Un
simple favor
Leslibeth Pessagno
Todo el estudio del pequeño apartamento
del piso cuatro de la avenida Primero de Mayo estaba inundado por
el reflejo ambarino de una lámpara de mecha impregnada de
kerosén. Las sombras de los objetos jugueteaban en las paredes
tapizadas con papel desgastado y lucían tristes como evocando
la nostalgia.
Unos altos estantes, que casi llegaban al techo,
ocupaban dos de las paredes del pequeño cuarto de estudio.
Un secreter de caoba negra rebosante de papeles amarillentos y lleno
de rasguños y marcas que afeaban su belleza como horrendas
cicatrices en un hermoso rostro estaba ubicado estratégicamente
en frente de la puerta, y de espaldas a ésta una figura femenina
se hallaba encorvada en una silla con los codos sobre la mesa mordisqueando
una pluma y su cara hundida en las teclas de una máquina
de escribir.
La joven debía tener unos dieciocho años,
pero aparentaba más edad por la palidez de su piel y las
profundas ojeras, semejantes a las de un panda, que rodeaban sus
ojos. Su cabello estaba recogido en un improvisado moño sujeto
por un lápiz. Unos juguetones rizos negros se escabulleron
cayendo en mechones en su frente.
El aspecto de la joven parecía el de un
gato flaco y hambriento, o bien el de algún convaleciente
de una grave enfermedad, pero a pesar de su decrepitud una débil
llama ardía en su ser y tenuemente exteriorizaba el deseo
de seguir escribiendo aún estando sumida en la más
profunda melancolía.
No fumaba, pero tenía la maña de
comprar cigarrillos y encenderlos para dejarlos consumirse en el
cenicero; el cigarro no era su vicio: era la bebida. Muchas botellas
de licor se encontraban amontonadas en el suelo y unos cuantos vasos
medio vacíos la rodeaban en el secreter.
No probaba casi bocado, pues el alcohol había
pasado a formar parte de su ser y en lugar de correr sangre en sus
venas, corrían líquidos etílicos que se le
subían a la cabeza y le hacían hacer y decir incoherencias.
En contraste con el ambiente vetusto y decadente
que rodeaba su hogar, unas notas de la Novena Sinfonía de
Beethoven eran arrancadas de un viejo grafómano que se hallaba
en la esquina. En un principio toda aquella atmósfera deprimente
había reflejado estilo, elegancia y buen gusto, pero ahora
no era ni la sombra de lo que había sido en un pasado; no
lo eran ni el apartamento ni su dueña.
La joven alzó su rostro de la máquina
y sintió cómo el mundo le daba vueltas en su cabeza,
experimentó un vacío inmenso en su interior y una
desesperación tan grande que por unos instantes deseó
correr por un cuchillo o un trozo de cristal y cortarse las venas
para ver escurrirse el caliente y carmín líquido en
su piel y observarlo caer a cuenta gotas en el piso alfombrado.
Pero no podía: era muy cobarde para soportar el dolor y sentir
el filo de un objeto cortante le aterrorizaba.
¿Veneno? ¡Ni pensarlo! Era una muerte
lenta que le quemaría sus entrañas... Sabía
que las mucosas internas se le desgarrarían, que sufriría
espasmos, que sus ojos se desorbitarían y las venas se le
hincharían hasta explotar... ¡Le atemorizaba esto aún
más! A su vez también descartó ahorcarse y
arrojarse del balcón o dispararse; esta última le
parecía una forma rápida de terminar con su vida,
pero apretar el gatillo era para ella demasiado.... ¿Por
qué sería tan cobarde? Y lo más importante
de todo: ¿Por qué quería suicidarse? Era muy
extraño su modo de obrar, pero a veces sentía a la
muerte muy cercana posando su gélida mano en su hombro, llamándola
por su nombre y hablándole en un susurro acerca de su solitaria
y patética existencia.
Sí, ella era muy sensible, y sus cambios
emocionales podían pasar de un extremo al otro. Su modo de
actuar estaba regido fuertemente por su estado de ánimo y
así como rápidamente podía contagiarse de la
dicha, podía impregnarse de la melancolía. En estos
instantes ella olía a desolación, quizás era
por eso que sentía que sus escasos años pesaban en
su espalda.
Se levantó de su silla tambaleándose
rumbo a uno de los estantes. En él se encontraba una caja
negra, se acercó, la abrió y extrajo de su interior
otra caja más pequeña y rectangular de color crema,
decorada por una hermosa caligrafía sepia de frases sueltas
en italiano, que simplemente tenían un sentido ornamental.
Levantó la tapa de la caja y contempló su contenido:
una pluma florentina de madera con la torre Eifel en su punta y
un frasquito de tinta casi vacío; contempló esos objetos
como si fuesen un tesoro y suspiró hondamente. Ella era un
suspiro, suspiraba con frecuencia, pero esta vez lo hizo anhelante
y desconsoladamente. Sus ojos estuvieron a punto de derramar lágrimas,
pero al sentirlas experimentó un ardor, como si, en vez de
que sus glándulas lacrimales expulsasen el líquido
salobre, vertiesen ácido. Se contuvo y corrió desesperadamente
a servirse un buen vaso de vino; así lo hizo y lo apuró
con avidez.
