El
monstruo y la percepción en Juan Pablo Castel (El Túnel)
Sergio Aguilera
Una de las concepciones generalizadas que se tienen
sobre la percepción es aquella que la define simplemente
como el efecto de captar impulsos sensoriales, bien sea a través
de nuestros sentidos o bien a través de nuestra intuición.
Pero no es reciente la discusión que sobre este concepto
se ha dado en los “círculos intelectuales”, especialmente
en el de los filósofos, y aún continúa siendo
objeto de estudio y debate para muchos pensadores. En la actualidad
se sabe con certeza -o al menos se podría decir que hay un
cierto consenso en torno a ello- que lo que ocurre entre el momento
en que un estímulo externo es captado a nivel biológico
y es entendido en nuestra mente es algo mucho más complejo
que un simple procesamiento y traducción entre impulsos sensoriales
y pensamientos. De allí que muchos prefieran utilizar el
término “proceso perceptivo” para denotarlo.
El concepto contemporáneo identifica la percepción,
entonces, como un proceso activo, responsable de todo cuanto entendemos,
creemos e, incluso, pensamos. Más que sólo el captar,
se reconocen ahora en ella al menos tres etapas, que ciertamente
no son pasivas: la selección de los estímulos, su
organización según alguna clasificación preliminar
y su posterior interpretación (1). Algunos incluso definen
la percepción como el mecanismo a través del cual
todo individuo “connota de significado al ambiente (…)
[lo que] requiere de una integración de la información
sensorial con elementos cognitivos (…) con el fin último
de construir el mundo que nos rodea” (2). Estos elementos
cognitivos hacen referencia a los distintos parámetros que
funcionan en nuestra mente a nivel individual y colectivo, influenciando
nuestro entendimiento; ello abarca desde aspectos elementales, como
los recuerdos de un individuo, hasta conceptos abstractos, como
el imaginario (3) bajo el cual está funcionando dicho individuo.
Al tomar este carácter activo, se convierte la percepción
en un acto individual, particular a cada persona, íntimamente
relacionado con las características específicas de
quien está percibiendo. Así, el proceso perceptivo
será el que determine la forma en que cada sujeto entiende
-y más aún, modela- el mundo que le rodea, configurando,
entre otras cosas, las definiciones y clasificaciones que le pueda
dar a los elementos a su alrededor. Por ello resulta imposible pensar
que un juicio sobre algún ser u objeto pueda considerarse
como una realidad absoluta sin tener en cuenta los factores que
participaron en los actos perceptivos de quien lo emitió
en un principio. Lo que para una persona resulta agradable, puede
representar algo insoportable para otra; lo que para algunos es
justo, podría ser considerado abominable por otros; lo que
alguien entiende como un elemento común y corriente, podría
ser percibido por otro como un ente monstruoso.
Entonces, se podría afirmar que cada vez que una persona
clasifica, define o nombra algún elemento en su entorno está
ocurriendo un acto perceptivo individual, que más que obedecer
a alguna regla común y general, está relacionado con
los factores particulares de la mente de dicha persona. ¿Hasta
qué punto tiene sentido, entonces, hablar de “conceptos”
y “definiciones”?
Al definir un concepto se están listando sus características
genéricas y diferenciales, que permiten clasificar cualquier
instancia como perteneciente o ajena a dicho concepto. Pero si esa
clasificación depende del proceso perceptivo de quien la
realiza, ¿puede realmente conseguirse un conjunto de reglas
de aplicación universal que garanticen que todos los elementos
pertenecientes a un concepto serán reconocidos de la misma
forma por todos los individuos? Pareciera que el alcance de las
definiciones, más que universal, continental, nacional o,
incluso, familiar, es únicamente individual. Esto las haría
completamente inútiles, o al menos dejaría sin sentido
proponerlas y enunciarlas al describir algún concepto. Pero
sabemos que no es éste el caso, porque, con ciertas variaciones,
las personas suelen compartir, dentro de cada conglomerado al que
pertenecen, una visión prácticamente común
sobre elementos particulares, y es esto lo que les permite la comunicación
(porque, ¿que más es el lenguaje sino un conjunto
de definiciones que todos aceptamos y tratamos casi por igual?).
