Pedazo
para abrir boca
Álvaro de Laiglesia
EN UN LUGAR DE LA MANCHA, de cuyo nombre
no quiero acordarme, fui parida por mi madre.
Dicho esto, lo demás será coser y cantar. Porque para
hacer un libro, lo único verdaderamente difícil es
discurrir la primera frase que lo iniciará. Luego, todo es
cuestión de ir añadiendo renglones, hasta rellenar
las hojas en blanco que separan esta primera frase de la palabra
«fin». Hablando mal y pronto: hay que echarle renglones
al asunto. Y a mí, modestia aparte, renglones no me faltan
por el motivo siguiente:
Si los amoríos de una señorita con un solo individuo
permiten a muchos noveleros escribir un tomo gordo, ¿qué
gordura podría tener el tomazo escrito por una fulana como
yo, que tuve en mi vida tantos caballeros como para formar un escuadrón
de caballería?
Calculo que el volumen sería más voluminoso que el
librote en que me inspiré para escribir los dos tercios de
la primera frase; y de cuyo nombre sí quiero acordarme, aunque
en este momento lo he olvidado por completo. Pero supongo que algún
empollón, de esos que se pasan la vida leyendo detrás
de unas gafas, porque no tienen éxito con las mujeres, se
acordará si le digo que empieza por “Don”.
A mí me recomendó ese libro una chica que estuvo liada
con un maestro de escuela importante, de los que llaman catedráticos,
diciéndome que tenía mucho mérito.
Y la chica tenía razón.
A primera vista, cuando se lee, no se ve el mérito por ninguna
parte. Pero en cuanto le dicen a una que el autor era manco, una
se da cuenta de que sí lo tiene. Porque, ¡vaya si es
meritorio escribir tantísimas hojas teniendo que coger el
bolígrafo quizá con la boca, o quizá con un
pie!
Bien puede perdonársele a un tío tan habilidoso, capaz
de hacer esa proeza caligráfica, que la novela sea un poco
rollo. Porque yo, la verdad, encontré el argumento bastante
sosaina. Y voy a explicar el motivo de que me pareciera sosaina,
por dos razones:
La primera, porque los lectores tienen derecho a opinar de todo
lo que lean, aunque no entiendan ni jota de escritura y confundan
la gramática con la cosmética.
Y la segunda, porque en cuanto se hace un pinito literario y se
entra en el gremio de las personas literatas, se sienten unas ganas
tremendas de criticar a todos los colegas; a los antiguos, por muy
mancos que fueran, y a los modernos, que tampoco son mancos.
Allá va, pues, mi opinión sobre la historia de ese
conocido flaco manchego.
No hay ningún pasaje que sea sexy, ni una sola situación
que tenga suspense. La cosa sexy se queda, como vulgarmente
se dice no sé por qué, en agua de borrajas. Mucho
hablar el protagonista de una pájara llamada Dulcinea, mucho
fanfarronear de que en cuanto le ponga la vista encima no será
sólo la vista lo que le ponga, y luego nada. En cuanto la
pájara se pone a tiro, las cosas se le tuercen al flaco y
el pobre no puede disparar: siempre surgen malandrines y follones
que le chafan el plan.
Lo cual hace pensar al lector que tanto los malandrines como los
follones son censores disfrazados, que se hacen llamar así
para que no se les vea el plumero. Y quien dice el plumero, dice
el lapicero con el que tachan todo lo que les parece procaz.
Puede que a esto se deba la sosería de esa novela en el aspecto
sexual. De lo contrario, nadie se explica que el protagonista de
un librote grueso, por muy flaco y debilitado que esté a
causa de su deficiente nutrición en posadas y ventorros,
aguante todo el argumento sin un solo desahogo amoroso. Es admisible
que no llegue a acostarse con Dulcinea, si el autor ha decidido
que esa cursi con nombre de confitería provinciana no sea
una tía facilona. Pero al menos un besuqueo esporádico,
o un achuchón de vez en cuando, o alguna metedura de mano...