De repente se sintió transportada en su
mundo paralelo, el alcohol y la música barroca le ayudaron
a sumirle allí; se tumbó en una poltrona de terciopelo
rojo algo desgastado y allí con la mirada en la nada pensó
en su pluma florentina, en su pasado... en su espíritu amoratado
por tantas experiencias, en su alma: tan sensible al arte, en su
amor a la cultura y al saber... en sus ideales, en sus sueños,
en sus logros... en su amor frustrado. Sacudió fuertemente
la cabeza. Tantos pensamientos se juntaron en su cerebro que sintió
un embotamiento mental.
Tenía dieciocho años, era verdad,
pero sentía que ya había vivido mucho, que sabía
tanto y a la vez poco... Con dificultad se dirigió a su máquina
de escribir abrazando su botella, su amiga “Señora
Vino” y trató de topear lo que sus torpes manos le
permitieron; mientras con desesperación se servía
otro vaso, y otro, y otro... ¡y otro más!.
Se volvió a la derecha donde se encontraba
un espejo empañado, alzó la copa y gritó:
- ¡Salud!- dijo ella- ¡A beber hasta entregarse a la
inmediatez de los sentidos!- y rió estruendosamente.
Siguió bebiendo y escribiendo. Unos golpes
llamaron a la puerta. Ella se detuvo, estaba tan ebria, que ni siquiera
advirtió la hora tardía a la que acudía el
visitante a su morada.
-¡Voy!- gritó- ¡Ya voy!- repitió
con la lengua enredada por las copiosas dosis de alcohol.
La empresa de llegar a la puerta ni fue sencilla,
pues en el camino se enredó en su falda, le costó
levantarse y se llevó por delante las botellas que se encontraban
en el piso.
Finalmente, con gran dificultad llegó a
la puerta. Y apoyándose al marco de ésta, la abrió.
Como había bebido mucho no enfocaba bien su visión,
sin embargo al ver a su visitante se sorprendió mucho, sus
ojos se abrieron de asombro y su mandíbula se desencajó.
Entre la sorpresa, la embriaguez y su depresión
balbuceó:
- ¿Qué haces aquí?- preguntó
frunciendo el ceño.
- Leila, la bebida va a destruir tu cerebro. ¿Acaso no recuerdas
que me llamaste para que viniera?- contestó su visitante.
Leila arrugó la frente, dudaba mucho de la palabra de Gabriela.
Si bien era cierto que estando bebida podía hacer cosas que
luego no recordase, su mente permanecía ágil y lúcida:
podía escribir los mejores capítulos con unas cuantas
copas encima. Sin embargo no podía confiar plenamente en
sí misma, debido a su estado de embriaguez actual.
Finalmente, Leila hizo entrar a Gabriela. Cuando
ésta se acercó a saludarla, hizo un mohín por
el aliento a licor de su visitada. Se dirigió a la butaca
más próxima y se sentó en ella sin esperar
que su anfitriona se lo indicase.
Gabriela escudriñó con la mirada
cada rincón del apartamento como si estuviese buscando a
alguien; mientras Leila entablaba un monólogo y alternativamente
le decía frases sin sentido a su interlocutora. Esta última
se volvió y fingió prestarle atención a la
borracha. Gabriela tamborileó los dedos con impaciencia.
Si antes poseía una envidiable paciencia, ahora no quedaban
vestigios de ésta. Las rabietas y resentimientos que se tragaba
de mala gana como una anciano sus aspirinas, fueron ulcerando su
sensible espíritu, calcinando su interior hasta transformarle
en la caldera de un volcán a punto de hacer erupción.
Ella era menuda, de ojos y cabellos castaños y la tez de
un tono bronceado. Era muy tímida y la expresión de
su rostro era la de una criatura dulce y apacible. Pero en esta
oportunidad sus ojos intentaban disimular el creciente odio que
llevaba por dentro. Le había mentido a Leila sobre su visita;
en efecto ella no le había llamado, no se le ocurrió
mejor excusa que esa pueril mentira para llevar a cabo lo que tenía
en mente. Aquella idea había rondado por su cabeza tantas
veces, que sus pensamientos llegaron a atormentarle, y por eso estaba
allí. Aunque lo había pensado demasiado, no tenía
ni idea de cómo empezar, pero algo más fuerte que
ella le impulsaba y le gritaba en silencio cínicamente:”improvisa”.
Un sudor helado la envolvió y repentinamente a la receta
de su locura se añadió el ingrediente del miedo, y
ahora sentía un gran pánico que le impedía
sacar el revólver de su bolso. Entre esas mezclas de emociones
trató de conservar la sangre fría y repentinamente
sacó el arma y apuntó a Leila, quien enmudeció
al instante.
Leila observó la pistola como quien observa
a un conocido. Lejos de llorar o atemorizarse entornó los
ojos y miró a Gabriela, quien temblaba como una hoja maniatada
por el viento.
- Sabía que me odiabas..., pero no pensé
que llegaras a tanto.
- ¡Yo..., lo-lo sé todo!- tartamudeó Gabriela.
- ¿Sabes qué?- preguntó Leila.
- ¡Deja de ser tan caradura!- replicó Gabriela apuntando
más certeramente a Leila. Rió nerviosamente. En su
rostro se evidenciaba un rictus causado por la erupción de
su volcán emocional- Cuando bebes más de la cuenta,
hablas demasiado y luego ni recuerdas qué dijiste o hiciste-
Tragó saliva forzadamente- Aquella vez, luego del sepelio...,
tú me dijiste...
- Entonces, ya lo sabes- reconoció Leila desolada. Gabriela
asintió y empezó a llorar de ira.- Haz lo que tengas
que hacer-. Leila se situó en un ángulo que le permitiera
a Gabriela dispararle sin error de cálculo.
