La
Sala de Espera
Carlos Gómez*
«‘¿Con qué sueña
la gallina? Con los granos de trigo’.»
–Sigmund Freud
¿Cuánto
tiempo podían durar dos horas? Los segundos pasaban sin hacer
ruido ahí en el asiento, en la tranquilidad cristalina de
la sala de espera. Por una serie de factores desafortunados, mi
destino esa tarde era estar esperando dos horas seguidas dentro
de aquellas cuatro paredes. Dios mediante, la semana siguiente ya
iba a tener en mis manos la licencia de conducir. Me faltaban sólo
dos requisitos: el certificado de salud y los timbres fiscales.
Debía comprar en timbres fiscales el valor total de cuatro
unidades tributarias. ¿Alguien sabe cuánto vale una
unidad tributaria? Le había preguntado a todos mis conocidos
y todos me daban respuesta negativa. El certificado de salud iba
a salir, según me habían prometido, en “máximo
unas dos horas”. El contador marcaba el número 7 y
mi turno era el número 16. Hace un año las unidades
tributarias valían tres marcos. ¿Alguien me puede
decir qué importa cuánto vale una unidad tributaria?
Tanto tiempo llevaba sentado que mi mente no hacía sino divagar
por esas mismas cuatro ideas que acabo de mencionar en el último
minuto. Eran como un chicle que uno ha masticado y masticado hasta
que perdió el sabor pero el esfuerzo de seguir masticando
es menor que el esfuerzo de pararse a botarlo. Nada sabía
a nada. ¿Cuánto tiempo podían durar dos horas?
Cómo me hubiese gustado conocer a la muchacha
sentada frente a mí. Pendida firmemente hacia adelante, con
el mentón descansando sobre su mano derecha, miraba fijamente
hacia un punto indefinido. Su cara sola decía la mitad de
su vida: tenía entre 20 y 25 años, origen Europeo,
estudiaba arquitectura, se llama Gertrud Zellweger. No me pregunten
por qué, pero simplemente se parecía muchísimo
a ese nombre. No podía tener otro. Detrás de la mano
dejaba entrever su sonrisa leve y permanente; puedo asegurar que
no dejó de sonreír por ningún instante. Les
admito que me hubiese gustado estar oculto tras un espejo para poder
seguir sus gestos con la mirada sin que ella se diese cuenta, por
las dos horas completas... Sentada a su izquierda, con un asiento
de por medio, estaba una mujer con cuello de tortuga leyendo la
revista Time. Rara vez se movía o cambiaba de dirección
la cabeza; era una mujer de gestos apacibles. Después de
la tercera fila de asientos la sala terminaba en la gran fachada
de vidrio del edificio. El sol lo cubría todo. Los rayos
entraban y caían diagonales sobre el suelo puliendo la sala
de un resplandor vítreo. ¿Qué más había
dentro de esas cuatro paredes? Un niñito de ojos curiosos
y no más de cinco años jugaba a resbalarse por el
suelo. La mamá, sentada en la misma fila frente a mí,
hacía un gesto de desaprobación cada vez que el niño
se estrellaba contra la pared, como para excusarse con el resto
de la sala (aunque era inútil porque nadie la estaba viendo).
En mi fila no había nadie sentado. En la segunda estaba nada
más un señor de barba, de quien en el primer momento
pensé que podía ser Steven Spielberg. Tenía
el aspecto exacto de Steven Spielberg, esa es la mejor manera que
tengo de describirlo. El niño pasaba rozándole los
pies, se estrellaba contra la pared, la mamá ponía
mala cara y Spielberg permanecía inmóvil concentrado
en su pensamiento; ese señor tenía aquella habilidad
admirable de ser sí mismo. El contador marcaba el número
8.
Gertrud era lo único que mirar. No quería
intimidarla, porque nada más hacerla cambiar de expresión
hubiese sido un rayón en la pintura perfecta que dibujaba
con sus gestos suaves. A la izquierda, la mujer de cuello de tortuga
seguía concentrada en su lectura. Había algo en su
movimiento de refinado, de medir cada gesto, de no olvidar las comas.
