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Todas las verdades se tocan
Andrés Bello
La universidad, señores, no sería digna de ocupar
un lugar en nuestras instituciones sociales, si (como murmuran algunos
ecos oscuros de declamaciones antiguas) el cultivo de las ciencias
y de las letras pudiese mirarse como peligroso bajo un punto de
vista moral, o bajo un punto de vista político. La moral
(que yo no separo de la religión) es la vida misma de la
sociedad; la libertad es el estímulo que da un vigor sano
y actividad fecunda a las instituciones sociales. Lo que enturbie
la pureza de la moral, lo que trabe el arreglado, pero libre desarrollo
de las facultades individuales y colectivas de la humanidad y digo
más lo que las ejercite infructuosamente, no debe un gobierno
sabio incorporarlo en la organización del Estado.
Lo sabéis, señores: todas las verdades se tocan,
desde las que formulan el rumbo de los mundos en el piélago
del espacio; desde las que determinan las agencias maravillosas
de que dependen el movimiento y la vida en el universo de la materia;
desde las que resumen la estructura del animal, de la planta, de
la masa inorgánica que posamos; desde las que revelan los
fenómenos íntimos del alma en el teatro misterioso
de la conciencia, hasta las que expresan las acciones y reacciones
de las fuerzas políticas; hasta las que sientan las bases
inconmovibles de la moral; hasta las que determinan las condiciones
precisas para el desenvolvimiento de los gérmenes industriales;
hasta las que dirigen y fecundan las artes. Los adelantamientos
en todas líneas se llaman unos a otros, se eslabonan, se
empujan. [...]
¿Quién prendió en la Europa esclavizada las
primeras centellas de libertad civil? ¿No fueron las letras?
¿No fue la herencia intelectual de Grecia y Roma, reclamada,
después de una larga época de oscuridad, por el espíritu
humano? [...] Todas las verdades se tocan, y yo extiendo esta aserción
al dogma religioso, a la verdad teológica. Calumnian, no
sé si diga a la religión o a las letras, los que imaginan
que pueda haber una antipatía secreta entre aquélla
y éstas. Yo creo, por el contrario, que existe, que no puede
menos de existir, una alianza estrecha, entre la revelación
positiva y esa otra revelación universal que habla a todos
los hombres en el libro de la naturaleza. Si entendimientos extraviados
han abusado de sus conocimientos para impugnar el dogma, ¿qué
prueba esto, sino la condición de las cosas humanas? Si la
razón humana es débil, si tropieza y cae, tanto más
necesario es suministrarle alimentos sustanciosos y apoyos sólidos.
Porque extinguir esta curiosidad, esta noble osadía del entendimiento,
que le hace arrostrar los arcanos de la naturaleza, los enigmas
del porvenir, no es posible, sin hacerlo, al mismo tiempo, incapaz
de todo lo grande, insensible a todo lo que es bello, generoso,
sublime, santo; sin emponzoñar las fuentes de la moral; sin
afear y envilecer la religión misma. He dicho que todas las
verdades se tocan; y aún no creo haber dicho bastante. Todas
las facultades humanas forman un sistema, en que no puede haber
regularidad y armonía sin el concurso de cada una. No se
puede paralizar una fibra (permítaseme decirlo así),
una sola fibra del alma, sin que todas las otras enfermen.
Las ciencias y las letras, fuera de este valor social, fuera de
esta importancia que podemos llamar instrumental, fuera del barniz
de amenidad y elegancia que dan a las sociedades humanas, y que
debemos contar también entre sus beneficios, tienen un mérito
suyo, intrínseco, en cuanto aumentan los placeres y goces
del individuo que las cultiva y las ama; placeres exquisitos, a
que no llega delirio de los sentidos. [...]
Cada senda que abren las ciencias al entendimiento cultivado, le
muestra perspectivas encantadas; cada nueva faz que se le descubre
en el tipo ideal de la belleza, hace estremecer deliciosamente el
corazón humano, criado para admirarla y sentirla. El entendimiento
cultivado oye en el retiro de la meditación las mil voces
del coro de la naturaleza: mil visiones peregrinas revuelan en torno
a la lámpara solitaria que alumbra sus vigilias. Para él
sólo, se atavía la creación de toda su magnificencia,
de todas sus galas. Pero las letras y las ciencias, al mismo tiempo
que dan un ejercicio delicioso al entendimiento y a la imaginación,
elevan el carácter moral. Ellas debilitan el poderío
de las seducciones sensuales; ellas desarman de la mayor parte de
sus terrores a las vicisitudes de la fortuna. Ellas son (después
de la humilde y contenta resignación del alma religiosa)
el mejor preparativo para la hora de la desgracia.
Discurso pronunciado por Andrés Bello, como rector fundador
de la Universidad de Chile, el 17 de diciembre de 1843.
Universalia nº 3 Ene-Abr 1991
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