A Gabriela le aterrorizó la valentía
de Leila. Tenía todos los motivos del mundo para matarla
pero le faltaban agallas para apretar el maldito gatillo; finalmente
se arrepintió y guardó el arma nuevamente en el bolso.
A pesar de que aún la ira le mordía el corazón
decidió retirarse, se llevó de un empujón a
Leila por delante y se marchó más enfada de lo que
había llegado.
Las visitas nocturnas se repitieron varias veces.
Cada vez que entraba era la misma operación, actuaba de acuerdo
al libreto que ella misma en su desvarío había creado
y lo seguía fielmente.
Al principio Leila le seguía el juego porque esperaba que
en uno de esos vuelos emocionales le disparase a sangre fría,
pero Gabriela siempre desistía. A Leila la situación
le parecía divertida. A ratos le hartaba, pues Gabriela era
un perro que ladraba mas no mordía. La mayoría de
las veces le causaba gracia la expresión de su agresora;
hasta que un día, luego de una ingesta de dos botellas de
vino y ginebra no tuvo el pudor de contener su risa y se mofó
descaradamente de Gabriela quien terminó disparándole
ya no por la razón que la había motivado en un principio
sino por amor propio. Leila rió hasta que las lágrimas
fluyeron por su rostro y le recorrieron las mejillas. Como ella
había sospechado: un disparo resultaba menos doloroso.
- Gracias…- agradeció ésta
sinceramente a Gabriela y con su último suspiro cerró
sus ojos para no abrirlos más; mientras un charco de sangre
impregnaba la alfombra de la sala.
Unas semanas antes, Leila se encontraba asomada a la ventana del
auto de Manuel contemplando el paisaje verde del camino de regreso
a la ciudad. La clorofila ejercía un efecto tranquilizante
en ella, quien aprovechaba esos pequeños instantes para pensar
en los momentos contrastantes de su vida y notar cómo los
años habían pasado deprisa; cómo cada etapa
era uno de los capítulos que conformaba el gran libro de
la vida. A su mente acudieron recuerdos amargos y tristes que repentinamente
se vieron desplazados por la luminosidad de los felices. Todavía
le parecía mentira el hecho de que a su corta edad estuviese
haciendo lo que más le gustaba: escribir. Aunque estudiaba
para ser escritora y tenía muchas historias cargadas de vida
en las gavetas de su secreter, sabía que le faltaba mucho
trecho para llegar a obtener renombre. Sin embargo el solo hecho
de transformar sus sentimientos en palabras le bastaba para sentirse
plena.
Si por casualidad llegaba a experimentar un bloqueo
mental bastaba con ver al “muso” de su inspiración
y sus manos empezaban a escribir de nuevo. Aquel personaje que alguna
vez le quitó el sueño se encontraba a su izquierda,
era el piloto que manejaba el hermoso Mercedes Negro en que ella
iba. Volvió su rostro al del joven y le contempló
sonriente; los ojos claros de éste le miraron un instante
y luego le devolvió una sonrisa de hoyuelos.
Él era para ella un ser muy especial. Lo
consideraba el salvador que la rescató del encierro de la
caja de cristal en que la habían enclaustrado su madre y
su padrastro y quien le alentaba a perseguir sus sueños.
Tenían un poco más de un año de conocerse y
ella sentía que lo conocía de toda una vida. Habían
vivido muchas cosas juntos y eso les unía. Cada uno de ellos
formaba ya parte de la vida del otro.
Alguna vez Leila albergó en su corazón
un gran amor por Manuel, pero luego, cansada de esperar y resignada
a la realidad de que Manuel no era su Príncipe Azul, empezó
a quererle de otro modo, y éste la adoraba.
Tenían una sincera amistad que tuvo que
atravesar separaciones indefinidas, reacciones viscerales y comentarios
ácidos y la fase terminal la atravesaron el día en
que Manuel le presentó a Leila a su novia Gabriela.
Leila apreciaba a Gabriela tanto como ella a la
otra. El sentimiento de tolerancia de ellas era similar al de un
hipoglucémico con el azúcar. Gabriela soportaba algunas
de las impertinencias de Leila. Lo hacía porque sabía
cuánto la quería su novio. Alguna vez por su mente
pasó la idea de decirle a Manuel que dejase de frecuentar
a Leila, pero sabía que si hacía algo así saldría
perdiendo, por eso optó por tratar diplomáticamente
a Leila. Cada vez que Manuel hacía alusión a su amiga,
Gabriela engullía indiferentemente los comentarios y fingía
apacibilidad. Aceptó de mala gana que Manuel fuese a hacerle
una visita a esa golfa. Sí, porque para ella era eso lo que
representaba Leila. Confiaba en su novio, pero no en esa arpía.
Manuel sabía que la situación entre
los tres era crítica. En ocasiones se sentía entre
la espada y la pared, pero lograba salir hábilmente del embrollo
siendo sincero con Gabriela y presentándole las dos caras
de la moneda a Leila, porque ésta era a veces muy necia y
explosiva.
Ahora las cosas estaban bastante tranquilas, y
disfrutaba las pocas horas que le quedaban con Leila. La observó
y le divirtió el aire pensativo de ella. La conocía
tanto, que era capaz de leerle la mente. Era evidente que algo le
preocupaba y no quería decírselo, si no ya hubiese
entablado uno de sus característicos monólogos.
- ¿En qué piensas?- le preguntó
él. Leila adoptó una expresión seria.
