| Fragmentos
La defensa de la libertad
Josef Pieper
Si cualquier limitación o coacción
externa
nos es ya insoportable, aún resulta mucho
más desesperante para el hombre,
poseedor de una existencia espiritual, no
poder decir y comunicar o expresar
públicamente, según su convicción más
sincera, cómo son en realidad las cosas...
Cierto que Platón no se cansa de ser un
antisofista. Cierto también que el fuego de su antagonismo
se alimenta de la intensidad de una afirmación previa. La
perseverante vehemencia de sus invectivas sólo es comprensible
para quien tenga en cuenta la altísima estima de Platón
por él bien contra el que atentaba la sofística.
Con esto nos referimos de hecho a una de sus más
profundas convicciones donde entra en juego el sentido mismo de
toda la existencia espiritual. Algunos elementos de esa convicción
pueden a mi juicio resumirse en tres concisas tesis.
Primera tesis: "El bien del hombre"
consiste en ver en lo posible las cosas tal como son y en vivir
y obrar con arreglo a la verdad así captada, lo cual confiere
a su vez pleno sentido a la existencia humana.
Segunda tesis: El hombre, por tanto, se
nutre ante todo de la verdad; no sólo el sabio, el filósofo,
el científico, sino quienquiera que aspire a vivir como hombre
precisa de ese alimento. También la sociedad vive de la verdad
públicamente presente. La existencia es tanto más
rica cuanto con mayor amplitud y profundidad se le abre y hace accesible
el mundo real.
Tercera tesis: El lugar natural de la
verdad es el intercambio verbal entre los hombres; la verdad brota
del diálogo, de la discusión, de la conversación...,
en suma, del lenguaje y la palabra. De ahí que el orden de
la existencia, aun social, se base esencialmente en el orden del
lenguaje. Por "orden de lenguaje" no se entiende de modo
prioritario su perfección formal (lo primero no es, me temo,
la famosa coma bien puesta de Karl Kraus, por más que nos
gustaría darle la razón), sino la verbalización
lo menos deformada y cercenada posible de la realidad.
Estas tres tesis, podemos decir, constituyen el
fundamento de la comunidad a la vez docente y discente que Platón
estableció en Atenas, en el bosque dedicado al héroe
Academo; el fundamento, pues, de la Academia Platónica. Claro
está que al pronunciar hoy la palabra "academia"
no pensamos ya en Platón. Más bien nos referimos al
paradigma de todo cuanto en el mundo viene desde entonces hasta
nuestros días llevando, con razón o sin ella, el nombre
de académico. No obstante, por mucho que nuestras actuales
universidades y escuelas superiores se diferencien de la primitiva
Academia griega, el concepto de "académico" ha
conservado a través de los tiempos un sustrato semántico
inmutable y común que puede también ahora precisarse.
Dicho concepto implica la preservación, en el seno de la
sociedad, de una "zona de verdad", un asilo de trato íntimo
con la realidad, donde resulte posible preguntar, discutir y expresarse
sin trabas acerca del verdadero estado de cosas; un espacio al abrigo
de toda servidumbre respecto a otros fines, en el que queden silenciados
cualesquiera intereses ajenos a las cosas mismas: colectivos o privados,
políticos, ideológicos o económicos.
Hoy se nos plantea con inusitado vigor la trascendencia
de que en una nación exista o no tal espacio de libertad.
Que de este modo la libertad es un hecho, no toda ella, más
sí una parte indispensable y de importancia vital; que, si
cualquier limitación o coacción externa nos es ya
insoportable, aún resulta mucho más desesperante para
el hombre, poseedor de una existencia espiritual, no poder decir
y comunicar o expresar públicamente, según
su convicción más sincera, cómo son en realidad
las cosas... Sobre todo esto, creo yo, no vale la pena gastar más
tinta.
Un punto, sin embargo, merece especial atención.
Ese espacio de libertad no sólo ha de ser garantizado desde
fuera, es decir, por el poder político que con él,
evidentemente, se pone límites a sí mismo. Mucho más
todavía implica que la libertad debe constituirse y también
defenderse desde dentro contra la amenaza de la que ya
hemos hablado; amenaza que a su vez proviene no tanto del "exterior"
como del "interior", surgiendo en la realización
misma de la vida intelectual. En esto precisamente consiste, me
parece a mí, la insustituible "aportación"
de la universidad, como establecimiento académico en sentido
estricto, el bonum commune. Su labor es ante todo suscitar,
favorecer y alentar, conforme al espíritu de la institución
misma, esa absoluta apertura que no pretende otra cosa sino arrojar
plena luz sobre el verdadero rostro de la realidad -nunca exhaustivamente
conocido, es cierto- y darle forma en palabras, en la inagotable
disputada llevada a todas las disciplinas, pronta a medirse con
cualesquiera argumentos e interlocutores, que constituye propiamente
la vida universitaria. Puesto que "académico" equivale,
como decíamos, a "antisofista", ello también
significa alzarse en armas contra todo cuanto perturbe o destruya
la pura franqueza de nuestra relación con la realidad y el
carácter comunicador de la palabra, por ejemplo contra la
simplificación partidista, contra el acaloramiento ideológico,
contra cualquier tipo de afectividad ciega, así como contra
lo simplemente bien dicho y los espejismos formalistas, contra la
terminología arbitraria que rehuye el diálogo, contra
los ataques personales como recurso estilístico (cuanto más
brillantes, peor), contra el lenguaje del disimulo tranquilizador
al igual que el de la rebeldía, contra el conformismo y anticonformismo
de principio, etc.
Ninguna de tales actitudes, es claro, encaja exactamente
en la denominación de "medidas". A lo vago de la
amenaza corresponde la imposibilidad de organizar de antemano una
resistencia concreta. Con todo, se trata de un politicum
de primer orden; se trata de que nuestras escuelas superiores, como
modelos normativos, encarnen aquello de lo que vive básicamente
la comunidad política como tal: la comunicación libre
y recíproca entre los hombres con arreglo a la auténtica
realidad, tanto del mundo como de nosotros mismos.
Universalia
nº 9 Ene - Mar 1993
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