Serrano Poncela y su pasión por la literatura
José Santos Urriola
Conocí
a Segundo Serrano Poncela cuando mediaban los años sesenta.
Era éste, para entonces, un país desgarrado por
sombrías violencias que apenas comenzaban a menguar. Pocos
andaban dispuestos, por esos días, a entretenerse en cosas
de literatura. Sin embargo, también en el siempre movedizo
terreno de las letras, debía uno aferrarse a la vida. Por
eso, quizás unos cuantos profesores del Instituto Pedagógico
de Caracas, elaborábamos bastante por iniciativa propia
y un tanto por la del Ministerio de Educación el nuevo
programa para el segundo ciclo de media.
Creíamos, como ahora, que el texto literario podía
constituirse en azarosa pero fecunda vía para ahondar en
la propia interioridad, para redescubrir el mundo circulante,
para encontrar alguna forma de solidaridad humana. Pensábamos,
como hoy, que por allí había ocasión de buscar
en la identidad del pueblo venezolano, de ubicarnos en la nación
hispanoamericana, de concebir la Gran Patria común que
no excluyese a España. Todo ello, iba y venía, en
ardorosos diálogos, en reconcentrados silencios, en labores
meridianas y nocturnas, impregnadas de café, de tabaco
y de cambiante humor.
Un día, alguien sugirió la posibilidad
de invitar al profesor Serrano, de la Universidad Central. A la
próxima sesión, breve, pulcro, seco, acerado, chispeante,
estaba don Segundo con nosotros. Se integró sin dificultad
al equipo. Almorzamos juntos. Se comentó largamente un
cuento suyo, aparecido, si no falla la memoria, en el papel literario
de "El Nacional", cuando lo dirigía Picón
Salas. Había allí, en el relato, un homúnculo
prisionero en una retorta, desde donde se quejaba de la tiranía
de su amo: Serrano Poncela . . .
Después tuve el privilegio de trabajar
muy cerca de Serrano en los días iniciales de la Universidad
Simón Bolívar. Admiré en él tres cosas:
la pasión por la literatura, la fe en el trabajo que tenía
entre manos y el amor por Rodolfo, su nietecito. Me dicen que
el Profesor murió rememorando versos de nuestra más
alta tradición poética. Quiso que en su epitafio
constara su amor, obras son amores, por Venezuela. Y ahí
está Rodolfo, en pie, frente a la vida.