CAMINO A LA PERFECCIÓN
Erika Camacho B.*
Fe, alegría, optimismo.
– Pero no la sandez de cerrar los ojos a la realidad.
(José María Escrivá. Camino, 1996)
Guillermo Sucre culmina su artículo “De la elegancia
y otros anacronismos” con las siguientes líneas:
Vivimos en una depresión no
menos profunda: la de la elegancia y, por tanto, la del alma
misma. Mis instrumentos de trabajo son “el antiguo alimento
de los héroes: /La falsía, la derrota, la humillación”,
escribía Borges en un poema de 1953. ¿Habrá
en el mundo de hoy alguien capaz de nutrirse de esos alimentos
y de convertirlos en un destino, una gracia y una nueva iluminación
de nuestra historia?1
Creo que no es el único que se hace la misma pregunta. Cuando
se habita en un mundo donde el dinero y el poder son los mayores
indicativos de éxito y felicidad; cuando para conseguirlos
ciertos valores -e incluso la felicidad e integridad del otro- carecen
de importancia; cuando la justicia es relativa a los intereses individuales;
cuando la prepotencia, el orgullo y la soberbia son considerados
virtudes y son, por tanto, admiradas; cuando las apariencias resultan
suficientes para catalogar a una persona…. ¡no es de
extrañar que más de uno se plantee la misma interrogante!
Fernando Savater, por su parte, escribe lo siguiente:
(…) ¿Cuál es
la ilusión que la ética narrativa pretende
resguardar o propagar? La confianza en que la acción
humana está abierta a lo posible tanto como condicionada
por lo necesario (y que para los propósitos de dicha
acción, lo posible es más relevante y significativo
que lo necesario); la creencia mítica en que la sensibilidad
(o sensualidad) y la racionalidad humanas bastan para fundar,
mantener y transformar los valores y normas que regulan la
vida de los hombres; la obstinación en defender lo
que exalta jubilosamente al hombre y le hace sentirse más
firme y más libre. 2
La respuesta de Savater a su pregunta sienta una base importante
a una posible respuesta a la anterior realizada por Sucre, y de
alguna forma constituye la inspiración de lo que pretendo
decir en estas líneas. En la actualidad, el ser humano -independientemente
de sus creencias religiosas- tiene como eje central de vida, bien
sea de manera implícita o explícita, la búsqueda
de una “plenitud del ser”, que en otras palabras podría
llamarse felicidad. Cada quien, por caminos distintos, intenta alcanzar
dicho objetivo, y de alguna forma se exige a sí mismo cierta
cuota de perfección en sus actos y modos de vida.
Es sabido por todos los lectores de las historias
del Rey Arturo y sus nobles caballeros la influencia de las creencias
cristianas en los actos que describen el estilo de vida de los protagonistas
de las mencionadas historias. Por esta razón, no es casualidad
encontrar semejanzas de comportamiento entre un caballero de la
Tabla Redonda y un cristiano que busca vivir plenamente su fe, puesto
que ambos buscan alcanzar un mismo objetivo: la plenitud del ser.
Aunque recorran caminos distintos y tomen acciones diferentes (el
caballero se lanza a la aventura a caballo, con su armadura, espada
y escudo; el cristiano utiliza las palabras y los hechos ordinarios),
la esencia de ese recorrido gira en torno a valores similares y
al desarrollo de las mismas virtudes, con el fin de alcanzar cierto
grado de perfección en el contexto en el que se mueven.
Los lectores de las historias caballerescas suelen
identificarse en gran medida con los personajes de las mismas. Esta
identificación varía desde la admiración por
los valores y virtudes de los caballeros hasta la vivencia de la
hazaña en forma tal que puede entrar en la historia y sentir
que forma parte de ella.
En este sentido, resulta interesante saber cuáles son esos
puntos de identificación lector – caballero en el camino
que los lleva a ser “perfectos humanos” y no “humanos
perfectos”. Perfectos humanos por ser fieles representantes
de lo que es un ser humano, que no llega a ser perfecto porque sabe
que tiene límites y está consciente de ellos. En el
caballero este camino está constituido por la aventura. En
el lector, es su propia vida, que va llenándose de nuevas
esperanzas cuando huye de su realidad mediante la lectura de la
aventura del caballero y regresa renovado para continuar.
