Máquinas
Ángel Lezama(*)
"El olvido está lleno de memoria"
Mario Benedetti.
— ¡Mis máquinas, maldita sea, se han ido!...
Pasó la vista de un extremo a otro, mirando aquel insólito
lugar, sintiéndose despertar en el sueño de algún
sueño anterior a ese y del cual no recordaba haber despertado
nunca. No sabia si había estado alguna vez allí,
en ese sitio patas arriba, como él mismo pensaba, o si en
realidad estaba viendo todo aquello. En todo el trayecto
que supuso haber caminado posó su mirada sobre todas esas
cosas inacabadas y extrañas que poblaban los alrededores
y al sentirse completamente abrumado ante lo incomprensible del
lugar, en más de una ocasión trató de invocar
aquel mantra aprendido en alguna novela de ciencia ficción: «No
conoceré al miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la
pequeña muerte que conduce a la destrucción total.
Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y
a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi
ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado
el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo» .
Se lo había repetido cientos de veces, pero, de forma invencible,
el miedo retornaba sin mora con las visiones de ese mundo extraño,
inabarcable e infesto de soledad y en cual flotaba expectante un
terrible hedor a angustia.
Caminó y solo Dios sabe cuanto tiempo estuvo caminando en
aquel llano inmenso y atroz. Pero la sensación de haber
estado allí y la certeza de no haber estado nunca se le
confundían con extremada e insoportable velocidad, como
ases luminiscentes y policromos puestos a girar en una licuadora...
sin embargo, quizá al final sabia que, aunque sea de manera
inconsciente, ese lugar existía o existió alguna
vez en su imaginación... o en su mente... o no sabia en
que endemoniado lugar, pero de repente le venía le certeza… juraba
que existía, estaba tan seguro de ello, tan seguro que se
conocía hasta el nombre... tenia la certeza de conocer el
nombre... el nombre…
Pero el nombre no quería saltar a luz de su lengua, el nombre
se empecinaba en no ser pronunciado, a no ser develado por una razón
irreconocible, como si ello trajese un castigo inminente. Algo le impedía
aclarar sus pensamientos, su cerebro trabajaba trabado, vagamente, como en
un estado seminconsciente. A veces parecíale tener la memoria tapiada
con sal, sal disgregada y caliente a punto de fusión...
— Me importa un rábano molido el nombre de éste
maldito lugar –creyó decir en voz alta. Pero de súbito,
un pensamiento le rasgó...
— ¡Mis máquinas!...
Y el dolor con sus manos como tenazas solazábase morbosamente
sobre su cuerpo cada vez que las recordaba, y cada vez, una insoportable
y angustiosa congoja le poseía haciéndole sentir
indefenso.
— ¡Mis máquinas, por qué maldita sea, mis máquinas!...
Y la evocación, sentía como le trepaba por
la garganta en un movimiento agitado y rasposo, como el primer trago
de güisqui. Todo lo que recordaba le costaba un trabajo inmenso
fijarlo en un pensamiento coordinado, pues todas aparecían
y desaparecían con extraordinaria rapidez, sombras que se
extendían para luego achicarse y darle paso a su vez a nuevas
sombras... “Si supiera la manera de comprobar que el pensamiento
pesa —supuso que pensaba en ese momento— le hiciera
comprender a todos tan innovador descubrimiento y ser así el
primero en dar a conocer tan maravillosa revelación
a la escéptica comunidad científica. Solo con
ello...”... sombras que cedían a otras sombras; lo
que hace un momento era un pensamiento, ahora era una idea monocroma
que ya pasó, una sombra nacía de nuevo...
Pero una idea —o mejor dicho, un pensamiento— recurría
a su memoria con persistencia: Las máquinas. Sabía
que estaba en ese lugar buscándolas. ¿Cómo
sabia que estaban sus máquinas en ese lugar —lugar
de locos sin locos, como el decía... o mejor dicho pensaba...
o quien sabe como era fin— cerca de las rocas levitantes?
