La imagen de El Quijote se ha vuelto, sin duda, una poderosa figura
del imaginario. Su rostro desgarbado lleva cuatro siglos cabalgando
sobre un igualmente lánguido Rocinante. Esta persistencia
y terquedad –tan propia del caballero- nos habla de una
imagen que ha sabido colocar debajo de tan ruinosa armadura algo
profundamente humano. Este encantamiento sostenido, que se rebela
al implacable paso de las horas y que se renueva una y otra vez,
ha generado una suerte de insubordinación a los límites
del libro y a la finitud de sus personajes, parece que no podemos
resignarnos a que las aventuras de los hombres tienen siempre
un punto final.
Los lectores más sensatos parecen conformarse con esa pequeña
dosis de inmortalidad que traen consigo algunos libros, abren
una página, releen unas líneas y nuestro hidalgo
de nuevo pone la mano en el ristre, sin embargo, para algunos
lectores un tanto más descabellados este pequeño
guiño a la muerte no resulta suficiente, necesitan algo
más, salirse del constreñido espacio de lo perentorio
para darle a nuestro caballero otros entuertos que desfacer, otros
desagravios que enmendar. Pienso, por ejemplo, en esa larga cadena
de imitadores que han intentado prolongarle la vida al caballero,
insatisfechos con la finitud de la obra, claustrofóbicas
ante sus paredes, han querido rescribir aventuras, cambiar finales
y personajes, modificar episodios, multiplicar molinos, en pocas
palabras, tomar la pluma y quijotescamente embestir la muerte.
Sería imposible enumerar en estas líneas esa serie
de personajes que desde el célebre Fernández de
Avellaneda han intentado recrear episodios de El Quijote, sin
embargo, quiero detenerme brevemente en una aventura que encuentro
especialmente fascinante. A finales del siglo XIX, un ecuatoriano
llamado Juan Montalvo decide que es tiempo de traer de vuelta
al caballero y emprende una temeraria empresa llamada, nada más
y nada menos, que Los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
(1895 ). Juan Montalvo le agrega al Quijote sesenta capítulos
nuevos, una tarea osada que el autor emprende no sin cierto resquemor.
Teme que se le tome por un escritor poco humilde que decide enmendarle
la plana a Cervantes, pero no puede resistir la tentación
de traer a la vida a una figura que encuentra tremendamente necesaria
en un siglo convulsionado y lleno de complejos entuertos.
Montalvo intenta recrear un caballero andante que de alguna manera
se acople a las vicisitudes de la “América española”,
desea incorporar episodios y agravios relacionados con estas latitudes.
Si bien este Quijote sigue sus andanzas en los territorios de
la Mancha, muchos de sus personajes, especialmente los villanos,
provienen del nuevo mundo. Montalvo intenta una suerte de acriollamiento
de la aventura combinando los entuertos del Quijote con lo que
él llama “acontecimientos reales y positivos”
(1976:45 ). Se trata de fusionar una tradición literaria
que percibe muy cercana con las desventuras de un continente malferido.
Nuestro caballero parece funcionar como una suerte de modelo a
seguir, emblema de un cierto tipo de hombre de luces que toma
la espada en nombre de las virtudes y que intenta corregir los
desaciertos de su mundo. En una América que parece tan
proclive a la injusticia y al caos, que aún no ha superado
los estragos de un siglo lleno de batallas y enfrentamientos,
el Quijote representa la búsqueda de la justicia y del
reordenamiento social en nombre de las grandes virtudes: la equidad,
la honradez, la nobleza, la justicia, la bondad. Virtudes ciudadanas
que para Montalvo no han terminado de consolidarse.
Ahora bien, esta figura que intenta someter a la realidad –siempre
caótica y dispersa- a una serie de ideales incorruptibles,
no se desprende de su lado disparatado y de sus innumerables entuertos.
Los capítulos de la obra de Montalvo están llenos
de aventuras donde el caballero comete esos innumerables errores
y confusiones a los que ya estamos acostumbrados, apalea a simples
penitentes, toma por malandrines a un grupo de creyentes, libera
a maleantes, confunde venteras con princesas, en fin que su locura
va tiñendo la realidad y transformándola a su antojo.
Su Quijote desfacedor de agravios se pierde entre Dulcineas, se
divierte con Sancho, se encuentra envuelto en aventuras ridículas.
Por más sabio que encontremos a Don Quijote, por más
ético y digno que se nos presente, heroico incluso en su
batalla contra el mundo, no deja de ser un personaje ligado al
disparate y a la locura. Su llamado a recomponer el entramado
social es más una comedia de enredos que una severa tarea.
Este Quijote que Montalvo intenta invocar termina inmerso en situaciones
disparatadas, no puede anular una parte esencial de su personaje,
aquella que se conecta con la locura y la insensatez. De alguna
manera Montalvo termina cediendo ante sus propias tentaciones
y se deja arrastrar por los encantos y sinsabores de la ficción,
su intento de salvar a don Quijote de su propia torpeza no puede
tener éxito, porque es precisamente esta insensatez la
que le da vida al personaje y la que lo hace tan atractivo. Este
desfacedor de entuertos que Montalvo quiere rescatar, modelo de
virtudes ciudadanas, modelo incluso de un cierto tipo de guía
espiritual, tiene los pies sumergidos en las confusas aguas de
la locura.
Habitantes de un continente que parece aferrase con fuerza a los
entuertos y agravios seguimos invocando, más de un siglo
después, la fuerza de esta poderosa imagen. Virtuosos e
insensatos, sublimes y ridículos, torpes y nobles, cuerdos
e insensatos, lo cierto es que, seguimos tratando infructuosamente
de enmendarle la plana al mundo. El Quijote, señores, es
una imagen que permanecerá mucho tiempo a nuestro lado.
(*) Prof. Dpto. Lengua y Literatura
Universidad Simón
Bolívar