Daba placer incluso verla pasar la página, reclinar la cabeza,
avanzar al próximo minuto. Entre página y página
desvió apenas la mirada y nuestros ojos coincidieron por
un instante. Regresó a su lectura y entonces de sorpresa
volvió a voltear y me sostuvo la mirada con los ojos firmes
y a veinte millas por hora. La sala de espera quedó congelada
y poco a poco se fue desvaneciendo. La imagen fue ocupando su lugar.
Era un paisaje claro, de olores silvestres. Levanté los pies
y sentí claramente que estaba pisando la hierba. Cuando ya
no quedaban sino unos poquitos trazos de la sala, resultó
claro que me encontraba en una gran explanada de grama. Miré
en todas las direcciones y en todas las direcciones no había
sino un largo terreno verde hasta donde el horizonte me dejaba ver.
El cielo era de un azul puro, pero parecía estar más
alto que lo normal. Me lancé a correr hacia adelante dejándome
llevar por la velocidad; corrí y corrí y en la misma
medida en que corría contra la grama la grama corría
contra mí. Grité hacia el infinito y los gritos se
perdían en un eco, pero era como un eco que no volvía.
Ignoraba cuánto tiempo llevaba corriendo y dónde me
encontraba con respecto al punto de partida. De vez en cuando me
detenía para constatar que el paisaje seguía siendo
el mismo en todas las direcciones. No sentía cansancio alguno
en las piernas. Corrí unos cien metros más hasta que
en la distancia pude ver dibujarse la figura vaga de un campamento.
Me acerqué unas millas y resultó claro que más
que un campamento era una larga mesa de roble donde estaba reunida
toda mi familia. Había olvidado por completo que esta tarde
era la merienda a las afueras de la ciudad. Los saludé desde
lejos y me recibieron con sonrisas al acercarme a la mesa. Me estaban
esperando para picar la tartaleta de frambuesas. Cuando fui a sentarme
a mi puesto traté de hacerlo con detenimiento al sentir la
atención que todos ponían sobre mi llegada y hasta
sobre el acto de sentarme. A la izquierda estaba sentada mi prima:
me saludó con cariño. Gertrud también estaba
ahí, en el puesto de la esquina. Traté de comerme
la torta con los mejores modales pero no pude cumplirlo a cabalidad,
ya que la cucharilla era de hojaldre y se quebraba muy fácilmente.
Iba apenas por la mitad de la torta cuando se escuchó el
sonido sordo del cuerno a lo lejos y todos se pararon a recoger.
Mi mamá me llevó cargado hasta el automóvil
y sus brazos eran una cobija que me envolvía. Quise que ese
momento durara para siempre, pero sentía que la imagen se
apagaba, me apreté lo más fuerte que pude pero la
imagen se iba, por dos segundos me atravesó una sensación
densa y lo primero que sentí después fue el asiento
duro que me sostenía. Abrí los ojos y me encontraba
de nuevo debajo de las luces de neón de la sala de espera.
Recorrí la sala de un solo vistazo y nada había cambiado.
Gertrud me lanzó una mirada.
En el fondo se podía oír el aire
acondicionado y su respiración sosegada. Pero el silencio
era el sonido más fuerte que se escuchaba en toda la sala.
En eso Gertrud irrumpió la calma y lanzó un bostezo
estirándose desde los pies hasta la punta de los dedos. En
seguida el niño estornudó, la mamá movió
el bolso y la mujer de cuello de tortuga pasó la página.
Spielberg no hizo nada.
Pequeñas partículas de polvo flotaban
en el aire y se dejaban ver a trasluz a la punta de mi nariz. Traté
de tomarlas de un golpe y se escaparon en una danza acelerada. Para
poder agarrar una partícula de polvo hay que dejar la mano
quieta en el aire y esperar a que alguna se pose por su cuenta sobre
uno de los dedos. Luego, si se cierra la mano a una velocidad casi
imperceptible, y sólo si se hace a una velocidad casi imperceptible,
es posible dejarla atrapada. Fue cuando volví mi mirada hacia
la sala que me di cuenta de que el niño me estaba observando.
Tal vez el verme jugar con la nada fue lo que llamó su atención.
Cuando le devolví la mirada cualquier adulto hubiese volteado,
pero él por el contrario me miró más perplejo.
