| El
Infinito Matemático: interpretaciones ontológicas
(Parte II)
Luis Eduardo Zamudio S (*)
Aceptada la existencia del infinito actual en matemáticas,
en primer lugar, cabe preguntarse ¿a qué se corresponde
en el mundo físico tan enigmática idea?, ¿acaso
el infinito categórico es representación de algo
en el mundo material?
Los físicos y astrónomos han determinado que vivimos
en un universo curvo en permanente expansión desde el Big
Bang. Además, se tienen fuertes indicios de que el
universo es finito, aunque no hay certeza absoluta al respecto.
Por otro lado, nuevas teorías tienden a establecer un
atomismo no sólo en el espacio sino también en
el tiempo, lo que implicaría la imposibilidad de dividir
infinitamente cualquier fragmento de materia o tiempo.
En efecto, la infinitud en el mundo físico sólo
se ha hecho presente en la densidad infinita que se supone existió
en aquel punto originario de donde surgió el Big Bang.
Más allá de ese momento primigenio, no hay evidencias
de que en el universo existan entidades que se correspondan con
el infinito matemático. No obstante, la matemática
y la Realidad —que incluye evidentemente algo más
que el mundo material— han mostrado a lo largo de los siglos
una inextricable relación. Es perfectamente factible que
la realidad que se corresponde con el infinito matemático
se encuentre más allá del mundo físico, en
un eslabón superior de la cadena ontológica,
cadena planteada por diversos filósofos y que para los
propósitos actuales basta con su imagen.
Según el matemático, físico y astrónomo
Sir James Jeans (1877-1946), la Realidad es intrínsecamente
matemática en un sentido mucho más profundo al
que señaló Galileo cuando afirmó que el
libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático.
Simplificando la manera tradicional de hacer física, ésta
consiste en observar el mundo material, modelarlo a través
de ecuaciones y posteriormente verificar empíricamente
las predicciones realizadas por intermedio de los modelos matemáticos.
En este sentido, las fórmulas matemáticas describen la
realidad, entre otras razones porque son creadas a posteriori,
conjuntamente con referentes empíricos.
Sin embargo, para alcanzar el sentido más profundo que
propone Jeans, hay que percatarse de que la matemática
que utilizó Einstein en el desarrollo de la relatividad
general a principios del siglo XX, fueron creadas independientemente
de cualquier observación empírica. En efecto, fueron
teorías de matemática pura (como por ejemplo las
geometrías no-euclidianas) inventadas por el pensamiento
abstracto varias décadas antes de que se sospechara siquiera
que pudieran tener alguna aplicación al mundo físico.
Para Jeans, el tremendo éxito manifestado en las aplicaciones
de estas teorías es prueba de que la Realidad tiene una
estructura matemática inherente. Sería la única
explicación de que se hayan podido comprobar numerosas
predicciones calculadas por intermedio de teorías matemáticas
creadas independientemente a todo empirismo, con anterioridad
a toda observación del mundo exterior.
Ahora bien, dada la existencia en matemáticas del infinito
actual y considerando la argumentación anterior, si en
el mundo físico no hay indicios del Infinito, ¿no
es natural suponer que su existencia matemática se corresponde
con una realidad más allá de lo físico?
Sería una idea que no se precipita a los recintos de la
materia, sino más bien trasciende ésta ya que su
ser pertenece a eslabones ontológicos superiores. Esta
es precisamente la hipótesis que se quería expresar: el
infinito actual en su forma matemática se corresponde
con una realidad ontológica que involucra el Ser del hombre
y su relación con la Divinidad. Ya veremos en qué se
basa esto, pero por ahora, nótese que podríamos
estar en presencia de una noción matemática que
representa realidades
únicamente tratadas por metafísicos, teólogos
y hasta místicos.
Más, ¿en qué consiste dicha realidad ontológica?
Hay diversas interpretaciones posibles, todas estrechamente vinculadas.
Comenzando con la metafísica leibniziana, tenemos que
para Leibniz todas las substancias simples, llamadas mónadas,
se relacionan entre sí, y a su vez cada una con el universo
circundante. Estas relaciones son de tal índole que un
intelecto infinito podría conocer todo el universo a partir
de la investigación de una sola mónada, ya que ésta
es una imagen o espejo que refleja todo el universo.