No lo tenía claro, pero así sentía que debía
de ser. Pero lo absurdo le asechaba en todas partes, la duda de
encontrar el lugar de dichas rocas.
—Las rocas no levitan, ¡diablos! ¿Quién puede cree
que las rocas floten tan solo no más? —decíase meneando
la cabeza con incredulidad.
Ni tampoco imaginaba como podían flotar tan solo no
más todas esas cosas imposibles del llano. Eran esas
cosas las que vencían su incredulidad y aprehensión.
Quizá las rocas, pensaba que se decía a si mismo,
habrían aprendido de alguna forma a hacerlo...
Sabia que tenia que hacer un esfuerzo y coordinar la tormenta de
pensamientos que se agolpaban en su cabeza y que le calentaban
el cerebro, resultando en un embotamiento instantáneo y
doloroso, un embotamiento salitroso que no le permitía fijar
un esquema de prioridades y metas en aquella incorruptible soledad
del llano. Quería fijar y pensar, pero le resultaba imposible
luchar contra la caleidoscópica marejada de frenéticas
imágenes convulsas en su cerebro. Trató dejar estáticas
en su mente las visiones de aquel mundo imposible de cual conocía
el nombre, pero al que, por razones desconocidas, le estaba prohibido
por ahora recordar. Quizás, se dio cuenta después,
era necesario despejar primero sus pensamientos y efectivamente
dejar de preocuparse en pensar y dejar de pensar en sus pensamientos
incontrolables, y centrarse en las peculiaridades del llano y con
ello ejercitar su poder descriptivo y evitar caer en una crisis
neurótica.
Y que mejor forma de empezar ese ejercicio que hacerlo por el riachuelo
de tres franjas suspendido en la nada cuya vista era simplemente
desconcertante. Nada de comprender, se dijo, solo describir y nada
más, concentrarse en las formas y los elementos que le componen,
puesto que hacer lo contrario era perder el juicio ya que de por
sí el riachuelo multicolor era insólito. Inhaló y
exhaló por pura mecánica de relajación, lo
recorrió brevemente en una dirección cualquiera y
se dispuso a salmodiar en voz alta y en tono impersonal la bizarra
descripción de lo que veía:
—Un riachuelito de tres franjas: una de color azul metálico, de
aproximadamente quince centímetros de ancho y dos centímetros
de espesor, otra, la del medio, de color blanco mate, de cincuenta centímetros
de ancho y seis de espesor y por último, una franja de cuarenta centímetros
de ancho aproximadamente y cuatro centímetros de espesor. En la primera
se pueden ver unos pescaditos en forma de clip literalmente, donde un ojo blanquinegro
con pupila múltiple se sostiene en la nada, una boca pintada como con
carboncillo se delinea también en la nada. Al probar el contenido de ésta
franja se pudo comprobar que no sabe a nada ni huele a nada ni se observó ninguna
corriente interna y hasta el momento, no se pudo ver otra especie de pez u
otra forma de vida.
Respiró. Al terminar la descripción no quiso ni tratar
de entender lo que hasta ese momento había dicho, cosa del
todo absurda, pero de inmediato comprobó su capacidad de
retener el presente y contarlo tal y cual era. Reconfortado por
este pequeño éxito sobre sí mismo, se dispuso
a recorrer un poco más el riachuelo y culminar con la descripción
de la otras dos franjas que restaban. Caminó por un rato
al borde del riachuelo que se suspendía a un metro del suelo,
más o menos y cuyas franjas distaban entre sí unos
cinco centímetros. En algunas partes, las franjas cruzábanse
entre ellas, perdiendo sus colores originales y trucándose
en un negro sin matices y de pétrea homogeneidad. También
las franjas se apergaminaban a veces en tramas de zigzag unas alrededor
de otras. En dos ocasiones se elevó hasta perderse
de vista en la infinidad del cielo absurdo del llano, hasta
que, en un lugar cualquiera, descendía de los cielos para
luego colocarse a las mismas alturas a las que las encontró por
primera vez. Volvió a detenerse frente a las franjas que
componían el riachuelo y con un suspiro, se dispuso a terminar
la descripción que antes comenzara hace ya un tiempo que
no recordaba.
