¿Basta con enseñar a un hombre una especialidad?

 

Es curioso cómo a gran cantidad de personas ajenas a la Simón les extraña que tomemos cursos de artes, ciencias sociales o filosofía, junto a las materias “de verdad”, las científicas, las que pertenecen a las carreras. Al comienzo también me pareció extraño mas veía con agrado el hecho de no estar hablando de números todo el tiempo que estuviese en el aula y además podía explorar esa parte de mí que no se relacionaba con los números.


Un año después de estar inmerso en esta aparente dicotomía académica comencé a vislumbrar la idea detrás de esos cursos, los Estudios Generales, gracias a retazos tomados de conversaciones sostenidas con algunos profesores. El primer retazo importante llegó durante mi primer curso de matemáticas, con el profesor Lázaro Recht, quien comentaba en ese momento algo acerca de la realidad en una de sus obnubilantes divagaciones acerca de los números reales y las múltiples dimensiones; sus palabras, si mal no recuerdo, fueron “la Verdad es un poliedro de infinitas caras”. El segundo gran retazo vino del profesor Rafael Tomás Caldera, en mi primer general fuera del ciclo básico, quien dijo que la ciencia es sólo la mejor aproximación que tenemos de la realidad.


En ese momento fue como si algo hubiese, al fin, encajado. Los Estudios Generales eran el complemento para hacer que pensáramos “fuera de la caja”, para que nuestra educación no sólo fuese distinta sino que marcase una diferencia de base en cómo aplicamos los conocimientos adquiridos.


A la ciencia se le achaca la deshumanización del pensamiento, por su objetividad y por el frío resultado cuantitativo que generalmente tiene como fin. Sin embargo, es sólo una herramienta que nos permite comprender mejor el mundo físico y a veces controlarlo sin que ello implique que la ciencia tenga la Verdad. Es sólo una aproximación a ella, una de las infinitas caras del poliedro.


Estos cursos se convirtieron en un asomo de unas aristas que no pertenecen a la cara que estaba estudiando en profundidad. En esas otras caras, uno más uno no necesariamente era dos y no necesariamente debía tener sólo un resultado posible. En otras logré percibir ciclos repetitivos de la historia y la evolución de las sociedades humanas. En ninguna de esas caras la objetividad era dogmática, ni el número era amo y señor.


Como científicos, es casi una condición sine qua non el que debamos saber mucho sobre muy poco. Como humanos, seres racionales, sociales y no necesariamente lógicos, debemos balancear esa condición con el hecho de que las ciencias tienen que interactuar entre ellas y con nosotros mismos, al final. Por ello es una necesidad el que seamos capaces de salirnos de nuestra zona cómoda para interactuar con otras ciencias y con otras personas, acercándonos más a esa Verdad, si es que existe. Para ser comprendidos, debemos poder explicar a los profanos de qué se trata nuestra ciencia, así como apreciamos y hasta entendemos al músico con escuchar su obra, al arquitecto con ver sus edificios o al escritor con leer sus trabajos, sin ser músicos ni arquitectos ni escritores.


Con ellos ganamos herramientas para ver a la humanidad propiamente, y para comprender al hombre y su pensamiento, a las sociedades y sus comportamientos. De ese modo, en palabras del profesor Caldera nuevamente, los Estudios Generales nos permiten articular los distintos saberes y completan “la visión limitada que ofrecen los saberes especializados para que cada quien pueda entender mejor nuestro mundo”.


Quiero cerrar, citando un pequeño fragmento del artículo “Educación y Pensamiento Independiente”, publicado por el New York Times el 5 de octubre de 1952 y luego recopilado en el libro “Mis Ideas y Opiniones”; su autor es Albert Einstein, una de las grandes mentes científicas del siglo XX:


No basta con enseñar a un hombre una especialidad. Aunque esto pueda convertirle en una especie de máquina útil, no tendrá una personalidad armoniosamente desarrollada. Es esencial que el estudiante adquiera una comprensión de los valores y una profunda afinidad hacia ellos. Debe adquirir un vigoroso sentimiento de lo bello y de lo moralmente bueno. De otro modo, con la especialización de sus conocimientos más parecerá un perro adiestrado que una persona armoniosamente desarrollada.”

Br. Manuel Nazoa
Estudiante de Ing. Electrónica
Segundo Premio de Cuento “José Santos Urriola” 2008

 

 

 


Universalia nº 30












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