Ahora bien, este enlace o acomodamiento de todas las cosas creadas
a cada una y de cada una a todas las demás, hace que cada
substancia simple tenga relaciones que expresan todas las demás,
y que por consiguiente sea un espejo vivo y perpetuo del universo.
...Y el autor de la naturaleza ha podido practicar este artificio
divino e infinitamente maravilloso, por que cada porción
de la materia no es sólo infinitamente divisible, como
lo han reconocido los antiguos, sino también subdividida
actualmente al infinito, cada parte en partes, de las que cada
una posee algún movimiento propio: de otra manera sería
imposible que cada porción de la materia pudiera expresar
todo el universo.
Vemos así que Leibniz, aunque en matemática sólo
defendió el infinito potencial, creía en la existencia
del infinito actual en la naturaleza. De hecho, es el infinito
actual lo que hace posible que una esfera limitada por un
diámetro finito (sin importar lo pequeño que
sea éste) pueda ser biyectada de forma continua a
todo el infinito espacio tridimensional, tal y como describe
Borges en su extraordinario cuento El Aleph. Recordando
el epígrafe al presente ensayo, el Aleph es una pequeña
esfera limitada por un diámetro de dos o tres centímetros
que, sin embargo, contiene a todo el universo. Evidencia indubitable
del Infinito: aunque limitada por su diámetro, la esfera
contiene tantos puntos como el espacio infinito que a su vez
contiene a la esfera.
Pero Leibniz no se limita a hablar de la materia. Más
aún, afirma que cada mónada representa a todo el
universo desde su punto de vista, algo que sólo puede
ser entendido a través del infinito actual, esta vez operando
en un espacio ontológico, lo cual no puede ser una sorpresa
dado que -como afirma Heinz Heimsoeth- Leibniz “está convencido
metafísicamente de la existencia del infinito actual en
el mundo”.
Asimismo, Leibniz establece una reveladora diferencia entre las
almas simples y las racionales:
Por lo que respecta al alma racional o al espíritu, hay
algo más en ella de lo que se encuentra en las mónadas
o incluso en las simples almas. No es únicamente un espejo
del universo de las criaturas sino también una imagen
de la Divinidad...
Esta última afirmación nos permite acercarnos a
otra interpretación posible de esa realidad ontológica
que nuestra hipótesis afirma es representada por el infinito
actual. Los idealistas románticos, quienes promulgaron
la existencia del Yo infinito o la Autoconciencia
absoluta, manifestaron adherencia a la posibilidad de identificación
de la conciencia limitada (humana) con la Conciencia Infinita
(Divina). No obstante, estas ideas no son del todo originales
de los idealistas románticos. Al menos tienen sus raíces
en los filósofos neoplatónicos, especialmente en
Plotino (204-270 D. C.) y sus descripciones de la experiencia
del éxtasis.
Para Plotino el éxtasis es la abolición de la alteridad
entre el que ve y la cosa vista y la identificación total
y entusiasta del alma humana con Dios.
¿Acaso una biyección metafísica?
Wittgenstein diría que al respecto sólo podemos
y debemos callar. Pero de cualquier forma, el éxtasis de
Plotino solamente puede propiciarse partiendo del principio de
que el espíritu humano posee potencialidades infinitas
propias de la Divinidad, a pesar de estar limitado por la materia,
e incluso posiblemente por el intelecto, cual esfera limitada
por su diámetro. Ahora, tal premisa o creencia se encuentra
también en diversas tradiciones orientales como el hinduismo
o el budismo. Según Borges, para estas religiones, así
como para el resto de religiones y filosofías del Indostán,
la doctrina del Vedanta es pilar fundamental. El erudito escritor
la comprime de la siguiente manera:
La doctrina del Vedanta se resume en dos afamadas sentencias: Tat
twuam asi (Eso eres tú) y Aham brahmasmi (Soy
Brahman). Ambas afirman la identidad de Dios y del alma, de uno
y el universo. Esto quiere decir que el eterno principio de todo
ser, que proyecta y disipa mundos, está en cada uno de
nosotros pleno e indivisible.
