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Sumario de la Civilización Occidental
Arturo Uslar Pietri
En 1958, Arturo Uslar Pietri publicó una antología
de los textos que según su informado criterio habían
ido dibujando a lo largo de los siglos el perfil de esa ambigua
entidad pluricultural que se ha denominado "'Civilización
Occidental". Esta selección es riesgosa, ya que de inmediato
invita al lector a objetar omisiones o predilecciones no compartidas.
Su alcance es también limitado, puesto que una civilización
es mucho más que sus textos, por representativos que éstos
sean, e incluye manifestaciones negativas que aquí tienden
a ser soslayadas. Sin embargo, a través de este "Sumario",
Uslar logra llamar nuestra atención sobre ciertos fragmentos
nodales que en gran parte informan nuestras creencias, valores y
formas de vida en la actualidad. La antología incluye escritos
de filósofos y científicos, literatos, políticos
y maestros religiosos. Universalia encuentra útil acoger
en sus páginas no sólo la lista de los autores y textos
elegidos, sino también la "Introducción"
de aquel Sumario de la Civilización Occidental donde el proceso
que va del Génesis bíblico a los escritos de Sartre,
pasando por San Agustín, Shakespeare y Marx, es presentado
y comentado por Uslar con su habitual capacidad de síntesis.
Tal vez esta publicación señale a nuestros lectores
el camino hacia algunas lecturas que amplíen su horizonte.
Como es natural los treinta y tanto años transcurridos desde
la publicación de aquel libro dejan por supuesto un vacío.
Universalia invita a sus lectores (estudiantes y profesores) a proponer
y razonar cuáles son los textos fundamentales de ese período.
Igualmente queda abierta a la expresión de divergencias o
nuevas propuestas acerca de esta selección y los criterios
que la fundan. El libro, que además viene enriquecido con
notas informativas acerca de cada texto, se ha reeditado varias
veces (Madrid. Edime) y es fácilmente asequible en bibliotecas
y librerías.
Pertenecer a una civilización es compartir una concepción
del mundo, poner fe en determinados valores morales, aceptar ciertos
símbolos, participar en recuerdos, emociones y sentimientos
comunes y recibir y aceptar determinados conceptos sobre el carácter
del hombre, su misión en la sociedad y su destino final.
Cada una de las grandes civilizaciones, tanto pasadas como presentes,
tiene sus características concepciones y sus reglas de conducta.
No es igual la concepción del hombre, de sus deberes y sus
ideas, para un indio maya, para un mongol de la época de
Gengis Khan, para un egipcio de la época de Akhnatón,
para un chino servidor de la dinastía Ming, para un ateniense
del siglo de Pericles, o para un cruzado del siglo XII.
Entre todas las civilizaciones de que tenemos conocimiento, una
de las más duraderas, extensas, variadas y ricas es precisamente
la llamada "civilización occidental", que se formó
entre las riberas mediterráneas y las selvas germánicas
del norte de Europa y que se extendió luego no sólo
a toda Europa y América, sino que entró en contacto,
como elemento dominador e influyente, con todos los pueblos y civilizaciones
del resto de la tierra, que de ella recibieron e incorporaron ideas
y técnicas. Es decir, vino a ser la más universal
de todas ellas.
Los hombres que vivimos en el ámbito de la civilización
occidental somos los herederos, los usuarios y también los
continuadores de un conjunto de valores que no sólo nos caracterizan,
sino que, además determinan en gran parte nuestras acciones
individuales y colectivas.
La civilización occidental se caracteriza superficialmente
por su prodigioso desarrollo de las técnicas y de las aplicaciones
prácticas de la ciencia. Ha sido, entre todas, la que inventó
los motores y las máquinas de trabajo; la que hizo los aparatos
de volar y de sumergirse en el mar; la que encontró manera
de atravesar los cuerpos opacos, de utilizar la electricidad para
las comunicaciones, y el modo de liberar la energía que estaba
prisionera dentro del átomo. Pero todos estos prodigios mecánicos
que tanto nos enorgullecen, no son, finalmente, sino el resultado
de una determinada actitud de la mente humana ante el mundo, de
un modo de concebir los hechos y desarrollar la ciencia, de una
manera de recibir y conocer los hechos de la experiencia, que es
característica de la civilización occidental.