Entonces, la validez o el alcance de cada concepto va a depender
de cuán independientes del proceso perceptivo individual
puedan ser las reglas que enumere, y cuán relacionadas se
encuentren éstas con elementos cognitivos globales o comunes
a algún entorno (familiar, municipal, occidental, etcétera).
¿Qué está entrando en juego, entonces, cuando
un ente es calificado como un monstruo? Ciertamente no hay un concepto
claro y unívoco de lo que debe ser considerado monstruoso,
y quizá se deba en parte a que esta calificación guarda
una estrecha relación con el proceso perceptivo de quien
la otorga. Pero entre los muchos estudios y aproximaciones teóricas
que sobre el monstruo se han hecho, han surgido varios elementos,
más o menos comunes, que parecieran permitirnos enunciar
un conjunto de perspectivas bajo las cuales podemos enfocar a un
ser cualquiera y determinar, unívocamente, si debe o no ser
considerado como un monstruo.
Entre estas perspectivas existe una que resulta de gran interés
para el presente estudio: aquella que busca entender al monstruo
como “el otro”, aquel distinto a mí, a nosotros.
Casi todos los elementos que se han utilizado comúnmente
para clasificar a los monstruos pueden asociarse de una u otra manera
con esta perspectiva. Y, sin embargo, es bajo esta luz que se hace
más evidente que el monstruo se define no por características
propias, sino por las de quien lo observa, pues lo que describe
más acertadamente a “aquel que no soy yo” es,
precisamente, el no ser igual a mí.

Tanto las ideas instintivas sobre lo que es un monstruo, como las
definiciones formales en diccionarios y enciclopedias (4), suelen
hacer referencia a la anormalidad, entendida ésta como la
exaltación hasta el extremo de alguna característica,
de manera que escape a los cánones predefinidos para algún
conglomerado particular. Lafuente y Valverde presentan al monstruo
como una “deformación del cuerpo”, entendiendo
este término no como un simple “agregado de órganos
y extremidades”, sino como “todas las formas que tenemos
de experimentarlo, ya sean de naturaleza físico-química,
ya sean de naturaleza socio-lingüística”. De ahí
que los clasifiquen en función del aspecto del cuerpo en
el cual se manifiestan sus deformidades, e identifiquen, entonces,
cinco grandes grupos: del cuerpo natural, del cuerpo femenino, del
cuerpo sobrenatural, del cuerpo imaginario y del cuerpo político
(5). Estas categorías abarcan prácticamente todos
los elementos más comunes que se encuentran en las aproximaciones
teóricas al monstruo, y cada una de ellas puede reducirse
en cierto nivel a la separación de éste como un ser
distinto y ajeno a aquellos considerados como “normales”.
Pero es en su descripción de los monstruos de cuerpo político
que Lafuente y Valverde logran expresar con mayor claridad esta
perspectiva de construir al monstruo en función de las características
de quien lo nombra:
Al tumulto de los que se resisten o simplemente no encajan, se les
calificará de extravagantes, ilegítimos, bastardos,
atravesados, perversos, impostores, bárbaros, bestiales,
sanguinarios, malignos, villanos, infames, mestizos, ralea y negra
estirpe (…) todas esas formas de monstruosidad no son sino
una prefiguración del orden que se quería construir
y, desde luego, podemos indagar el nosotros que somos sin más
que considerar a ese ellos que hemos excluido y estigmatizado (6).
Pareciera entonces que no podemos desligar el concepto de monstruo
de las características individuales de aquel que lo nombra;
es decir, que la condición de monstruo es meramente una sutileza
perceptiva y que cualquier ente puede o no ser un monstruo según
quién lo esté mirando. José Miguel Cortés
nos dice que “lo monstruoso representa el Otro depredador
que hay en cada ser humano” (7). Luego, ¿por qué
hay ciertos personajes, hechos y elementos a los que nadie (o al
menos casi nadie) duda en clasificar como tales? Si afirmamos que
el concepto de monstruo está íntimamente ligado al
proceso perceptivo y que varía para cada persona, ¿por
qué todos tenemos una idea más o menos común
sobre qué es lo que un monstruo representa?
