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El maldito no es Sade I Un mal forzoso e inevitable: "...para poder conocer la virtud, primero debemos familiarizarnos con el vicio. Sólo entonces, podremos alcanzar la verdadera dimensión del hombre..."[2]
En el caso del Marqués esa fuerza se vincula al ejercicio libre de la creación. "...Un hombre que encontró la libertad en el lugar más insospechado. En el fondo de un tarro de tinta. En la punta de una pluma..."Si bien las flemáticas paredes del sanatorio de Charenton no han podido contener la impúdica prosa de Sade, su libertad ha sido quebrantada de muchas formas por la violencia institucional. Y sin libertad no hay posible juego de maldad. Por tanto, ¿el Marqués de Sade es malvado? Los virtuosos le han despojado de sus plumas y tintas para combatir demonios. Lo desnudaron en el centro del bosque para que fuera presa fácil. Torturaron su carne, y arrancaron su lengua sin piedad, como si con ello pudiera callársele. Y sólo interpretaron su obra malvada al pie de la letra. "...Homo perversus, una especie que prospera en cautiverio..."[2] Por último, Sade se enfrenta
a los farsantes y tramoyistas. Hombres virtuosos. Se revela contra todos
ellos, exponiendo deliberadamente su malignidad. Ese lado disoluto que
conoce muy bien. Su prosa corruptora no crea el mal de los hombres,
pero es evidencia clara de nuestra propia naturaleza. Una verdad intolerable.
"...Hay en cada uno de nosotros tanta belleza y tanta abominación.
Ningún hombre está exento..." [2] Si el Marqués de Sade no
es malvado porque no es libre, su lengua al menos es maldita. Esa terrible
lengua combatió la moralidad de una época perversa y encontró
goce en la bajeza de los virtuosos. Y en definitiva, sólo los
virtuosos tuvieron la posibilidad de elegir y ser malditos y encontrar
placer en serlo. BIBLIGRAFÍA [1] Georges Bataille. Fragmentos de la Literatura del mal. Carta escrita por Sade en 1782. [2] Las letras prohibidas. El Marqués de Sade dirigida por Philip Kaufman. Datos biográficos del autor
y selecciones de sus obras. Ideas de Cioran Universalia nº 16 Ene-Abr 2002 |
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