No hemos inventado el fonógrafo porque somos más
inteligentes que los chinos o que los mayas, sino porque nuestra
mentalidad estaba orientada de tal manera, que de ciertos conocimientos
generales, acaso sabidos desde los más remotos tiempos, teníamos
que esforzarnos en sacar aplicaciones prácticas que sirvieran
para facilitar la tarea de vivir. Esa orientación general
de la mentalidad de los que pertenecen a la civilización
occidental es la que en verdad la caracteriza y la que importa conocer.
Nuestra civilización occidental no es el fruto de una sola
época, ni de un solo pueblo, sino que se ha hecho y se sigue
haciendo a lo largo de muchos siglos en variados escenarios y con
la intervención de diversos pueblos y de distintas circunstancias.
Es como un río, que no nace de una sola fuente, sino de
innumerables fuentes y afluentes, que son los que lo constituyen
y le dan su carácter definitivo.
Una de esas fuentes, sin duda, está en Atenas. Muchas de
nuestras nociones fundamentales sobre la dignidad del hombre, la
felicidad, la libertad y los ideales de conducta nos vienen del
pensamiento y del ejemplo de los griegos. Aunque no nos demos cuenta,
viven en medio de nosotros conceptos y nociones que expresó
Sócrates o que cantó Homero. Cuando al azar de una
lectura los encontramos no podemos menos de sorprendernos ante el
aire de cosa familiar con que se nos presentan. La herencia griega
se amplió luego y se modificó con la experiencia romana,
que fue la de un Estado universal, que tuvo que crear estructuras
administrativas y jurídicas para regir los pueblos más
diversos. De ellos nos vienen el amor a la Patria, la noción
del derecho, la concepción del Estado y del Imperio. Sin
embargo, hay otra fuente y raíz muy viva entre nosotros que
era extraña a los griegos de Pericles y a los romanos de
Augusto.
Esa otra raíz que nutre nuestra concepción del destino
ulterior del hombre, el concepto de la moral como amor y la idea
de un Dios único, de misericordia y justicia, o en otras
palabras, la concepción del mundo como un transitorio "valle
de lágrimas", nos viene de los judíos. Tanto,
o acaso más que los descendientes espirituales de Platón
o Aristóteles, somos los hijos de Abraham y de Moisés,
y los redimidos de Jesús. En el fondo de nuestra conciencia
los preceptos del Derecho Romano se mezclan con los mandamientos
del Decálogo y con las conmovedoras enseñanzas del
Sermón de la Montaña.
Quien nombra a Abraham, nombra un pasado cultural que sale de los
sumerios, y quien nombra a Moisés evoca el ámbito
de la cultura egipcia a la altura de la XVIII Dinastía. igualmente,
al hablar de los griegos habría que remontarse a los aqueos
invasores del norte, a los cretenses del sur, a los fenicios que
hicieron alianza con Salomón, de quien entre otras cosas
nos viene la noción mística del amor y del desengaño
de la sabiduría que está en el comienzo de toda verdadera
sabiduría.
De todas estas fuentes se ha alimentado el río de nuestra
civilización occidental. Pero aún hay otras, que no
podemos menospreciar. La civilización occidental florece
en el hitlerland de Europa, cuando los griegos ya eran arqueología
y el imperio romano un vago tema retórico, en tierras de
galos, íberos, germanos, sajones, daneses y eslavos, que
es todo eso que, con admirable simplicidad, los antiguos llamaban
los bárbaros. En contacto con esos pueblos el latín
va a dar nacimiento a otras lenguas, que es como dar nacimiento
a otras almas, las instituciones del Derecho Romano se van a mezclar
con las de esas naciones para dar origen a nuevas formas de sociedad
y de relación como, por ejemplo, el feudalismo. El cristianismo
que se va a propagar en Europa ya no es el de Jerusalén,
ni el de San Pablo, ni siguiera el romanizado cristianismo de Teodosio,
sino una religión que ha incorporado preocupaciones temporales
y tradiciones locales y que se ha forjado en la lucha de la creación
de una nueva sociedad, en los centros de oración, de educación,
de trabajo, de política y hasta de guerra que fueron las
congregaciones monásticas de la Edad Media.