La respuesta está en que el concepto “global”
de monstruo funciona, en términos generales, para la mayoría
de los individuos con características comunes que los agrupan
dentro de cada conglomerado social. Cuando analizamos la percepción
notamos que en ella participaban varios elementos cognitivos dentro
de la mente del sujeto, entre los cuales se cuentan “nuestras
presunciones básicas de lo que es el mundo” y “nuestros
modelos ideales” (8), y en general todo lo que tiende a ser
agrupado bajo el término de imaginario. Entonces, el monstruo
sí está asociado con la percepción individual,
pero, en la mayoría de los casos, es a través de los
distintos imaginarios comunes que la están influenciando.
De ahí que podamos lograr una definición global que
se aplica casi siempre sin problema para todos los integrantes de
una cultura específica -y en algunos casos para todos los
que comparten la condición de ser seres humanos.
El problema está, entonces, cuando el que define al monstruo
no está inserto dentro del grupo social, cuando el que lo
observa no encaja entre los “normales”, cuando el responsable
de calificarlo o no como tal es el otro. ¿Qué pasa
cuando el que percibe al monstruo es precisamente un monstruo? En
este caso, deja de aplicar el factor común del imaginario
compartido y surgen nuevos elementos en la forma de percibir, que
sólo podemos presumir que resultan de una distorsión
de las concepciones generales de la sociedad o conglomerado para
el cual el individuo en cuestión representa un monstruo.
Tendríamos entonces que adentrarnos en el mundo que dicho
monstruo construye en su mente para lograr a través de su
visión identificar los elementos monstruosos y comprender
cómo éstos se alteran y son percibidos por él.
Una oportunidad clara de adentrarnos en el mundo interno de un personaje,
y poder fundir nuestra visión con la suya, nos la ofrece
el autor argentino Ernesto Sábato a través de su novela
El Túnel. Lo particular de dicha novela, y lo que la hace
de interés para este estudio, es que está narrada
completamente por el personaje principal, el pintor Juan Pablo Castel,
quien no se dedica a narrar hechos como si hiciera las veces de
una cámara de video, sino que los va relatando en la forma
exacta en que él los percibió, e integra a la historia
una descripción de los procesos mentales que vivió
durante estas percepciones, especificando con gran nivel de detalle
todo cuanto pensó, sintió y concluyó (*).
Pero, ¿por qué tomar la visión de Castel para
tratar de entender lo que percibe el monstruo? Si bien este personaje
es, o parece ser, un ser humano “común y corriente”,
miembro -aunque le pese- de una sociedad, reconocido y hasta admirado
por otros individuos, y para nada señalado y apartado como
un ser abominable -al menos no en principio-, al ver el mundo a
través de sus ojos podemos identificar en él varios
de los elementos que la teoría ha asociado con el monstruo
y que eran disimulados con éxito ante los demás. Más
aún, sin necesidad de mayor profundización, la historia
que nos narra busca relatar cómo -y aunque no quiera admitirlo,
por qué- asesinó a la mujer que “amaba”.
Narración hecha desde el instituto (o prisión) donde
fue recluido y apartado una vez que confesó su atroz hecho
y se reveló ante sus congéneres como el monstruo que
era.
Cortés nos habla de los monstruos como todo aquello “que
representa una amenaza para la integridad, de un sistema, o de un
individuo, un elemento que se opone a las estructuras que constituyen
la vida”(9). Ciertamente, entonces, un ser que es capaz de
asesinar a un miembro de la sociedad automáticamente se convierte
en un monstruo para ella. Castel no es la excepción, incluso
antes de cometer su crimen, aunque los demás no lo notaran,
ya era en sí un monstruo. Su constante rechazo hacia la sociedad
y, en general, hacia cualquier agrupación de personas, y
su visión negativa y fuertemente crítica de todo cuanto
le rodea, lo mantienen aislado del mundo a su alrededor, sin encajar
por completo entre los demás seres que se comportan con “normalidad”;
tanto, que él mismo afirma que toda su vida ha transcurrido
dentro de un túnel solitario cuyas paredes lo mantienen separado
de todas las demás personas (10). Ciertamente, esto constituye
un elemento que le da el carácter de monstruo. Otro aspecto
que lo condena como tal es su comportamiento, que si bien suele
ser comedido y busca siempre permanecer lógico:
Corrí tras ella, hasta que comprendí lo ridículo
de la escena; miré entonces a todos lados y seguí
caminando con paso rápido pero normal. Esta decisión
fue determinada por dos reflexiones: primero, que era grotesco que
un hombre conocido corriera por la calle detrás de una muchacha;
segundo, que no era necesario (11).
