| El
Quijote y los saberes
El Decanato de Estudios Generales
para celebrar los 400 años de la publicación de El
Quijote, ha editado una colección de 23 afiches que se pueden
encontrar en forma
digital, , con textos extraídos de la edición
de Alfaguara, Madrid, 2004.
El ingenioso hidalgo y la gastronomía, la formación
integral, la física, la arquitectura, la política,
la hospitalidad, el comercio, la filosofía, la química,
la mente humana, la música, los libros, la tecnología,
el lenguaje, la astronomía, la naturaleza, la literatura,
la economía, la igualdad social, la tierra, las matemáticas,
la empresa y la energía eólica.
Don Quijote y la mente humana
–¡Ay! –respondió
Sancho llorando–. No se muera vuestra merced, señor
mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque
la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse
morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras
manos le acaben que las de la melancolía.
(Segunda parte, capítulo LXXIV, p. 1102)
Don Quijote y la astronomía
… el muerto era un hijodalgo
rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual
había sido estudiante muchos años en Salamanca, al
cabo de los cuales había vuelto a su lugar, con opinión
de muy sabio y muy leído.
-Principalmente decían que sabía la ciencia de las
estrellas, y de lo que pasan allá en el cielo el sol y la
luna; porque puntualmente nos decía el cris del sol y de
la luna.
-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares
mayores -dijo Don Quijote.
(Primera parte, capítulo XII, p. 104)
Don Quijote y la naturaleza
El rugir del león, del lobo
fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de algún monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible arrullar; el triste canto
del envidiado búho …
(Primera parte, capítulo XIV, p. 120)
Don Quijote y la Química
Todo eso fuera bien excusado –respondió
don Quijote- si a mí se me acordara de hacer una redoma del
bálsamo de Fierabrás, que con una sola gota se ahorraran
tiempo y medicinas.
-¿Qué redoma y qué balsamo es ése? –dijo
Sancho Panza-.
-Es un bálsamo –respondió don Quijote –de
quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener
temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna.
(Primera parte, capítulo X, p. 92)
Don Quijote y la música
Estando, pues, los dos allí
sosegados y a la sombra, llegó a sus oídos una voz,
que, sin acompañarla son de algún otro instrumento,
dulce y regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles
que aquél no era lugar donde pudiese haber quien tan bien
cantase.
(...)
La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba
causó admiración y contento en los dos oyentes, los
cuales se estuvieron quedos, esperando si otra alguna cosa oían;
pero, viendo que duraba algún tanto el silencio, determinaron
de salir a buscar el músico que con tan buena voz cantaba.
(Primera parte, capítulo XXVII, pp.260-1)
Don Quijote y la economía
… pareciéndome a mí
ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca hacienda,
hice con él que de mis tres mil tomase los dos mil ducados,
porque a mí me bastaba el resto para acomodarme de lo que
había menester un soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi
ejemplo, cada uno le dio mil ducados: de modo que a mi padre le
quedaron cuatro mil en dineros, y más tres mil, que a lo
que parece valía la hacienda que le cupo, que no quiso vender,
sino quedarse con ella en raíces.
(Primera parte, capítulo XXXIX, pp. 400-1)
Don Quijote y los libros
-¡Bueno está eso! -respondió
don Quijote-. Los libros que están impresos con licencia
de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron,
y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes
y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e
ignorantes, de los plebeyos y caballeros ..., finalmente, de todo
género de personas de cualquier estado y condición
que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando
tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre,
la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas,
punto por punto y día por día, que el tal caballero
hizo, o caballeros hicieron? Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia,
y créame que le aconsejo en esto lo que debe de hacer como
discreto, sino léalos, y verá el gusto que recibe
de su leyenda.
(Primera parte, capítulo L, p. 509)
Don Quijote y la Arquitectura
Quiso ver el emperador aquel famoso
templo de la Rotunda, que en la antigüedad se llamó
el templo de todos los dioses, y ahora con mejor vocación
se llama de todos los santos, y es el edificio que más entero
ha quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el
que más conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia
de sus fundadores: él es de hechura de una media naranja,
grandísimo en estremo, y está muy claro, sin entrarle
otra luz que la que le concede una ventana, o, por mejor decir,
claraboya redonda, que está en su cima; desde la cual mirando
el emperador el edificio, estaba con él y a su lado un caballero
romano, declarándole los primores y sutilezas de aquella
gran máquina y memorable arquitectura ...