La perfección del caballero
¿En qué consiste la “perfección”
del caballero? Al hablar del héroe y lo noble, Max Scheler
establece que “el héroe es la personificación
de lo noble, es decir, la suma de todas las excelencias y virtudes,
no sólo puramente espirituales, sino vital-espirituales.
(…) Héroe es el tipo ideal de la persona que carga
con el valor de lo noble, el portador de la suma de todas las excelencias
vitales”3 . Asumiendo pues, que la esencia
del caballero es el héroe noble, lo anterior puede resumirse
en una definición expresada a través de una curiosa
“fórmula matemática”:
Caballero = (ferocidad y valor)n
+ (humildad y cortesía)n
La n está en continuo crecimiento, porque
en la medida en que alcanza un valor, nunca es lo suficientemente
alto como para satisfacer las expectativas, sino más bien
siempre se quiere que ese valor sea mayor, evocando una idea de
grandeza infinita. Sencillo, ¿no? Las matemáticas
no fallan. Lo complicado es aplicar esta definición de caballero,
puesto que constituye una doble exigencia de la naturaleza humana
al tratarse de una convivencia de fuerzas que, en principio, son
contrarias, y deben ser llevadas a su máxima expresión.
El ideal caballeresco busca la verdadera nobleza, la nobleza
del corazón, la cual reside en la virtud y busca a su
vez el perfeccionamiento humano. El código caballeresco sienta
sus bases en las virtudes cristianas: las virtudes cardinales (fortaleza,
templanza, justicia y prudencia) y las virtudes teologales
(fe, esperanza y caridad). John Steinbeck, en el juramento que realizan
los caballeros de la Tabla Redonda al final de las Bodas del Rey
Arturo, relata una muestra hermosa de esto:
Juraron que jamás usarían
de la violencia sin un buen propósito, para no incurrir
en asesinato o traición. Juraron por su honra ser clementes
cuando les pidieran clemencia, y proteger a las doncellas,
damas, señoras y viudas, y defender sus derechos sin
jamás someterlas por la fuerza a sus deseos carnales.
Y prometieron no luchar nunca por una causa injusta o en provecho
personal.4
En un análisis anterior, escribí que resulta interesante
la manera en que el caballero se deja guiar por estas virtudes,
dándole un sentido sagrado a su estilo de vida, pudiendo
observarse una especie de “círculo”: se dirige
por las virtudes cardinales y sus acciones se sustentan en las virtudes
teologales, formándolo y haciéndolo madurar para alcanzar
la perfección de la que tanto hablo. De esta forma intenta
buscar el equilibrio entre las dos fuerzas contrarias planteadas
en la “fórmula matemática”.
Por su parte, Fernando Savater establece que “el
héroe aspira a la perfecta nobleza, es decir, a
que su deber no se le imponga como una coacción exterior,
sino que consista en la expresión más vigorosa y eficaz
de su propio ser”5 . Define héroe
como quien logra ejemplificar con su acción la virtud
como fuerza y excelencia, estableciendo que “a la virtud
se le reconoce una eficacia excelente, pero tal reconocimiento teórico
y edificante está constantemente desmentido por la acumulación
de fracasos concretos de la conducta virtuosa que cualquiera puede
constatar en la vida cotidiana”6. Y
ante esto, plantea que:
Hay otra posibilidad, sin embargo,
de ver a la virtud como vencedora contra la inercia viciosa
del mundo: la proeza del héroe. Allí la virtud
no sólo no fracasa, sino que cobra su sentido, es decir
manifiesta por qué es considerada como virtud: el héroe
no sólo hace lo que está bien, sino que también
ejemplifica por qué está bien hacerlo. (…)
En el héroe la virtud surge de su propia naturaleza,
como una exigencia de su plenitud y no como una imposición
exterior (…).
Apoyado y combatido por lo extra-humano, el propio héroe
se hace con frecuencia un poco monstruoso, (…), tantea
por arriba y por abajo los límites de la humanidad
como si vacilara sobre cuál es el punto adecuado para
asentarse en ella. El héroe es el hombre que vence
a lo inhumano; su lección más honda puede resumirse
así: hay que ser más y menos que hombre para
llegar a ser hombre de veras. Lo que se llama habitualmente
“humanidad” no es más que una cauta componenda
de biología, frustraciones y convención (…).
