| ESCRIBIENDO
EN CLASE
¡PARA PUBLICAR!
Prof. Isabel Martins(*)
Los textos "¿Ecología
o economía?: El Protocolo de Kyoto" y "Deteniendo
las turbinas de las centrales hidroeléctricas y nucleares,
¿Salimos del invernadero?"fueron elaborados en el marco
de una secuencia didáctica desarrollada en el programa de
Lengua y Literatura LLA-112, cuyo objetivo fundamental es el mejoramiento
de las competencias escriturales de los estudiantes y, en particular,
sobre los géneros discursivos argumentativos. Este proyecto
de escritura implicó un intenso trabajo: la selección
de un tema controversial y de interés, búsqueda y
procesamiento de información, planificación del texto,
escritura de borradores, revisión de éstos por los
compañeros, elaboración del artículo definitivo...
Sin duda el estímulo desde el inicio fue la ilusión de publicar
el artículo en Universalia. (¡Parece que al fin lo logramos,
muchachos!). El resultado lo juzgará
el lector.
¿Ecología o economía?: El Protocolo de Kyoto
Por Gabriela Ávalo
Estudiante del Ciclo Básico
Desde finales de la década de los 80 se
ha desencadenado una preocupación ecológica respecto
al clima terrestre, que ha motivado acciones polémicas por
parte de la Organización de las Naciones Unidas. El problema
que presentan los científicos y ecologistas es el aumento
de la temperatura media del planeta debido a la actividad humana,
lo que denominan calentamiento global. Una de las medidas que más
controversia ha causado es el llamado Protocolo de Kyoto, el cual
tiene como objetivo disminuir en un 5% las emisiones de gases invernadero
respecto a 1990, entre el año 2008 y 2012. Este Protocolo
compromete a los países firmantes a reducir la emanación
de estos gases, y en mayor proporción a los países
desarrollados. Ello significa una clara amenaza para el sistema
económico mundial a cambio de una disminución de
la temperatura global no significativa.
Considero que el Protocolo de Kyoto es ecológicamente ineficiente.
Como afirma el profesor de biogeografía de la Universidad
de Londres, Philip Stott: “El Protocolo de Kyoto es malo
para la ciencia, para la economía, para la política
y para la sociedad, en el sentido más amplio”. Hace
algunos años se creó una alarma parecida con respecto
a la entrada de la Era de Hielo. Hoy, los científicos, incluso
algunos de los que apoyaban aquella tendencia, presentan el problema
opuesto: el calentamiento global.
El clima de la Tierra está cambiando, pero no existe ninguna
evidencia de que sea causa de la actividad humana. Por otro lado,
las metas del Protocolo no disminuirían significativamente
la temperatura global. Se habla incluso de apenas 0,04 ºC
menos de aquí al año 2100, y esto sin contar que
no todos los países se han unido al Protocolo, lo que incluye
a varias de las naciones más contribuyentes en gases. En
pocas palabras, el Protocolo amenaza el desarrollo económico
mundial, a cambio de una mínima reducción de la temperatura
media terrestre.
El peligro que corre la economía con la aplicación
de este tratado se debe a que está basada en la producción
de bienes que en su proceso de elaboración emiten gases
invernadero. El sector energético se vería especialmente
afectado, debido a que la mayoría de los carburantes son
combustibles fósiles, que en su utilización emiten
grandes cantidades de gases invernadero. Los países más
desarrollados son obligados por el Protocolo a reducir su producción
para poder cumplir con los objetivos del mismo; lo cual provocaría
un retroceso en el desarrollo económico de estas naciones,
tan importante en la modernidad para el resto del mundo.
Aunque los partidarios del Protocolo afirman que este impacto podrá
ser reducido, gracias al “mercado de emisiones” (el
artículo nº 6 del documento) que establece que los
países que tengan una mayor cuota de emisiones pueden venderlas
a las naciones que poseen menor porcentaje, de igual forma, las
economías de los países que necesiten comprar emisiones
se verían afectadas, ya que el precio de éstas es
elevado y los costos no pueden ser fácilmente absorbidos
por las finanzas públicas. En este sentido, se crea además
una paradoja: ¿cómo pretende el Protocolo de Kyoto
reducir las emisiones de gases invernaderos si el déficit
de las naciones puede ser cubierto por la compra de emisiones a
otros países? A simple vista se puede notar que sólo
se lograría mantener las emisiones e incluso podrían
subir y, en definitiva, el Protocolo de Kyoto no cumpliría
sus objetivos ecológicos.
Está claro que el clima es importante, y que debemos cuidarlo
porque hasta ahora es el único planeta que tenemos. Pero
considero que no es la mejor forma tratar de controlar al clima.
