Sectas:
¿otra droga posible?
Otto Aristeguieta*
A lo largo de los siglos y en todas las culturas, siempre han existido
grupos extraños a los intereses de la vasta sociedad, con
sistemas de creencias que no se ajustan a lo establecido como deseable
por la ideología cultural vigente y que no están socialmente
insertados ni sujetos a los controles y supervisión de las
autoridades. Estos grupos, conocidos como “sectas”,
se organizan comunalmente en residencias urbanas o rurales donde
funcionan como comunidades alternas. Sus metas pueden ser completamente
disímiles, pero sus medios guardan grandes semejanzas: tanto
las sectas laicas como las de cultos religiosos tienen atractivos
para sus fieles seguidores, y crean la expectativa de una vida más
satisfactoria, sorprendentes curaciones, esperanzas de enriquecimiento
y, finalmente, la ansiada salvación eterna.
En este sentido, son muchas las sectas (y algunas de éstas,
definitivamente peligrosas) que se han introducido en el campo de
la rehabilitación de toxicomanías y, con más
o menos fortuna, utilizan esta plataforma para aumentar su población,
expandirse y lograr sus propósitos de lucro. Desde que el
público en general tomó conciencia de la severidad
de la enfermedad adictiva, el concepto de rehabilitación
ha pasado a ser un valor social altamente apreciado. En razón
de ello, estas sectas se acogieron a esta bandera y se arrogan méritos
exclusivos: se consideran capacitadas para rehabilitar. Además
de prometer la salvación, también se sienten capaces
de “solucionar” todo tipo de problemas, incluso problemas
como la drogadicción que, bajo la óptica de los cultos,
están vinculados con el vicio y el pecado.
Las sectas se atribuyen conocimientos y técnicas propias
infalibles que las hacen únicas ante otros sistemas de tratamiento.
Algunas de ellas, muy estructuradas en torno a la labor rehabilitadora
que les da identidad, se publicitan bajo la forma de Comunidades
Terapéuticas especializadas. Unas son de origen laico con
ribetes psicológicos y pretenciones pseudocientíficas,
y se adjudican éxitos que atribuyen a “la ciencia y
tecnología” que creen haber desarrollado. Las de carácter
religioso son, en su mayoría, filosofías orientalistas
con ribetes místicos o doctrinas improvisadas de extracción
cristiana o pseudocristiana. En general, se adjudican éxitos
que atribuyen a las prácticas y virtudes del culto. Centran
sus actividades en reforzar la doctrina con el estudio de libros
sagrados, la confesión de malas acciones, los votos perpetuos,
el arrepentimiento, el compromiso de llevar una vida virtuosa, y
una serie de prácticas tendentes a la conversión del
toxicómano y, sobre todo, a su adhesión irrestricta
a la secta.
Ostentosamente, hacen publicidad en medios en los que el consumo
de drogas es intenso y permanente. Gracias al tesón y al
trabajo diario de sus dedicados adeptos, las sectas muestran una
excelente imagen de altruismo ante la población general.
Esto les permite captar un extenso público de todos los estratos
sociales: también interesan a los individuos de clase humilde,
que serán igualmente rentables al explotárseles como
mano de obra gratuita.
Los verdaderos fines de estas sectas son comerciales: persiguen
riqueza y poder político. Mientras más engrosan sus
filas con nuevos adeptos, más aumentan sus riquezas. Muchas
sectas han penetrado círculos, elevadas esferas y clases
dirigentes de importantes países. Con el apoyo de sus gobiernos
han logrado la adjudicación de considerables extensiones
de tierras, además de publicidad, prestigio y protección
contra demandas judiciales.
Existen semejanzas entre el mundo de las drogas y su población
y el mundo de las sectas y la suya: la dependencia de las drogas
es como la dependencia de una secta. Aunque lejos de ser lo deseable,
sustituir la droga por una doctrina intensamente internalizada puede
ser válido siempre y cuando la nueva doctrina no sea tan
enajenante y castrante como la droga misma. La persona que es atrapada
en una secta no se plantea que ésta puede llegar a perjudicarle.
Cree, como en el caso de las drogas, que podrá tener la situación
bajo control en todo momento. No todas las personas que prueban
drogas por primera vez se entregan a ellas para siempre; ni tampoco
todo el que se acerca a una secta termina “enganchándose”.
Las drogas, desde tiempos inmemoriales, han estado unidas a rituales
místico-sectarios. De allí que en algunas sectas el
uso de drogas sea una práctica regular. Las sectas son como
una droga, hay grandes parecidos entre una dependencia y otra. No
es nada raro ver como un drogadicto se convierte en sectario: llega
como drogadicto y termina como un trabajador sin sueldo, fiel a
la nueva ideología, sumiso y completamente fanatizado.
