Primer
premio, Concurso de Cuento "JOSE SANTOS URRIOLA"
LA PEQUEÑA PANTALLA
Carlos Gómez*
Ahí estaba Clara acostada en la otra almohada, en carne
y hueso, en superficies y grados centígrados, en estímulos
y respuestas. Hundidos entre las sábanas, nuestros cuerpos
se iban entremezclando poco a poco hasta confundirse, como dos corrientes
que se encuentran lentamente en un remolino y se enrollan hasta
quedar separadas por una línea difusa. Pequeños estímulos
indefinidos venían de todos los sentidos. Un suspiro, un
vacío, una yema afincada, una línea, una mano, cinco
líneas, una curva ósea, una llovizna de pelo, un pie,
un olor a cuello... O de pronto un gemido me arañaba o un
beso me borraba... Pero no se trataba de un acto de tocar y agarrar
con desdén, sino de un juego creativo que consistía
en provocarle al otro la mitad de un suspiro o alguna respuesta
motriz pero sin repetir dos veces la misma trayectoria con los dedos,
sin volver a presionar el mismo nervio, ni volver a hundir el mismo
acorde. Y así seguía el debate, hasta que poco a poco
todo se iba calmando como un mar agitado que regresa lentamente
a la inercia. A un momento dado ya nada se movía en el cuarto,
salvo dos locomotoras que latían desenfrenadas bajo el pecho
hasta que finalmente ellas también regresaban a la calma.
Aquella mañana, volteé con resistencia la cabeza
para mirar el reloj. Eran más de las seis y era hora de apurarse.
Me cepillé los dientes mientras que almorzaba con alguien
y me vestí mientras que hacía aerobics. Tomé
el carro y emprendí camino a la universidad.
Clara no paró de distraerme a lo largo de todo el trayecto.
A cada instante me llamaba por el hombro. Me cruzaba con un Corolla
como el de ella y me daba dos golpecitos en el hombro. Una Salsa
me venía a la cabeza y me daba dos golpecitos en el hombro.
Pensaba en un bikini y me daba dos golpecitos en el hombro. Llegué
a las cercanías de la universidad.
Al llegar a la universidad, dirigí mi vista con cuidado
hacia las escaleritas de cemento que comunican el auditorio de ENE
con el estacionamiento. Ahí estaba Clara, sentada en silencio
a un costado de la escalera, apartada de la gente, con el busto
levemente inclinado hacia adelante. A sus pies una paloma blanca
caminaba sin mucha dirección. Clara la observaba detenidamente,
siguiendo sus pasos con los ojos, en una especie de diálogo
silente entre ella y la paloma. Me acerqué sin que me viera
y me senté en silencio a pocos centímetros de ella,
a observarla detenidamente, siguiendo cada uno de sus gestos con
mis ojos. Al cabo de un rato volteó extrañada.
-¿Qué haces?
-Te observo -respondí.
Por un instante puso cara de desconcierto y luego sonrió
con gracia.
-Acompáñame a desayunar -me dijo.
Me disponía a acompañarla, pero no pude, porque tuve
que parar a echar gasolina.
Al llegar a la universidad, subí inquieto las escaleras de
ENE. Clara no estaba. A mitad de camino, divisé a Katherine
caminando al frente en sentido contrario al mío. Katherine
es la mejor amiga de Clara. Es una mujer estoica, y bastante alta,
lo suficiente para tener que bajar la cabeza para mirarle los ojos
a la persona promedio. Precisamente por eso nunca baja la cabeza.
Anda por ahí, con su estatura imponente, siempre mirando
en línea recta hacia adelante, como si eso de mirar hacia
uno y otro lado fuera cosa de tipos como yo que no tienen muy seguro
lo que quieren. Aunque teóricamente casi no la conocía,
sí había estudiado un trimestre entero con ella, y
pasarle de frente sin saludarla era ignorarla de manera evidente.