a veces se traduce en hechos, quizás absurdos, que para la
mayoría de las personas son completamente anormales y por
tanto monstruosos: “Me encontré diciendo en alta voz,
varias veces: ‘¡Es necesario, es necesario!’ ”
(12).
Incluso el mismo Castel, que, a pesar de no sentirse parte de la
sociedad en la que está inmerso, demuestra en más
de una oportunidad conocerla bastante bien y saber exactamente cómo
se debe funcionar en ella, estaría de acuerdo en clasificarse
a sí mismo como un monstruo según sus estándares.
Sus actitudes y reacciones más de una vez le parecen desproporcionadas(**),
por lo que termina definiéndose como monstruo: “sentí
que en esos momentos estaba haciendo algo desproporcionado y monstruoso”(13),
“Me sentí una especie de monstruo” (14), “me
acusé de ser un monstruo cruel, injusto y vengativo”
(15).
Es Castel, entonces, sin lugar a dudas, un monstruo. Pero no deja
de parecer extraño llegar a esta conclusión a través
de sus propias palabras. Si los monstruos son distintos a nosotros
y no encajan en nuestra sociedad, su percepción debería,
por lo tanto, ser diferente a la generalizada, y su concepto de
monstruo ciertamente no debería concordar con el nuestro.
Pero vemos que para Castel lo monstruoso es lo grotesco, lo desproporcionado,
lo cruel, lo injusto, lo malvado; en fin, elementos todos que se
presentan como básicos en las aproximaciones teóricas
y que en gran parte pueden ser utilizados en su contra para condenarlo
a la calificación de monstruo. ¿No se supone que debíamos
encontrar que en el mundo del monstruo el desorden y la trasgresión
son la norma, mientras que la lógica, la justicia y la bondad
son lo monstruoso?
El problema está en considerar a ese otro como alguien completamente
ajeno a nosotros. Si bien es fácil calificarlo como monstruo
por no ser uno de los nuestros, la única razón por
la que podemos definirlo como ajeno es que existe un cierto punto
de comparación, desde el cual podemos destacar las diferencias
e ignorar las similitudes. Pero esto no implica que sea un ser completamente
independiente a la sociedad que lo condena; por el contrario, está
inmerso en ella y es uno de sus miembros, el rechazado, el aislado,
el temido, pero miembro al fin. Al hablar de sus monstruos del cuerpo
político, Lafuente y Valverde nos dicen: “miremos sus
rostros huraños sin tanto prejuicio (...) Somos nosotros
al fin y otra vez” (16).
El ejemplo más claro de esto es el mismo Castel, quien a
pesar de exponer en más de una oportunidad su visión
negativa de la sociedad, y de presentarse a sí mismo como
un ser ajeno a ella, condiciona gran cantidad de sus actos en función
de ajustarse a lo que esa sociedad considera normal y coherente,
y defiende su lógica como una de las pocas garantías
que ella provee: “el reglamento no puede ser ilógico,
tiene que haber sido redactado por una persona normal” (17).
En un fragmento narra que había decidido preguntar al ascensorista
de un edificio sobre la mujer a quien buscaba, pero su timidez le
hizo abandonar esta idea justo frente a la puerta del ascensor que
estaba a punto de abrirse:
De modo que cuando la puerta del ascensor se abrió ya tenía
perfectamente decidido lo que debía hacer: no diría
una sola palabra. Claro que, en ese caso, ¿para qué
tomar el ascensor? Resultaba violento, sin embargo, no hacerlo,
después de haber esperado visiblemente en compañía
de varias personas. ¿Cómo se interpretaría
un hecho semejante? No encontré otra solución que
tomar el ascensor, manteniendo, claro, mi punto de vista de no pronunciar
una sola palabra; cosa perfectamente factible y hasta más
normal que lo contrario (18).