Esa Europa que se va a forjar en la tensión y las oposiciones
de lo mediterráneo y lo germánico, de lo pagano y
lo cristiano, de lo clásico y lo bárbaro, de lo natural
y lo sobrenatural, de lo local y lo universal es la hoya en que
las aguas vivas de todas las fuentes cercanas y lejanas se mezclan
para formar el río de la civilización occidental.
Pero esa civilización, debido a sus propias características,
no podía permanecer encerrada dentro de las fronteras naturales
del país europeo. La invasión de los árabes
trajo, en el siglo VIII, un violento estimulante reencuentro con
las raíces griegas y orientales de la civilización.
Los venecianos, a través de Constantinopla, mantuvieron una
puerta abierta hacia el Oriente. Las Cruzadas pusieron toda la Europa
que podía marchar en el camino de Bizancio, de Damasco, de
El Cairo y de Jerusalén que era como volver a abrir una vía
hacia el legado griego, el cristianismo primitivo, la herencia del
imperio universal de Alejandro y el deseo de conocer los países
más remotos. Las primeras semillas del Renacimiento y de
la Reforma se plantearon entonces.
Más tarde vino el descubrimiento de América, que
hizo del Atlántico el nuevo Mediterráneo de la civilización
occidental, y le dio a ésta una vocación ecuménica.
Españoles, portugueses, ingleses y franceses, ayudados por
los grandes navegantes italianos, trajeron la civilización
occidental, en el punto a que había llegado en el siglo XVI,
para replantarla en un vasto continente nuevo, poblado por hombres
distintos, donde existían desde las altas civilizaciones
de México y del Perú hasta las primitivas tribus de
recolectores y cazadores de las Antillas y de la costa atlántica.
De ese contacto nacieron experiencias, mestizajes y nuevas formas
que no sólo afectaron a la civilización transplantada
a América, sino que, de rechazo, también surtieron
su efecto sobre la entonces remota Europa. El mito de la bondad
natural del hombre en el estado salvaje, que tantos efectos ideológicos
y políticos iba a tener en la historia europea, surgió
de las primeras relaciones que llegaron sobre el indio americano.
Palabras indígenas entraron en todas las lenguas modernas,
tales como: "caníbal", "huracán",
"canoa", "hamaca"; y se descubrieron muchos
productos y costumbres que iban a cambiar la fisonomía y
el carácter de los occidentales, como la papa, el tomate,
el maíz, el tabaco, el chocolate y el caucho. De un modo
caricatural, acaso, podría definirse nuestra civilización
como la del tabaco y el caucho, por la importancia que esos productos
tienen en las más características formas de nuestra
vida, y, sin embargo, antes del descubrimiento de América,
ningún europeo los había conocido.
El descubrimiento de América desempeña un papel importante
en todo ese complejo fenómeno que de una manera demasiado
simple llamamos Renacimiento, cuando en verdad, más que renacer
de algo, fue descubrimiento de muchas cosas y en especial del mundo
y del hombre, un mundo más vasto y vario y un hombre más
completo y realizado.
Es durante el Renacimiento cuando de un modo claro se pone de manifiesto
una de las características más propias de la civilización
occidental: su tendencia al individualismo, al particularismo, a
la liberad de espíritu, a la negación y a la disidencia.
