“[…] cada uno meta la mano en su pecho, y no se
ponga a juzgar lo blanco por negro y lo negro por blanco; que
cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces”
Palabras de Sancho Panza
Después de que Clavileño termina
volando literalmente por los aires y Don Quijote da a Sancho Panza
ciertos consejos, que no deberían subestimar - por cierto-
aquellos que persiguen con tanto ahínco gobernar a sus
semejantes, éste, por fin, asume la dirección de
la tan ansiada ínsula que le ha prometido su Señor,
pero que le otorgan definitivamente los Duques bromistas. Diecisiete
días desafortunados pasará Sancho en la ínsula
Barataria, pues aunque barato le ha salido ser nombrado su gobernador
no le resultará igual la administración de este
villorrio habitado por mil vecinos. Allí no sólo
pasará hambre, como su condición de hombre público
y gobernante le exige, sino que deberá lidiar también
con una serie de complicadas situaciones que le presentan sus
ciudadanos y ante las cuales debe fallar y emitir sentencia.
Al llegar a esta pequeña ínsula, y mientras se instala
en el juzgado, Sancho se niega inmediatamente a ser tildado de
don (de origen noble), porque, según él, hay
tantos que ya enfadan como los mosquitos. Allí, se
le van presentando diferentes casos , como la querella entre el
sastre y el labrador, quien se queja del trabajo del primero;
o la controversia de los dos ancianos que pelean por una deuda
de diez escudos de oro; y el altercado entre la joven que le reclama
al ganadero de puercos haberse aprovechado de su cuerpo, pero
que después de ser indemnizada con veinte ducados no se
los dejará arrebatar por nada ni nadie, como no había
hecho antes con lo que ella dice haber defendido de moros y cristianos
por veintitrés años. En estos y otros asuntos, como
con los que se topará en su ronda nocturna, son tan sabios
los consejos y acertados los juicios emitidos por Sancho, que
de otra comarca llegará un forastero con un mensaje de
unos jueces enterados de las decisiones salomónicas del
nuevo gobernador:
“Señor –
dice el forastero- , un caudaloso rio dividia dos términos
de un mismo señorio…Y esté vuesa merced atento,
porque el caso es de importancia y algo dificultoso. Digo, pues,
que sobre este rio estaba una puente, y al cabo della una horca
y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario habia cuatro
jueces que juzgaban por la ley que puso el dueño del rio,
de la puente y de señorío, que era en esta forma:
‘Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha
de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare
verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello,
ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión
alguna.’ Sabida esta ley y la rigurosa condicion della,
pasaban muchos, que luego en lo que juraban se echaba de ver que
decian verdad, y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió,
pues, que tomando juramento a un hombre, juró y dijo, que
para el juramento que hacia, que iba a morir en aquella horca
que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces
en el juramento, y dijeron: Si a este hombre le dejamos pasar
libremente, mintió en su juramento, y conforme a la ley
debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a
morir en aquella horca, y habiendo jurado verdad, por la misma
ley debe ser libre. Pídese a vuesa merced, señor
gobernador,¿qué harán los jueces del tal
hombre? Que aun hasta agora están dudosos y suspensos;
y habiendo tenido noticias del agudo y elevado entendimiento de
vuesa merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuesa
merced de su parte diese su parecer en tan intrincado y dudoso
caso” (1)
Habría que decir que este
tipo de argumentación que utiliza aquí Cervantes
o Cide Hamete Benengeli - si atendemos a lo que él nos
dice-, tiene su antecedente más cercano en el caso xvii
de los Sophismata de Jean Burilan, lógico y filósofo
natural, rector de la Sorbona para el siglo XIV. Allí,
Sócrates llega a un puente guardado por Platón y
le pide autorización para cruzarlo. A lo que Platón
replica que si lo que va a decir a continuación es verdadero,
lo dejará cruzar, pero que si es falso, lo echará
al agua. Y, entonces, Sócrates contesta: “Me echarás
al agua” (Cfr. Vega Reñón“El discurso
con sal y pimienta” www.realidadyficcion.org/paradojas).
Por supuesto, si Platón le deja pasar y no le echa al agua,
lo dicho por Sócrates resulta falso y éste debería
ser arrojado al agua; pero si Platón le echa al agua, lo
dicho por Sócrates resulta verdadero y debería permitir
a Sócrates pasar. La referencia más antigua de esta
paradoja, sin embargo, tal vez sea la de Epiménides el
cretense, quien afirmaba que todos los cretenses eran embusteros,
lo cual podría simplificarse incluso mediante la suposición
de que alguien dijera simplemente ‘Miento’.
El término paradoja proviene del griego parádoxon,
que significa algo así como “contrario a la opinión
recibida”, “algo sorprendente o singular”. Ejemplo
de ello podría ser la sentencia de Sócrates: “Sólo
sé que no sé nada”; o la de G. Orwel ( Animal
Farm): “Todos los animales son iguales, pero algunos
animales son más iguales que otros”. Incluso el grito
de guerra del Mayo francés: “Prohibido prohibir”.
