma pupilo, calma.-, esbozando una sonrisa. Por supuesto que se percató de ello, y es por eso que decidió clasificar al “universo de enunciados”, en dos tipos: los constatativos como aquellos enunciados, verdaderos o falsos, que pueden ser verificados (ya dicho en el capítulo anterior, pero lo comentó en la conversación y sería un abuso no citarlo). Al otro grupo, más interesante a su gusto, le dio una “definición especial”, pero me lo hace saber con cierto tono de picardía, como queriendo dar el dulce poco a poco.

Inicia su “exposición” haciéndome pensar en lo siguiente: - Expresar las palabras- dice – es, sin duda, un episodio principal, si no el episodio principal en la realización del acto, cuya realización es también la finalidad que persigue la expresión. Pero dista de ser comúnmente la única cosa necesaria para considerar que el acto se ha llevado a cabo. ¿Me sigues?- pregunta, al observar mi cara dubitativa. Contesto: - un poco, maestro, pero continúe, por favor.

Muy amablemente ríe, y prosigue: - Por ejemplo, a ver si logras visualizarlo pupilo, siempre es necesario que las circunstancias en las cuales las palabras se expresan sean apropiadas, de alguna manera. Además, es necesario que el que habla deba, también, llevar a cabo ciertas “acciones físicas y mentales”, para que todo el asunto tenga sentido. Y fue en ese punto en el cual toda su sabiduría se desplegó sobre mí, recordé el episodio con el amigo pasado de tragos y los caninos, del capítulo anterior, y la idea quedó clara. Todo esto se conecta, obviamente, con los “grados de felicidad” de un realizativo. Y ya iba siguiendo sus pasos.

En este contexto pasa, rápidamente, a aclararme las pequeñas dudas sobre los realizativos. – Recuerda, los realizativos explícitos, al ser usados, manifiestan lo que el hablante está haciendo. Pero el verbo en sí mismo, como unidad aislada no posee esa propiedad.- apunta.

Seguimos, pues, reflexionando acerca de muchas cuestiones. Y, de repente, se me ocurre, en un arranque emocional, vociferar: -¡Le prometo maestro, que esta ha sido una de las mejores conversaciones en mi vida!- Él me observa, y pregunta: -¿Acaso, sabes realmente qué es prometer? Yo dudo, él vuelve a reír, y continúa aclarando mis dudas.   

Y me sorprende entender lo que me dice. Uno de los performativos explícitos más intimidatorios es “prometer”. Prometer me obliga: registra mi adopción espiritual de una “atadura espiritual”. Prometer no es, únicamente, expresar palabras, se trata de un acto interno y espiritual. Particularmente he escuchado, “la palabra empeñada nos obliga”. Nuevo aprendizaje: prometer NO es cosa de niños.

Pero prometer no es, precisamente, lo que me trajo hasta aquí. Proseguimos, entonces, con la noción de realizativos y constatativos. O, mejor aún, nos internamos en la teoría de los actos de habla, pero, esta vez, en boca del propio autor.

Austin me explica que en su intento de elaborar una lista de realizativos explícitos, se topó con algunos “actos lingüísticos de interés”. Grosso modo, al hablar, el ser humano lleva a cabo simultáneamente estos actos sin percatarse. Se trata, de lo que él llamó  “acto locucionario”,  “ilocucionario” y “perlocucionario”. Mi interlocutor los define de la manera más sencilla: - Pupilo, el acto locucionario es, simplemente, decir algo. El ilocucionario, la manera en la cual se usa la locución o, dicho de otro modo, lo que en cada caso se hace usando el lenguaje. Y el perlocucionario, el más sencillo y divertido (quizás, hasta cierto punto, perverso), consiste en el efecto de lo que decimos sobre los sentimientos, pensamientos o acciones, en general, aunque no siempre, de quien escuche.- De esta caracterización bastante clara, pude extrapolar y, así, construir el siguiente ejemplo: en una conversación, esto sería posible; (A comenta a B) “y entonces dije” (acto locucionario, solo se transmite una idea). (¡C grita a D!) “¡Sostengo que…! (se usa de una determinada manera el lenguaje, se está sosteniendo una idea o argumento, acto ilocucionario), por último, (E, ensimismado, contesta a F) “me convenciste de…” (F persuadió a E, acto perlocucionario).

Los actos de habla, concluye Austin (y yo comparto su enfoque), son las unidades de la comunicación lingüística. Ya pasadas unas cuantas horas ficticias, me despido agradecido de quien, en un rato, pasó a ser objeto de infinita admiración.

¡Gracias a Austin por su tiempo! Gracias a él puedo decir que el acto de habla cuenta como un intento de que el oyente haga lo que se le pide, usando la perlocución, ilocución-locución, como herramientas para lograrlo.

Maravillado, el destino me va llevando al final de estos implícitos. Y parece ser Grice, con su modelo de implicaturas, el encargado de cerrar el espectáculo.