—La segunda franja posee la pigmentación de la leche y sobre su
superficie se pueden ver como, de forma desordenada, se distribuyen unas varillitas
negras que suben hasta salir del líquido para luego hundirse en él.
La leche... ¡qué digo! Agua... ¡ya vá!... ¡líquido!
Eso es, liquido... líquido... muy bien. Las varillitas tienen cincuenta
centímetros de largo y un diámetro aproximado de un centímetro.
Al probar la sustancia no se obtuvo ningún sabor y no se pudo encontrar
otras especie primero, por la falta de visibilidad y, segundo, por no tener
equipos necesarios para extraer mecánicamente algún ejemplar
de la fauna característica del medio. Tampoco se pudo conocer la naturaleza
de las varillas...
— “GLÁNE...”
Escuchó o creyó escuchar, cortándole esto
violentamente la descripción en la cual se empecinaba,
perdiendo por breves instantes su monólogo, pero, inmediatamente,
logró empalmar el hilo roto hace poco.
—...puesto que fue poco menos que imposible extraer manualmente alguna
fibra y visualmente es lisa completamente. Al tacto no se pudo captar presión
ni temperatura; es prácticamente como si no existiese...
— “TUREME...”
Otra palabra le interrumpía descaradamente su salmodia descriptiva ¿es
que no estaba solo? ¿Seria más bien que estaba alucinando? ¿Por
qué le interrumpían? Y ya el hilo se había
perdido en alguno de los fangales del olvido.
— Mis máquinas...
Y de nuevo el dolor insoportable y el agrio sabor del desamparo.
Triste... solo, triste y solo quiso gritar...
— ¡AAAHH!... ¿POR QUÉEEEEE?...
E incongruentemente sintió no haber pronunciado ni una sola
palabra, pero ahora cayendo en cuenta se preguntaba si alguna vez
sintió tal cosa hasta entonces. No recordaba si alguna palabra
verdaderamente había resbalado por su lengua y se hubiese
proyectado rauda sobre el llano, llano que era pesadilla agorafóbica
y fantasmal. Quiso con un ejercicio respiratorio calmarse y volver
a su trabajo descriptivo. Jadeó, se secó un sudor
imaginario que le recorría la frente y comenzó:
—La tercera franja...
— “TUREME...”
—... es de agua cristalina...
— “GLÁNE...”
—... se pueden observar peces transparentes que saltan fuera del agua...
—“TUREME...”
—.. y peces en los cuales pareciese que sus órganos gravitan alrededor
de él en elipses...
— “GLÁNE...”
—... y otros donde su sistema nervioso o eso parece, gravita sobre una
sopa de coágulos de sangre...
— “TUREME, TUREME, TUREME...”
—… Se puede…
— “GLÁNE, GLÁNE, GLÁNE…”
—… ver…
— “TUREME, TUREME, TUREME, TUREME…”
—… ¡YAAA! … ¡BASTAAA!…
Ya no podía seguir de esa manera, siendo interrumpido tan
persistentemente y sintiendo de nuevo como en la cabeza se le agolpaban
imágenes terribles, sonidos irreconocibles, furia de golpes,
gritos cortantes, ulular de sirenas, frases inacabadas y macabras,
lluvia, dolor, sangre, ojos, bocas abiertas, lenguas, risas, rechinar
de metales, lágrimas y de nuevo el nombre impronunciable
de aquel lugar en sus pensamientos... al igual que las máquinas.
Cuando volvió en sí estaba tendido en el suelo cuan
largo era. Sus manos apoyaban las palmas en la superficie lisa
del suelo, su cabeza estaba ladea sobre su hombro derecho, sus
piernas extendidas hacían que sus pies formaran una “V” trunca
en el vértice. Le costaba mucho pararse; aunque la sensación
de peso carecía en ese instante paradójicamente de
significancia, al contrario le parecía que, si por cualquier
circunstancia le diera a su cuerpo un leve impulso, saldría
proyectado como un cohete al infinito, al infinito donde no existía
ni existiría nada... nada que se relacionara con él.