7
La vida del caballero es una lucha constante por
la perfección, y en muchos casos logra una porción
de ésta mostrándose como una esperanza para el lector
traspasando la barrera de lo imposible a través de sus “proezas”.
No se equivoca, puesto “no es el éxito lo que determina
su heroísmo, sino el ímpetu de sus actos” .
Pero según Savater, el héroe no puede triunfar de
cualquier modo (pues no todo imponerse o dominar es un triunfo),
sino que triunfa porque no aspira a algo ajeno a lo que él
mismo es. El caballero decide, y así demuestra, como decía
Aristóteles, que las virtudes han de ser imitadas de la conducta
excelente, puesto que lo valioso de la virtud reside en su ejecutante
ejemplar.
Sin embargo, también se cae y aprende de
sus caídas. Esta doble exigencia de la naturaleza requiere
un esfuerzo sobrehumano: siempre existe la tentación al mal,
la debilidad. Savater establece que el héroe rechaza el mal
por “la voluntad de perseverar en su ser”, y que “lo
malo del mal” es precisamente la debilidad que encierra. Hasta
Aquiles, que era un semi-dios, tenía una debilidad -el talón-;
los caballeros tampoco se escapan de ello. Pero lo grandioso es
que su caída no se presenta de manera pesimista, sino más
bien como una esperanza de reconciliación con el mundo. Es
aquí donde el caballero se nos hace más cercano, precisamente
porque es la representación fiel de la perfecta humanidad:
es un ser humano precioso que lucha por ser perfecto y, en su lucha,
alcanza la plenitud –y nosotros junto a él-, pero su
misma condición humana le regala una pequeña cuota
de “imperfección”, representada por debilidades,
que le devuelven la conciencia de sus límites y nos devuelve
a nosotros a la realidad, para atenderla con nuevos ojos y así
devolvernos también nuestra propia conciencia.
El camino del héroe: la aventura
Retomo la idea de la virtud como “vencedora
contra la inercia viciosa del mundo: la proeza del héroe”,
expresada por Savater. Al analizar el fenómeno del “héroe”
salta a la vista la importancia de la aventura sobre éste.
Nuevamente llama la atención un planteamiento del tan mencionado
autor, quien con mucha razón, afirma que “el mundo
del héroe es la aventura: en ella hay que buscarle y allí
alcanza la plenitud de su perfil” . Y es precisamente en la
aventura donde encontramos al caballero luchando por su perfección:
aquí es donde desarrolla sus virtudes y nos hace partícipes
de su hazaña y de su evolución. Savater describe de
manera extraordinaria la sensación de algunos lectores de
la aventura:
El tiempo aventurero es realmente
nuestro y la relación que mantenemos con él
se hace apasionada, más allá de cualquier módulo
convencional, pues puede ser nuestro mejor cómplice
o implacable tirano. (…) Ese tiempo no se mide, sino
que se saborea o se sufre (…). El tiempo en la aventura
es el marco dramático de lo que pasa, mientras que
en la rutina todo pasa para llenar de algún modo el
hueco bostezante del tiempo (…) En la aventura nadie
puede decidir por nosotros ni está determinado de antemano
cuál es el comportamiento correcto que requiere la
ocasión: es un ámbito inseguro e imprevisible
(…) todo en ella tiene el sello de la intensidad, del
esfuerzo, de la sorpresa, de la pasión, del tesoro
10
Curiosamente, la aventura caballeresca puede parecer descabellada
para muchos lectores. Incluso podría considerarse absurda,
obligada, ¡y hasta tonta! Al menos esa fue la impresión
que me dio al comienzo de la lectura de aventuras como la de Sir
Gawain y el Caballero Verde, o las que se originaron por el robo
de la perra de caza blanca durante las bodas del Rey Arturo. Digo
esto porque el tiempo que me ha tocado vivir me ha acostumbrado
(¿acaso obligado?) a razonar todo lo que ocurre a mi alrededor,
a buscar causas a los acontecimientos, a evaluar todos los posibles
escenarios de una situación y encontrar justificaciones enmarcadas
dentro de una “lógica común” que explique
los efectos producidos.