Esta ausencia absoluta de la faceta sexy en un argumento tan largo,
deshumaniza al personaje central y hace que resulte soso por falta
de picante. Vamos, creo yo.
En cuanto al suspense, tampoco se le ve el pelo por ninguna parte,
debido a que todas las aventuras que inventa el autor, terminan
igual. Así, en cuanto el flaco medio chalado se mete en un
jaleo, sabemos de antemano que acabará patas arriba, molido
a golpes y con chichones como nueces.
Lo único que varía en cada ocasión es la forma
en que le administran la consabida paliza, pues van zurrándole
sucesivamente por el sistema del palo, la pedrada, el puntapié,
el empujón, el puñetazo y el manteo.
Aunque al principio se disfruta horrores leyendo estos palizones,
debido a que todos tenemos algo de bestias y nos retorcemos de risa
cuando nos cuentan que alguien se retuerce de dolor, al tercer vapuleo
del flaco manchego empezamos a aburrirnos. ¿A quién
puede interesarle una novela de aventuras, como es ésta,
si sabe de antemano que todos sus episodios terminarán igual?
Puede que la falta de suspense que se observa en esta obra,
obedezca a que el suspense es un ingrediente de origen
americano. Y como el libro de marras se escribió antiguamente,
cuando América acababa de descubrirse y los indios eran unos
analfabetos que aún no usaban las plumas para escribir, sino
sólo para ponérselas en la cabeza... Casi me atrevería
a asegurar que ésa es la razón de que la obra resulte
monótona y un poco llorífera, aunque hay que reconocer
que tiene algunos golpes para mondarse de risa. Vamos, creo yo.
Queda demostrado, por lo tanto, lo que yo quería demostrar:
que la historia de ese delgadito tan chistoso, no tiene ni un pelo
de sexy. Y de suspense, ¡ ni pum !
Alguien dirá:
-Pero ¿por qué le interesa tanto a esta fulana echar
por tierra un libro tan gordo, que no debe de ser ninguna tontería
porque mandan que se lea por narices en todas las escuelas? ¿Por
qué se empeña en demostrarnos que aquel manco tan
mañoso no fue capaz de meterle al asunto picardía
sexual ni repeluznos emotivos?
Y yo contesto:
-Pues muy sencillo, majos. Si la historia de aquel flaco manchego
da tantísimo que hablar sin tener ingredientes tan importantes,
¡figúrense e1 revuelo que armará mi autogeografía!
(O como se llame el libro donde alguien cuenta su vida, pues no
estoy segura de que ésa sea la palabreja exacta.)
Porque las cosas que a mí me han pasado y que voy a contar,
tienen suspense a porrillo y sexy para parar un tren. Y
eso es lo bueno. Puede que algún tipo ducho en palabrería,
de esos que cuando menean la lengua se la cogen con un papel de
fumar, ponga reparos a mi lenguaje. Puede que llegue a decirme,
inclusive, que reúno tan pocas condiciones para ser escritora
como para ser monja. Y quizá tenga razón, porque yo,
fuera de mi terreno profesional, manejo la lengua con bastante torpeza.
Pero como los episodios que voy a contar tienen más substancia
que un caldo de gallina, y se les puede sacar más jugo que
a una naranja, al lector le importará un solemne rábano
que el idioma empleado para contárselos no sea muy selecto.
Escribir bien lo necesitan esos escritores que no tienen nada que
decir, porque el ropaje de una palabrería fina les sirve
para disfrazar la estupidez de los hechos que relatan. Pero ¿qué
necesidad tengo yo de saber cómo se hacen las metáforas,
y la prosodia, y todas esas recetitas gramaticales, si cada parrafada
que suelte está llena de acción trepidante?
Tomado de
Álvaro de Laiglesia
Fulanita y sus Menganos
Editorial Planeta Barcelona
Escrito en 1965, esta edición (19º) 1975
Universalia nº 23 Sep-Dic 2005
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