La razón de esta aparente dualidad es precisamente
que los monstruos no por serlo dejan de pertenecer a los grupos
que los convirtieron en tales. De ahí que Castel pueda, sin
ningún problema, compartir hasta cierto punto nuestra opinión
sobre lo que caracteriza un monstruo, pero esto sólo implica
que su concepto abarca al nuestro, mas no que sea exactamente igual.
Siendo que su perspectiva, por más distorsionada que sea,
sigue partiendo de la nuestra, Castel comparte con nosotros los
elementos cognitivos que configuran la idea global del monstruo.
Lo que debemos es analizar hasta qué punto esta deformación
del proceso perceptivo agrega elementos que se traducen en una ampliación
del concepto de monstruo, que admita como tales a entes que bajo
nuestra óptica sólo pueden ser catalogados como normales.
Para entender la perspectiva particular con la que Castel construye
su mundo es necesario determinar lo que este personaje representa,
y más ampliamente las razones por las que El Túnel
está narrado bajo esta óptica. Al respecto, Sábato
explicó en una autoentrevista, titulada “Interrogatorio
Preliminar”, que su idea inicial era escribir “el relato
de un pintor que se volvió loco al no poder comunicarse con
nadie” (19), lo que se transformó en una historia sobre
preocupaciones triviales como el amor, el sexo, los celos y el crimen.
Sin embargo, continúa explicando, dichas preocupaciones están
representando angustias metafísicas, encarnadas a través
de sentimientos y pasiones. La perspectiva de Castel se convierte,
entonces, en el vehículo por el cual Sábato enfrenta
ideas abstractas que, en cierta medida, reflejan sus propias preocupaciones
y están marcadas por su manera particular de pensar. Tanto
así que es el autor quien expresa, en la misma autoentrevista,
que si bien este personaje representa una situación extrema,
también corresponde a un aspecto de sí mismo (20).
¿Cuáles son, entonces, estas angustias metafísicas
que configuraron la perspectiva de Castel? Muchos analistas coinciden
en señalar a Sábato como un exponente del existencialismo.
Ésta es una corriente del pensamiento que tiene como elemento
básico la “acentuación de la importancia filosófica
que tiene la existencia individual” (21). Este enfoque en
el individuo se va traduciendo en una inexplicabilidad de la existencia
humana y en una percepción del universo como hostil e indiferente.
Sin entrar en discusiones acerca de lo aplicable o no del término
a la ideología de Sábato, sí podemos afirmar
con mayor facilidad que el existencialismo se encuentra presente
en la concepción que Castel tiene del mundo. Esto explica
su irremediable soledad y el porqué de que no pueda darle
un sentido ni a su propia existencia ni a la de los miembros de
aquella sociedad en la que está inmerso, pero que a la vez
le es ajena.
Es este cuestionamiento existencial la causa -y quizá consecuencia-
de que Castel se aísle en un túnel, se separe de los
que le rodean y se convierta en ese otro, en ese monstruo. Y a través
de esa diferenciación, Castel está haciendo lo mismo
que los “normales” hacen al señalar al que no
encaja: proyectar en el lado opuesto todo aquello que no forma parte
de su ser y bautizarlo con el nombre de monstruoso. De esta manera
procede a juzgar el comportamiento de los demás en función
de lo que él espera que deberían hacer: “lo
primero que yo habría hecho en su lugar era buscarla en la
guía de teléfonos” (22). Así, su narración
se ve algunas veces interrumpida, otras complementada, por comentarios
existenciales que expresan su repudio y condena -aun cuando él
considere que es un error hacerlo- a varios elementos que para nosotros
resultarían ordinarios: “uno de mis peores defectos:
siempre he mirado con antipatía y hasta con asco a la gente,
sobre todo a la gente amontonada (…) la humanidad me pareció
siempre detestable” (23).
Para Castel el hombre es un ser “mezquino, sucio y pérfido”
(24), y aunque la parte de sí mismo que funciona dentro de
la sociedad sabe que lo “normal” es ser como ellos,
su yo existencial no puede dejar de considerarlos como detestables.