Mi lectura caballeresca tuvo sus inicios con el
libro de John Steinbeck: Los hechos del Rey Arturo y sus nobles
caballeros (según la obra de Sir Thomas Malory y otras
fuentes). El primer capítulo se denomina Merlín,
y comienza relatando la historia de Inglaterra bajo el reinado de
Uther Pendragon y la forma en que el mago interviene para satisfacer
su capricho de tener a la hermosa y discreta Igraine, esposa del
duque de Cornualles. Fue allí donde conocí la manera
en que Arturo vino al mundo y me fui dejando maravillar -muy racionalmente,
cabe destacar- por la magia y las fuerzas del destino presentes
en la historia. Regresó a mi mente un vago recuerdo que tenía
de cuando era niña, la imagen de una película en la
que un chico sacaba una espada de una piedra, pero no recordaba
más. Mi sorpresa fue tremenda al tomar conciencia de que
el chico era Arturo, el famoso rey que fundó la Tabla Redonda
y todo ese mundo desconocido para mí que tenía que
ver con caballería: castillos, caballos, armaduras, escudos,
lanzas, espadas, batallas, doncellas, caballeros…
Dentro de mi “lógica”, la aventura
fue fascinándome: la lectura era muy movida, las batallas
y combates tenían un origen o causa comprensible de forma
evidente. Era claro para mí, como lector desprevenido que
era, que se desencadenara una guerra en una tierra sin ley debido
a que un chico iba a imponerla simplemente por haber sacado una
espada de una piedra, y por cosas del destino este muchacho sería
aclamado rey de Inglaterra. Era lógico pensar que los reyes
de las comarcas vecinas se molestaran por el hecho y se librara
una gran batalla por la conquista del reino, en la que se demostrara
que el chico era quien debía gobernar, ¡porque en el
fondo así también lo quería yo! Y disfruté
ese sabor de lo heroico11 como si
estuviese montada en el caballo, con la armadura, escudo, lanza
y espada, cabalgando detrás de Arturo empuñando la
Excalibur junto a los reyes de Francia, que eran nuestros aliados.
Aquí viví con ellos cómo en efecto se cumplía
una parte de la “fórmula matemática” del
caballero: alcanzamos (ferocidad y valor)n,
con un n particularmente alto, y empecé a conocer la forma
en que Arturo aprendía a alcanzar (humildad y cortesía)n.
¡Las palabras me son cortas para expresar la emoción
que sentí!
Después fueron ocurriendo hechos que merecen
especial atención, en los que tuve que dejar de ser “lector
desprevenido” para empezar a ser una especie de “lector
macho”, como diría Cortázar, porque por primera
vez vi la caída del rey y lloré junto a él,
pero además empecé a leer aventuras que, a mi manera
de ver (y de leer) resultaban absurdas.
Mi emoción fue disminuyendo cuando, al avanzar
la lectura del libro, llegué a las Bodas del Rey Arturo.
Cuando por fin leí que el rey convierte a Ginebra en reina,
aparece en el gran salón de la corte una dama gritando que
se habían llevado su perra blanca. ¿Extraño,
no es así? Y el rey reaccionó igual que yo: le dijo
que eso no era su asunto. Fue cuando Merlín dijo: “Es
difícil entrever una aventura por sus comienzos. La grandeza
nace pequeña. No deshonres tu fiesta ignorando lo que en
ella ocurre. Así son las normas de la caballería andante”
12.
Tanto Arturo como yo le hicimos caso, y se desencadenaron
tres aventuras cortas con tres de los caballeros de la recién
fundada Tabla Redonda: Sir Gawain, Sir Pellinore y Sir Tor, hijo
de Pellinore. Sir Gawain y Sir Tor recién habían sido
armados caballeros y ésta constituía su primera aventura.