Hasta ese momento su desorden emocional se había calmado
bastante. Ya no escuchaba voces ni alucinaba cosas. Aunque una
pregunta le abofeteó descaradamente: ¿realmente
escuchaba? ¿O sería más bien que intuía
por pensar las palabras que pronunciaba? En este sentido la sensación
de percibir algo por sus sentidos le era caprichosamente esquiva.
Sin ciertas reservas se paró para luego palmotear sus piernas
quitándose un polvo inexistente. Acto seguido continuó caminando,
mirándose a cada paso los pies. Mientras esto hacia se topó con
una letra roja enorme. La veía tan enorme, como si una mosca
mirara una ardilla, era una letra A del alfabeto, una A del tamaño
de una torre y supuso que tenia algo que ver con él a lo
que instintivamente quiso recordar su nombre... pero no lo recordaba ¡No
recordaba su nombre!... era una situación cargada de absurdos,
un sin fin de remembranzas se le agolpaban de repente en lacabeza
pero su nombre ahora era otro misterio que también poseía
malignidad y no le convenía recordar y no sabia tampoco
por qué.
Quiso dejar atrás la letra y seguir adelante –pero ¿qué era
adelante?– pero al dejar de ver la letra enorme y bajar la
vista se encontró con un campo sembrado de letras... ¡pegadas
al suelo! ¡Increíble! No le sorprendió tanto
ver una letra enorme flotando a dos metros de altura como ver a
esas letras pequeñas posadas sobre la superficie del llano
y en éste caso no eran tan solo A, sino N, L y E de muchísimos
colores mezclados repetidas desordenadamente, hasta perderse de
vista. Trató de arrancar una pero le fue imposible hacerlo
pues, estaban firmemente sujetas al suelo y tras luchar por un
rato, desistió al fin de sus propósitos. Al momento
de marcharse del sembradío de letras, notó que estas
formaban un dibujo en mosaico, pero como el campo era tan extenso,
no supo con seguridad que era lo dibujado, no obstante pudo distinguir
una espada —o la empuñadura de lo que parecía
una espada—, unas cruces y unos pergaminos antiquísimos
con escrituras incomprensibles para él, pero la extensión
del dibujo era tal que le resultaba imposible reconocer todas las
partes y los motivos. Y de nuevo la sensación de pánico
comenzaba a invadirle, la certeza de un mensaje al cual huía
concientemente y cuyo significado no quería oír,
ni ver, ni sentir, ni palpar ni nada, tan solo esquivar,
posponer, olvidar.
Retorciéndose las manos y en un acto de absoluta negación,
salió corriendo a ningún lugar, lejos de la A suspendida
a dos metros de altura, del campo de letras formadoras de un dibujo
horrendo, lejos de los presentimientos que le querían rebelar
algo terrible y que no quería escuchar, lejos de las visiones
y los dolores, lejos, muy lejos de todo. Corrió y no supo
cuanto ni hacia donde corrió, hasta que ante sí vio
extenderse lo que parecía una orilla de playa y vio un mar
sin olas ni viento, sin árboles ni palmeras extendiéndose
por todos lados. Se dirigió hacia él buscando sentir
a sus miembros y a su cuerpo perder peso en el agua y dejarse arrastrar
por la placidez y la calma de su soledad...