No sabía muy bien qué decirle, es decir, podía
decirle hola, pero hay muchos holas, cada uno con su fonética
diferente; hola-me-caes-bien, hola-qué-sorpresa, hola-tanto-tiempo,
hola-ya-te-acabo-de-saludar, hola-chao, hola-hola, etc.
-Hola-te-tengo-miedo -le dije.
Katherine bajó la cabeza.
-Hola -respondió, sin detenerse ni bajar la velocidad.
Y eso es lo que siempre me ha cautivado de Katherine. A mí
eso de saludar, de conversar, siempre me ha parecido bien complicado.
Para mí es igual a un juego de pelota, donde uno lanza el
balón a la cancha contraria y espera a que quien esté
ahí te lo devuelva luego de pensar su respuesta, para luego
tú atraparlo y volverlo a lanzar, y así sucesivamente
hasta que alguien dice chao y se queda con el balón en la
mano. Pues bien, yo antes de lanzar el balón hago toda una
maniobra, me le acerco lo más que pueda al otro, me coloco,
y se lo lanzo suavecito, para que no se le vaya a caer. Si converso
con un profesor, entonces le hablo en un tono todo científico-humanístico.
Si converso con una muchacha, entonces me podrían confundir
por marico. Pero Katherine no hace así. Katherine siempre
lanza el balón en línea recta hacia adelante, así
tú estés al otro extremo de la cancha y tengas que
correr desesperadamente y pegar un brinco para poder alcanzarlo.
¡Yo escogiendo con tanta precisión el hola, y ella
que me lanza el primer hola que se le viene a la cabeza, como si
saludar fuera algo así tan natural!
A todas estas ya había llegado al auditorio. Me senté
en un puesto cercano a la esquina, en una fila de arriba; la clase
ya había empezado y el auditorio estaba repleto. Una plantación
de cabezas volteadas me separaba del profesor. Y ahí estaba
Clara, sentada más adelante, a pocos pasos... pero parecía
un helado derretido, una toalla mojada. Me detuve a contemplarla.
Su rostro claro, afincado sobre el cuaderno, apenas se dejaba entrever
detrás de su cabello, su larga cascada fluida de agua sólida,
de negro claro, de tela destejida. Apenas mecía la cabeza,
una onda le atravesaba el cabello de arriba a abajo, centímetro
por centímetro, hasta llegar a la punta y desaparecer en
un choque inaudible con el borde de la mesa. Poco a poco su pelo
se iba deteniendo como un móvil, y en el momento preciso
antes de que se quedara quieto, Clara cambiaba apenas la inclinación
de la cabeza y le daba cuerda a su movimiento perpetuo...
Al terminar la clase, me quedé esperando que todo el mundo
se fuera, sentado en mi puesto. Quedé rodeado de asientos
vacíos. Al principio fingí estar ocupado escribiendo
sobre el cuaderno, para que nadie sospechara nada. Pero no era necesario,
nadie iba a ponerle atención a un desconocido sentado solo
sin hacer nada. El mío era un asiento vacío más.
Cuando estuve totalmente seguro de que no quedara más nadie
en el auditorio, bajé hasta el puesto donde había
estado sentada Clara. Inspeccioné cuidadosamente el asiento
por todos lados. A su pie había un cuaderno botado (más
tarde me arrepentí de no haberle puesto más atención
a ese cuaderno). En la tabla había unas líneas escritas
a lápiz:
me gustas cuando callas porque estás como ausente
y me oyes desde lejos y mi voz no te toca
parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca
¿Las habría escrito ella? Pero no era eso lo que estaba
buscando. Seguí examinando el asiento, el respaldar, el suelo,
mirando desde uno y otro ángulo. Busqué, busqué...
y de repente, un filamento de cabello se pudo distinguir a contraluz
sobre el respaldar. Sobresaltado por mi descubrimiento, lo tomé
con todo el cuidado y lo suspendí en el aire para mirarlo
a través de la luz. Y debí haberme visto bien ridículo,
contemplando el pelo boquiabierto como si fuese un hallazgo arqueológico.