El enfocarse únicamente en su persona y separase de los hombres
hace que estos parezcan entre otras cosas inferiores, desechables;
convirtiéndose, por lo tanto, en pequeños monstruos
estúpidos que le rodean. Entonces, ocurre un fenómeno
circular en el que la sociedad se transforma para Castel en un monstruo,
precisamente por no poder encajar en ella, lo que a su vez lo hace
a él un monstruo, separándolo irremediablemente de
los “demás” que la integran.
Para aquel que es distinto a todos los demás, todos los demás
son distintos a él. Es decir, quien es separado de la sociedad
por diferente no sólo se sabe ajeno a ella, sino que además
profundiza la brecha que lo separa de sus congéneres, pues
ellos le resultan a su vez diferentes. Castel señala que
es su propia soledad y angustia existencial lo que le hace percibir
a todo cuanto le rodea como monstruoso, pero no puede separarse
tampoco de la parte de su personalidad que piensa que es él
quien está equivocado, el despreciable, el monstruo, el único
responsable de su aislamiento y su dolor:
Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparece
mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a
los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros,
mezquinos (…) [Pero] me encontraba solo como consecuencia
de mis peores atributos (…) En esos casos siento que el mundo
es despreciable, pero comprendo que yo también formo parte
de él (…) y siento cierta satisfacción en probar
mi propia bajeza y en verificar que no soy mejor que los sucios
monstruos que me rodean (25).
Existe, entonces, una gran dualidad en la percepción de Castel,
y a través de él, en la del monstruo. El formar parte
de una sociedad en la que está aislado y señalado
le lleva a compartir elementos cognitivos que hacen que su percepción
de sí mismo y del mundo resulte a veces contradictoria. De
igual manera, su concepto individual de lo que es un monstruo se
construye sobre la definición que fue empleada para calificarlo
a él como tal; añadiéndole los elementos que
desde otro ángulo de su perspectiva le resultan ajenos y
distintos a sus propias características.
De esta forma, distorsiones en la percepción se traducen
en la transformación del concepto de monstruo, para dar cabida
también a todo lo que, por ser normal, es distinto. Tomando
a Castel como ejemplo del monstruo de la sociedad -aquel que transgrede
sus reglas y representa una amenaza, aquel que no se adapta a su
forma de vida y costumbres-, y enfocando nuestra visión a
través de su perspectiva del mundo, nos encontramos con que
sus monstruos son todos y están en todas partes, a ratos
es él y a ratos son los hombres inútiles, ridículos,
viles y despreciables que le rodean. En uno de los delirios que
precedieron su crimen, cuando observa cómo su amada compartía
con otro hombre, Castel, lleno de celos, se queja: “¡Y
hablaba con ese monstruo ridículo! ¿De qué
podía hablar María con ese infecto personaje? (…)
¿O sería yo el monstruo ridículo? ¿Y
no se estarían riendo de mí en ese instante? ¿Y
no sería yo el imbécil, el ridículo hombre
del túnel y de los mensajes secretos?” (26).
Entonces, los monstruos del monstruo son todos los que lo consideran
como tal, porque esto implica que funcionan con éxito en
la sociedad que le correspondería a él, pero a la
que no pertenece. Sin embargo, esto no significa una inversión
del orden, por lo que también se conserva la percepción
de que él mismo es monstruoso. Y tanto ellos como los otros
son monstruos, porque para quien está aislado, la sola existencia
de esta división hace que crezca lo que verdaderamente le
angustia y le causa sufrimiento -y, por qué no, sus verdaderos
y únicos monstruos-: la soledad y la imposibilidad de llevar
una vida normal como la que llevan los demás, que son propios
a la vez que ajenos.
En un fragmento ya citado, Castel justifica su percepción
de que lo rodean monstruos con la sensación de estar solo
en el universo. Ciertamente, es ésta su mayor angustia, pues
toda la historia se trata de cómo intentó hallar en
una mujer a aquel ser que fuera como él (monstruo), pensara
como él y se aislara como él; alguien que le acompañara
a estar solo, dándole sentido a su vida. Ya al final de su
relato deja entrever también lo que pudiera ser interpretado
como una añoranza de una vida normal: “A través
de la ventanita de mi calabozo vi cómo nacía un nuevo
día (…) pensé que muchos hombre y mujeres comenzarían
a despertarse y luego tomarían el desayuno y leerían
el diario (…) Sentí que una caverna negra se iba agrandando
dentro de mi cuerpo” (27).