No pudo realizar nada de lo que se proponía pues al adentrarse
en el agua no sintió que su cuerpo perdiera peso, ni sintió corrientes
internas, ni fluir de olas ni la densidad del agua de mar, no sintió nada
en realidad. Acongojado por esto se sentó donde se había
detenido y por puro acto reflejo deslizó su vista sobre
el agua de tan raro mar. Sentado, el agua le cubría hasta
un poco por debajo de los hombros. Debajo del agua sus manos se
entrelazaban por delante de sus piernas flexionadas, quedando las
rodillas apoyadas en su pecho. Mientras miraba con indiferencia
el agua, vio como los pequeños pececitos dentro del ella
quedábanse estáticos, con si estuviesen sumergidos
y encapsulados en una colada de cristal. Dirigió su mano
hacia una de los pececitos y lo extrajo del agua. Al verlo fuera
del agua, notó que no era igual a como lo veía dentro,
había sacado la mitad de un pez o por lo menos no tenía
la cola que supuestamente debería tener, quedando como un
dibujo incompleto. Lo dejó caer al agua y lo vio disgregarse
para luego quedar en el lugar en el que estaba con su forma anterior.
Intrigado por esto se sumergió y vio toda una fauna
acuática estática. Como hizo anteriormente el pececito,
hicieron los que movió en esta ocasión, disgregándose
y colocándose de nuevo en el lugar donde se encontraban.
En eso estuvo un rato hasta que de repente se acordó que
estaba sumergido en agua del mar, pero al salir a la superficie
no notó ningún cambio entre estar sumergido y el
estar fuera del agua. En un puño agarró un poco del
agua y la dejó caer notando que más bien parecía
arena y no agua.
Se incorporó y comenzó a caminar, adentrándose
en el mar que para su sorpresa no se ahondaba, la profundidad no
variaba hasta que un instante, no se dio cuenta cuando, se fue
hundiendo poco a poco. Sin embargo para su sorpresa, no se estaba
hundiendo, era más bien que el mar se iba elevando como
un manto ondeado por la brisa, ascendiendo hasta perderse de vista...
inmediatamente cayó en cuenta que estaba en el lugar de
las piedras levitantes.
Aquello no lo imaginaba de esa manera. Como todos, hizo especulaciones
acerca del aspecto que tendrían aquellas rocas flotantes
y de cómo sería o tendrían que ser los entornos
que las circunvalarían; pero para su desgracia, allí solo
estaban cinco rocas desnudas expuestas a la difuminada luz del
llano proveniente de todas partes o de ningún lugar a la
vez. Dichas rocas cambiaban de color incesantemente o simplemente
se transparentaban, girando todas en un círculo que se extendía
y se contraía constantemente sin concierto aparente. Todas
eran de forma y de tipo diferentes y a la distancia que le separaba
de ellas pudo apreciar su considerable tamaño, aunque no
podía detallarlas completamente puesto que la distancia
que aún le separaba de ellas era amplia.
Trató de dar un paso para acercarse, sin embargo vió con
consternación que estaba suspendido en el aire. Pataleó desesperadamente
sin poder avanzar ni un centímetro más y al momento
una pregunta hace ya mucho tiempo olvidada volvía a su mente, ¿existía
verdaderamente allí aire? No lo podía afirmar, fragmentos
de su estadía en el mar aquel se lo insinuaban. tampoco
podía afirmar que existiera el tiempo ni si efectivamente
recordaba. Todo se tornaba en confusión y absurdo, todo
le parecía carente de sentido, ni ahora ni antes he estado
en algún lugar, no me he movido de ningún lugar,
se decía a sí mismo, perdiendo la razón en
la devastadora soledad del llano. El pánico y una asfixiante
angustia se cernían sobre él sin violencia y sin
pausa, palmo a palmo, hostigándolo acorralándolo,
sin prisa, macabramente. Ya estaba siendo presa de la locura cuando
de la nada y de repente, saltaron sobre él aquellas palabras
que interrumpieran sus esfuerzos descriptivos anteriores. saltaron
como animales salvajes en cámara lenta...
— “TU... GLÁ... RE... NE... ME”
Podía verles colmillos y garras a éstas silabas oscuras,
sílabas que parecían sacarle la lengua y burlarse
de él. Pero más que a las sílabas, sentía
terror por el significado que sabía encubrían detrás
de sí. Como lo sabía, ni remotamente idea tenía,
pero de ello estaba más seguro que de su verdadera existencia,
mas algún motivo le velaba cual era.