Lo último que vi fue a Gertrud alejarse como una partícula
de polvo. Luego la sala no era más que una imagen congelada
que se iba disolviendo por pedazos. Me encontraba en un lugar oscuro
y estrecho, que hasta el momento parecía ser un pasillo.
Un olor a casa salía de la alfombra. Cuando vi los rodapiés,
ya no me quedaba duda. Eran la misma alfombra, las mismas paredes,
el mismo aroma único: me encontraba en mi primera casa, pero
al mismo tiempo nunca antes había estado en ella. Cuando
la sala acabó por fin de desvanecerse, pude ver que el pasillo
terminaba en ambos sentidos en una pared. No había salida
alguna. Hice memoria de los caminos de mi casa y se me vino el recuerdo
certero de que a mi espalda tenía que estar la puerta hacia
mi cuarto. Cuando volteé la puerta estaba ahí. Al
abrirla más que precipitarme a ver aquellas cosas que más
me hacían falta me fui llenando los ojos de todos esos detalles
que el recuerdo omite. El camión de Lego, las dimensiones
de la cama. Poco a poco el recuerdo fue trayendo al cuarto y el
cuarto fue trayendo al recuerdo. Abrí la tercera gaveta y
tomé la brújula: era lo único que iba a ser
necesario. Me subí hasta la ventana y descendí por
la escalera de palo hasta la calle. Entonces giré la brújula
hacia el norte y empecé a caminar. Luego de unas dos horas
ya había dejado atrás la ciudad, que a lo lejos se
veía diminuta. Caminé a pasos largos y antes de que
llegara la noche arribé a una planicie hacia el centro del
territorio estadounidense, según pude calcular. La mañana
siguiente emprendí camino después de reponerme. Empezando
la tarde crucé una línea delgada que atravesaba la
hierba: se trataba seguramente de la frontera con Canadá.
Estaba ya listo para emprender el último tramo de mi viaje
al Polo Norte. Escuché un timbre muy cercano que sonaba repetidamente.
Miré en todas las direcciones y no entendía de dónde
podía venir. Luego la imagen se llenó de más
luz de lo normal y rápidamente se empezó a disgregar.
Luego una sensación densa y la textura del asiento. El timbre
seguía sonando. La mamá atendió su celular.
¿Cuánto tiempo había pasado
durante el último lapso? ¿Tres minutos? ¿Tres
horas? El sol atravesaba el ventanal y dibujaba un haz de circunferencias
sobre el vidrio. A un momento dado se interpuso una nube y la sombra
se extendió lentamente hasta recubrir toda la sala menos
un pedacito. Gertrud volteó hacia la ventana, la mujer de
cuello de tortuga volteó a ver a Gertrud voltear, el niño
preguntó qué pasaba, la mamá lo ignoró,
Spielberg ni se movió.
Gertrud aún guardaba su sonrisa intacta.
Era como si sonriera para estar siempre dispuesta al evento de que
alguien la mirara. Su cabello hacía juego con su piel. ¿Por
qué no volteaba? Esa cosa que llaman guardar distancia es
una pared que se interpone delante del que tienes al frente, sea
quien sea. Sabía que si Gertrud volteaba a mirarme es porque
ella era más fuerte que cualquier pared social. “Voltea,
voltea”. ¿Por qué no volteaba? Pasaron dos segundos
eternos. Entonces volteó.
Más que un rayón en su pintura perfecta
de siluetas fue una pincelada. Fue formar parte por un instante
de su universo, de su entendimiento, de sus puntas de cabello. Era
entrar en su idioma, en sus tierras lejanas. Entrar en su conciencia.
Sentí una corriente helada de viento y enseguida me puse
la bufanda. Me encontraba en una calle de piedra, todavía
húmeda por la lluvia. Estaba parado entre dos estanterías
repletas de libros. El poblado era una biblioteca, con grandes estantes
a lo largo de cada cuadra. El paisaje era gris. El olor era gris.
Una fuerza hizo que mirara hacia arriba: estaba a los pies de una
cordillera de más de cuatro mil metros de altura. A lo alto
enormes nubes blancas copaban la montaña. Tenía que
encontrar un libro por la cota QA315 B72. Le pregunté a un
transeúnte y me indicó que agarrara la avenida y cruzara
a la derecha dos cuadras más adelante. El libro estaba tal
cual donde debía estar: Frank Lloyd Wright speaks for an
organic architecture, por R. Kirkham. Me desplacé hasta la
plaza para buscar la página 127 con calma.