Gawain sale con su hermano Gaheris (todavía escudero) a perseguir
al venado blanco. Tor sale solo, detrás de la perra de la
discordia, y Pellinore, también solo, sale en la búsqueda
del caballero y la dama ultrajada. Después de leerlas comprendí
lo esencial: aunque la aventura tenía origen descabellado
y absurdo para mí, en ella los tres caballeros se mostraron
como los mejores del mundo. En cada una se observa la lucha por
la perfección, el enfrentamiento ocasionado por la doble
exigencia de la naturaleza y la caída por causa de la debilidad,
con su correspondiente contemplación y recuperación
de la conciencia. Me detendré un momento sólo en la
historia de Gawain, resaltando elementos interesantes que descubrí
cuando empecé a ser “lector macho” de la historia.
Desde el principio del relato, Gawain se muestra
arrogante, soberbio, impulsivo y vengativo. Cuando llega Pellinore
a la Tabla Redonda, Gawain le dice a su hermano: “Ese
caballero que recibe tantas honras mató a nuestro padre,
el rey Lot. Mi espada está afilada para él. Lo mataré
ahora mismo”13. Se muestra falto
de templanza: es ésta su debilidad. Su camino de caballero
estaba apenas comenzando, todavía le faltaba por madurar.
Ante la pelea de los hermanos sale triunfante: muestra una fortaleza
de carácter admirable, está conciente de su valentía
y no necesita ponerla a prueba. Sabe que no ganará mayor
honra por batirse con dos caballeros mal heridos. Muestra su gallardía
al enfrentarse con Sir Alardine de las Islas. Encuentra al venado
blanco y, junto a su hermano, le da muerte. Aparece el dueño
del ciervo, quien llora y decide vengarse. Mata a dos perros de
Gawain y éste se encoleriza. Aquí encuentra su punto
máximo de ferocidad: “Morirás por matar a mis
perros” – dijo. Pero se mostró inclemente cuando
el caballero pidió misericordia. ¡Abrupta caída
la de Gawain! No supo controlar su libido, y sin querer mató
a una dama que iba en defensa del caballero. Gaheris hace pocas
intervenciones, pero muy acertadas, y se muestra como el “Pepito
Grillo” de su hermano: “Este fue un acto de villanía”
-dijo con amargura-, “un acto ignominioso que se clavará
en tu memoria. Él pidió clemencia y no se la otorgaste.
Un caballero sin clemencia es un caballero sin honor”.
14
¡Qué dolor el de Gawain (y el mío
también)! Más adelante, los hermanos caen prisioneros
de otros caballeros, y Gawain conoce el valor de la misericordia
cuando le es perdonada la vida por intercesión de unas damas.
Es aquí donde recupera el sentido, y con humildad regresa
a Camelot a comparecer ante el rey. ¡Cuánta emoción
me causa las órdenes impuestas por los reyes a Gawain! De
ahora en adelante debe defender a todas las damas y honrarlas mientras
viva, además de ejercer la cortesía y otorgar la clemencia
cuando se la pidiesen. ¿No resultaba necesaria la aventura
para la perfección del caballero? ¿No nos llama a
la reflexión y nos llena de esperanza para nuestra propia
perfección como seres humanos? La respuesta a ambas preguntas
es definitivamente afirmativa. Siempre ocurre que se conoce una
realidad teóricamente, y se dice. “Yo nunca caeré,
no cometeré ese tipo de error”. Somos soberbios igual
que Gawain. No prestamos atención a cosas esenciales: muchas
veces agraviamos a otros con nuestros errores. Y cuando cometemos
el error nos sentimos ínfimos… pero si tenemos la dicha
de saborear el gusto del perdón, nos reconciliamos con la
vida nuevamente, y somos mejores personas. Es grandioso sentir que
Gawain es soberbio igual que nosotros, ¡es un perfecto humano!
Después de todo fue interesante la aparición
de la perra blanca. De hecho, fue bastante aleccionadora: de aquí
salió el juramento de los caballeros de la Tabla Redonda,
al que hice referencia líneas atrás. No resultó
tan absurda como pensaba al principio de la lectura, porque como
bien dijo Merlín, “la grandeza nace de las cosas
pequeñas”.
La perfecta humanidad de Gawain se demuestra nuevamente
en otra aventura -en principio descabellada también-: Sir
Gawain y el Caballero Verde, que resulta muy interesante e inspiradora,
gracias a la carga simbólica medieval que contiene. Carezco
de experticia en simbolismos medievales, pero voy a partir del análisis
realizado al poema en el epílogo de la edición que
leí, escrito por Jacobo F.J. Stuart.