(Segunda parte, capítulo VIII, p. 604)
Don Quijote y la literatura
-A escribir de otra suerte -dijo don Quijote-, no fuera
escribir verdades, sino mentiras; y los historiadores que de mentiras
se valen habían de ser quemados, como los que hacen moneda
falsa; y no sé yo qué le movió al autor a valerse
de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los
míos: sin duda se debió de atener al refrán:
"De paja y de heno", etcétera. Pues en verdad que
en sólo manifestar mis pensamientos, mis suspiros, mis lágrimas,
mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera hacer un volumen
mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas las obras del
Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es
que para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean,
es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias
y escribir donaires es de grandes ingenios ...
(Segunda parte, capítulo III, p. 572)
Don Quijote y las Matemáticas
[el que profesa la ciencia de la
caballería andante] … ha de saber las matemáticas,
porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad de ellas
...
(Segunda parte, capítulo XVIII, p. 683)
Don Quijote y la formación
integral
-Es una ciencia -replicó don Quijote- que encierra
en sí todas o las más ciencias del mundo, a causa
que el que la profesa ha de ser jurisperito y saber las leyes de
la justicia distributiva y comutativa, para dar a cada uno lo que
es suyo y lo que le conviene; ha de ser teólogo, para saber
dar razón de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente,
adondequiera que le fuere pedido; ha de ser médico, y principalmente
herbolario, para conocer en mitad de los despoblados y desiertos
las yerbas que tienen virtud de sanar las heridas, que no ha de
andar el caballero andante a cada triquete buscando quien se las
cure; ha de ser astrólogo, para conocer por las estrellas
cuántas horas son pasadas de la noche, y en qué parte
y en qué clima del mundo se halla; ha de saber las matemáticas,
porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad dellas;
y, dejando aparte que ha de estar adornado de todas las virtudes
teologales y cardinales, decendiendo a otras menudencias, digo que
ha de saber nadar como dicen que nadaba el peje Nicolás o
Nicolao, ha de saber herrar un caballo y aderezar la silla y el
freno, y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y
a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras,
liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos,
caritativo con los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la
verdad, aunque le cueste la vida el defenderla. De todas estas grandes
y mínimas partes se compone un buen caballero andante; porque
vea vuesa merced, señor don Lorenzo, si es ciencia mocosa
lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa, y si se
puede igualar a las más estiradas que en los ginasios y escuelas
se enseñan.
(Segunda parte, capítulo XVIII, pp. 682-3)
Don Quijote y el lenguaje
-¿Qué son albogues -preguntó Sancho-, que ni
los he oído nombrar, ni los he visto en toda mi vida?
-Albogues son -respondió don Quijote- unas chapas a modo
de candeleros de azófar, que dando una con otra por lo vacío
y hueco, hace un son, si no muy agradable ni armónico, no
descontenta, y viene bien con la rusticidad de la gaita y del tamborín;
y este nombre albogues es morisco, como lo son todos aquellos que
en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a saber:
almohaza, almorzar, alfombra, alguacil, alhucema, almacén,
alcancía y otros semejantes, que deben ser pocos más;
y solos tres tiene nuestra lengua que son moriscos y acaban en í,
y son: borceguí, zaquizamí y maravedí, alhelí
y alfaquí, tanto por el al primero como por el í en
que acaban, son conocidos por arábigos.
(Segunda parte, capítulo LXVII, p. 1062
Don Quijote, los alimentos y la gastronomía
Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado
en un asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego
donde se había de asar ardía un mediano monte de leña,
y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían
hecho en la común turquesa de las demás ollas, porque
eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de
carne: así embebían y encerraban en sí carneros
enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres
ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por
los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían
número; los pájaros y caza de diversos géneros
eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire
los enfriase.