Así pues, tenemos la potestad de escoger entre la metafísica
leibniziana, el idealismo romántico o el misticismo de
corte neoplatónico u oriental. Lo que aquí se afirma
es que el infinito matemático actual es metáfora
de una realidad transmitida desde tiempos ancestrales por filósofos
y místicos, tanto en occidente como en oriente: la substancia
del espíritu humano es la misma, en toda su actual infinitud,
que la substancia de la Divinidad. ¿Y qué otra
imagen más allá del infinito matemático
podría hacer comprensible que seres indudablemente limitados
sean infinitos en esencia.
Tomar conciencia de que con todas nuestras limitaciones somos
substancialmente infinitos abriría una brecha para responder
al cuestionamiento aristotélico: la función de
todo hombre no puede ser otra que descubrir su infinito interior
y biyectarse —como diría un pitagórico—
con la substancia infinita que es “el eterno principio
de todo ser”. Porque como dice Heimsoeth parafraseando
al Doctor Sutilísimo: “El fin para el cual Dios
nos ha creado se halla de este modo en concordancia con nuestras
facultades”.
Emerge así la terrible interrogante para todo occidental:
¿será el intelecto una de tales facultades en concordancia
con el fin último de todo hombre?, o acaso, ¿será
el sendero hacia el alma inexpugnable por las armas de la razón?
La consecución
del fin del hombre en Occidente
En 1884, en medio de sus investigaciones sobre la hipótesis
del continuo, -problema imposible de resolver como se
demostró
años después- Cantor sufrió su primer “mental
breakdown” -como lo llaman sus biógrafos. En
razón de ello se lo mantuvo dos meses recluido en un centro
de recuperación sicológica. No se tiene certeza
sobre las causas de su crisis, aunque comúnmente se especula
sobre una posible combinación de tendencia genética,
extrema dificultad y frustración enfrentando la hipótesis
del continuo y una prolongada oposición a sus ideas por
parte de uno de sus ex - profesores más notables.
Sea cual sea la verdadera combinación de causas, al matemático
y escritor Amir Aczel le resultó inevitable imaginar que
Cantor experimentó las consecuencias de haber pretendido
asir un conocimiento inescrutable.
Trying to understand the real meaning of the various levels of
infinity-trying to dissect the unreachable infinite and probe
its innermost parts-may have cost him his sanity.
Efectivamente, conforme iba padeciendo numerosas crisis y recaídas
intermitentes cada vez más prolongadas, Cantor fue deteriorándose
mentalmente hasta que abandonó toda investigación
matemática. Aparentemente sus pensamientos en los meses
finales de su vida giraban en torno a la creencia de que a través
de él, Dios había comunicado al mundo buena parte
de la esencia del Infinito.
Basándose en la extraña coincidencia de que el
sucesor natural de Cantor, el lógico matemático
Kurt Gödel (1906-1978), al enfrentarse al Infinito años
después de su antecesor, también experimentó intermitentes
episodios de locura, Aczel concluye que el infinito matemático
entraña un misterio que se resiste a ser revelado. Sin
embargo, Aczel no ofrece conjeturas sobre significados posibles
de tal misterio.
Nuestra hipótesis ontológica intenta buscarle sentido
a la enigmática idea de la infinitud, conscientes de que
el infinito matemático apenas permite vislumbrar con la
luz de la razón una realidad que le compete al espíritu.
La locura de dos grandes indiscutibles de la matemática
podría simbolizar los límites de la razón
en su búsqueda del Infinito. No obstante, la ciencia occidental
-hija legítima de la razón- tiene pendiente descifrar
las verdaderas potencialidades de la mente humana. ¿Para
qué está allí esa capacidad cerebral que
no utilizamos ni siquiera en nuestros momentos de mayor concentración?
A diferencia del devenir propio de Oriente, en Occidente el dominio
de la naturaleza, y en general del mundo exterior, ha privado
sobre el dominio del sí mismo. Mas, si nos atrevemos a
confrontar radicalmente la práctica común de convertir
a los simples medios en fines, viviendo muchas veces al borde
de la alienación a causa de ello, es probable que, a pesar
de haber tomado el camino más largo, nos encontremos ante
la noble y fundamental tarea de descubrir el infinito universo
que palpita en nuestro interior.
(*)Licenciado en Matemáticas, egresado de la USB en
2001
Analista de Riesgo en el Banco Mercantil.
Universalia nº 24 Enero-Abril
2006
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