Espejismos de los seres de palabras
Rafael Fauquié

A todos los seres humanos nos rodea el mundo. Vivimos inmersos en él, circunscritos a él y abrumados por él. Y hay quienes se esfuerzan por descubrir en esos vastísimos paisajes exteriores todas las respuestas y justificaciones, todas las razones y significados: aún hasta para sus más íntimas interrogantes y para sus más personales comprensiones; seres que parecieran divisar sus destinos siempre lejos de sí mismos, incapaces de adentrarse en sus propios laberintos, incapaces de contemplarse en sus memorias ni de reconocerse en sus imaginarios. Si algo pudiera definir a un escritor, a un ser de palabras, sería mantener una actitud del todo opuesta: mucho más que dentro del mundo, se percibe cerca de sí mismo, muy próximo a sus fantasías y memorias. El ser de palabras contempla el mundo, generalmente, desde las coloraciones y texturas de su propia interioridad. Su misma necesidad de crear, de decir, de escribir, mucho tiene que ver con esa interminable proximidad hacia sí mismo, con esa necesaria comunicación y urgente cercanía a esa intimidad que le pertenece y de la cual él es el único custodio.

            “Nos parecemos a nuestros sueños”, ha dicho Carlos Fuentes. Parecernos a nuestros sueños: contemplar en los rasgos de nuestro rostro el diseño de nuestras ilusiones y los laberintos de nuestro mundo interior; ver reflejados en nuestros gestos y actitudes el color de nuestras obsesiones y creencias, el significado de nuestras más arraigadas memorias. Recuerdo la frase de Rilke en la primera de sus Cartas a un joven poeta: “El creador debe ser un mundo para sí mismo, y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a que se ha adherido”. En ese descubrimiento interminable del propio mundo, en esos tanteos y reconocimientos, en esos volcamientos dentro del laberíntico espacio construido por sus memorias y sus vivencias, está la fuerza y el apoyo del artista para realizar su obra. Ésta se sustenta en el universo de sus experiencias; sólo a él pertenece. 

            Muy rara vez la realidad es simétrica ni del todo coherente. La escritura aspira a serlo. Simetría de la escritura: armonía de las formas siempre significativas y en correspondencia unas con otras; concordia de las expresiones que no podrían no corresponderse. Dentro de la escritura nada es absolutamente gratuito ni por entero inútil. Nada sobre lo que el ser de palabras decida escribir puede carecer de sentido, de razón de ser. Arrinconado en el ínfimo e irreal confín de su conciencia, el ser de palabras, al igual que cualquier otro ser humano, mira a su alrededor esforzándose por entender. Acaso escriba para hacer menos insoportable su confusión, o tal vez lo haga para que su fantasía pueda llegar a hacerse parte de esa confusión. En cualquier caso, surge para él la necesidad de responder a la abrumadora vastedad que lo envuelve. Su escritura, su juego de las palabras, será su respuesta: desde sí mismo, desde sus ensimismamientos y fantasmagorías. El ser de palabras es un contemplador y un testigo; parcializado testigo: siempre existirán muy estrechas relaciones entre cuanto contemple y eso que son sus propios e irrenunciables espejismos.

            La acepción que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece del término “espejismo” es, a la vez, expresiva y escueta: “ilusión”. Un espejismo es esa ilusionada visión que percibimos o esa ilusión a la cual nos aferramos. Ningún ser de palabras podría apartarse de sus espejismos a la hora de escribir. Esas irrealidades personales son su impulso, su proyección, su fuerza, su alimento. Ellas lo identifican. Lo aíslan del mundo y, a la vez, paradójicamente, lo comunican con el mundo. Para el ser de palabras sus espejismos resultan mil veces más sustentadores, infinitamente más significativos y reales que todo el interminable número de vociferaciones y monsergas  que lo rodean; mil veces más corpóreos y veraces que tantos y tantos coros de voces aullando a su alrededor. Sus espejismos son, en definitiva, eso que él mismo es: una consecuencia de sus personales evoluciones y sus vivencias; su propia manera de resistir ante el mundo, entendiendo resistencia no como lucha o enfrentamiento sino como esfuerzo de supervivencia y crecimiento.

            Crudamente, Paul Valéry alguna vez habló de cierta terrible y muy humana contradicción entre el “sentimiento de serlo todo y la evidencia de no ser nada”. La escritura quizá ayude al ser de palabras a convertir ese espejismo de “serlo todo” en el vigoroso conjuro de la otra terrible cara de la afirmación: la “evidencia de no ser nada”. Serlo todo: acaso los seres de palabras precisen refugiarse en esa ilusión para enfrentar la terrible sospecha -o la muy lúcida conclusión- de saberse nada o de saberse muy poca cosa. Tal vez necesiten sentir que, gracias a su escritura, pueden escapar de la dolorosa duda de no ser nada y acercarse a la ilusión necesaria de serlo todo o, al menos, de ser algo. Quizá por eso los seres de palabras puedan llegar a ser tan indiferentes ante todo cuanto no se relacione con su obra: saben o intuyen que en ella está dibujada su perdurabilidad, el significado de su rostro y de su nombre; que con ella podrían llegar a prolongarse en un afuera y, sobre todo, en un después.

            Ningún ser de palabras podría nunca renunciar a sus espejismos. Ellos lo centran. Lo cobijan, aún en medio de la mayor extravagancia o irrealidad. En una entrevista que le hicieron poco antes de morir, Cioran comentó que con su escritura él había pretendido “desenmascarar la existencia”; o sea: nada menos que denunciar ese fraude que para él había sido la vida, esa estafa que había significado vivir. Aparte del crudo y muy doloroso sarcasmo de la afirmación, por lo demás tan característico del personalísimo y patético estilo de Cioran, su comentario revelaría el espejismo de un ser de palabras llevado al más delirante de los extremos: justificar la propia existencia, con todos sus itinerarios de aciertos y errores, con todas sus paradojas y contradicciones, con todas sus sumas y restas, con todos sus horizontes cumplidos y metas abandonadas, con todos sus límites superados y petrificadas demarcaciones, gracias al apoyo de ese espejismo, la escritura, que le permitió distanciarse de todo para tratar de entenderlo todo o para condenarlo todo. Sin duda, un espejismo; pero un espejismo revelador de cierto ideal necesario para algunos seres de palabras: distinguir en su juego un asidero que pudiera justificar la compleja, siempre ardua y generalmente indefinible experiencia de vivir.


(*)Profesor del Departamento de Lengua y Literatura

 


Universalia nº 25 Septiembre-Diciembre 2006








  Universidad Simón Bolívar. Decanato de Estudios Generales