Stuart establece que “para el hombre medieval,
el mundo era representación de otra realidad que
no era posible percibir en sí misma” 15.
Todo lo existente en esta realidad era representación de
lo sobrenatural, por lo que la literatura se basa en el sentido
alegórico de las cosas. De esta forma, afirma que “lo
fantástico era tan concebible como la espada, pues
el otro mundo era la otra parte de la realidad y estaba íntimamente
interrelacionado por medio de los símbolos, o los oscuros
designios divinos”16 .
La historia de Sir Gawain y el Caballero Verde
comienza en una celebración de Navidad en la corte del Rey
Arturo, con la llegada de un caballero imponente, verde desde la
cabeza hasta los pies, con un hacha inmensa en la mano, exhortando
a los caballeros presentes a debatirse con él en el juego
de la decapitación.
Otro inicio extraño, ¿no? Lo primero
que hice fue preguntarme: ¿por qué verde?, (además
de intentar imaginármelo, porque me resultaba particularmente
difícil), y aunque el cuento no respondió mi pregunta,
el epílogo sí aclara que para el hombre medieval lo
atractivo era el significado directo de las figuras del cuento,
no las causas. Habría sido lo mismo que el caballero fuera
azul, amarillo o anaranjado: el asunto es que el caballero llegó
a la corte a poner a prueba a algún caballero de la Tabla
Redonda.
En esta historia conocí a un Gawain mucho
más equilibrado que la vez anterior. Como en toda aventura
caballeresca, es el mejor caballero del mundo y no existe nadie
que se le compare en nobleza y virtudes. Sale a cabalgar con un
escudo bien particular: por el anverso un pentáculo, por
el reverso el rostro de la reina de los cielos. No me detendré
a analizar el significado de estos símbolos, basta con decir
que el escudo en sí mismo era símbolo de protección:
Gawain estaba protegido por su fe de mantenerse fiel a sus principios
y su realidad de caballero. La fe se presenta como su mayor virtud
y casualmente (¿o más bien, causalmente?) es ésta
la que será puesta a prueba en la aventura, mostrándonos
la perfecta humanidad de Gawain.
El caballero sale al bosque y se enfrenta con salvajes,
dragones y lobos, toros, jabalíes.... Pasó frío,
pero nunca sucumbió debido a la inmensa fe que tenía,
la cual alimentaba su fortaleza para llevar a cabo su cometido.
Encuentra el castillo verde y es aquí donde es puesta a prueba
su valía, al ser tentado tres veces por la esposa del anfitrión,
ofreciéndole el gozo del cuerpo. Gawain sale ileso de estas
tentaciones: tenía fuertemente arraigado los principios de
lealtad y pureza. Sin embargo, maliciosamente la dama consigue que
acepte el cinturón verde que lo protegería frente
al caballero verde. Es aquí donde vuelve a mostrarse el héroe
humano, su mayor virtud es puesta a prueba y muestra debilidad.
Se enfrentó y sucumbió ante uno de los enemigos de
la voluntad: el miedo. A pesar de la inmensa fe que tenía,
se aferró al poder de la magia, un poder externo a sí
mismo, para triunfar en la afrenta. Y como dice Stuart: “el
resto de la historia nos es conocida”, el caballero llega
a la Capilla Verde y vence la última prueba del juego de
la decapitación.
Al principio no entendía tanta cortesía
y tanta aventura absurda. Me divertía y me causaba gracia
las peripecias de la mujer perversa, y admiraba la perfección
y la elocuencia con la que Gawain manejaba la situación.
Casi no me doy cuenta del fallo de Gawain, su debilidad fue bastante
sutil ante mis ojos. ¡Cuántos no padecemos de la misma
debilidad!
Una vez más descubrí y me maravillé
de la humanidad del héroe, pero lo más curioso fue
descubrir que su debilidad en la historia despertó en mí
cierta necesidad de contemplación de la realidad que me rodea.
Y es que muchas veces se olvida que “la victoria heroica no
espera su recompensa en nada fuera de sí misma”17
Por eso es que no entendía la cortesía y las aventuras
me parecían absurdas. Después fui encontrando analogías
de la lectura con mi realidad, y empecé a contemplarla
con otros ojos.