- En qué hay después de la muerte- contestó
ella.
Él le devolvió una mirada incrédula.
Sabía que Leila no pensaba en ello. Seguro estaba agobiada
por el espectáculo que había dado el día de
su cumpleaños. Ella en su ansiedad por evadir la realidad
de ver a su Manuel con Gabriela se apropió de una botella
de tequila que vació en menos de una hora. El alcohol se
le subió a la cabeza rápidamente y ella lo comprobó
cuando intentó leer las letras de la botella y sus ojos no
pudieron enfocar el enunciado. La lengua se le enredó, parloteó
cual cotorro y reconoció públicamente que Gabriela
le había ganado a Manuel. No conforme con las confesiones
acaloradas, habló de sus traumas existenciales de la inmortalidad
del cangrejo y continuó bebiendo hasta que el mareo no le
dejó caminar y tuvo que apoyarse en Manuel y Gabriela. Desde
aquel día Leila se había convertido en el blanco de
los más incisivos comentarios y le atribuyeron falsas acciones,
que obviamente no estuvo en capacidad de desmentir. Fue Manuel quien
se encargó de defender la reputación de Leila y luego
recitarle a ésta un discurso completo sobre los modales de
la señorita y el alcohol.
Aquello dio pie para una discusión embarazosa
en la que Leila defendía a capa y espada los ideales feministas
y criticaba el machismo en la sociedad, una conversación
que distaba mucho del tema original.
- ¿O sea que no puedo beber porque no soy
hombre?- preguntó ella con brazos en jarra.
- ¡No!- dijo él- ¿Por qué siempre interpretas
de otro modo las cosas? Hoy en día ustedes hasta usan pantalones
y se han igualado a nosotros. No cambies el tema que todo lo que
te quería decir era que no bebieras de ese modo.
Manuel no sabía que más adelante
beber se volvería una obsesión para Leila. Mientras,
dulcemente le daba un beso a la joven que ya se había quedado
dormida. Contempló su rostro ovalado, sus pestañas
largas y espesas. Él sabía cuánto lo quería
ella, y se sorprendía de cómo aquella joven valiéndose
de puñetazos y reiteraciones se había ganado su más
profundo cariño. Sonrió. Leila era muy emotiva y no
tenía reparo en gritar a los cuatro vientos que lo quería.
Él en cambio no se lo decía tan frecuente. Él
era de los que opinaba que eso era algo que se debía hacer
sentir.
Finalmente la miró allí tan profundamente
dormida que le conmovió tanto y no pudo evitar murmurar un
te quiero.
- Leila, te quiero mucho.
Ese sería el penúltimo te quiero
de Manuel para Leila, porque el último se lo murmuraría
antes de morir. La muerte tiene una peculiar forma de seleccionar
a sus víctimas. Una vez que les pone el ojo encima no les
abandona hasta que les cubre con su oscuro manto. Escoge el día
de visita lanzando dados o monedas al aire y sus visitados son interrumpidos
en el baño, en la cena, en la cama, en el auto. Ella es una
visitante impertinente como aquellos vecinos que se adhieren como
un chicle a la suela de un zapato.
Una vez que Manuel dejó a Leila en su apartamento
retomó viaje para visitar a Gabriela que lo esperaba con
los crespos hechos, velas aromáticas y dulces ósculos.
Las gotas de lluvia eran gruesas como cuentas de un collar y calaban
tan hondo en la piel que parecían agujas de hielo. El cielo
teñido de las más grises tonalidades parecía
estallar en pedazos con cada estruendoso trueno, y los relámpagos
le recordaron a Manuel las várices de una anciana.
A pesar de que los tres jóvenes estaban separados por la
distancia, la conexión de la lluvia había entretejido
sus pensamientos en una red que por un intervalo de tiempo indefinido
casi les convirtió en un mismo ser. Tenían la mente
rebosante de elucubraciones y a su vez vacía de ideas y experimentaron
en cada tejidote su cuerpo la nostalgia que se siente cuando se
pierde lo querido.
La proporción inversa distancia-tiempo,
la fuerza de roce de los neumáticos del auto con el pavimento
mojado, la masa del auto y la cantidad de energía cinética
fueron inexorables en el instante en que se produjo un inminente
choque entre el auto de Manuel y el camión de porcinos conducido
por un evangélico somnoliento. En fracciones de segundo la
muerte se quitó su máscara exhibiendo su rostro a
Manuel, a éste la sangre se le heló y ante sus ojos
sucedieron en microsegundos las escenas de su vida y a pesar de
que el accidente se desencadenó rápidamente, él
sintió cómo, burlescamente, las acciones se fueron
dando en cámara lenta: el auto girando lentamente hasta quedar
parado sobre el techo con las ruedas al aire, como un perro que
se coloca patas arriba para que le rasquen la barriga; el peso del
Mercedes aplastando sus extremidades, las carcajadas de estridentes
de la muerte y las tinieblas que lo arrastraron a la inconciencia.
Una especie de descarga eléctrica fue expandiéndose
desde el hipotálamo hasta la punta de la médula de
cada una de las jóvenes, y a partir de ese momento los tres
dejaron de ser uno mismo y experimentaron particularmente el más
variado matiz de emociones y sentimientos.
Leila sintió cómo unas manos invisibles
le rodearon el cuello y fuertemente le apretaban la garganta asfixiándola.
Luego experimentó un vacío inconmensurable que la
obligó a tomar asiento en su butaca de terciopelo rojo oscuro.