Cada quien pretende poner en duda todo lo recibido y hallar su propio
camino hacia nuevas verdades. Las guerras de religión son
una faz de este fenómeno, que encuentra su expresión
más clara en el pensamiento de Descartes. Una actitud de
duda, pero no como excusa para permanecer en la inercia, sino como
método de trabajo y estímulo para la acción
creadora.
El gusto por la duda no es sino una forma de amor por la razón.
Dudan los que aspiran a encontrar razones indudables. Uno de los
conflictos fundamentales y más fecundos en creaciones y hallazgos
de la civilización occidental ha sido la lucha sin término
que se ha librado en su alma entre los oscuros imperativos de lo
vital y las aspiraciones sobrehumanas de la razón. Acaso
el mito que mejor encarne esa lucha sea el de Fausto, el hombre
desengañado de la ciencia que se entrega a las demoníacas
tentaciones de lo instintivo. Fausto es, en cierto modo, la epopeya
del irracional sentimiento del pecado que ha marcado siempre el
destino de la civilización occidental. Lo escribe Goethe,
precisamente, al prepararse Europa a salir del siglo más
enamorado de la razón para caer, como en un regreso pecaminoso,
en las oscuras tentaciones del romanticismo y de las revoluciones.
Junto con la revolución política en Estados Unidos,
en Francia y en la América Latina, ocurre la revolución
industrial en Inglaterra. Hace su aparición el reino de la
máquina, que va a crear las vastas ciudades modernas, los
mercados mundiales, el proletariado urbano y las grandes luchas
sociales entre el capital y el trabajo. Lo anuncia Adam Smith, con
su nueva concepción de la riqueza; le da su aspecto de guerra
social Marx, con su manifiesto, y procura resolverlo dentro de un
nuevo concepto de la caridad cristiana el Papa León XIII.
La revolución industrial y la competencia de mercados abre
también el período de las grandes guerras, primero
continentales, como la franco prusiana de 1870, y después
mundiales como las de 1914 1918 y 1939 1945. En un lapso de treinta
y un años, diez fueron de guerra mundial.
Al término de la Segunda Guerra Mundial se lanza la primera
bomba atómica, que es, seguramente, el comienzo de una nueva
revolución técnica, económica y social más
vasta y profunda que la de la llamada revolución industrial.
La civilización occidental se asoma a un tiempo en el que
se vislumbran medios de comunicación supersónicos,
plantas automáticas de producción que, prácticamente,
no requerirán de la mano del obrero, cerebros electrónicos
que podrán resolver las más complicadas operaciones
de cálculo. En ese tiempo venidero el gran problema no será
ya, como en el pasado, el del trabajo, sino el del ocio y su empleo,
porque las fábricas automáticas liberarán progresivamente
millones de hombres de la necesidad del trabajo.
Pero al mismo tiempo que podemos prever posibilidades tan extraordinarias
y excitantes, se acumulan las más negras amenazas sobre el
porvenir de la civilización y hasta sobre la misma sobrevivencia
del hombre sobre la tierra. La posibilidad de una guerra mundial
atómica se cierne sobre todos los seres como una espantosa
amenaza de destrucción total. La lucha entre liberales y
nazi fascistas ensangrentó el planeta, para ser sucedida
por la llamada "guerra fría" entre los Estados
Unidos, acompañados por los países que no han renunciado
por entero a la tradición liberal y cristiana, y Rusia y
los países de la órbita soviética, que hoy
comprende la mayor parte del Asia. La civilización occidental
confronta una gran crisis ideológica y política que
puede considerarse, en su forma más simple, como la pugna
entre los comunistas y los partidarios de la libertad.
No faltan quienes vean con ojos pesimistas el porvenir de la civilización
occidental y lleguen a considerar que se acerca a un final catastrófico,
y que una amenaza de vejez o de muerte pesa sobre ella. Para anticipar
lo que nos espera, muchos han ido a buscar situaciones análogas
en la historia de otras civilizaciones desaparecidas. En este sentido
se destacan las obras del alemán Oswald Spengler y del inglés
Arnold J. Toynbee.