Debemos dirigir la mirada al desarrollo tecnológico, de
tal forma que podamos adaptarnos a los cambios climáticos
normales y encontremos energías menos contaminantes y más
eficientes. Para ello debemos dejar que la economía continúe
desarrollándose para que provea los recursos necesarios
para la investigación. Hasta ahora la idea de controlar
el clima es fantasiosa y poco consistente, y es obvio que nos llevará a
un retraso en el desarrollo económico mundial.
Deteniendo las turbinas de las centrales hidroeléctricas
y nucleares,
¿Salimos del invernadero?
Por Rubén Ensalzado
Estudiante del Ciclo Básico
En los últimos años se han venido
registrando aumentos en la temperatura media del planeta. Las estadísticas
muestran un incremento de 0,3 a 0,6 grados centígrados desde
1860 y como consecuencia de esto, el nivel del mar ha subido unos
25 centímetros desde entonces. Según expertos del
Centro Nacional de Datos sobre el Clima de Estados Unidos, la década
de los 90 ha sido la más calurosa jamás registrada,
siendo 1998 el año en que se presentaron los picos más
elevados en cuanto a temperatura se refiere. Estas estadísticas
no sólo representan el comportamiento del clima en este
país, sino en todo el mundo. Las regiones polares han sido
las más afectadas por este cambio climático. Numerosos
estudios señalan que esto es consecuencia del llamado “Efecto
Invernadero”. Es por ello que a nivel mundial se han venido
tomando una serie de medidas, dentro de las cuales figura como
el mayor logro cooperativo de naciones (luego del Protocolo de
Montreal referente a los CFC, 1987) el llamado “Protocolo
de Kyoto”, firmado en esa cuidad japonesa en diciembre de
1997.
El Protocolo tiene como principal objetivo la disminución
de la emisión de los gases que producen el efecto invernadero,
particularmente seis de ellos: dióxido de carbono, metano,
óxido nitroso, compuestos pentafluorocarbonados, compuestos
hidrofluorocarbonados y hexafluoruro de azufre. Además,
establece una serie de sectores que deberán reducir sus
emisiones. Estos sectores han sido previamente ubicados en dos
categorías: los regulados y los no regulados. Dentro de
la primera, el más afectado es el renglón de producción
de energía eléctrica. Es por ello, que los firmantes
del acuerdo deben buscar formas alternativas de producción
que no produzcan gases nocivos a la atmósfera, sin que disminuya
la calidad de vida de los habitantes de estos países. Visto
así, el Protocolo representa un plan bastante ambicioso.
En el artículo 12 se establecen mecanismos que denominan
los firmantes como “de desarrollo limpio”, ya que establecen
la necesidad de prescindir de las formas de producción energética
que trabajen fundamentalmente con combustibles fósiles que
generan gases nocivos para el ambiente. Ahora bien, de estas formas
de energía alternativas los firmantes del Protocolo excluyen
a la producción nuclear y a la hidroeléctrica por
considerar que atentan en contra la letra y espíritu del
artículo en cuestión.
La energía nuclear es producto de la fisión de los
núcleos de isótopos de átomos de elementos
químicos pesados como lo es el uranio (U-235). Esta energía
es aprovechada bajo el mismo principio de las centrales termoeléctricas
para generar electricidad, sólo que su combustible no produce
ningún gas contribuyente al efecto invernadero. En adición
a esto, las medidas de seguridad adoptadas para evitar accidentes
radioactivos, por lo menos en el caso de Estados Unidos, Japón
y Francia que poseen la mayor parte del potencial energético
nuclear mundial, son extremas. Por su parte, la energía
hidroeléctrica aprovecha el potencial cinético de
los caudales de grandes ríos para la producción eléctrica,
sin la emisión de ningún residuo nocivo para la atmósfera.
En el caso de Estados Unidos, estas dos formas de producción
energética suplen cerca del 30% de la demanda en este sector;
un 70% lo abastecen las plantas termoeléctricas o que consumen
combustible fósil y el resto de la demanda es cubierta por
la energía eólica, solar y otras de menor importancia.
Asimismo, Francia produce un 85% de su electricidad en centrales
nucleares e hidroeléctricas. En el caso de Venezuela, más
de un 70% de la energía consumida en el territorio es generada
solo por las centrales hidroeléctricas.
Si los firmantes deben regular el uso de combustible fósil,
¿qué alternativas tendrían estos países
en caso de que el Protocolo les exigiese regular estos dos sectores,
o, en el caso de la energía nuclear, desmantelar su funcionamiento?
A mi parecer, no muchas. ¿Tiene algún sentido regular
alguno de estos dos sectores si no representan una amenaza, en
ninguna forma, para la atmósfera o para el objetivo primordial
del Protocolo? Creo que no.