Ensimismada contempló con fascinación el rodar de
las gotas de agua en los cristales de la ventana; de repente su
estado de abstracción fue sustituido por el pánico:
aquel escalofrío electrizante que sintió lo había
experimentado antes. Sus pupilas se dilataron y se llevó
las manos a la boca con espanto cuando recordó la vez que
sintió aquello; había tenido ese presagio el día
de la muerte de su padre.
Aún recordaba cómo resoplaba el viento
aquel día nefasto, cómo las ramas de los árboles
se estremecían como tentáculos de pulpo, cómo
la muerte silbaba el nombre de su padre y cómo a través
de un progresivo cáncer en los pulmones le extrajo la vida.
Ese pensamiento que ella se había encargado de enterrar en
el rincón más recóndito de su cerebro, giraba
ahora a una velocidad centrípeta impresionante, chirriando
como los oxidados goznes de una puerta, destrozándole los
tímpanos y hundiéndola en la más profunda desesperación.
Este pensamiento era como una masa de polvo, malos recuerdos y sufrimiento
sin forma que se materializó en el instante en que le telefonearon
para informarle que Manuel había sufrido un accidente y había
quedado cuadraplégico.
La impresión de observar a un ser por quien
sentía un cariño muy grande postrado en una cama era
demasiada para su espíritu tan sensible a las emociones.
Las lágrimas se aglutinaron rápidamente en sus glándulas
lacrimales, y corrieron a borbotones por sus negros ojos humedeciendo
la sábana celeste del lecho de Manuel. Era un cuadro bastante
deprimente: la piel blanca de Manuel estaba llena de hematomas y
rasguños, y tenía en su frente la mácula de
la muerte.
Los nervios de las extremidades de Manuel estaban
destrozados. Los huesos quedaron prácticamente pulverizados
dejando como alternativa una casi segura amputación. El maltrecho
cuerpo de Manuel quedaría o mutilado o paralizado. Ante la
sola idea de verlo en estado vegetal o amputado de piernas y brazos,
ahogó un grito desgarrador mordiéndose los dedos.
Sabía el sufrimiento que él iba a atravesar el instante
en que abriese sus ojos y sintiese su cuerpo como si fuese el de
otra persona. Sabía que Manuel se iría mermando poco
a poco como una vela y que maldeciría al mundo y a Dios mismo
por su infortunio. Ella sabía todo eso porque ya había
atravesado esa experiencia con el calvario que padeció su
padre. En el fondo ella oraba para que Dios se lo llevase rápido.
¿Dios?!Ja! Había algo de irónico en un escéptico
que le ruega al Señor que alivie el sufrimiento humano…
Pocos fueron los días que Manuel soportó
su cuadraplegia. A duras penas podía articular palabras y
ya no podía contener las lágrimas que involuntariamente
se le escapaban de sus ojos.
Le pidió a Leila que no lo dejase solo,
y ésta velaba por él día y noche, sacando fuerzas
y valor de donde no tenía: sobrellevaba la presión
de ambos y aguantaba las miradas de odio que le lanzaba Gabriela,
harta ya de disimular sus celos, pues era para ella inconcebible
que su novio prefiriese ver a esa meretriz que a su novia. Le era
difícil comprender que él no quería que ella
albergase en su corazón la compasión y la benevolencia,
que sabía bien que irían aflorando con cada visita.
Él no quería que Gabriela se sintiese atada a él
por eso sentimientos. El sabía que Leila a diferencia de
Gabriela, no se compadecería de él. Quizás
se conmovería, pero permanecería junto a él
porque era incondicional. Además ella era la fuente de su
fortaleza y lograba arrancarle una que otra sonrisa con algunos
de sus ademanes o expresiones jocosas.
Entre el ambiente caldeado, el abrasador sufrimiento,
la abulia, y el obstinamiento de estar atado a una cama de por vida,
en silencio Manuel había decidido acabar con su patética
existencia.
- Necesito un gran favor… - le suplicó Manuel a Leila
en un hilo de voz.
Leila asintió y se acercó más
a él pues el tono de voz era prácticamente inaudible.
Ella permaneció expectante al favor que Manuel pudiese pedirle,
pero éste se había quedado mudo repentinamente. Manuel
miró a Leila a los ojos y se sintió desarmado; en
el fondo él deseaba pedirle a ella que… ¡Pero
no podía! Era algo antinatural y podría acarrearle
dificultades a Leila. Muchas habían sido las veces que él
había pensado en el asunto, y lo había asumido con
frialdad, pero ahora viéndola a ella resultaba todo muy distinto.
Todos sus pensamientos se entremezclaron como un batido mental y
saturaron su cerebro acorralándolo entre una espada y una
filosa daga. Apesadumbrado por el lastre que cargaba decidió
abrir su corazón y confesarle a Leila lo difícil que
había sido todo después del accidente, las innumerables
veces que maldijo e hizo juramentos; le habló también
de su muerte en vida y de las arenas movedizas de la desolación
que ya le habían llegado hasta el cuello. Todo esto se lo
dijo entre pausas y lagrimeos entrecortados.
- ¡Mátame…, por favor! – pidió él
finalmente en tono quejumbrosamente anhelante. Leila no daba crédito
a las palabras de Manuel que había creído malinterpretar.
- Eso que me pides es…
- Ya lo sé – interrumpió él con voz nerviosa-
Todo esto que te dije, no se lo había dicho nunca a nadie…
Tú debes comprenderme porque sabes lo que significa que te
corten las alas. Por favor, te lo suplico: ¡Mátame!