Dejó su infructuoso y empecinado pataleo y dejose llevar
por las circunstancias. Frente a él estaban acercándose
lentamente las sílabas que antes solo escuchara en su pensamiento
hasta que se detuvieron a solo cincuenta centímetros de
su cara. Allí mismo empezó una danza macabra, en
donde aquellas se enfrascaron en una sangrienta lucha en donde
iban descuartizándose entre sí en frenética
y orgiástica fiesta de sangre y miembros destripados, fiesta
brutal y sin tregua, sin ningún tipo de límites.
Cuando todo hubo terminado, flotando quedaron unos repugnantes
coágulos viscosos en brutal parodia de lo que fueran simples
letras.
Ya no razonaba, ya sentiase vencido por una lógica ilógica
que no comprendía. Mientras el carnaval dantesco se desarrollaba
en el exterior, interiormente se sincronizaba otro carnaval compuesto
por el reflujo de complicadas imágenes yuxtapuestas a gran
velocidad. No podía combatir contra todo aquello, ya sabiase
vencido, era demasiado, ya no le importaba nada, incluyendo
las máquinas...
— Mis máquinas… se han ido –dijo como para sí mismo,
en vos lastimera.
Y de nuevo la caleidoscópica marejada de imágenes
y narraciones incomprensibles formadas en su locura y protagonizadas
por su propia voz... “Aquí pareciese que el tiempo
es una unidad de referencia completamente inútil. Aquí no
hay por qué contar el tiempo, las cosas incesantemente
vuelven a empezar, incansablemente vuelven al mismo lugar, por
lo que no se sabe si han comenzado alguna vez. Aquí la
vida no termina, pues ni siquiera ha comenzado en realidad. Todo
esta a media terminar o a medio comenzar, es inútil decir
que algo prosigue, pues esto es sinónimo de continuar, pero
aquí nada continua, con tal que no sea para terminar por
el principio...”
Otra narración voló ligera como una mota de polvo... “alguna
vez vi a unas cañas bambolearse como si un viento las golpeara
y las quisiese arrancar de raíz, pero ningún viento
sentía en ese lugar. Aunque si bien se piensa, esas cañas
flotaban en el aire ¿De donde podían ser arrancadas
entonces? Pero allí estaban, siendo castigadas con saña
una y otra vez por un viento inexistente, y digo con saña,
pues a la vegetación anaranjada que le rodeaba no le pasaba
nada, como si no hubiese aire para ellas, aunque el aire era un
nombre solamente, porque aire no sentía en ese lugar y ver
lo que es ver, no me atrevo a afirmarlo, puesto que lo hacía,
al parecer, mediante una membrana o memoria de un hecho que recuerdo
haber olvidado...”
— ¡Hey, pís, tú!
Escuchó que le llamaban con su propia, o por lo menos una
voz que pensaba era la suya.
Abrió pesadamente los párpados y vio a alguien montado
en una de las piedras flotantes, la cual se acercaba silenciosamente
en su dirección. Sobre la piedra estaba una persona sentada,
enfundada en lo que parecía un frac escarlata. Sobre su
cabeza, flotando, un sombrero de copa enorme, escarlata también.
— ¿Quién eres tú? –se atrevió a preguntar.
Aquel no respondió, todavía no divisaba a la distancia
que aún les separaba, la tez blanca de sujeto. Cuando alcanzó a
verlo bien, no pudo dar crédito a sus ojos. Aquel ser no
poseía orejas, ni ojos, ni nariz, ni ninguna otra cosa en
su cabeza que no fuese una boca exageradamente grande, la cual
estaba puesta en diagonal y ocupaba casi la toda la cara y en cuyo
interior se movían unos dientes grises como si fuesen correas
transportadoras, parodiando una grácil sonrisa nómada.
—Hola –saludó la boca amigablemente.
— ¿Quién eres tú? –Volvió a preguntar
con desconfianza, apretando los puños.