O la ingeniosa ocurrencia de Grucho Marx: “Por favor, acepte
mis disculpas, pero yo no quiero pertenecer a ningún club
que acepte a un miembro como yo”. Hay una, sin embargo,
que aunque no recordamos donde haberla leído retrata bien
la suspicacia de nuestros antepasados: Asistía un sacerdote
a un indígena en sus últimos momentos y le preguntaba:
¿No crees que ha de venir Jesucristo, nuestro señor,
el día del juicio final a juzgar a los vivos y a los muertos?
Entonces aquél respondió: sí creo padre,
pero ya verá Ud. como no viene.
Este mismo vocablo se utiliza como sinónimo de antinomia,
del griego antinómon, que, aunque etimológicamente
significa “contrario a la norma”, sin embargo, ha
terminado por designar un conflicto entre dos ideas. De esta manera,
tenemos que las antinomias más famosas son las señaladas
por Kant, como resultado, según el creador de La razón
pura, de querer comprender el yo, el cosmos o Dios como si
fueran objetos de la experiencia inmediata. En este sentido, claramente
se podrían presentar argumentos con igual fuerza aunque
partan y defiendan posiciones opuestas, como, por ejemplo, que
existe un ser absolutamente necesario que forma parte del mundo,
o que no existe en ninguna parte un ser absolutamente necesario.
Sin embargo, y rigurosamente hablando, en el caso del mensajero
nos encontraríamos más bien ante una aporía,
es decir, y tal como la misma palabra griega nos dice, ante una
situación difícil que no tiene vía de salida,
esto es: un razonamiento correcto, que en virtud de unos supuestos
indebidos o de unas condiciones inviables no conduce a ninguna
conclusión aceptable, lo que la lógica medieval
llamó casos insolubles (insolubilia). Tampoco
estaríamos, de esta forma, en presencia de un paralogismo,
pues éste es un tipo de argumento cercano al sofisma, al
cual le falta un ingrediente esencial. Al respecto, baste recordar
la aporía que recogen tanto Gelio como Diógenes
Laercio:
Pactó Protágoras
con su discípulo Evatlo de enseñarle la oratoria
forense por cierta paga, con la condición de que el discípulo
daría de entrada la mitad de aquel tanto, y la otra mitad
luego que defendiese algún pleito y lo ganase. Como se
pasase mucho tiempo sin verificarse la condición pactada,
pidió Protágoras el resto de la duda, a lo que Evatlo
satisfizo diciendo que todavía no había ganado ni
orado causa alguna. Pero no se aquietó Protágoras,
antes le puso pleito sobre ello; y hallándose ambos ante
los jueces, dijo Protágoras: -Sábete, oh necio joven,
que de cualquier modo que este pleito salga, debes pagarme; pues
si te condenan a ello, me habrás de pagar por sentencia;
y si te libran, me pagarás por nuestro pacto.- A esto respondió
Evatlo: - Sabed también vos, oh sabio maestro, que por
todo lo mismo no debo yo pagaros; pues si los jueces me absuelven,
quedo libre por sentencia; y si pierdo el pleito, lo quedo por
nuestro pacto.-[…].(2)
Pero como nunca falta quien agüe
la fiesta, habría que recordar también que ese inspirador
del Círculo de Viena que fue Bertrand Russell , quiso resolver
muchas de estas aporías, analizando, desde la dimensión
lógico-formal, la estructura sintáctica de las oraciones,
o el carácter proposicional del discurso. Sin embargo,
al hacer esto prescindía de su parte preformativa, es decir,
retórica y dialéctica, y convertía las aporías,
mediante la teoría de conjunto, las propiedades y las clases,
en simples paradojas lógicas, incurriendo en lo que Apel
llamará falacia abstractiva, originada tal vez
en la sentencia lapidaria de Wittgenstein I : “De lo que
no se puede hablar, hay que callarse”.
Sancho, sin embargo, mucho más asertivo sobre lo que significa
el lenguaje para el mundo de la vida (Lebenswelt), como
lo entendió más tarde el segundo Wittgenstein; consciente
del carácter conflictivo y deliberativo de la razón
práctica y la importancia que tiene para ésta la
“palabra”, trae a su memoria un precepto que le había
dado su señor Don Quijote antes de que llegara a ser nombrado
gobernador de la ínsula, y que no era más que cuando
la justicia estuviese en duda, se decantase por la misericordia.
Y así termina sancionando de acuerdo a la norma que se
ha impuesto definitivamente en el derecho moderno, esto es: que
cuando exista duda sobre la culpabilidad del indiciado y se encuentre
en riesgo su vida o sus derechos fundamentales, debemos aceptar
su inocencia y favorecerlo.
Harto, pues, no de pan ni de vino , sino de juzgar y dar pareceres,
se despide Sancho de su gobierno, dejando admirados a todos tanto
por su determinación como por las razones que dio de su
partida, pues entre otras cosas se marcha sin dinero alguno “bien
al reves de cómo suelen salir los gobernadores de otras
ínsulas”(3)
(1) Don Quijote, Parte II, c. LI. Edición
de la Gran Enciclopedia Vasca, Bilbao, 1982, p. 308 2 Cfr.
(2) Diógenes Laercio, Vidas, opiniones y sentencias de
los Filósofos más ilustres, Ed. teorema, Barcelona,
1985, p. 204 y nota 1
(3) Don Quijote, ed. cit., p. 323
(*)Jefe del Dpto. de Ciencias
Sociales
Universidad Simón Bolívar
Universalia nº 23 Sep-Dic
2005
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