Contó Sancho más de sesenta zaques de más de
a dos arrobas cada uno, y todos llenos, según después
pareció, de generosos vinos; así había rimeros
de pan blanquísimo como los suele haber de montones de trigo
en las eras; los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban
una muralla, y dos calderas de aceite mayores que las de un tinte
servían de freír cosas de masa, que con dos valientes
palas las sacaban fritas y las zabullían en otra caldera
de preparada miel que allí junto estaba.
Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos
diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo
estaban doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por
encima, servían de darle sabor y enternecerle. Las especias
de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras,
sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca.
(Segunda parte, capítulo XX, pp. 699-700)
Don Quijote y la hospitalidad
Y en esto llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y
no sin gusto de Sancho, por ver que su señor la juzgó
por verdadera venta, y no por castillo, como solía. No hubieron
bien entrado, cuando don Quijote preguntó al ventero por
el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondió
que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron
de sus jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre
y el mejor lugar de la caballeriza.
(Segunda parte, capítulo XXIV, p. 740)
Don Quijote y la Política
-Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza,
sin ningún merecimiento mío, fui a gobernar vuestra
ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, y desnudo
me hallo: ni pierdo ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos
he tenido delante, que dirán lo que quisieren. He declarado
dudas, sentenciado pleitos, y siempre muerto de hambre, por haberlo
querido así el doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera,
médico insulano y gobernadoresco. Acometiéronnos enemigos
de noche, y, habiéndonos puesto en grande aprieto, dicen
los de la ínsula que salieron libres y con vitoria por el
valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicen
verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las
cargas que trae consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado
por mi cuenta que no las podrán llevar mis hombros, ni son
peso de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y, así, antes
que diese conmigo al través el gobierno, he querido yo dar
con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé
la ínsula como la hallé: con las mismas calles, casas
y tejados que tenía cuando entré en ella. No he pedido
prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunque
pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso
que no se habían de guardar, que es lo mismo hacerlas que
no hacerlas.
(Segunda parte, capítulo LV, pp. 973-4)
Don Quijote y la tecnología
... y así, dice que don Antonio Moreno, a imitación
de otra cabeza que vio en Madrid fabricada por un estampero, hizo
ésta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes.
Y la fábrica era de esta suerte: la tabla de la mesa era
de palo, pintada y barnizada como jaspe, y el pie sobre que se sostenía
era de lo mismo, con cuatro garras de águila que de él
salían para mayor firmeza del peso. La cabeza, que parecía
medalla y figura de emperador romano, y de color de bronce, estaba
toda hueca, y ni más ni menos la tabla de la mesa, en que
se encajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura
se parecía. El pie de la tabla era asimismo hueco, que respondía
a la garganta y pechos de la cabeza, y todo esto venía a
responder a otro aposento que debajo de la estancia de la cabeza
estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y pechos de la
medalla y figura referida se encaminaba un cañón de
hoja de lata, muy justo, que de nadie podía ser visto. En
el aposento de abajo correspondiente al de arriba se ponía
el que había de responder, pegada la boca con el mismo cañón,
de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de arriba abajo y de
abajo arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta manera
no era posible conocer el embuste.
(Segunda parte, capítulo LXII, pp. 1029-30)
Don Quijote y la física
-Es, pues, el caso -dijo el labrador-, señor bueno, que un
vecino de este lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafió
a correr a otro su vecino que no pesa más que cinco. Fue
la condición que habían de correr una carrera de cien
pasos con pesos iguales; y habiéndole preguntado al desafiador
cómo se había de igualar el peso, dijo que el desafiado,
que pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y así
se igualarían las once arrobas del flaco con las once del
gordo.
(Segunda parte, capítulo LXVI, p. 1056)
Don Quijote y la filosofía
-Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento
en las desgracias como alegría en las prosperidades; y esto
lo juzgo por mí mismo, que si cuando era gobernador estaba
alegre, ahora que soy escudero de a pie no estoy triste, porque
he oído decir que esta que llaman por ahí Fortuna
es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega, y, así,
no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién
ensalza.
-Muy filósofo estás, Sancho –respondió
don Quijote-, muy a lo discreto hablas. No sé quién
te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna
en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas
que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos,
y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice
de su ventura.
(Segunda parte, capítulo LXVI, p. 1054)
Universalia nº 23 Sep-Dic
2005
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