Una civilización que ha durado por tanto tiempo, en un escenario
tan vasto y tan variado, confrontada con las más diversas
y peligrosas circunstancias, tiene por fuerza que presentar un aspecto
complejo y confuso. La pugna, la disidencia, el individualismo han
sido, precisamente, sus más notables características.
Sin embargo, a lo largo de todas esas contradicciones y luchas,
ha habido ciertos principios e ideales que nunca han sido abandonados,
y que son, por eso mismo, los que constituyen lo más característico
de la civilización occidental, es decir, su verdadero espíritu.
Ha habido en ella siempre una idea básica de la dignidad
natural del hombre, como si al nacer hubiera sido dotado de ciertos
derechos. El hombre ha sido para ella el centro y la coronación
del Universo y no un insignificante servidor de una sangrienta divinidad
o de un déspota sagrado. Su mayor admiración ha sido
siempre para aquellos que han afirmado la independencia de su espíritu
y que han salido, solos y contra todos los obstáculos, en
busca de la verdad. El primero y más preciado de los dones
ha sido para ella la libertad. Su religión, el cristianismo,
tiene como base el concepto de que el hombre es libre y, por lo
tanto, responsable, y aun las formas más absolutas de tiranía
política que han aparecido en ella han pretendido no ser
otra cosa que una dura y transitoria escuela para una ulterior y
mejor libertad. La dictadura comunista misma no pretende ser sino
un áspero camino para una futura libertad tan completa como
el hombre no ha conocido hasta ahora. Su ideal fundamental ha sido
el de una vida privada vivida plenamente, útilmente, pero
con independencia. Es decir, el ideal de servir y el de vivir con
mesura. Nada le es más ajeno que los grandes excesos de piedad
o de violencia.
La ciencia y las técnicas occidentales son comunicables.
En realidad, todos los pueblos de la tierra se han beneficiado de
ellas y las han adaptado de una u otra forma. Pero el japonés
o el indostano que construye aviones o que estudia cálculo
infinitesimal o física nuclear, y que podría hablar
de igual a igual con cualquier colega de Chicago, Londres o de Berlín,
advertirá de inmediato las diferencias conceptuales y emocionales
que los separan en las maneras de sentir y expresar el placer y
el dolor, o en la actitud ante lo sobrenatural, o en la manera de
concebir el bien y el mal. Estos son, precisamente, los rasgos que
caracterizan la civilización occidental y que crean un aire
de familia o una consanguinidad espiritual entre todas las variadas
naciones que, en cinco continentes, forman parte de ella, que son
los que hacen que un escocés se sienta más próximo
de un argentino que un judío de Casablanca del musulmán
que habita en la casa vecina.
Esas diferencias conceptuales y emocionales, que llegan casi a
formar una segunda naturaleza de hombres, son las que hacen dramáticamente
difícil el contacto y la comprensión entre hijos de
distintas civilizaciones. Esto lo podemos ver, de un modo ejemplar
y valedero para todos los tiempos, en la maravillosa historia que
nos cuenta Herodoto del encuentro entre el ateniense Solón
y el libio Creso, que era un hombre del Oriente. Contemplaban la
vida y el mundo desde ángulos distintos y medían el
valor de las cosas y los sucesos con medidas diferentes. Era, literalmente,
como si hablaran en dos lenguas distintas.
El objeto de este libro es reunir en una forma fácil algunos
de los textos en que la civilización occidental ha expresado
sus caracteres esenciales y que, al mismo tiempo que han servido
para expresar lo más permanente de su espíritu, han
influido sobre los hombres y los sucesos que han hecho su historia.
Allí está el Decálogo, junto a la despedida
de Héctor y Andrómaca, y están Platón
y Aristóteles cerca del Sermón de la Montaña,
porque de todos ellos viene una poderosa corriente que gobierna,
consciente o inconscientemente, nuestras vidas. Está el misticismo
naturista de San Francisco, el ideal del cortesano del Renacimiento
y la noticia del descubrimiento de América de Colón.