- No…, no puedo. ¡No tengo el valor…!
Durante esos largos treinta minutos Leila y Manuel se debatieron
en un duelo de vida y muerte. Leila comprendía el color que
había adquirido la vida para Manuel, entendía que
su vida sabía a porquería y que todo y todos ahora
no eran más que el blanco de la terrible situación
por la que él estaba atravesando. Manuel llegó a experimentar
un odio más venenoso que los crótalos de un cascabel
y las ideas que surcaba por su mente no eran ni dulces ni mucho
menos esperanzados. Manuel estaba tan harto que deseaba con vehemencia
que ocurriese un cataclismo que acabase con la humanidad. Estaba
tan obstinado que incluso los objetos de su habitación le
resultaban odiosos y aborrecibles. Pedía a gritos que lo
mataran como fuese pero que acabasen con el guiñapo de vida
que tenía.
Muchas de las decisiones más importantes
de su vida, Leila las había tomado en cuestión de
segundos, dejándose llevar por lo que sentía, pues
sabía que las éstas no eran correctas o incorrectas,
sino “apropiadas”. Sabía lo que significaba la
vida de un ser humano, pero todos aquellos valores morales inculcados
durante su infancia se vieron desplazados en un parpadear por los
ruegos de alguien que reclamaba una pizca de dignidad.
El día que su padre falleció, agradeció
desde el fondo de su corazón que hubiese acabado el martirio
de su progenitor, pero le aterraba el hecho de pensar que luego
de la línea de la vida no hubiese más que una pantalla
negra, que no hubiese nada y no existiese el tan mencionado Paraíso
del que tanto hablaban los creyentes. Ella estaba convencida del
principio de transformación de la materia, pero a pesar de
repetir como loro ese pensamiento en su cabeza dudaba de ello, y
le atemorizaba que TODO se redujese a NADA. Sin embargo, al pensar
en su padre fallecido, ella albergaba la ilusión de un cielo,
de un alma siempre viva a pesar de la muerte física, quizás
en otra vida, en otra oportunidad, ¡En otro tiempo! ¡Todo
ello le resultaba tan complejo! ¡Tan inverosímil, como
posible! Sentía estallar sus sesos con tales pensamientos
que optaba por echarlos en el saco roto. Ahora a pesar de haber
querido arrojarlos al olvido acudían a su mente más
claros y nítidos que nunca. Entre la confusión de
sus parámetros de tiempo y espacio, enloquecida gritó:
–¡Lo haré, lo haré! – repitió-No
sé cómo, pero lo haré
Aquellas palabras pronunciadas por sus labios fueron
el consuelo de Manuel quien no supo cómo reaccionar ante
la respuesta de Leila. Tenía los ojos enrojecidos, igual
que ella, pero una chispa de paz había ardido en ellos. Ahora
él había dejado de cargar el lastre para depositarlo
en las espaldas de Leila. Él se sentía aliviado y
ella contrariada. Sin embargo Leila no se sintió ruin. Había
logrado creerse ella misma que le estaba haciendo un favor a Manuel.
Intentó pensar en otras cosas para que su nueva faceta pro-eutanasia
no la atormentase más de lo que lo había hecho. Ambos
recordaron muchos de los hechos que vivieron juntos y lo felices
que habían sido desde que se conocieron. Se rieron de la
suerte, se mofaron del destino y volvieron a adentrarse en el mundo
idealista que alguna vez crearon juntos a través de las palabras
entintadas de Leila y los sueños de Manuel; luego se preguntaron
cómo hubiesen sido las cosas si ella y él se hubiesen
enamorado… Aquella insinuación les arrancó carcajadas
sonoras que concluyeron en un a lo mejor en otra vida, a lo mejor
en otro tiempo…
– Son mejores las cosas así –
le dijo ella–. Igual, tú y yo nos queremos.
– Siempre te lo he dicho– replicó él–.
Hubiésemos terminado en divorcio.
– El tiempo fue el que me enseñó a pensar así–
dijo ella tocándole con el dedo la punta de la nariz.
Cuando ella se estaba despidiendo y se dirigía
a la puerta para ir a un bar y beber para desinhibirse y conseguir
valor, él la detuvo y le gritó su último te
quiero.
– Te quiero mucho – dijo Manuel finalmente
con toda sinceridad desde lo más profundo de su alma–.
Sé que lo sabes, pero tú dices que es bueno decirlo.
– Yo te quiero de aquí a Plutón. Nunca lo olvides–
sentenció ella.
Fueron muchos sentimientos juntos para el corazón de Leila
quien experimento una resaca psicológica más fuerte
que la mezcla imprudente de ciertos licores que la embriagaron lo
suficiente como para dejarla actuar lucidamente. Muy vagos recuerdos
conservó de lo que hizo, ya que las imágenes las evocaba
borrosas, como vistas a través de un cristal empañado
por vapor. Lo que perduró indeleble en su cerebro fue el
sentimiento de culpa. Aún escuchaba los gritos sofocados
de Manuel cuando ella le asfixiaba con la almohada; sus estremecimientos
eran acciones reflejas del ahogo que experimentó cuando una
noche un almohadón fue colocado en su rostro. Leila no tuvo
ni idea de cómo hizo para entrar en la clínica y que
todo resultase tan natural que atribuyesen que la causa de la muerte
de Manuel fuera un paro respiratorio. No recordaba la sonrisa sardónica
que había quedado dibujada en los labios del rostro azulado
de Manuel. Se sentía mareada a causa del alcohol y las impresiones
que le bombardearon como granadas y lluvia de granizo conjuntamente.