De repente sentí unos pasos a mi espalda. Volteé de
un golpe. Clara y una amiga estaban ahí, a menos de un metro.
Clara me miraba fijamente con la rabia en los ojos.
-¿Qué tienes en la mano? -me dijo con voz ofendida.
El pánico me atravesó el cuerpo.
-Devuélvemelo -dijo terminantemente.
Clara me miraba sin ni un parpadeo. Las mujeres tienen esa facultad
de transformarse súbitamente en mamá, en suegra, en
tu maestra de primer grado. Era como si de pronto todo su encanto
se hubiera volcado en mi contra. Su atractivo salvaje la hacía
más temible. Su dulzura la hacía más amarga.
Su cuerpo solemne me hacía chiquito. Clara me miraba. ¿Qué
podía hacer? A lo mejor podía encontrar una explicación
no tan vergonzosa. Clara me miraba. A lo mejor podía improvisar
un chiste salvavidas. Clara me miraba. A lo mejor... pero su voz
me habló como desde dentro de mí mismo, así
que extendí el brazo con el pelo en la mano para entregárselo.
La mano me temblaba.
Al ver esto, Clara estalló a reírse a carcajadas con
la amiga. No paraban de reírse. Se agachó a recoger
su cuaderno, se levantó, y las dos salieron corriendo hacia
afuera, tomadas de la mano, soltando una risa que me deleitaba y
carcomía... Quedé solo en el auditorio, con el pelo
en la mano.
Y eso fue todo. Pasé el resto del día tratando de
olvidar el asunto, dando vueltas por la universidad, huyendo de
las esquinas, por temor a que Clara y la amiga aparecieran detrás
de una de ellas y me vieran y se echaran a reír a carcajadas.
Al llegar a mi casa, todo estaba oscuro. Todo estaba quieto. Todo
estaba solo. Tiré el morral sin ganas a la entrada de mi
cuarto. Entonces, me detuve un momento antes de voltear hacia la
cama. Giré la cabeza. Clara me esperaba en silencio extendida
sobre las sábanas. Me dejé caer encima de ella y nos
hundimos en un largo beso. Poco a poco fui perdiendo peso y me empecé
a elevar lentamente, me fui despegando de su cuerpo, primero los
pies, luego la cintura, el pecho, el cuello y a un momento dado
ya nada me ataba al suelo, salvo sus labios que sorbían dulcemente
para no dejarme ir...
La mañana siguiente, me desperté de
un golpe. Sentía la cabeza un poco confusa. La mañana
estaba algo borrosa, como si las cosas estuvieran ocurriendo un
segundo antes de que las viera ocurrir. Desde temprano empezaron
a surgir complicaciones inusuales una tras otra. Mi papá
pidió que por favor lo dejara en el banco antes de coger
dirección a la universidad. Le dije que sí, como no.
En el carro, Clara asfixiaba mi pensamiento. Mi papá permanecía
en silencio en el asiento de al lado. Yo me veía con ella
jugando como niños, o casados con dos hijos y dos carros
y dos cuentas de banco y haciendo el amor dos veces a la semana,
o simplemente dando vueltas con ella debajo de las cobijas. De repente
mi papá comenzó a murmurar una canción que
me sonó conocida. And I guess that's why they call it the
blues / Time on my hands could be time spent with you... Era algo
de Elton John. Laughing like children / Living like lovers / Rolling
like thunder under the covers / And I guess that's why they call
it the blues... La coincidencia con lo que estaba pensando me causó
gracia... Más adelante, me empecé a preocupar por
diversas cosas. Iba a llegar tarde a la universidad, y más
ahora con la cola en que me estaba metiendo y todo por llevar a
mi papá al banco. Por culpa de él iba a tener que
entrar en medio de la clase y sentarme al fondo y entender la mitad
de lo que el profesor decía y escribía. Pero qué
iba a comprender mi papá de eso, él que no había
estudiado ingeniería y menos en la Simón -mi papá
permanecía en silencio. Qué fastidio son los viejos
cuando se vuelven niños y es uno quien tiene que cuidarlos,
etc. En eso fue que mi papá habló.