Están los textos de la emoción racionalista que se
apoderó de Europa en los siglos XVII y XVIII. Están
los grandes mitos, como Don Quijote y Fausto, y las grandes conmociones
colectivas, como las Cruzadas, el Descubrimiento del Nuevo Mundo,
la Reforma, la revolución liberal, la revolución socialista
y las guerras mundiales.
No hay casi nada de la filosofía pura ni de la ciencia pura,
porque ha parecido preferible poner las lomas en que esas nuevas
concepciones se convirtieron en fermento activo de la historia y
en ideales de vida.
Por esa misma razón, éste no es un libro de doctrina
coherente, y no podría serlo porque la civilización
occidental no tiene una doctrina coherente, sino que se ha caracterizado
por la disidencia intelectual, política y social. Tampoco
pretende ser un libro de aprendizaje, sino a lo sumo, un álbum
de recuerdos, donde los hijos de nuestra civilización podrán
encontrar las fuentes y las expresiones originales de muchas ideas
y actitudes que ya han entrado a fundirse en esa segunda naturaleza
de la que están hechas nuestras atracciones y nuestras diferencias
con las demás civilizaciones presentes y pasadas de la Humanidad.
En una hora de tanta vacilación y angustia como la que vive
el mundo puede ser útil una obra de esta clase, en la que
cada uno de los hijos de la civilización occidental, en mayor
grado cuanto menos culto sea, puede revivir la conciencia de las
fuentes de donde viene su propio ser espiritual y de las concepciones,
no pocas veces contradictorias, que condicionan, tanto en lo individual
como en lo colectivo, su destino.
Un libro concebido con semejante propósito tiene la fatalidad
de que habrá de parecer, a cada quien desde su propio punto
de vista, incompleto. Sin embargo, el recopilador se consuela al
pensar que en futuras ediciones podrá enriquecerlo con muchas
de las cosas que por su ignorancia ha omitido, y también
que ninguno de los textos aquí incluidos podría dejar
de figurar en un libro que pretendiera llenar iguales fines que
éste.
Es decir, que, con todas sus imperfecciones, viene a llenar una
necesidad que cada día se ha hace perentoria para mayor número
de hombres, en una hora en que, para saber adónde vamos,
necesitamos, entre otras cosas, saber lo mejor posible de dónde
venimos.
-
La Biblia (Antiguo Testamento): Génesis, El Decálogo,
(Deuteronomio), Salmos 8, 19, 23 y 29, Eclesiastés, El
Cantar de los Cantares.
-
Homero ( s. IX VIII a de C): La Ilíada: Despedida de
Héctor y Andrómaca.
-
Herodoto (s. V a de C): Los nueve libros de la historia: Solón
y Creso.
-
Pericles (s V a de C): "Discurso en loor de los atenienses
muertos en la guerra del Peloponeso".
-
Isócrates (436 388 a de C): "Sobre la seguridad
pública".
-
Platón (427 447a. de C.): Diálogos. "La
muerte de Sócrates".
-
Aristóteles (384 322 a. de C.): Moral a Nicómano:
"Rápida recapitulación de la teoría
de la felicidad".
-
Marco Tulio Cicerón (106 43 a. de C.): Los Oficios "Cuatro
vínculos de sociedad. El más fuerte es el de la
patria".
-
Virgilio (70 19 a. de C.) Las Geórgias. Libro II.
-
Jesús de Nazareth. "El sermón de la montaña"
(Mateo 5 7).
-
Séneca (4 a. de C 65): "Consolación a Marcia"
-
Epiceto (siglo I): "Máximas".
-
Marco Aurelio (121 180): "Reflexiones".
-
San Agustín de Hipona (354 430): La Ciudad de Dios "Cómo
los hombres, aun con el crudo rigor de la guerra y todos los
desasosiegos e inquietudes, desean llegar al fin de la paz,
sin cuyo apetito no se halla cosa alguna natural".
-
Justiniano (483 565): "Institutas".
