Oscilación
Carlos Alberto Pérez*
I
El cuento comienza más o menos así: "De las
tres hermanas, la mayor debía su baja estatura a un feliz
Azar -sinónimo malconocido de Destino- que hacía diecisiete
años se había gestado para toparla con él y
desvanecerle el brillo silencioso de los ojos". Lo empecé
en la sala -llevaba una semana sin entrar en el estudio- y allí
mismo se detuvo; sombra de un cuento, esperanza de fabricar con
las palabras una bifurcación acaso mejor del sendero que
es mi vida y me conduce aquí.
Dos razones tuvieron que ver con hacer de mi cuento un fósil
engavetado: una fue el teléfono -al infeliz inoportuno, instrumento
de los azares, ya no lo recuerdo- y la segunda llegaría al
día siguiente, sin apuros porque parecía saber que
los ánimos de escribir se habían esfumado. Fui al
cuarto y me acosté en la cama a mirar el techo, apenumbrado
por la entrada de la noche, y cerré los ojos, cuando sentí
la presión de las patas de Gato sobre el estómago.
Venía a acostarse sobre mí, con ese aire de cariño
posesivo, y le dejé hacer acariciando su lomo hasta que se
durmió, plácido y elegante. En ese momento la vi -como
tantas que había visto- correr por el piso del estudio, ágil
como una cucaracha, y desaparecer por el rabillo de mi ojo.
No es miedo lo que siento cuando las veo, sino una mezcla horrible
de angustia y frustración. La primera es por no saber de
dónde vienen -a pesar de mis conjeturas- y la frustración
es fugaz, como su recorrido por la madera, por no poder voltear
más rápido y descubrir adónde van. Su hábitat,
el elemento que les da coraje para aventurarse al espacio abierto,
la luz y mi gato, es el silencio de las tardes, el sol entrando
ocre por la ventana y fulminando el aire, el sopor que a éste
lo condenan mis pensamientos y las partículas de polvo que
flotan coloides por los chorros de luz y de pared a pared (o acaso
este polvo son sus cuerpecitos dispersos, a punto de precipitar
en una de esas figurillas huidizas y oscuras). Pero también
exige de mi presencia. Llegué a pensar que eran alucinaciones
-lo más obvio, creo- y que surgían de mi soledad,
monstruosa que no la desvirtúo de poder fabricar criaturas
que no se dejan ver; pero no podía asegurarlo.
Acabé por llamarlas Asñas. Creo deber este nombre
a un sueño; uno tenido sobre el sofá. A veces me quedo
dormido en él, y allí siempre tengo esos sueños
exóticos, diferentes de los que tengo en mi cama, que no
sé si son terribles por hermosos o por vertiginosos y que
desafían lo verosímil aún en el lenguaje que
les suelo condonar. Un día, al abrir los ojos, decidí
que ellas eran quienes producían los sueños y luego
recordé, sin procedencia evidente, la palabra Asñas.
No me costó entonces figurarme que así debían
llamarse, y que tenía perfecto sentido que se revelaran por
su nombre si ya las conocía por sus sombras. Para alivio
de mi paranoia, esta conclusión fue como anillo al dedo de
la desesperación por culparlas de algo. No podía concebir
que fueran inofensivas -cuando despierto, consigo a mi gato sobre
el escritorio, los ojos entrecerrados y agitando la cola, dibujando
en el polvo, o al estudio completamente vacío y el silencio
acumulado en el friso del techo, pero ni rastro de las Asñas
ni de su obra, pues antes de dormirme alcanzo a pensar que esperan
la siesta para ejercer algún horrible oficio, y el despertar
me consigue buscando evidencias inexistentes-, aunque entendía
que estos pensamientos eran injustos. Sin embargo, ¿quién
dijo justicia para una cucaracha?
II
Ya mencioné a mi gato, Gato. Adoptado de la calle, negro
como el carbón, me acompaña cuando escribo -y cuando
le da la gana-, en una esquina que pacientemente se reservó
sobre el escritorio. Su vida felina consiste en dormir dieciocho
horas al día, escapar de noche por la ventana del estudio
-que da a una calle de día ruidosa- a preñar las gatas
en celo y compartir la soledad con un hombre oscuro y acaso triste.
Algunos dedican su vida a los laberintos, otros a la metafísica
y otros -algo más frívolos- a la Ciencia. Yo, igual
de obstinado, la dedico a mi soledad. Me empeño con fervor
en sacarle confesiones y descifrarla -nos tratamos de manera tal
que me obligo a escribir Soledad, con mayúscula- durante
las tardes, después de llegar del trabajo (muy a mi pesar
soy asalariado y capitalista), atisbando al fin ulterior de llevarme
a vivir con ella desde que me gradué y me mudé, hace
tres años, y pretendiendo sobrevivir a una afirmación
que me encontré escribiendo en una de las tardes primeras:
la Soledad existe cuando nos volvemos enemigo nuestro. Pero me detengo
pues quería referir el episodio que involucra a Gato, mi
intención original, y no quisiera divagar más en los
matices perversos -cómicos para muchos- que suelo dar a la
realidad.