Ahora estaba en el Salón Imperial al frente del ataúd
de caoba oscura de Manuel, su amor platónico, que se convertiría
en manjar de los gusanos, pero que no sufriría más.
Gabriela le lanzó una mirada llena de odio
a la zorra de Leila, deseando en lo más profundo de su ser
que ésta hubiese sido capaz de fulminarla en el acto como
cuando una mariposa es achicharrada por las llamas. Deseó
ser un gigante de doscientos metros de altura y aplastarla como
a una asquerosa cucaracha; y muy por encima de todo hubiese preferido
que esa ramera estuviese en el ataúd en lugar de su amado,
que fuese esa golfa quien estuviese a merced de los parásitos.
Gabriela deseaba verla convertida en carroña para aves de
rapiña. Le deseó cánceres, pestes, escorbutos,
lepras y las peores enfermedades venéreas. Quería
verla reducida a despojos, terminar con ese error de la humanidad.
Ahora ya no se preocupaba en disimular su encono, ahora menos que
nunca después de haber descubierto que aquella y Manuel se
burlaron de ella en sus narices. ¡También odiaba a
aquel remedo de novio!, lo detestaba con cada partícula de
su ser, sentía una alegría malsana de verlo muerto,
que le hacía sentir culpable a ratos cuando recordaba que
él también le había hecho feliz cuando juntos
experimentaron un romance ideal. ¡Pero todo eso había
sido falso! Odiaba infinitamente a todos los presentes en el velorio.
Todo cuanto le rodeaba había adquirido un cariz aborrecible
desde que ella, luego de asimilar con desgarradores llantos la muerte
de Manuel, se dirigió al apartamento de éste y al
escudriñar entre sus cosas, los celos le mordieron el corazón
como perros sedientos de sangre.
Con incredulidad aceptó la partida de su
novio y entre las camisas y pantalones regados en el piso y la cama
del fallecido, lloraba por la pérdida de su amado. Se resistía
la hecho de no verle nunca. Chillaba por la consternación
y por la frustración de un amor jamás consumado. Su
rostro estaba hinchado y enrojecido de tanto llorar, pero al menos
ya estaba un poco más sosegada.
Registró las pertenencias de Manuel como buscando en ellas
el conjuro que pudiese hacerlo volver a la vida, y contempló
cada objeto como si él mismo estuviese en ellos. En su escudriñamiento
encontró cartas de amor de Leila para Manuel, aún
fragantes a rosas, rodeadas de pétalos secos. También
halló fotografías y poemas, y por una mala jugada
de la suerte una blusa de la hermana de Manuel, que Gabriela consideró
como si fuese de Leila debido a las circunstancias. Repentinamente
dejó de husmear para tratar de mitigar la cólera que
contaminaba su sangre. Su susceptibilidad hizo posible que atase
cabos y concluyese que había sido engañada por ese
par descaradamente, que se habían burlado de ella pintándole
una hermosa cornamenta de la que colgaban cintas y guirnaldas para
darle un toque aún más burlesco a su estampa de granadísima
idiota. Le habían hecho tragar un montón de embustes
como un chiquillo y ella como estúpida se los había
creído de mala gana, peor los había aceptado como
reales. Quién sabe cuántas veces aquella prostituta
había disfrutado de exquisitas tardes apasionantes con Manuel,
cuántas veces se habían amado en secreto y ella cual
imbécil había creído que él sólo
iba a visitarla. Gabriela hervía de rabia al encarar el hecho
de que Manuel siempre había sido de Leila y no de ella. ¡Era
la golfa quien había ganado!.Ja!. y pensar que la muy hipócrita
había asegurado en el cumpleaños de Manuel que había
perdido.
Un torbellino de especulaciones había empezado
a girar en la mente de Gabriela desde aquel día, y las proporciones
de éste aumentaron con las presencia de Leila en el Salón
Imperial. Algo en el herido orgullo Gabriela le decía en
un hilo de voz que quizás la culpable de todo era Leila y
que Manuel era inocente… Debía saber todo cuanto antes!
Poco le importaba que aquella infidelidad formase parte del pasado.
Un engaño era un engaño, visto desde cualquier perspectiva,
y absolutamente nadie se reiría de ella, a menos, claro,
que quisiera una muerte segura.
– Me resisto a creer que ya no estará
mas con nosotros – dijo Gabriela en tono opaco a Leila. Ésta
se encontraba tan ensimismada en su culpabilidad que ni siquiera
la escuchó. Gabriela se sintió ofendida por el desplante
inconsciente de la zorra, pero intentó convencerla de que
ahogasen sus penas en alcohol. Leila acepto como autómata
no por el hecho de emborracharse y dejar que le licor consolase
su pesar, sino por estar sumida en sus pensamientos. El pesado fardo
de la muerte de Manuel laceraba su espalda y el recuerdo de éste
se encontraba en cada cosa que ella viese; él estaba presente
en las canciones que escuchaba en la radio, en la maldita pluma
Florentina que él le trajese de Italia para escribir sus
historias; en las hoja amarillas de su secreter, inmortalizado en
sus hijos de papel… Él estaba en todas partes y su
fantasma le atormentaba y no le dejaba dormir o soñar en
paz.
– ¡Maldita sea! ¿Por qué
le hice el favor de matarlo? – pensaba ella cada diez segundos.