El otro no se animó a responderle, en cambio la boca le
formuló otra pregunta con sus labios sonrientes.
—Me figuro que sabes por qué estas en aquí, ¿Lo
sabes, verdad?
Y el doloroso presentimiento otra vez, la punzante angustia...
el recuerdo de las máquinas fugitivas…
— ¡Mis máquinas, maldita sea... se han ido... me han abandonado! ¡Las
estoy buscando!... ¡Las necesito!...
Su voz era un nudo, un nudo de angustia impotente apenas articulado,
un fantasma de voz, un silencio sonoro. Pero su voz le seguía
preguntando insistentemente...
— ¿Y que te hace pensar que están aquí –dijo
levantando las manos a medio extender con las palmas hacia arriba– en
este lugar?
Apenas había escuchado la pregunta, inmerso como estaba
en su angustia solitaria, pero efectivamente no sabía por
qué impulso desconocido buscaba allí a las máquinas,
y ahora tampoco sabía como había llegado a ese lugar
demoníaco, todo en su cabeza daba vueltas furiosamente,
pero se defendía de su terror...
—...no lo sé, ¡Maldición, no lo sé!, pero
lo sé, claro que lo sé, claro... claro que sí...
si...
No sabía ya que decía, y ya no quería decir
nada más, lo que quería era olvidar, olvidar todo,
olvidarse de las máquinas y de ese mundo maldito y triste,
olvidarse de ese ser grotesco sentado frente a él, olvidarse
de sí, de todo... de todo.
—Aunque no lo sabes, aquí hay millones como tú, vagando
por todos lados, buscando como lo haces tú, a las cosas que tú llamas
máquinas; algunos se dan cuenta que aquí no las encontraran,
que en cambio las perderían por siempre, y su misma memoria se olvidaría
que un día estuvieron en este lugar. Lo único que pudieses encontrar
aquí es una llave, un conocimiento u entendimiento del funcionamiento
de los secretos de llano como lo llamas inconscientemente y que te harían
volver al lugar de donde provienes, pero las máquinas como tal no están
aquí, y es vana tu búsqueda y todo el esfuerzo que en ello pongas.
Tienes que irte, no te conviene estar por más tiempo en el llano, ni
un instante más, no debes esperes más, no tardes más...
— ¡Mentira! —le espetó con ira— ¡Es
mentira, maldita boca mentirosa! Solo quieres engañarme, ¡No te
creo! ¡Están aquí, están aquí! ¡Ja,
ja, ja, ja...! ¡Aquiiiiiií! ¿Por qué mientes?, ¿eh? ¡Por
qué me mientes! ¡¡¡Por queeeeeé!!!...
—Bueno –dijo con resignación alzándose de hombros
la boca– ya has visto las palabras de advertencia, no volverán
a mostrarse. Y con respecto a los significados que presiente, es mejor que
no los averigüe Ángel...
Un centellazo....
— “GLÁNE...”
... su nombre...
He irguiose el hombre sobre la roca. Cerró su puño
derecho juntado las yemas de sus dedos pulgar e índice en
un ademán de agarrarse el inmenso sombrero. Aunque lo hizo
en el aire, el sombrero bajó como si hubiese sido agarrado
por el ala y, con la venia que le hizo el hombre, vio un número
bordado en la tapa del sombrero, un uno que se fue
descosiendo lentamente hasta desaparecer. Inmediatamente tuvo la
certeza de que no podía hablar.
En su desesperación vio alejarse la roca hacía donde
estaban las otras rocas girando lentamente, cuando de repente,
del cúmulo de rocas, una salió como disparada hacía él,
deteniéndose en seco a unos tres metros de distancia. Sobre
ella estaba un adolescente vestido con un frac multicolor, sin
ojos ni nariz, ni boca, ni otra cosa que no fuesen dos orejas enormes.
Al momento pensó con pánico que iba a ser despojado
de su poder auditivo como antes lo había sido de su voz.