¿A qué me refiero con contemplación?
Cristian Alvarez escribe:
La contemplación puede sentirse
como un pequeño gusto de lo celeste, promesa anticipada
de la vida ultraterrena, donde ese sabor será máxima
plenitud (…) El concepto de contemplación parte
precisamente de un mirar distinto -“amoroso y afirmativo
hacia aquello que se contempla”- (…). El aprender
a ver las cosas –“todo lo real”-, el apreciarlas
en su ser y equilibrio, y aun el tener la certeza de que “en
lo íntimo de las cosas mora en definitiva la paz, la
felicidad y la gloria; nada ni nadie se pierde” (…).
Todo hombre, en su cotidiano habitar, puede, así, iniciar
este aprendizaje de integración al mundo. 18
Fue allí donde dije: ¡Pobre Gawain!
¡Ya casi había ganado la batalla con honores! Pero
en su afán por ser perfecto se olvidó de que era humano.
Y recordé lo que una vez Jesús le dijo a Pedro: Si
tuvieras fe del tamaño de un grano de mostaza, le dijeras
a las montañas: “¡muévanse!” y las
montañas se moverían. ¡Cuántos nos
hemos dejado llevar por la desesperanza y el desasosiego al haber
perdido la fe ante las dificultades o por egoísmo propio!
Stuart culmina el epílogo del cuento diciendo:
El medio unificador de lo claro y
lo oscuro, el símbolo, se ha perdido en el olvido deslumbrado
por el Logos. Los fenómenos naturales y metafísicos
han sido arrancados del círculo analógico y
dinámico del mito para entrar en el sistema de comprensión
lógico.
La antigua encrucijada de Sir Gawain ha muerto para la conciencia
moderna, que anda demasiado ocupada en sí misma.
19
Supongo que este es el origen de la pregunta que
se hacía Sucre, con la que empecé a escribir todo
mi análisis. El problema parece girar en torno a la mentalidad
utilitarista de la sociedad actual. Como dice Savater, pareciera
como si en verdad el heroísmo y todo lo que envuelve fuera
una simple ilusión, una utopía, porque es calificada
de imposible, o más bien, de impensable. Al igual
que el movimiento, el heroísmo no puede pensarse porque “lo
que se piensa es inmutable y necesario, no móvil y libre”.20
Y sin embargo todos somos testigos de que existen el movimiento
y los héroes, aunque para muchos estos últimos sólo
existan en la literatura. Sin embargo, coincido con la opinión
de Savater en que los ejemplos heroicos inspiran nuestra acción,
y que al actuar adoptamos de cierta manera el punto de vista del
héroe. “Por ridículo que sea exteriorizarlo
enfáticamente, todo hombre sano y cuerdo, activo, vive alentado
por la saga de sus hazañas y es noble y acosado paladín
de su fuero interno” .21
Mariano Picón-Salas escribe en “Cultura
y sosiego”:
Calma, gracia, perfección, porque son virtudes
que se están perdiendo en el estrépito de nuestros
días, debemos reaprenderlas en el ejemplo de los grandes
maestros. Con la calma necesaria para leer, pensar y decidir, con
la cortesía y las formas, que son para la pulcritud del espíritu
lo mismo que el baño diario y el uso del jabón para
el cuerpo, acaso no se modifique radicalmente la Humanidad, pero
se habrá hecho más diáfano, al menos, el trato
y la comprensión de los hombres. 22
¿No resultan acaso los caballeros los mejores
maestros de estas virtudes? Un caballero de este siglo expresa que
estas palabras de Picón-Salas “coinciden para una reflexión
de la educación que cultiva la saludable conciencia”23
, esa primera libertad como la llama el mismo Picón-Salas.
