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El liderazgo de la Universidad (fragmentos
de la Lección inaugural del Año Académico 1991-92)
Freddy Malpica Pérez
Rector
Acostumbrados a oír hablar de crisis, fatigados incluso
por el tono sensacionalista con el cual la prensa diaria presenta
hechos y problemas que, a pesar de su gravedad, caen pronto en el
olvido, quizás no nos percataremos del significado de nuestro situación
actual y, por lo tanto, no tengamos una clara conciencia de lo que
ella exige de nosotros
(...)
Toda crisis, al traer consigo una puesta en cuestión
de los fundamentos, obliga a repensarlos. Se comprende así -como
señalan los especialistas- que los tiempos de crisis hayan visto
nacer algunas de las obras de pensamiento más importantes, tanto
en el campo de las ciencias como en el de la teoría política, la
filosofía y, en general, el estudio de la sociedad. Es decir, la
crisis no es sólo dificultad, sino también oportunidad. Tiene un
sentido positivo en cuanto convoca nuestra responsabilidad y espolea
nuestro pensamiento: nos emplaza y nos reta a pensar con hondura,
a tomar posición y a actuar, para que nuestra vida pueda tener sentido
y no pase como sombra vana en el teatro de la historia.
Si esto nos ocurre individualmente, a cada uno, nos
ocurre con mayor razón en cuanto somos miembros de esta “comunidad
de intereses espirituales”, que llamamos universidad, donde nos
encontramos unidos “en la tarea de buscar la verdad y afianzar los
valores trascendentales del hombre” [.
Por su razón de ser esencial, puede decirse entonces
sin exageración que la universidad tiene un papel importante en
el proceso social. La sociedad requiere, para su existencia, de
una comunidad de sentido y orientación, que se mantiene vigente
sobre todo por obra del Estado y de la educación. Una crisis es
precisamente, como señalábamos hace un momento, la pérdida de vigencia
del sentido y la orientación, que deja a la sociedad sin rumbo,
llevando al desgobierno -a pesar de la buena voluntad y de los esfuerzos
de algunos individualidades y a ese estado de desintegración que
los teóricos de la vida social han llamado anomia [, preludio
de la anarquía.
Es allí donde corresponde a la universidad desempeñar
papel importante de liderazgo social
(...)
Así pues, corresponde a la universidad -como sabemos-
“crear, asimilar y difundir el saber mediante la investigación y
la enseñanza” así como “completar la formación integral iniciada
en los ciclos educacionales anteriores” y “formar los equipos profesionales
y técnicos que necesita la Nación para su desarrollo y progreso”
[. Esto es, en la universidad
se aprenden las profesiones más esencialmente vinculadas al conocimiento
científico, no aquella de carácter meramente práctico o empírico.
Por eso, en toda universidad que quiera conservar su perfil de institución
de educación superior, se cultiva la ciencia, de modo particular
la investigación básica. Sobre todo, por su misma tendencia al saber,
reflexivo y crítico, en ella ha de tener lugar -de hecho, tiene
lugar- la elucidación continua del proceso de la sociedad; es decir,
se intenta comprender ese proceso -a dónde va la sociedad-; se intenta
la integración de los saberes, múltiples y dispersos, que se van
adquiriendo, en una cierta cosmovisión y en una visión del hombre,
para podar entender el sentido mismo de aquellos saberes; y, necesariamente,
se intenta dar respuesta a los interrogantes concretos que surgen
en la sociedad y en los niveles de gobierno, no para decidir políticas,
sino para despejar incógnitas, ¿Cómo podría estudiarse medicina
en nuestro país sin el estudio de las endemias tropicales? ¿Cómo
cualquiera de las ramas de ingeniería, sin un conocimiento del proceso
industrial, con sus requerimientos específicos, sus condiciones
de trabajo, sus limitaciones? ¿Cómo, en general, decidir del desarrollo
de determinadas áreas profesionales, sin una visión de las necesidades
y tendencias de la economía del país? ¿Cómo, finalmente, formar
de modo integral profesionales, sin que conozcan los supuestos que
dan vida a las instituciones sociales y sin que tengan independencia
de criterio para enjuiciar y corregir las posibles desviaciones?
Pero, todo ello significa que, aparte de su misión académica
y profesional o, más aún, como condición para su puesta en práctica
y como proyección necesaria de su cumplimiento, la universidad tiene
una misión orientadora. Así lo señala la Ley, y quisiera
que nos detuviéramos a considerarlo ahora más en detalle, por todo
lo que encierra, especialmente en nuestra situación actual.
Y quien dice orientar, dice ubicar correctamente, servir
de guía y de punto continuo de referencia; dice enseñar, aclarar,
ayudar a entender, mostrar caminos, servir de ejemplo. Y la sociedad
puede reclamar legítimamente a la universidad que cumpla con este
papel de modelo en miniatura de lo que el conglomerado social debería
ser: paradigma de convivencia, de seriedad y dedicación a sus funciones,
de tolerancia y pluralismo, de transparencia administrativa, de
eficiencia, rendimiento y laboriosidad, de amplitud y actitud de
diálogo hacia dentro y hacia afuera... La responsabilidad de semejante
compromiso recae en todas y cada uno de los miembros de la comunidad
universitaria.
Por otra parte, en el cumplimiento de esta misión suya
de orientación, la universidad quizás tenga que ser crítica,
haciendo patentes los falsos supuestos, el discurso falaz, o las
decisiones erradas de los que gobiernan y, en conjunto, de los diversos
actores del proceso social. En tal caso, no ha de temer hacerlo.
Al contrario, debe temer su silencio, porque sería indicativo de
complicidad, y entonces estaría en contradicción consigo misma;
o manifestaría una desorientación que, en ella, como órgano más
sensible, sería todavía más grave y profundo que en la sociedad
en general
(...)
Es esencial que la universidad venezolana recupere hoy
el ejercicio de su misión orientadora, porque -como señalaba al
comienzo- el país se encuentra en un estado de gran desorientación
respecto del rumbo que están siguiendo los asuntos públicos o, aún
más, respecto del rumbo que deban seguir.
Para ello, las universidades tienen que reconquistar
su prestigio. El liderazgo, con la capacidad de orientar que le
es inherente, no se impone: se gana. Es el resultado de un reconocimiento
colectivo a la calidad y autoridad intrínsecas de una voz, de una
persona o de una institución.
Por eso, más que nunca, debe conservarse y fomentarse
-o crearse de nuevo, donde se haya perdido- el auténtico clima académico
en las universidades, abierto a la búsqueda de la verdad y la transmisión
del saber, sin dependencias ideológicas ni limitaciones de política
grupal.
Ha de proseguirse, con redoblado empeño, la búsqueda
de la excelencia sin lo cual la institución académica no es consecuente
consigo misma y defrauda al país en sus compromisos.
Universalia nº 6 Ene-Abr 1992
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