-Déjame aquí vale, que yo me las arreglo.
-No papá, realmente no me es ninguna molestia llevarte hasta
allá -le dije.
-No hijo, vas a llegar tarde, déjame aquí mejor.
Y se bajó del carro sin decir una palabra más...
Llegué a la universidad justo a tiempo. Ese día el
auditorio, minutos antes de la clase, parecía un poco la
bolsa de Nueva York. Todos caminaban al mismo tiempo, todos en direcciones
diferentes, gritando algo a distancia o haciendo señas con
la mano. Yo me precipité al primer puesto vacío que
pude ver. Me senté. Me instalé. Respiré. Pero
de repente vi de reojo un brazo que me sonó conocido. Giré
la cabeza noventa grados, temiendo lo peor. Era Katherine, que estaba
sentada en el puesto de la derecha, inmóvil. No se molestó
en voltear a ver quién la estaba observando, sino que seguía
con la cabeza fija mirando en línea recta hacia adelante
y formando una perpendicular exacta con el suelo. Tenía puesta
una camisa que no empezaba precisamente desde su cuello, sino que
empezaba bastante más abajo, justo a tiempo para cubrir apenas
un pedacito de sus senos. La posición privilegiada de mi
cabeza sumada con el aspecto benevolente de su camisa y su total
falta de atención por lo que hacía, eran condiciones
exclusivas innegables para distraerme un rato mirando lo que en
tan pocas ocasiones se puede ver. No mirar hubiese sido negligente.
Así que hice que mis ojos se dejaran llevar por las subidas
y bajadas de su pecho. La luz entraba diagonalmente por la abertura
de su camisa y tocaba fondo en lo más profundo, revelando
la forma completa de su seno derecho, como cuando se puede ver la
mitad de la luna y un poquito más...
Katherine de repente se puso su suéter. "Cómo
es eso, Katherine", pensé. "¿Vienes a hacer
públicas tus tetas, y cuando te las miran, las tapas? ¿O
es que la exhibición era sólo para Tu Hombre, y no
para un gusanito como yo? Puedes creerte muy por encima de mí.
Puedes creerte por muy encima de cualquier mujer. Pero cuando te
miro y te recorro eres una más, eres un simple mecanismo
de contornos y de nalgas que se acciona suavemente con el mío."
Katherine permanecía en silencio en el asiento de al lado.
"Con sólo cerrar los ojos puedo desnudarte y darte vueltas,
Katherine, y ni siquiera necesito tu consenso." Katherine permanecía
en silencio. "Eres una pobre carnada a la merced de la imaginación
masculina". Y
Katherine permanecía en silencio, con la cabeza tensa hacia
adelante, como quien escucha algo parando la oreja. Entonces me
entró el pánico... ¿Qué pasara si Katherine
estuviera escuchando cada palabra de mi pensamiento? ¿Si
su silencio era porque no hallaba cómo expresar su disgusto
por mis horrendas fantasías obscenas? Y no era del todo absurdo.
Siempre había encontrado que mis padres a veces tenían
conductas extrañas, sin ningún motivo aparente. ¿Y
si, cuando uno nace, nuestros padres adquieren un sentido más
que les permite sencillamente escuchar nuestro pensamiento, a través
de una especie de 'cordón umbilical' mental? Claro que no
sería tan fácil ocultarle a los niños semejante
aspecto de la vida humana, pero, ¿por qué no? ¿Cuántas
veces no había yo dejado la carta de San Nicolás debajo
del arbolito, para constatar con asombro la mañana siguiente
que había desaparecido mágicamente? ¿Cuántas
veces, miles de veces, no había escuchado esas cuñas
de narradores de béisbol, que dicen '¿A usted le gusta
que su esposo lo tenga duro y fuerte?, entonces plánchele
el cuello de la camisa con almidón Alicia'? Y me quedaba
indagando en mi pequeña mente por qué podía
ser tan importante que el señor tuviera el cuello de la camisa
duro y fuerte... ¿Y cuántas veces no había
escuchado a Caperucita Roja decir 'Abuela, ¡qué brazos
tan grandes tienes! ' sin jamás imaginarme que Perrault había
podido cometer la semejante indecencia de hacer referencia a la
dilatación de los órganos sexuales en un cuento infantil?