Llevaba días observando su comportamiento pues me resultaba
distinto. Noté que olfateaba insistentemente ciertas esquinas
al entrar al estudio y que, sobre el escritorio, sus ojos aguamarina
parecían ocupados. Una vez, llegando del trabajo, lo encontré
frente al sofá, la cola oscilando inquieta. Otra tarde, antes
de la siesta accidental, me alarmó que siguiera algo con
la vista y saltase de pronto del escritorio hacia una pared. Un
error de cálculo no le permitió frenar y se estrelló
sonoramente contra el rodapié, pero parecía haber
capturado eso que llamó su atención. Una cucaracha.
Me desentendí del asunto y me hundí en el sueño;
pero -al despertar vi a Gato relamiéndose- esa tarde no soñé.
Concluí que eran físicamente reales, y las noches
siguientes fueron un eterno dilucidar y pulir mis hipótesis.
No necesito reproducir tales sesiones; básteme decir que
permutaban lo que ya sabía. Nada cambió excepto una
certeza feliz de no estar insano y el abandono temporal del estudio.
De esta felicidad emergieron las pocas líneas que alcancé
a escribir antes de la llamada y quizás aquella Asña
que Gato, dormido sobre su mascota, no llegó a perseguir.
Me había sentido nuevo, péndulo oxidado que reconoce
y agradece la brisa de la oscilación.
III
A pesar de todo, se puede decir que alcanzamos a ser muy amigos,
Nadia y yo. Uno de los problemas de la soledad es la mudanza; el
Universo se traslada poco a poco a la cabeza y el mundo percibido,
ya no más un Universo válido, se vuelve incomprensible.
Vivir se torna un acto cerebral, por así decirlo. De ahí
que el mundo de Nadia me desorientara. Mundo simplícimo,
tejido en lo tangible, lo externo, de oscilación perpetua,
inestable, caótico, inadmisible para mis modelos, mi rigidez.
Me desmitificaba, sin embargo, y creo que, a pesar de mi preservada
soledad, corrompida y colapsada al momento de conocerla, eso me
gustaba.
Sonó el despertador. Yo me había levantado antes
y corrí a detenerlo, y Gato sólo irguió una
oreja. El apartamento es luminoso y airado; cierto que se rige por
las leyes de la ausencia, mas esto no me priva de sentirme pleno
en él. Fiel a su tranquilidad, me vestí y desayuné
con calma. En la calle, al bajar, el dueño del café
de la esquina abría el local: El Rincón Guachafitoso.
Portugués infeliz y forjado por la economía, revelaba
en el nombre del negocio y en su clientela una vena bohemia e incomprensible.
Me tomé un marrón. Crucé Sales, Adams, León
Ávila. La rutina me desconectaba de mis pensamientos. En
el boulevard aún no estaba el mendigo anciano, curtido por
algún lejano salitre; en el cruce de Salamanca con Arocha
había un choque -un fiscal y dos fieras-, y en la misma plaza
Arocha una multitud explotó; del centro emergió un
harapiento, amenazando con una cabilla y declarando guerra santa
a los infieles. Me extraña poder recordar todo aquello. Suelo
ir cabizbajo, midiendo el cemento, y no reconozco la frente alta
ese día.
En la librería había dos clientes. La escena parecía
típica: un viejo de bastón hojeaba un libro y un estudiante
con aspecto de poeta hablaba con el librero. Yo iba camino a las
oficinas y perdí el desenlace, pero alcancé a oír
un amenazante "¿usted cree que yo no he leído
a...? , pues le haré saber...", e imaginé al
viejo sonreído con la arrogancia del joven. Las puertas de
vidrio y el aire frío de la Recepción disolvieron
las voces que ya discutían, pero todavía imaginaba
la sonrisa del viejo cuando me topé con SynCorp en el distintivo
de un empleado. "SynCorp", pensé. "Una i griega
y ya nos creemos gringos".
Salí a las seis de la tarde. Devolví mis pasos hacia
el apartamento. Quizás por el incidente de la mañana
entré primero a la librería. Estaba llena; el dueño
comentaba a su asistente y a unos clientes: "Estos carajitos
se creen que porque han escrito dos pendejadas ya son Premio Nobel",
y hubo risas, pero el librero parecía revivir su cólera.
Pregunté: ¿A cómo La Guerra del Fin del Mundo?,
rescatando el recuerdo de la plaza donde había perdido el
libro. La asistente dijo un precio, que preferí no oír
para verle algo en las mejillas, o la nariz, dije gracias y anduve
absorto unos minutos, paseando por los pasillos y los títulos,
hasta que salí. Al día siguiente sabría que
su nombre era Nadia -Nadia Arvelo-, cuando me apareciera en la librería
y comprara el libro, el precio aún una incógnita,
y me presentara a la asistente y a Manuel el librero (quien resultó
ser su tío).
