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Sarom Y Nassar
Félix Ojeda Hernández*
Un cuento inspirado en el episodio "La
danza" de la novela Zadig o El Destino de Voltaire, 1747.
Una gripe violenta me retuvo toda la semana en
mi habitación. Por las tardes me visitaban pubes espesas
provenientes del Ávila. Para matar el hastío me puse
a leer historias de corrupción. Una de ellas, la que más
me gustó, podría ser quizá en un futuro muy
próximo considerada como una obra pionera de "economía-ficción",
género literario éste al que sin duda se le atribuirá,
con o sin razón, un carácter subversivo, como sucedió
con aquellos peligrosos experimentos a imprudentes observaciones
astronómicas de Galileo Galilei, por allá en mil seiscientos
y tanto.
Por razones que por ahora estimo inconveniente
revelar, permaneció esta obra manuscrita en un pequeño
cuaderno y guardada en un escritorio de un ministerio, cuyo nombre
me reservo. Su autor, un entrañable amigo, se ha ido hace
poco para Suecia en la mejor línea aérea, a respirar
por un tiempo, no sé cuánto, aire puro de los bosques.
Me confío el cuadernillo y un día antes de partir
me dijo: "Es una historia terrible; no la leas cuando tengas
gripe y ¡por favor, no la divulgues antes de que haya partido
mi avión!".
El relato de mi prudente amigo se sitúa,
como es de suponer, en un reino imaginario. El monarca, al igual
que en tantos cuentos de hadas, es un hombre bueno que ama la justicia
y quiere una sana administración de su país para felicidad
del pueblo.
Soñaba Sarom con liquidar su propia monarquía
y dar por fin paso a una verdadera democracia, después de
lo cual podría retirarse, ser simplemente un carpintero y
viajar de incógnito en tranvía, que era lo que siempre
había deseado.
Sin embargo, las cosas no eran fáciles para
este rey. Una ola de corrupción estremecía desde hace
tiempo las altas esferas del reino, y Sarom, muy preocupado, se
imaginaba que esta ola era como un inmenso iceberg, bajo cuyo peso
su pequeño reino estallaría en mil pedazos, entre
resplandores infernales. Entre los más ladrones figuraban
algunos ministros, especialmente el de finanzas, llamado Nassar.
Era este mandatario un hombre muy diligente recaudando impuestos
entre la población, razón por la que gozaba de muchas
simpatías entre otros ministros y funcionarios. Se sabía
que Nassar se apropiaba de más del ochenta por ciento de
los dineros que recaudaba. Del veinte por ciento restante una parte
pequeña imposible de calcular se destinaba a la población,
y como era una suma muy magra no cubría ni las más
elementales necesidades. Así, pues, ocurría que las
escuelas no podían reponer sus pizarrones rotos, los faroles
de las plazas, por falta de bombillos de repuesto, se iban quedando
día a día y noche a noche a obscuras, y el bajo mundo
hacía de las suyas.
Alarmado, el viejo bibliotecario del palacio real
comentaba a su esposa en la intimidad de su alcoba, que la juventud
del reino sólo parecía interesada en el comercio y
en la técnica, y comenzaba a mirar con desprecio otras formas
vitales de la cultura.
Algo de gran peligro para la vida ciudadana era
la decreciente calidad de las medicinas; ni que hablar de sus precios,
que no hacían otra cosa que dar enormes saltos de canguro.
La gente de la corrupción diluía con agua los jarabes
y vendía aspirinas de tiza. Nassar sabía de este gran
negocio y extorsionaba a los corruptos farmacofabricantes: éstos
debían pagar impuestos adicionales muy elevados que el ministro
incorporaba a una partida secreta y personal que tenía. De
este modo su patrimonio engrosaba, y, naturalmente, su poder aumentaba,
afianzándose así la corrupción.
No había la menor duda de que el reino se
debilitaba aceleradamente. Sarom temía inclusive una invasión
desde las zonas circunvecinas y su proyecto de democracia le preocupaba."
¿Será posible que algún día pueda viajar
tranquilo en tranvía?", se preguntaba.
Una tarde próxima a fundirse con la noche,
estaba Sarom muy cabizbajo asomado a un balcón de su palacio
que daba a la plaza, contemplando quizá los tristes faroles
sin luces, y pensando que Nassar a esas horas estaría en
una isla cercana, disfrutando de un buen fin de semana con sus dineros
mal habidos en compañía de sus más íntimos
amigos.
De pronto en la plaza, de la penumbra de un árbol,
surgió un joven delgado -que a Sarom le pareció que
era Franz Kafka- con un negro maletín en la mano.
-Soy economista- le gritó al rey desde el
borde de la acera.
-¿Eres honesto, sabes de finanzas?- inquirió
el monarca.
?Sí Majestad, ambas cosas y algo más.
Estudié en el extranjero, y en mi universidad me enseñaron
fórmulas muy simples para arreglar la economía.
-¿De veras? -le dijo el rey- ¿Por
qué no subes a mi habitación? Te invito a un té
con limón, y mientras le cuento mis problemas tú me
ayudas a diseñar una estrategia; necesito seleccionar un
nuevo ministro de finanzas.
Largas horas conversaron Sarom y su nuevo asesor.
Al final de la tertulia no salía el monarca de su asombro
a incredulidad.
-No puede ser- decía el rey al curioso economista-
No puedo creer que el gran baile que propones sea una fórmula
eficaz para escoger un ministro de finanzas que sea honrado.