Como ya se mencionó, la razón principal por la cual
surgió el Protocolo de Kyoto fue la preocupación
general que generaron las consecuencias ambientales que está trayendo
el efecto invernadero al clima mundial, y su objetivo primordial
es reducir a través de una serie de medidas la emisión
de los gases que producen tal efecto en la atmósfera. Es
por ello, que el Protocolo no debería restringir otros sectores
que no influyen en ninguna manera con el calentamiento global.
En el caso de la regulación nuclear, hay otras organizaciones,
convenios y pactos que se enfocan estrictamente en ello de una
manera sensata y factible; y en el aspecto de la producción
hidroeléctrica,
¡no plantea siquiera los argumentos que justifican su rechazo
hacia ella! Esto genera que países que producen gran cantidad
de gases nocivos para la atmósfera, como es el caso de Estados
Unidos (20% del total mundial) tomen posturas negativas hacia el
Protocolo y tan radicales como la actual.
Los firmantes del Protocolo consideran que la producción
nuclear genera una contaminación al ambiente mayor que cualquier
combustible fósil y desequilibra el balance de los ecosistemas,
en caso de haber un accidente de magnitudes serias. Este argumento
es cierto. Sin embargo, es todavía más cierto que
esta consideración está atada a la condición:
“en caso de accidente”. La tecnología de los
países que manejan esta forma de producción de energía
(que no es la más barata, pero insisto: no contamina en
la más mínima proporción a la atmósfera)
ofrece excelentes opciones de seguridad que disminuyen a un número
casi inapreciable las posibilidades de un accidente radioactivo
y sus posibles consecuencias ecológicas. En el marco hidroeléctrico,
no conozco con precisión las objeciones que tengan los firmantes,
pero supongo están orientadas a las alteraciones a los sistemas
bióticos que se presentan cuando se construyen las presas
de las centrales. Estas inundaciones son previamente estudiadas
en todo aspecto, por lo que este “posible daño”
se reduce al mínimo.
Según informaciones de la ONU, el Protocolo de Kyoto entró
en vigor en febrero de este año, exhibiendo un carácter
jurídicamente vinculante. Si en este texto no se reconsidera
el artículo 12, donde establecen los mecanismos de desarrollo
“limpio”, muchos de los países firmantes podrían
atravesar una seria crisis económica y social en los próximos
años. En un plazo tan corto de siete años (hasta
el 2012), los países que ratificaron el documento deberán
regular sus sectores energéticos que funcionan a base de
combustible fósil, lo que afectara de manera directa a sus
actividades productivas. Además, sustituir la energía
nuclear e hidroeléctrica, que no generan emisiones de gases
nocivos, por otras que sean capaces de generar una productividad
y eficiencia similar, no es una tarea sencilla. En países
como Estados Unidos, Japón, Australia y en general, naciones
industrializadas, el consumo de energía eléctrica
per cápita es de los más altos en el mundo y para
mantenerlo los países firmantes deberán ingeniárselas
lidiando con sus características culturales, desarrollo
económico, posición en el marco mundial para mantener
las metas establecidas por el Protocolo.
Las opciones de energía alternativa que propone el protocolo,
como es el caso de la eólica, la de ciclo combinado y la
solar representan propuestas atractivas pero totalmente potenciales.
Su eficiencia, productividad y factibilidad no es suficiente para
mitigar la demanda de ningún país de la Organización
de Cooperación y Desarrollo Económico, a la cual
pertenecen Japón, Francia, España, Brasil, Estados
Unidos, entre otros. Para el año 2000, estas formas “alternativas”
de producción eléctrica representaron menos del 3%
de manera global en estadísticas de esta organización,
y en casos particulares llegaba a apenas un 0,7% de la producción
total. Además, el coste de sustitución y desmantelamiento
en los casos de las producciones energéticas nucleares e
hidroeléctricas sería incalculable y poco factible
de asumir en siete años.
En resumidas cuentas, es necesario que se planteen soluciones en
el marco ambiental para el grave problema que representa el efecto
invernadero y el calentamiento global, las cuales traerán,
sin duda alguna, sacrificios individuales para lograr el bien común.
Sin embargo, hay que estudiar detenidamente las acciones que se
pretendan tomar, ya que las consecuencias que generen, en sectores
como el de la producción eléctrica, pueden ser insostenibles
para la mayoría de los países y sus habitantes. Hay
que cuidar que mientras se solucione un problema, no se generen
muchos más que pudieron ser evitados sólo modificando
unas cuantas líneas de un documento de cincuenta páginas.
Imagen tomada de www.iesalhamilla.com/Principl.htm
(*)Departamento de Lengua
y Literatura
Universidad Simón Bolívar
imartins@usb.ve
Universalia nº 24 Enero-Abril
2006
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