La realidad la percibimos diez por ciento a través de nuestros
sentidos y noventa por ciento a través de la palabra de los
demás. Vivimos en un pequeña celda con una pequeña
ventana, como Segismundo.
Imagínense lo importante de escuchar la mente de sus hijos,
en términos de cohesión familiar y orden público.
Imagínense también lo importante, especialmente en
términos de orden público, de tener en la calle una
'policía mental' que ande por ahí de incógnito
sintonizando el pensamiento de los ciudadanos. Y Katherine es uno
de ellos. Tiene aquella mirada, aquella postura misteriosa, y el
lunar, tiene un lunar enigmático en la mejilla izquierda,
como si encerrara algún significado oculto...
De repente Katherine me dio un golpecito con el codo.
Ahí me atravesó un escalofrío. Mi teoría
era cierta. Katherine estaba ahí, enchufada a mi pensamiento,
siendo ella mismo testigo de que había sido desenmascarada.
Su cuerpo me inspiraba toda clase de pensamientos, los cuales trataba
de interrumpir desde su nacimiento.
Cualquier pensamiento imprudente podía resultar en una cachetada.
Cualquier cosa que pensara me podía incriminar. Estaba privado
de mi intimidad mental. Me sentía un poco como con una cámara
delante de la poceta. Así que traté de dejar de pensar.
Dejar de pensar, así como dejar de mover la mano, como cerrar
los ojos. Dejar de pensar siempre ha constituido para mi una paradoja
mayor que la cuadratura del círculo o la trisección
del ángulo. Por más que dejara de elaborar ideas longevas,
nunca había podido del todo detener la mente.
Inténtenlo. Es dicho que al dejar quieta la mano esta siempre
tiembla un poco a nivel microscópico. Igual es el pensamiento,
por más que uno trate de apagar todas las ideas siempre van
a brincar pequeñas ideas efímeras por aquí
y por allá. Así que hice un gran esfuerzo de concentración
para dejar de pensar, como quien se lanza sobre un toro bravo para
detenerlo, y entonces lo logré, por un instante dejé
de pensar, y me percaté con euforia de que lo había
hecho, pero ello por supuesto constituyó en sí un
pensamiento, e invalidó mi triunfo. Era inútil. Así
que traté de distraerme y pensar en otra cosa. Saqué
un Cocossete que tenía guardado (más tarde me arrepentí
de haber recurrido a ese Cocossete). Lo abrí haciendo resonar
el papel plástico en las propiedades acústicas del
auditorio. Cuando me lo empezaba a comer, al parecer una esquina
de Cocossete se atascó en el conducto de mi garganta, y no
hallaba cómo hacerla bajar ni subir. Al principio traté
de contener el pecho y solté una tos disimulada, que le fue
perfectamente posible de ignorar a todos los que estaban en el auditorio.
Al cabo de un tiempo la tos seguía y seguía y era
ya evidente que me estaba saliendo de la conducta normal para una
clase de matemáticas. Pero el pecho halaba cada vez más
fuerte y la garganta se estremecía y arrastraba con ella
a la tráquea y a los pulmones y a todo mi tronco, y la esquina
de Cocossete seguía ahí... No hallaba qué hacer,
estaba desesperado y todo el alrededor se empezó a poner
turbio, la muchacha delgada que estaba a mi izquierda me miraba
atónita, sin saber qué hacer y nadie hacía
absolutamente nada y la esquina de Cocossete seguía ahí.
