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Holocausto de la Tierra
Jorge Luis Borges "Nathaliel Hawthorne"
en Otras inquisiciones
En esa ficción alegórica, Hawthorne prevé
un momento en que los hombres, hartos de acumulaciones inútiles,
resuelven destruir el pasado. En el atardecer se congregan, para
ese fin, en uno de los vastos territorios del oeste de América.
A esa llanura occidental llegan hombres de todos los confines del
mundo. En el centro hacen una altísima hoguera que alimentan
con todas las genealogías, con todos los diplomas, con todas
las medallas, con todas las órdenes, con todas las ejecutorias,
con todos los escudos, con todas las coronas, con todos los cetros,
con todas las tiaras, con todas las púrpuras, con todos los
doseles, con todos los tronos, con todos los alcoholes, con todas
las bolsas de café, con todos los cajones de té, con
todos los cigarros, con todas las cartas de amor, con toda la artillería,
con todas las espadas, con todas las banderas con todos tos tambores
marciales, con todos los instrumentos de tortura, con todas las
guillotinas, con todas las horcas, con todos los metales preciosos,
con todo el dinero, con todos los títulos de propiedad, con
todas las constituciones y los códigos, con todos los libros,
con todas las mirras, con todas las dalmáticas, con todas
las sagradas escrituras que hoy pueblan y fatigan la Tierra. Hawthorne
ve con asombro la combustión y con algún escándalo;
un hombre de aire pensativo le dice que no debe alegrarse ni entristecerse,
pues la vasta pirámide de fuego no ha consumido sino lo que
era combustible en las cosas. Otro espectador -el demonio- observa
que todos los empresarios del holocausto se han olvidado de arrojar
lo esencial, el corazón humano, donde está la raíz
de todo pecado, y que sólo han destruido unas cuantas formas.
Universalia nº 6 Ene-Abr 1992
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