La hoja contenía en todo lo ancho una foto
del interior de un edificio. La toma mostraba un espacio amplio
con escaleras horarias y antihorarias. Un cubo sólido colgaba
desde el suelo en todo el centro de la sala. La primera escalera
llevaba a una mezzanina a media altura. Tomé la segunda y
me condujo a otra mezzanina más elevada. Una abertura rectangular
en la pared llevaba al pasillo interno. La tercera puerta decía
en letras cambiantes Consultorio Médico. Entré y el
lugar me pareció familiar. Era la sala de espera. Pero era
de noche, la sala estaba vacía y por el ventanal se podían
ver algunas estrellas apagadas. Le pedí a la enfermera instrucciones
para salir del edificio y me indicó que por favor bajara
dos pisos y subiera uno. Tomé las escaleras con prisa porque
mi tren salía en quince minutos. A medida que bajaba sentía
cada vez más cerca una corriente de aire libre. La escalera
misma me impulsaba a seguir bajando y dejar correr los pies por
los escalones. Cuando finalmente pisé tierra firme se levantó
ante mi la grandeza de una estación de tren de dimensiones
vertiginosas. El techo era más alto que el cielo. Sonidos
de hierro golpeaban y se expandían colmando el gran espacio
vacío. La arquitectura era del siglo XVIII. Y era difícil
de explicar porque la estación estaba ahí en carne
propia, pero tenía ese tinte característico que tienen
los recuerdos. Emprendí camino hacia el andén 17 donde
me esperaba el tren. En eso vino una sensación densa y me
encontraba de nuevo en la montaña. Otra sensación
densa y estaba dentro del edificio. De nuevo una sensación
de desplazamiento y estaba de regreso a la sala de espera.
Las cosas volvieron a tomar su lugar. El ventanal,
el contador, mis cinco compañeros. Ahora me bastaba con pasar
la mirada en la dirección de Gertrud para ver pasar un destello
de la estación de tren, de la montaña, del edificio.
Me paré a estirar las piernas. Caminé unos seis pasos
para asomarme por el ventanal. A los pies del edificio la ciudad
diminuta caminaba como una maqueta viviente. Los peatones eran pequeños
hombrecillos de colores que avanzaban en todas las direcciones cargando
cada uno con su pequeño mundo redondo. Regresé a sentarme
pero no otra vez en el mismo puesto. Tomé el primer asiento
después de la entrada, que quedaba lado a lado con un espejo.
Me senté mirando hacia el espejo, mi reflejo se sentó
mirando hacia mí. Enderecé la cabeza pero sentí
que el reflejo no quiso moverse. Lo miré y me miraba fijamente
con una mirada maquiavélica. Evité devolverle la mirada
pero ya era muy tarde. De un golpe la sala se desvaneció
y me vi envuelto en un pasaje oscuro. De todas las calles salían
voces pero en una lengua extranjera. La gente corría sin
dirección. Un muchacho joven salió de la casa de en
frente cargando dos televisores. La mayoría de los hogares
parecían abandonados. Desde muy alto escuché venir
un trueno. El cráter de la montaña escupía
una humareda de piedras y de material incandescente. La lava corría
como agua a menos de cien metros. Me lancé a correr para
tratar de alcanzar la cima de la colina. Difícilmente podía
mantener el paso. Me volteé a ver el avance de la lava y
una rama me hizo una zancadilla. Tirado en el suelo eran segundos
lo que me quedaba. Cerré los ojos lo más fuerte que
pude pero al abrirlos todavía estaba tirado en el mismo pavimento.
Con las manos traté de sentir el asiento en alguna parte.
No estaba. La lava había llegado y cerré los ojos.
Sentí una sacudida densa. Al abrirlos estaba en la tranquilidad
acogedora de la sala de espera. Aún con el corazón
desenfrenado, traté de agarrarme de lo que pude. Hice el
mejor esfuerzo por pensar en mi licencia, en las unidades tributarias,
en los timbres fiscales, en aquellas cuatro ideas que no sabían
a nada, y eran como una tina caliente.
(*)Estudiante de Ing de Computación.
Universalia
nº 19 Abr - Sept 2003
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