Las burbujas jugueteaban en su cerebro. El alcohol había
adormecido su lengua y cada palabra que lograba pronunciar era indescifrable.
Los grados del licor le transportaron a un mundi irreal donde ella
volaba con las golondrinas y discutía con Shakespeare, donde
ella contaba galaxias y flotaba en las nebulosas. Se sentía
plena y en lejanos ecos escuchaba la voz de Gabriela interrogante,
mientras ella emitiendo carcajadas como las brujas de los cuentos,
brindaba en honor a Manuel.
Como una ráfaga fugaz a su mente acudió la imagen
de la urna depositada en el cementerio. Vio las rosas, los claveles
y las orquídeas desparramadas por el ataúd y sintió
el llanto del cielo sobre su piel así como el de los familiares
y conocidos. Evocando esta escena lloró ella desconsoladamente.
Gabriela, bastante sobria, la miró con desdén, no
la conmovieron ni las lágrimas ni la notoria tristeza de
Leila.
- Leila, dime: ¿Tú lo amabas? –preguntó
por enésima vez a la patética ebria.
Ésta se quedó muda y haciendo un esfuerzo por hablar
con su torpe lengua balbuceó:
- No – dijo rotundamente – ¡No sé! –
rió a carcajadas– ¿Yo me llamo Leila?
- Sí– respondió Gabriela con enojo–. Pero
no me has contestado la pregunta.
Los intentos de Gabriela por pescar algo era vanos.
Ya no sabía ni por qué estaba allí, en el apartamento
de Leila, sobresaturándola de líquidos etílicos,
intoxicándola. Ésta ya no le prestaba atención
a Gabriela y había empezado sus célebres monólogos
donde hablaba de sus dichas y desdichas en un idioma guturale incomprensible.
Gabriela se cansó del giro que había tomado la situación,
la paciencia le había abandonado definitivamente, se puso
en pie e hizo
manifestación de su recién adquirida costumbre de
hurgadora de objetos personales de otros. Registró el secreter
de Leila, leyó sus escritos y cartas, hasta que se topó
con una gran caja negra, la abrió y observó un contenido
similar al que había conseguido en casa de Manuel. Al unir
ambas cosas los fuegos internos se avivaron, pues sintió
celos de Leila quien de una u otra forma se había ganado
el corazón de Manuel. Era duro aceptar esa realidad, se resistía
a ello, pero más le
pesaba el hecho de no escuchar más aquella voz, ver esa sonrisa
de hoyuelos y los ojos claros de Manuel. Ella había creído
en las palabras de él y en el fondo quería seguir
creyendo. Peor, todo era tan obscenamente acusador que era imposible
fingir que nada había pasado.
– Él te quería mucho- dijo
Leila apoyada de la puerta. Gabriela se vio sorprendida y del asombro
se le desparramaron las cartas en el suelo. Leila advirtió
eso y tranquilamente le aseguró:- No esperes encontrar cartas
de amor aquí, nunca las hubo.
– Pero vi unas tuyas en la casa- se apresuró en decirle.
– Son cartas de un amor que está enterrado dos metros
bajo tierra. Está tan muerto como Manuel- esto último
lo dijo con un dejo de tristeza que dio pie a nuevas lágrimas-.
Él era un caballero y yo no soy ninguna ofrecida.
Gabriela le lanzó una mirada escéptica a Leila, ésta
la percibió y agregó:
- Piensa lo que quieras, pero de mí.
Indiferente se dirigió a continuar intoxicándose,
a destruir su hígado y morir por la embriaguez. tantas fueron
las copas que prorrumpió en vómitos en el retrete
y en cada pausa le confesaba a éste la mala fortuna de su
vida con una culpa a cuestas.
La fase culminante de su borrachera la desinhibió aun más
aflojándole la lengua para aligerar su espíritu de
la muerte de Manuel. Ya no le importaba nada y mandaba al diablo
todo aquello que cruzase pro su alcoholizada mente. Sin reparo y
con detalle le contó a Gabriela el asesinato de Manuel y
la forma como éste sufría con su porquería
de vida. Gabriela no comprendió, cayó en un estado
de paroxismo total que la volvió trizas.
Su odio se vio cuadruplicado y sintió deseos
de destruir a aquella escoria. Los pensamientos de arruinarle la
vida a Leila y culminar con su existencia no la abandonarían
hasta el día en que ella le apuntase con el revólver
por vez primera. Pero la cobardía le impedía apretar
el gatillo y perforarle el corazón a esa desgraciada; el
toque de arrojo que le faltaba se lo dio Leila cuando ésta
se burló en su propia cara del insípido rol de asesina
que se había empeñado en interpretar.
Leila sintió algo veloz que le atravesaba
el pecho, algo que la hizo sangrar y experimentar la eternidad en
un instante y la paz en un Paraíso. Ahora que sentía
la felicidad no le importaba si la vida terminaba en nada, si duraba
para siempre el alivio que la embargaba. El pesado lastre que llevaba
a cuestas había dejado de estar sobre su espalda para ser
depositado en la de Gabriela, quien se había quedado petrificada
con lo que acababa de hacer. Espantada arrojó el arma al
suelo y se llevó las manos a la cabeza con los ojos desorbitados.
Se dejó caer de bruces mientras como loro repetía
entre los lagrimeos de su demencia:
- Sólo le hice un favor a la puta, sólo
le hice un favor a la puta…
Universalia
nº 19 Abr - Sept 2003
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