El
disimulo como Estado
Lorena Suárez
B*
La figura de José Ignacio Cabrujas forma ya parte del subconsciente
colectivo venezolano. Su desaparición física sólo
fue una excusa para que su personalidad, tan profunda como caraqueña,
tan irreverente como afable, se fundiera en una amalgama perenne
con la cuidad, su ciudad, pero sobre todo con su país,
que se empeñaba en descifrar. Cabrujas escribía y
leía para todo el país, tanto desde el microcosmos
de sus personajes de teatro y telenovela, como desde sus artículos
periodísticos. Su obra debe permanecer como una fuente cuyo
sonido se confunda con la memoria de su voz ronca, y a la que siempre
podamos recurrir. Ojalá podamos ver una edición, aunque
sea antológica, de sus escritos.
En una famosa entrevista concedida en 1987 al equipo editor de
Estado y Reforma (un órgano divulgativo de la extinta Copre),
el dramaturgo de Catia ya avizoraba de qué se trataba todo
aquello de la reforma del Estado. Era otra vez el Barón de
Munchausen en su pretensión de salir del tremedal en que
estaba inmerso, con todo y cabalgadura, mediante el solo y simple
expediente de halar de sus propios cabellos (hacia arriba, por supuesto).
La entrevista, que en forma de artículo lleva el nombre
de "El Estado del disimulo", arroja valiosas claves para
abordar el concepto de Estado en Venezuela y su relación
con la actitud del ciudadano corriente. Una de estas claves es la
consideración histórica. Cabrujas expone que el origen
de la sociedad venezolana estuvo signado por la condición
de ser éste un lugar de paso, donde el conquistador no iba
a detenerse mucho tiempo pues su intención era seguir a donde
estaba la riqueza mineral (Lima o el Cuzco, Potosí) y en
último caso regresar a España cargado con los frutos
de su conquista. De ahí que los acuerdos y convenciones formulados
en esta sociedad tuviesen la flexibilidad de quien no asume graves
responsabilidades con los otros, ya que no piensa establecerse una
convivencia duradera. Las convenciones del Estado que así
se configura, tienen un sustrato acomodaticio y un carácter
de connivencia en la violación de la norma que se enuncia
más o menos en estos términos: "déjame
hacer lo que me dé la gana, que yo trataré de no intervenir
en lo que te dé la tuya, no importa si ello contribuye o
no al bien general o al crecimiento de una sociedad justa".
"Mientras tanto y por si acaso". Esa es la característica
esencial del "Estado del disimulo", culturalmente heredado
¿No es, por lo tanto, natural que se nos haya hecho tan difícil
diferenciar Estado (cuyos principios y directrices deberían
tener una cierta permanencia en el tiempo) de Gobierno (sujeto de
cambio periódico)? ¿Cuántas constituciones
se imprimieron en la vida republicana del país tratando de
"poner orden en el juego"? ¿Cuántas deberán
imprimirse aún?
Es claro que la tendencia a considerar el pasado cultural como
una fatalidad determinante, de la cual no hay escapatoria (tendencia
que se resume en la frase "¡Es que somos así!"),
es un lastre que debe ser descartado. Como también es cierto
que el actual Gobierno ha dado muestras de querer establecer las
bases para el logro de un "contrato social" nuevo y consensuado.
Pero hay que ir más allá. La superación del
"Estado del disimulo" tiene que pasar, por oposición
lógica, por el Estado de la sinceridad o por la sinceridad
del Estado, lo cual tendría que traducirse en políticas
de Estado que, haciendo énfasis en la formación cultural
y en la educación, así como en la transparencia en
la aplicación de las leyes, faciliten la aparición
de una conciencia ciudadana que pueda romper el círculo vicioso
que ha existido en la relación Estado-Sociedad.
*Estudiante de Ingeniería Geofísica (USB)
Universalia
nº 17 Sep-Dic 2002
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