| Ojo
de salmón
(para recordar a Iraset Páez Udaneta)
Carlos Pacheco*
El
ojo del salmón me miró un instante e Iraset sonrió
de inmediato al captar mi desconcierto. Agitado por el viento, colgado
en un rincón de su oficina, un salmón de papel naranja,
un móvil de artesanía japonesa, se balanceaba diciendo
a quien quisiera entenderlo varias cosas acerca de su dueño.
Estábamos en enero de 1991. Iraset era entonces
Director de la División de Ciencias Sociales y Humanidades,
y había sido hasta semanas antes Decano de Estudios Generales.
En 1987 llegó a la USB, enviado por la Biblioteca Nacional,
con el fin de establecer en Sartenejas una Especialización
en Servicios de la Información. Desde entonces, hasta que
la muerte lo sorprendiera de manera tan temprana el 22 de mayo de
1994, apenas a los 42 años, habitó en nuestro valle
académico, dejando en él huellas perdurables. A muchos
de nosotros no ha dejado de hacernos falta y trataré, en
estas breves líneas, de decir por qué.
Iraset poseía, según creo, una de
las inteligencias más ágiles, versátiles y
mejor "amuebladas" que he conocido. Su formación
de Licenciado en Letras (UCV) y de Profesor de Castellano, Literatura
y Latín (Instituto Pedagógico de Caracas), su maestría
y doctorado en Lingüística, de Stanford, lo convirtieron
en un semiólogo ávido de interpretar los más
variados discursos de la cultura. En lugar de encerrarlo en un especialismo
estéril, lo prepararon para el cultivo de otras dimensiones
y sectores del saber y para el diálogo con muchas más.
Sus poemarios, sus investigaciones como lingüista, sus textos
teóricos, críticos y de ficción, dan cuenta
de esa capacidad suya de unir lo disperso, de atender con calidad
a lo diverso.
No temió nunca a los retos académicos
y mucho menos al trabajo. Por eso, siendo Decano, podía dictar
unos cursos de Estudios Generales de alta demanda sobre mitología
griega, a la vez que dirigía algún seminario de postgrado
sobre teoría literaria o teoría comunicacional. En
algún momento, mientras en el Decanato estábamos en
plena reestructuración curricular, participó como
jurado de la especialidad "Literatura Japonesa" en el
televisado "Concurso Millonario" y también en el
Premio Internacional de Novela "Rómulo Gallegos".
Iraset no fue, también hay que decirlo,
monedita de oro. Su carácter fuerte y la pasión con
que se comprometía en los debates tanto académicos
como intelectuales lo condujeron a enfrentamientos con diversos
colegas y le granjearon fama de "difícil". Recuerdo
que en una ocasión se atrevió a cantarle sus cuarenta
a una de las autoridades de entonces, quien se atrevió a
referirse con desdén a los Estudios Generales. Por ser tan
auténtico en sus posiciones, tan abierto a lo diferente,
terminó siendo, sin embargo, gran amigo de muchos de sus
adversarios.
Su sensibilidad lo convirtió también
en el mejor consejero para muchos estudiantes, a veces muy jóvenes,
a quienes -en medio de las urgencias y múltiples ocupaciones
de su cargo- era capaz de dedicarles todo el tiempo que hiciera
falta. Tuve el privilegio, como Coordinador, de apreciar desde cerca
su esfuerzo pedagógico y ético por ser siempre meridianamente
justo y objetivo en sus decisiones. Por eso fue, según creo,
por sobre todas las cosas, un notable educador.
En el Editorial del n° 4 de Universalia, me
referí a John Keating, el docente protagonista del filme
La sociedad de los poetas muertos, cuya concepción liberal
de la educación basada en una inmensa confianza en el educando,
lo enfrenta a las autoridades del plantel. Hoy puedo decir que ese
perfil de apertura y flexibilidad, de innovación y creatividad,
de versatilidad en los temas y estrategias pedagógicas, corresponde
a Iraset mejor que a nadie. De hecho, es a él a quien algunos
estudiantes de la época comenzaron a apodar "Mr. Keating".
Aquella mañana de mi recuerdo, el salmón
me habló por supuesto de la afición de Iraset por
la cultura japonesa, pero también me dijo algo sobre su empedernida
irreverencia que lo hacía ir contra la corriente, a contrapelo
de lo habitual. Y también de esa necesidad suya (aquilatada
por la enfermedad durante sus últimos meses) de ascender,
de viajar de regreso, río arriba, hacia los orígenes,
para completar el ciclo de la vida, de la muerte y de la vida otra
vez. ¡Buen viaje, Iraset! Y gracias por el regalo de tu amistad
y tu ejemplo.
(*)Prof. de Lengua y Literatura.
Decano de Estudios de Postgrado USB.
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