-
San Bernardo (1091 1153): "Al Conde y próceres
de Bretaña en nombre del Abad de Claraval, a favor de
la Cruzada".
-
San Francisco de Asís (1182 1226) "Canto al sol"/
"Oración por todos".
-
Alfonso X el Sabio (1220 1284): Crónica General de España:
"Del duelo de los godos de España et de la razón
porque ella fue destruida".
-
Santo Tomás de Aquino (1225 1273): Summa Theologica.
"Demostración de la existencia de Dios".
-
Anónimo (s. XIII): Novellino: "Los tres anillos".
-
Dante Alighieri (1265 1321): La Divina Comedia. "El Infierno".
-
Cristóbal Colón (¿1451? 1506): Diario
"Viernes 12 de octubre de 1492".
-
Nicolás Maquiavelo. (1469 1527) El Príncipe "Son
tan dignos de elogio los fundadores de una República
o de un Reino, como de censura y vituperio los de la tiranía".
-
Erasmo de Rotterdam (1476 1536): "Elogio de la locura".
-
Tomás Moro (1478 1529): De Utopía.
-
Baltasar Castiglione (1478 1529): De El Cortesano.
-
Martín Lutero (1483 1546): "Llamamiento a la nobleza
alemana"
-
Miguel de Montaigne (1535 1592): Ensayos. "Los tres comercios".
-
Esteban de la Boëtie (1500 1563): Discurso sobre la servidumbre
voluntaria "Poder y fragilidad del tirano".
-
Miguel de Cervantes Saavedra (1547 1616): El Quijote. "Encuentro
de Don Quijote con el caballero del verde gabán".
-
William Shakespeare (1564 1616): De Hamlet, Macbeth, La Tempestad.
-
René Descartes (1596 1650): De Discurso sobre el método.
-
Blas Pascal (1628 1662): Pensamientos "Desproporción
del hombre".
-
Montesquieu (1689 1755) El espíritu de las leyes. "De
los principio de los tres gobiernos".
-
Benjamín Franklin (1706 1790) El libro del hombre de
bien. "Consejos a un joven jornalero".
-
Juan Jacobo Rousseau (1712 1778): El Contrato Social. "Discurso
sobre el origen de la desigualdad entre los hombres".
-
Adam Smith (1723 1790): De La riqueza de las naciones.
-
Thomas Jefferson (1743 1826): "Declaración de Independencia
de los Estados Unidos"
-
Johann Wolfgang Goethe (1749 1832): De Fausto.
-
Asamblea Nacional Francesa: Declaración de los derechos
del hombre y del ciudadano (27 de agosto de 1789).
-
Karl van Clausewitz (1780 1830): "¿Qué es
la guerra?".
-
Simón Bolívar (1783 1830): "Discurso de
Angostura".
-
Domingo Faustino Sarmiento (1811 1888) Facundo. "Civilización
y barbarie".
-
Sören Kierkegaard (1813 1855): De El concepto de la angustia.
-
Abraham Lincoln (1809 1865): "Discurso en Gettysburg".
-
Carlos Marx (1818 1883): Del Manifiesto comunista.
-
León XIII (1810 1903): De la Encíclica Renun
Novarum.
-
Henri Poincaré (1854 1912): De El valor de la ciencia.
-
Sigmund Freud (1856 1939): "Introducción al Psicoanálisis".
-
Miguel de Unamuno (1864 1936): "Don Quijote en la tragedia
europea contemporánea".
-
Mahatma Gandhi (1869 1948): Introducción a la Autobiografía.
-
Paul Valéry (1871 1954) "La crisis del espíritu".
-
Albert Schweitzer (1875 1965): La filosofía de la Civilización.
"Ética y civilización".
-
Arnold J. Toynbee (1889 1975) De El inunda y el Occidente.
-
Norbert Wiener (1894 1964): "La idea de un universo contingente".
-
Jean Paul Sartre (1905 1980): "Situación del escritor".
Universalia nº 5 Sep-Dic 1991
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