Una
novela de hombres libres
Mario Vargas Losa
Al mismo tiempo que una novela sobre la ficción, el Quijote
es un canto a la libertad. Conviene detenerse un momento a reflexionar
sobre la famosísima frase de don Quijote a Sancho Panza:
"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones
que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse
los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad
así como por la honra se puede y debe aventurar la vida,
y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir
a los hombres" (II, 58, págs. 984-985).
Detrás de la frase, y del personaje de ficción que
la pronuncia, asoma la silueta del propio Miguel de Cervantes, que
sabía muy bien de lo que hablaba. Los cinco años que
pasó cautivo de los moros en Argel, y las tres veces que
estuvo en la cárcel en España por deudas y acusaciones
de malos manejos cuando era inspector de contribuciones en Andalucía
para la Armada, debían de haber aguzado en él, como
en pocos, un apetito de libertad, y un horror a la falta de ella,
que impregna de autenticidad y fuerza a aquella frase y da un particular
sesgo libertario a la historia del Ingenioso Hidalgo.
¿Qué idea de la libertad se hace don Quijote? La misma
que, a partir del siglo XVIII, se harán en Europa los llamados
liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para
decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva
función de su inteligencia y voluntad. Es decir, lo que varios
siglos más tarde, un Isaías Berlin definiría
como "libertad negativa", la de estar libre de interferencias
y coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el
corazón de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda
de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo
poder.
Recordemos que el Quijote pronuncia esta alabanza exaltada de la
libertad apenas parte de los dominios de los anónimos duques,
donde ha sido tratado a cuerpo de rey por ese exuberante señor
del castillo, la encarnación misma del poder. Pero, en los
halagos y mimos de que fue objeto, el Ingenioso Hidalgo percibió
un invisible corsé que amenazaba y rebajaba su libertad "porque
no lo gozaba con la libertad que lo gozara si [los regalos y la
abundancia que se volcaron sobre él] fueran míos".
El supuesto de esta afirmación es que el fundamento de la
libertad es la propiedad privada, y que el verdadero gozo sólo
es completo si, al gozar, una persona no ve recortada su capacidad
de iniciativa, su libertad de pensar y de actuar. Porque "las
obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas
son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso
aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación
de agradecerlo a otro que al mismo cielo!". No puede ser más
claro: la libertad es individual y requiere un nivel mínimo
de prosperidad para ser real. Porque quien es pobre y depende de
la dádiva o la caridad para sobrevivir, nunca es totalmente
libre. Es verdad que hubo una antiquísima época, como
recuerda el Quijote a los pasmados cabreros en su discurso sobre
la Edad de Oro (I, 11, pág. 97) en que "la virtud y
la bondad imperaban en el mundo", y que en esa paradisíaca
edad, anterior a la propiedad privada, "los que en ella vivían
ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío" y eran "todas
las cosas comunes". Pero, luego, la historia cambió,
y llegaron "nuestros detestables siglos", en los que,
antes de que hubiera seguridad y justicia, "se instituyó
la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas,
amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos".
El Quijote no cree que la justicia, el orden social, el progreso,
sean funciones de la autoridad, sino obra del quehacer de individuos
que, como sus modelos, los caballeros andantes, y él mismo,
se hayan echado sobre los hombros la tarea de hacer menos injusto
y más libre y próspero el mundo en el que viven. Eso
es el caballero andante: un individuo que, motivado por una vocación
generosa, se lanza por los caminos, a buscar remedio para todo lo
que anda mal en el planeta. La autoridad, cuando aparece, en vez
de facilitarle la tarea, se la dificulta. ¿Dónde está
la autoridad, en la España que recorre el Quijote a lo largo
de sus tres viajes? Tenemos que salir de la novela para saber que
el rey de España al que se alude algunas veces es Felipe
III, porque, dentro de la ficción, salvo contadísimas
y fugaces apariciones, como la que hace el gobernador de Barcelona
mientras don Quijote visita el puerto de esa ciudad, las autoridades
brillan por su ausencia. Y las instituciones que la encarnan, como
la Santa Hermandad, cuerpo de justicia en el mundo rural, de la
que se tiene anuncios durante las correrías de don Quijote
y Sancho, son mencionadas más bien como algo lejano, oscuro
y peligroso.
Don Quijote no tiene el menor reparo en enfrentarse a la autoridad
y en desafiar las leyes cuando éstas chocan con su propia
concepción de la justicia y de la libertad. En su primera
salida, se enfrenta al rico Juan Haldudo, un vecino del Quintanar,
que está azotando a uno de sus mozos porque le pierde sus
ovejas, algo a lo que, según las bárbaras costumbres
de la época, tenía perfecto derecho. Pero este derecho
es intolerable para el manchego, que rescata al mozo reparando así
lo que cree un abuso (apenas parte, Juan Haldudo, pese a sus promesas
en contrario, vuelve a azotar a Andrés hasta dejarlo moribundo)
(I, 4, pág. 50).Como en éste, la novela está
llena de episodios donde la visión individualista y libérrima
de la justicia lleva al temerario Hidalgo a desacatar los poderes,
las leyes y los usos establecidos, en nombre de lo que es para él
un imperativo moral superior. La aventura donde don Quijote lleva
su espíritu libertario a un extremo poco menos que suicida
-delatando que su idea de la libertad anticipa también algunos
aspectos de la de los pensadores anarquistas de dos siglos más
tarde- es una de las más célebres de la novela: la
liberación de los doce delincuentes, entre ellos el siniestro
Ginés de Pasamonte, el futuro maese Pedro, que fuerza el
Ingenioso Hidalgo, pese a estar perfectamente consciente, por boca
de ellos mismos, que se trata de rufiancillos condenados por sus
fechorías a ir a remar a las galeras del rey. Las razones
que aduce para su abierto desafío a la autoridad -"no
es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres"-
disimulan apenas, en su vaguedad, las verdaderas motivaciones que
transpiran de una conducta que, en este tema, es de una gran coherencia
a lo largo de toda la novela: su desmedido amor a la libertad, que
él, si hay que elegir, antepone incluso a la justicia, y
su profundo recelo de la autoridad, que, para él, no es garantía
de lo que llama de manera ambigua "la justicia distributiva",
expresión en la que hay que entrever un anhelo igualitarista
que contrapesa por momentos su ideal libertario.
En este episodio, como para que no quede la menor duda de lo insumiso
y libre que es su pensamiento, el Quijote hace un elogio del "oficio
de alcahuete", "oficio de discretos y necesarísimo
en la república bien ordenada", indignado de que se
haya condenado a galeras por ejercerlo a un viejo que, a su juicio,
por practicar la tercería debería más bien
haber sido enviado "a mandallas y a ser general de ellas"
(I, 22, pág. 202). Quien se atrevía a rebelarse de
manera tan manifiesta contra la corrección política
y moral imperante, era un "loco" sui generis, que, no
sólo cuando hablaba de las novelas de caballerías
decía y hacía cosas que cuestionaban las raíces
de la sociedad en que vivía.
Presentación a Don Quijote de la Mancha
Una novela para el siglo XXI
Mario Vargas Losa
(fragmento)
Editorial Alfaguara
Madrid, 2004
Universalia nº 23 Sep-Dic 2005
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