En todas las épocas y latitudes ha existido la creencia de
que los estados alterados de conciencia desencadenados por diferentes
drogas son un paso previo para establecer contacto con la divinidad
o sus variadas manifestaciones Es por esta razón que en algunas
sectas se ofrecen sustancias intoxicantes en forma de infusiones
embriagantes y pócimas sacralizadas. Los adeptos las ingieren
como parte sagrada del culto en ceremonias rituales y, después
de varias repeticiones, desarrollan dependencia de tales sustancias,
mientras se profundiza aún más la dependencia hacia
la secta.
Por regla general, aquellas sectas que, entre otros servicios, se
dedican a la ayuda de drogadictos, prometen una completa y permanente
solución a los problemas de su vida a cambio de una completa
aceptación y sumisión a la filosofía y prácticas
del culto, pero no ofrecen la opción de una vida regular,
en contacto con la vasta sociedad y el mundo real. Sólo ofrecen
una “nueva vida”, posible únicamente dentro de
la secta.
Sustituir la dependencia de las drogas por la dependencia de las
sectas es igualmente enajenante: la persona afectada estará
siempre aferrada a algo falso y aunque la secta le ayude en primera
instancia no le brindará la oportunidad de aprender aquellas
actitudes necesarias para crecer emocionalmente y evolucionar hacia
niveles más altos de salud y autonomía. Cientos de
instituciones de carácter oficial o privado, laicas o religiosas,
siguen el mismo sistema que sustituye una dependencia por otra.
A pesar de sus limitaciones son muchas las sectas que con su indoctrinación,
basada en la coacción moral y amenaza de castigos divinos,
logran que los adictos se mantengan en abstinencia. La secta ofrece
un espacio libre de drogas donde es posible adaptarse a una rutina
útil de trabajo. La supervisión y la orientación
dirigidas dentro de los valores y las ideologías religiosas
son válidas, y todo ello aleja al drogadicto de las drogas.
Pero eso no es todo: el proceso debe estar dirigido a la reinserción
social, y no será terapéutico si el residente es puesto
en disyuntivas como “nosotros o la droga”, “Dios
o la droga”, “la secta o la droga”. Con esta presión
se retiene al residente que, atrapado, opta por quedarse indefinidamente,
trabajando sin sueldo en la secta.
Una verdadera comunidad terapéutica tiene la meta de establecer
una cultura que facilita y fomenta el cambio del individuo: señala
un camino de crecimiento, no ofrece soluciones completas. Está
implícito que los residentes se marcharán después
de haber aprendido a manejar mejor los muchos problemas que se presentan
en el diario vivir y que todo el mundo tiene que encarar.
El residente no debe ser apartado del mundo. No deben limitarse
sus contactos con la vida cotidiana y la gente común y corriente.
Más bien debe renovar y mantener los vínculos con
su familia, ser incentivado para el matrimonio, o para la reconciliación,
si ya estaba casado. Al mismo tiempo, es muy importante que logre
liberarse de la dependencia de la secta. Es comprensible que sienta
gratitud hacia la organización y conviene que se mantenga
en buenos términos con ella, que prive el sentimiento mutuo
de que “puedo contar con Uds. y Uds. pueden contar conmigo”.
Esto es saludable, significa crecimiento, y también evita
que se extingan los aprendizajes logrados durante la etapa de internado;
pero todo esto es diferente de un malsano lazo de dependencia definitiva.
No es nada raro que en las sectas destructivas se incentiven otras
dependencias físicas y emocionales con el fin de mantener
al adepto dentro de unos márgenes de limitación mental
que le impidan abandonar la organización.
Una terapia es válida y funcional cuando ayuda verdaderamente,
no sólo a salir de las drogas, sino también a la reinserción
en la sociedad. Cuando éste es el caso, la secta se asemejará
más a una comunidad terapéutica y habrá cumplido
un cometido genuinamente humano.
En la próxima edición, compartiremos con los lectores
de Universalia algunos ejemplos claves de sectas y líderes
peligrosos cuyas consecuencias dejaron una dramática huella
en el siglo XX: el reverendo Jim Jones, el Mesías David Koresh
y la gurú F. Garthe.
(*)Profesor del Departamento de Ciencia y Tecnología
del Comportamiento. Médico psiquiatra y dicta el curso de
Estudios Generales Rechazo y desviación social (CCG-414).
El texto aquí transcrito es un extracto de su volumen
Discrepancias sobre comunidades terapéuticas, adicciones
y recuperación.
Universalia
nº 20 Sep-Dic 2003
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