Entonces sentí una mano fuerte y compacta en mi espalda.
Katherine se había afincado sobre mi cuerpo y empezó
a darme golpes y golpes por detrás; sus palmadas eran enérgicas
y no dolían, sus manos eran rudas y cariñosas a la
vez. Pero la esquina de Cocossete seguía ahí. Katherine
seguía intentando desesperada, como si fuera su propia vida
la que estuviera en sus manos, y de repente como impulsada por un
aliento sobrehumano me dio un golpe contundente que resonó
en todo el auditorio, la esquina de Cocossete salió volando
y con un bramido empecé a respirar. Estaba a mitad consciente
y a mitad inconsciente, sentí la otra mano de Katherine abrazándome
por el pecho y el mundo giraba y todo me daba vueltas salvo los
suaves brazos de Katherine que me aguantaban en el vacío.
Después de semejante experiencia, una onda de euforia crónica
y de qué corta es la vida me invadió el espíritu.
No podía pasar un día más sin que Clara supiera
todo. No podía arriesgarme a que el día de mañana
me muriera y mi amor como una ciudad bajo el océano nunca
saliera a luz. Así que andaba caminando por ahí, buscando
alguna manera desesperada de confesarle. En eso me encontré
por casualidad a Katherine.
-Hola.
-Hola.
-¿Has visto a Clarita? -me preguntó ella.
-Hoy no la he visto.
Había caído en la trampa como un bobo. Katherine puso
una sonrisa mordaz.
-¿Y tú cómo sabes quién es Clara?
A decir verdad, esa era una buena pregunta. Luego de cinco meses
enamorado de ella, me había colado en una de sus clases de
Teoría Celular I dictada por un profesor que siempre pasaba
lista, para averiguar cómo se llamaba aquella mujer suelta
que caminaba por ahí como un rayo de luz.
-Te caché -me dijo Katherine.
Me puse rojo. En ese justo momento apareció Clara, que andaba
buscando a Katherine.
-Ven acá -le dijo Katherine-, que te tengo un secretito.
Katherine le susurró algo en el oído mientras me miraba
y se reía. Clara no tardó en impregnarse con la misma
risa. Giró los ojos, en una rotación lenta y planetaria,
hasta alinearlos perfectamente con los míos, hasta detenerse
mirándome y sonriendo, sonriendo y mirándome fijamente.
-¿Qué vas a hacer esta tarde? -me preguntó
sonriendo.
-Lo que tú quieras -respondí.
Luego reí y rompimos el hielo.
(bis)
Pasé el resto del día buscando en vano a Clara. No
la vi en todo el día. Al llegar a mi casa, tiré el
morral sin ganas a la entrada de mi cuarto. Todo estaba oscuro.
Todo estaba quieto. Todo estaba solo.
Al día siguiente, camino a la universidad,
no sé por qué me puse a contemplar la realidad alrededor.
En todas las esquinas encontraba algún concreto manchado,
o rejas viejas oxidadas, pintura despintada, aceras brotadas, aceras
reconquistadas por los árboles. Hace algunas décadas
grandes obras de concreto habían sido la expresión
de los sueños ambiciosos del venezolano. Hoy el concreto
manchado no es sino el fantasma omnipresente de un sueño
abandonado. Las ruinas de un sueño abandonado en todas las
esquinas...
En la universidad mi único propósito era conocer de
una buena vez a Clara. Encontré la oportunidad perfecta saliendo
de la biblioteca. Apenas volteé a la derecha pude ver en
la distancia a Clara y a Katherine recostadas sobre una palmera.
Clara tenía la mirada caída, los ojos a mitad escondidos
bajo su borde inferior. Estaba ahí en silencio, como a la
espera de algo, como a la espera de nada, 'callada y constelada'.