-La fórmula más efectiva y sencilla
-replicó el extraño asesor, y añadió:
-Las novísimas teorías de la política económica
que me han sido enseñadas por los mejores maestros, han echado
para siempre por la borda las ideas político-económicas
rebuscadas, posiblemente válidas para tiempos ya pasados.
Mi enfoque para seleccionar a su nuevo ministro de finanzas es realmente
el adecuado, porque además de ser muy humano es meritocrático
y democrático.
-¿Cómo? ¿Democrático?-
dijo Sarom. -Si es así me interesa -agregó, pensando
en su viejo proyecto.
Por fin acordaron el día del gran baile,
durante el cual sería escogido el tan deseado nuevo ministro.
Sarom seguía con su incredulidad, pero más podía
su preocupación por lograr una honesta administración
y la felicidad de su pueblo.
Por su parte el joven economista había ya
asumido sin demora el mando de los preparativos del proceso de selección
del nuevo ministro, es decir, del gran baile. Su primera acción
fue enviar a la prensa un aviso que en letras bien grandes decía
asÍ: GRAN CONCURSO DE BAILE EN EL PALACIO REAL. PREMIO DE
250.000 TÁLEROS AL MEJOR BAILARÍN.
Al leer el aviso Sarom se preguntaba en voz alta,
si necesariamente el bailarín ganador sería el ministro
de finanzas más hábil, como lo requería la
economía.
-Si será el más hábil, no
lo sé -respondía su asesor y agregaba: -Pero le aseguro
su Majestad que sin duda será el más honesto.
La noche del gran baile llegó. Los aspirantes
a ministro de finanzas acudieron también para esta ocasión
en grandes carros negros de ventanas oscuras y motores muy silentes.
Estaban vestidos con ropas lujosas, muy holgadas y livianas para
reducir el calor y poder bailar con mucha soltura.
A la hora prevista las muchachas del protocolo
convidaron a los concursantes a ingresar al palacio uno por uno;
cada uno cinco minutos después de su antecesor. Entraron
por una galería semioscura, en la que se alcanzaba a ver
amplias mesas repletas de monedas, joyas de toda clase, cajones
de billetes, a innumerables objetos tan inútiles como pequeños,
de elevado valor de cambio, diseñados expresamente para estimular
la codicia y la vanidad. Después de permanecer a Bolas en
la galería durante el breve tiempo reglamentario, cada concursante
penetraba al Gran Salón por una puerta que abría un
paje trajeado de dorado.
Cuando todos los concursantes ya habían
entrado, el rey en persona ordenó cerrar las puertas y leyó
las reglas del certamen en un tono muy oficial, como para no levantar
sospechas. La regla más importante decía: será
ganador el que baile bien erguido, y a la señal de una trompeta
pueda hacer cinco cabriolas seguidas y dar treinta pasos con suma
elegancia.
La música comenzó, y el rey, sentado
entre los jueces, un triste espectáculo observaba. De los
247 participantes no parecía haber uno siquiera que pudiera
caminar con su cuerpo derecho y con ligereza, y mucho menos ejecutar
una Bola de las cabriolas exigidas. El músico italiano que
dirigía la orquesta sonreía discretamente y pensaba
en su lengua materna que los bailarines estaban haciendo una brutta
figura (un papel ridículo y lamentable). Y es que los
movimientos de los bailarines eran muy torpes; nadie elevaba los
brazos, nadie movía la cintura, ninguno levantaba sus pies.
De pronto se vio a un bailarín, el más
joven y delgado de los participantes, hacer veinte cabriolas seguidas
y dar cientos de pasos con notable elegancia.
-Este es sin duda el ganador; mirad con qué
ligereza baila, con qué despreocupación y Bonaire
alza los brazos y los pies -exclamó el economista.
Finalmente, el rey salió de su asombro al
comprender que verdaderamente el único bailarín ligero
sería el ministro de finanzas más sincero.
De inmediato Sarom ordenó desnudar a los
bailarines ladrones (uno de ellos, por supuesto, era Nassar), despojarlos
de los tesoros y dineros robados, y enviarlos a la cárcel.
Horas después se escuchaba la alegría de la gente
en las calles.
Al poco tiempo se empezó a ver luz en las
plazas del reino, y se decía que nuestro creativo economista,
en vez de asegurarse un cómodo y estable cargo en la corte
de su amigo rey, estaba de gira por otros países, asesorando
a excepcionales monarcas y preparando concursos para muchos malos
bailarines. Por su parte, Sarom, encerrado en su despacho, meditaba
con una gruesa arruga en la frente sobre sus grandes sueños
de democracia. Para ese momento había ya comprendido muy
bien que al quitar a un ministro corrupto apenas había dado
un primer y muy tímido paso. La cara de angustia de Sarom
era día a día más reveladora.
Debo agregar que mi amigo -el que tomó el
avión para Suecia- no quería que este cuento tuviera
un final desolador. Por esta razón, antes de emprender su
vuelo me entregó un papelito que decía: "Amigo,
te pido que le des al cuento que te entregué ayer una terminación
feliz; piensa ante todo en el pobre lector que ya tiene suficiente
con lo que pasa en la realidad. Te sugiero que añadas que
Sarom, a pesar de su angustia, estaba pensando en someter su proyecto
a una consulta popular".
*Doctor en Economía (Universidad de Berlín), miembro
del Departamento de Ciencias Económicas y Administrativas.
Universalia
nº 8 Sep - Dic 1992
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