Castel, como ejemplo de monstruo de la sociedad, nos recuerda que
esta etiqueta -la de monstruo- viene formada por los elementos moldeadores
de la percepción de cada grupo social -como la noción
de normal que comparte con los demás- y de cada individuo,
lo que hacen que el mundo que le rodea aparezca también como
un monstruo.
(1) Esta subdivisión está presente
en gran cantidad de trabajos. Para más detalles puede consultarse
[UC3M]
(2) [Gestión]
(3) Este concepto, por muchos discutido, hace referencia al conjunto
de “presunciones”, patrones y definiciones que están
profundamente grabadas en la mente de cada individuo y que guardan
relación con cada uno de los contextos sociales en los que
está inmerso (familia, ciudad, sociedad, país, etcétera).
(4) Al menos todas las acepciones que para el término ofrece
el diccionario de la Real Academia Española, disponible en
Internet a través de la dirección http://www.rae.es/
(5) Esta lista de categorías, junto con las citas utilizadas
en la definición del monstruo como deformación del
cuerpo, fueron tomadas de [Lafuente y Valverde] p. 25
(6) [LaFuente y Valverde] p. 39
(7) [Cortés] p. 19
(8) [Gestión]
(9) [Cortés] pp. 17, 18
(10) [Sábato 48] p. 221
(11) Ibid p. 39
(12) Ibid, p. 49
(13)Ibid, p. 35
(14)Ibid p. 75
(15) Ibid p. 111
(16) [Lafuente y Valverde] pp. 28, 29
(17) [Sábato 48] p. 191
(18) Ibid p. 43
(19) [Sábato 74] p. 173
(20) Ibid p. 172
(21)[Lalande] p. 342
(22)[Sábato 48] p. 83
(23)Ibid pp. 67, 69
(24) Ibid p. 7
(25) Ibid p. 13
(26)Ibid p. 225
(27)Ibid p. 231
* Hay que tener en cuenta que el solo hecho de recordar una experiencia
y narrarla ya representa una reconstrucción de ella. Más
aún cuando el que cuenta la historia lo hace para un público
determinado y con unos intereses particulares. Por ello no podemos
hablar de que Castel expone de manera pura y exacta todos sus procesos
perceptivos, pero sí podemos considerar que lo que ofrece
en su relato es una ventana bastante clara hacia la comprensión
de su perspectiva.
** Recordemos que la exageración hasta el extremo es una
de las características principales de lo monstruoso
BIBLIOGRAFÍA
[Cortés]: Cortés, José Miguel
G. Orden y Caos. Un estudio cultural sobre lo monstruoso en las
artes. Barcelona, Anagrama, 1997
[Gestión]: S/A, publicado en septiembre
de 2002 en una comunidad especializada en gestión de negocios.
“¿Qué es la percepción?” http://www.gestiopolis.com/recursos/experto/catsexp/pagans/rh/46/percepcion.htm
Última fecha de revisión: julio 2004
[Lafuente y Valverde]: Lafuente, Antonio y Valverde,
Nuria “¿Qué se puede hacer con los monstruos?”.
En Monstruos y seres imaginarios. Madrid. Biblioteca nacional, 2000.
[Lalande]: Lalande, Andre Vocabulario técnico
y crítico de la filosofía. Argentina, Editorial “El
Ateneo”, 1967.
[Sábato 74]: SABATO, Ernesto. Páginas
Vivas. Argentina., Editorial Kapelusz S. A., 1974.
[Sábato 48]: SABATO, Ernesto. El Túnel
(The Tunnel). EEUU., Ballantine Books, 1988.
[UC3M]: S/A, tomado de un curso de la Universidad
Carlos III de Madrid. “La Percepción” http://www.uc3m.es/marketing2/procesopercep.htm
Última fecha de revisión: junio 2004
Materia: El imaginario monstruoso, de
la Profesora: Beatriz Ogando
Universalia nº 24 Ene-Abr
2006
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