Puedo afirmar que nuestra plenitud está
determinada por el ejercicio de nuestra libertad, y a la vez ésta
se determina por la conciencia de nuestros límites. Al aventurarnos
por la vida, necesitamos una dosis de contemplación que nos
permita recuperar el sentido de cosas esenciales como el honor,
el respeto, la solidaridad, la fe, la esperanza, que actualmente
han perdido valor. Esta falta de conciencia hace que muchas veces
el ser humano se sienta vacío. Una vez recuperado ese sentido
esencial, se acepta la realidad tal como es y se atiende, es cuando
se alcanza la plenitud de la que tanto hablamos. Esa atención
no consiste en obligarnos a montar en un caballo, con armaduras
y espadas, como lo haría Arturo, en el sentido literal de
estas palabras. Más bien se asemeja a la lucha interior del
caballero, cuando se empeña en alcanzar la perfección,
y a pesar de sus caídas no pierde la esperanza de continuar
luchando por ella, porque de cada caída hay un aprendizaje.
Guillermo Sucre lo describe muy bien con estas palabras:
Se aprende de la dicha o de la desdicha,
de la ventura o de la desventura, aun de la posesión
o de la desposesión. Pero el verdadero aprendizaje
sólo empieza después de un ejercicio del alma:
la lucidez, la transparencia, la purga de los rencores. (…)
No sólo no saber más sino más profunda
o humanamente; saber que no se es dueño de la verdad
o que ésta no es más que la vida misma. 24
Creo que la caballería ha dejado huellas
en muchos de nosotros. Al recuperar la conciencia de lo esencial,
cada ser humano se convierte en caballero y empieza a “atender”
su realidad de manera elegante, en el sentido que expresa Sucre.
Entonces podemos decir: ¡sí es posible ser esa nueva
iluminación de nuestra historia!
(*)Estudiante de Ingeniería en Computación
Trabajo final para el curso “Grandes Temas de la Literatura:
Libros de Caballería” LLB-516 del Profesor Cristian
Álvarez.
Citas:
[1]Guillermo Sucre. Los cuadernos de la cordura. De la elegancia
y otros anacronismos. En El Universal, Domingo 12/08/90, p. 4-1
[2]Fernando Savater. La Tarea del Héroe (elementos para una
ética trágica). Editorial Taurus. Madrid, 1983, p.
112
[3]Max Scheler. El Santo, el Genio y el Héroe. Editorial
Nova. Buenos Aires, 1961, p. 134-135
[4]John Steinbeck. Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros
(según la obra de Sir Thomas Malory y otras fuentes). Traducción
de Carlos Gardini. Edhasa. Barcelona, 1989, p. 122
[5] Fernando Savater. Op. cit., p. 124
[6] Ibidem, p. 111-112
[7] Ibidem, p. 119
[8] Max Scheler. Op. cit., p. 134
[9] Fernando Savater. Op. cit., p. 114
[10]Ibidem, p. 114-115
[11]Jorge Luis Borges. Otras Inquisiciones. Alianza/Emecé.
Buenos Aires – Madrid, 1976, p.168
[12]John Steinbeck. Op. cit., p. 106
[13]Ibidem, p. 104
[14]Ibidem, p. 109. El subrayado es mío.
[15]Anónimo. Sir Gawain y el Caballero Verde. Traducción
de Francisco Torres Oliver. Prólogo de Luis Alberto de Cuenca.
Epílogo y notas de Jacobo F.J. Stuart. Segunda edición
corregida. Ediciones Siruela. Madrid, 1983, p. 63
[16]Ibidem, p. 64
[17]Ibidem, p. 134
[18]Cristian Alvarez. “La contemplación en Jorge Guillén”.
En Salir a la realidad: un legado quijotesco. MonteAvila Editores
Latinoamericana. Caracas, 1.999, p. 111
[19] Anónimo. Sir Gawain y el Caballero Verde. Op. cit.,
p. 69
[20]Fernando Savater. Op. cit., p. 134
[21]Ibidem, p. 113-114
[22]Mariano Picón-Salas. “Cultura y Sosiego”.
En Viejos y nuevos mundos. Biblioteca Ayacucho y Delia Picón.
Caracas, 1.983. p. 514
[23]Cristian Alvarez. “Aventura y Cortesía en Mariano
Picón-Salas”. En Salir a la realidad: un legado quijotesco.
Op. cit., p. 175
[24]Guillermo Sucre. Los cuadernos de la cordura. De la elegancia
y otros anacronismos. Loc. cit.
Universalia
nº 19 Abr - Sept 2003
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