Frecuenté la librería una semana; un viernes invité
a Nadia al café del portugués.
IV
El gentío jugaba ajedrez, pedía una "manzanilla"
-sin licencia, la cerveza se expendía astutamente en tazas,
con una bolsita de las hierbas dentro-, discutía acaloradamente
cualquier burrada -importando sólo el "acaloradamente"
cortesía de la etílica infusión- y cada quien
tenía carta blanca para inventarse una personalidad. Yo,
a tono con la atmósfera, fingí ser normal. Una taza
de café y una coca-cola se acompañaban, y una vela
llameaba cansancio sobre la mesita. La librería estaba pasando
por una crisis, comentaba Nadia, y yo escuchaba mientras veía
sus dedos jugar con la llama.
-¿No te pasa que se te desaparecen las cosas?
-¿Qué tiene eso que ver con que a la librería
le esté yendo mal? -contesté detrás de la taza.
-Pues que ya no quiero hablar de eso, y aquel tipo tiene una pluma
igual a una mía que no he visto en meses.
Volteé. Un grupo se preparaba para recitar frente al micrófono
y un hombre de cabello largo, nariz aguileña y ojos saltones
sostenía una libreta. En la espiral alojaba una pluma de
tinta hecha de madera.
-Pero lo peor no es eso -continuó- sino que son justo las
cosas con las que me encariño. También perdí
una brújula de bronce, muy bonita, que me regaló Manuel.
-Yo veo alucinaciones en mi apartamento -dejé escapar en
voz baja.
-¿Qué?
-Nada.
-Ya vengo. Voy a anotarme en la lista para recitar.
Extrajo de su bolso un papel plegado y me dejó en la mesa.
Me quedé mirando el mantel mostaza. Llevaba una semana sin
entrar al estudio y me pregunté si las Asñas seguirían
apareciendo sin mi presencia. Nadia había esfumado mi soledad;
¿se habrán esfumado ellas también? Pero aborté
estas divagaciones. Nadia volvía.
-¿Dices que alucinas? -dijo de pronto y me tomó desprevenido.
Vacilé. No deseaba hablar en serio de las Asñas, pero
el portugués me salvó cuando su voz acaparó
el lugar.
-Buenas noches. El Rincón Guachafitoso se complace en presentar,
como todos los viernes, media hora de poesía de la pluma
de nuestros clientes. Esta noche nos acompaña además,
asómate Luis, nuestro querido amigo que es el que les sirve
la manzanilla: ¡Luis Prada! -aplausos lo ahogaron- ¡Muchas
gracias!
La luz cayó sobre la barra y Prada, bartender moreno y convencional,
saludó al público. Se quitó el delantal y salió
con su papelito en la mano. Fue el primero en recitar. Nadia siguió
después del hombre de los ojos saltones.
V
12 de julio
La librería cerró hace un mes. La vida transcurre
rápido. No he visto a Nadia desde hace tres semanas. No pensé
que se estuviera despidiendo de mí. Supongo que ella tampoco.
"Mantengámonos en contacto". Cuando vino a mi apartamento,
la última vez que la vi, venía a decirme que se mudaba.
"Manuel se va a retirar del negocio, forzosa y voluntariamente.
Está muy viejo, dice". Recuerdo -"perdona que llore,
así me ponen los viajes" - sus lágrimas cortas
y alegres, negras por el rimel, o por mi soledad, y creí
sentir el regreso de la Soledad en esas lágrimas, cuyo color
no era gran reto. "Voy a aprovechar una beca en Francia. Un
postgrado".
Vuelvo al estudio. Las Asñas también -nunca supe si
alguna vez lo dejaron-. Algún motivo oscuro me hizo extrañarlas,
acaso el vacío que dejaban en mi angustia y al cual no me
acostumbraba.
17 de agosto
El miércoles, ayer, Gato atrapó otra. Esta vez jugó
con ella, confinándola siempre a sus garras antes de comérsela.
Durante el juego, que preferí no presenciar, algo rodó
hasta el sofá, deteniéndose debajo. Yo ya me dejaba
vencer por Hipnos -leí en un diccionario que es el dios griego
del sueño-, y aplacé la curiosidad. No soñé.
Al despertar olvidé el evento y fui directo a cenar. En plena
comida recordé. Fui con calma, me agaché, estiré
el brazo y palpé algo como una cuerda metálica; en
efecto, era una cadenilla hecha de bronce, y en el extremo relucía
oscilando una pequeña brújula del tamaño del
aro que hacen el índice y el pulgar. No he entrado al estudio
desde entonces.
18 de agosto
(2:35am) Quisiera terminar el cuento ahora mismo. Trato de decirme
que es eso lo que no me deja dormir, pero es obvio lo que en realidad
causa mi insomnio (y al mismo tiempo me impide poner un pie en el
estudio): encontrar una pluma de madera sobre el escritorio, mirándome.
*Estudiante de Ingeniería Electrónica
Universalia
nº 17 Sep-Dic 2002
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