Entonces me vino una idea. Aquellos versos de Neruda que había
encontrado en la tabla de su asiento, ¿los habría
escrito ella?
Tenía que ser. Me acercaría hasta ella y le diría:
-Me parece que un beso te cerrara la boca.
-¿Has leído Neruda? -me preguntó.
-Todos sus libros -le dije.
-Yo también.
El plan no tenía manera de fallar. Emprendí camino
y me dirigí en línea recta hacia ella, ensayando mi
pequeño guión mientras caminaba.
-Me parece que un beso te cerrara la boca -le dije.
-¿Has leído Neruda?
-Todos sus libros.
-Yo también.
Me acercaba más y más y Clara se hacía más
y más grande... A mitad de camino sentí una masa pastosa
debajo del zapato. Había pisado un pupú de perro.
Me lamenté por la irónica e improbable coincidencia,
pero ya no había marcha atrás. Además, Clara
ni se había dado cuenta, así que no me detuve. Seguí
acercándome como torpedo hacia mi objetivo. Faltaban pocos
metros. Llegué.
-Me parece que un beso te cerrara la boca.
-Me parece que pisaste un pupú de perro.
-No, creo que no.
-Sí, creo que sí, revisa bien -me dijo.
Volteé lentamente la cabeza hacia abajo, levanté el
otro pie y examiné el zapato cuidadosamente, para mostrarle
que no tenía nada. Cuando levanté la cabeza, Clara
se había ido. Miré a lo lejos y pude verla con Katherine
corriendo hacia otro lado, tomadas de la mano, soltando una risa
que me deleitaba y carcomía...
¿Qué iba a hacer después de semejante infortunio?
Pasé varias horas dando vueltas desesperadas por la universidad,
tratando en vano de huir de mí mismo. Me imaginaba recostado
sobre esa palmera viendo aquél tipo extraño caminando
desenfrenado hacia mí, que pisa un pupú de perro y
aún así tiene las bolas de decirme que un beso me
calla la boca.
Y así seguía en ese camino tormentoso, sintiendo hasta
pena ajena conmigo mismo. Traté de tranquilizarme y me senté
en una gramita con vista panorámica hacia el laberinto cromovegetal.
Me consolaba pensar que con sólo cerrar los ojos podía
hacer aparecer a Clara delante de mí, podía cambiarle
los colores al cromovegetal o podía cubrir todo el panorama
con una lenta llovizna de nieve. La realidad tiene demasiados pupús
de perro, demasiado concreto manchado, demasiadas rejas oxidadas.
¿Y si la realidad no es más que una celda de rejas
oxidadas, y nuestra verdadera vida es aquella que transcurre en
esa pequeña pantalla que todos tenemos detrás de los
ojos? A lo lejos unos chamos hacían bulla y brincaban y saltaban.
Era raro, verme a mí tan conmovido en mi mundo, e inmóvil
en este...
Tanta polémica me había hecho olvidar a Clara. De
repente sentí que una figura se aparecía por detrás.
Era ella. Estaba tan aferrado a mi pensamiento que su presencia
no me causó sobresalto alguno. Ella me observaba con una
mirada indagadora.
-¿Qué haces? -me dijo.
-Estoy pensando.
-Deja de pensar -me sugirió.
-Eso no se puede.
-Claro que sí se puede -respondió.
-¿Cómo? -le pregunté incrédulo.
-Observa...
Clara se acercó suavemente, se apretó contra mi cuerpo
y me sumergió en un largo beso. Hundidos en el suelo, nuestros
cuerpos se iban entremezclando poco a poco hasta confundirse, como
dos capas de arena que se remueven vagamente en el fondo del océano
y se intercambian hasta quedar separadas por una línea difusa.
Pequeños estímulos indefinidos venían de todos
los sentidos. Una gota, un océano, una mano, una ola, una
pierna insegura, un dedo gordo...
*Estudiante de Ing. de Computación
Universalia
nº 17 Sep-Dic 2002
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