Pensó esto con desesperación, pero su cuerpo no respondía
y no le quedaba otra sino ver como era despojado de su poder auditivo
sin oposición de su parte. Aquel adolescente también
poseía sombrero, pero este era de tamaño normal y
estaba fuertemente incrustado sobre su cabeza, y contrastaba con
las orejotas. Hizo el muchacho la venia y de sus orejas salieron
unos “dos” vaporizados que rápidamente se desvanecieron.
En instantes dejó de oír, pero esto no duraría
mucho, pues inmediatamente subió a niveles dolorosos su
capacidad auditiva. Todo el llano se pobló de millones de
voces, voces atormentadas, histéricas, suplicantes, aterradas,
distintas.
El adolescente se alejó velozmente sobre la roca, hacía
las demás. Al momento una de las rocas del fondo, se esfumó para
luego aparecer frente a él. El peñasco tenía
sobre sí a una niña que también vestida de
frac y sombrero volador, pero el frac era rosado y le quedaba pequeño.
Suponía entre las furiosas imágenes que se retorcían
en su cerebro que era niña por el color rosa del frac y
por las trenzas rosadas que adornaban una enorme nariz y las cuales
colgaban desde dentro de las fosas nasales. Hizo la venia ritual,
pero no salió ningún número de ningún
lado, pero si aparecieron a sus lados las rocas que faltaban por
aparecer. En una estaba un bebé vestido de negro y un sombrerito
suspendido sobre él, con unos ojos inmensos en la cara solamente.
En la otra estaba un ser hecho de pies, manos y tronco sin ningún
orden o concierto. Donde iba la pierna derecha, estaba la mano
izquierda y también con sobrero volador. Donde iba la mano
derecha, iba la pierna izquierda y de ésta manera era la
visión de un ser humano sin cabeza, empatado de forma grotesca
y brutal.
No daba crédito a todo lo que veía y por centésima
vez pensó que estaba en una infernal pesadilla, pesadilla
extremadamente larga y dolorosa. Centellaron sus ojos, se aguzó su
olfato y el dolor lo sintió aumentado en mil veces más.
Vio un millar de gentes deambulando el llano de la misma forma
que él lo hiciera. Percibió mil olores diferentes,
pero todos con reminiscencias de alcohol y acero. Escuchó mil
ruegos diferentes, sin fin de lamentos distintos...
—Éste es el llano –dijo su propia voz de manera tajante
y con ensordecedor eco– y aquí nunca encontrarás a las
máquinas, tontamente te has quedado en él y el tiempo si ha marchado
y lo peor es que ha marchado en tu contra, y eso, ya no lo podrás remediar...
bienvenido al desierto del olvido total...
Era la boca vestida de frac, era la boca transmutada en él
mismo.
— Aquí solo podrás ver el reflejo de lo que fueron tus
máquinas...
...rugido de sirenas, golpes, gritos...
—Y del llano solo te queda el final...
Y fue cuando comprendió el significado y lo que era en sí ese
lugar, la estancia neutra al último lugar al cual quería
ir. Sus máquinas aparecieron delante de él conectadas
a un cerebro brillante que se levantaba en el centro del circulo
que formaban las rocas levitantes. El control sobre sus máquinas
no lo tenía y ahora por siempre jamás lo perdería.
Él mismo se rió y le dijo:
— Adiós, no nos volveremos a ver.
Y vio como se disgregaba poco a poco. Vio con el cerebro se apagaba
y las conexiones con las máquinas se iban muriendo. Vio
su cuerpo y se dio cuenta de su desnudez. Levantó sus manos
y vio como desaparecían, también vio como desaparecían
sus pies y su torso. Al final solo quedaron su boca y sus ojos
suspendidos en la nada, y viendo como el piso del llano se cubría
de unas palabras desconocidas.
Para sí mismo dijo:
— “MUERTE...”
Y desapareció por completo.
En algún hospital, Ángel Della era sacado de la sala
de cuidados intensivos y llevado a la morgue.
(*)Estudiante de Tecnología Electrónica.
Universalia nº 25 Abril-Julio
2006
|