Capítulo V:

La odisea finaliza.
El aprendiz llega hasta el “doble fondo”

“Si la comunicación es un acto de fe, es un acto de fe en el lenguaje, pero, sobre todo, en el interlocutor”.¿Cómo no nombrar “maestro” a Grice luego de tan magnífica declaración? Definitivamente, sería una falta de cortesía para con el lector halagar a este autor sin, siquiera, exponer sus ideas. Y, como ha sido demostrado en capítulos anteriores, no me permito tal abuso. Entonces, ¿Qué sigue?, darle rienda suelta a la creatividad, y exponer de la manera más concisa y clara el concepto de implicatura.

Todo parte de la idea según la cual, cualquier desconocido nos prestará atención si le dirigimos la palabra. Más aún, nuestro oyente “cooperará” intentando entender lo que le estamos comunicando. Según Grice, esto ocurre porque entre los hablantes “hay un acuerdo previo, tácito, de colaboración, en la tarea de comunicarse” (principio de cooperación).  Aceptada la existencia de este principio, existe un significado adicional comunicado por el hablante e inferido por el oyente, definido por el nuevo maestro como “implicatura”. Esta es un tipo de implicación pragmática, que el autor intenta contrastar con las implicaciones lógicas, los entrañamientos y las consecuencias lógicas; estos tipos de implicación, a diferencia de las implicaturas, se infieren exclusivamente del contenido lógico o semántico de una expresión. Y esto se pone cada vez más interesante, pues se guardó lo mejor para el final.

Quiere decir, entonces, que este último “tornillo” depende, únicamente, de los principios que regulan una conversación cualquiera y a los que todos los hablantes obedecemos, aunque no lo sepamos. Para “visualizarlo” (como diría Austin), analicemos este ejemplo: (tomado de Grice) A le pregunta a B qué tal le va a C en su nuevo trabajo, y B responde: Bien, creo; le gusta trabajar allí, y todavía no lo han encarcelado. ¿No suena un poco, “incongruente”? ¡Grice se reiría en nuestras caras! Suponiendo que ambos hablantes no sufren de deficiencias mentales, y que los dos cumplen con el principio de cooperación, entonces B intenta decirle “algo” a A, no de forma directa, sino, más bien, usando un “lenguaje codificado”. La decodificación depende del oyente y, en este caso, resulta más que obvia.

En este sentido, Grice describe y explica cómo funciona esta valiosa herramienta. O, quizás, no sea el funcionamiento; el (por ahora) “último maestro” intenta, más bien, explicar cómo surgen estas construcciones lingüísticas, como “nace” una implicatura. Para facilitar tan épica tarea, Grice manifiesta que “cumplir con el principio de cooperación” equivale a obedecer ciertas “máximas”, las cuales comprenden: máximas de cantidad, máximas de cualidad, máximas de relación y máximas de manera. Siendo un poco más precisos, lo que Grice intenta expresar es que cumplir con las máximas equivale a que se diga lo que se deba decir para que la conversación siga progresando y sea informativa, esto incluye que: no hable de más, ni  de menos; ¡NO SEA FALSO!, es decir, no diga nada de lo cual dude; no sea incongruente, si está hablando de peras, no mezcle manzanas; y, por último, sea claro, ordenado y poco ambiguo (dejemos la ambigüedad para el arte). Y así, tanto el cumplimiento como la violación de las máximas se transforman en “señales”, que sirven para que el interlocutor que las advierte, busque qué “significan”, sobre todo las violaciones, qué se ha querido decir sin decirlo, sólo enviando una señal para que quien escucha emprenda la búsqueda de la intención comunicativa.

¿Cómo surge, entonces, una implicatura? La implicatura, explica Grice, se produce cuando, el hablante:

  1. Obedece las máximas.
  2. Parece violarlas, pero no las viola.
  3. Tiene que violar alguna, para no violar otra de mayor relevancia para él.
  4. Viola una máxima deliberada y abiertamente.

Es decir, en cualquier caso empleamos las máximas. Y, volviéndonos un poco más subjetivos, esto siempre ocurre. En nuestra cotidianidad, por lo general usamos implicaturas, de madres a hijos, de hijos a madres. Es una realidad tangible. 

Y bien, el tren se ha detenido. Pero no me gustaría culminar sin antes decir que, inevitablemente, este tren seguirá su rumbo. La curiosidad por descubrir en lo diario maravillas lingüísticas, interpretar la compleja comunicación humana, conocerme a mí mismo viendo qué y cómo “hacen diciendo” los demás, es un placer que espero poder seguir experimentando.

Gracias a esta maravilla de autores que supieron, de la nada, cambiar mi enfoque sobre la comunicación humana. Desde Ducrot, pasando por Reyes, Rabossi, siguiendo hasta Austin y terminando con Grice. No vale la pena establecer jerarquías, todos influyeron de maneras distintas en este extraño, pero productivo, proceso reflexivo. No es mi estilo hacer esto en redacciones, pero la profesora Sasso lo merece. A usted gracias “profe” por saber orientarme en esta dirección. Gran parte de este escrito es suyo. Y, volviendo a la redacción formal, como conclusión afirmo que mi doble fondo es infinito, no puedo decir que “he llegado al doble fondo”; fue sólo una técnica de redacción, lo confieso, para hacer del título algo más impresionante. La verdad es que creo que ni en todos mis años de vida llegaré al “trasfondo del doble fondo”, pero me place saber que día a día sabré un poco más de él.

Al aprendiz le falta todavía mucho más por recorrer.

 

 


Universalia nº 30












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