| Con
cuidado, enamórate de Marcela
Mira que es fuego apartado y espada puesta lejos
Prof. Gerardo Vivas Pineda.(*)
A
Carmen Caleya, quien me recuperó a Marcela
Si una protagonista femenina enamora
en los predios de la literatura, ésa es la Marcela quijotesca.
Antes de aparecer en escena, a su belleza se le atribuye una cualidad
nefasta. Su fama y el desdén hacia sus enamorados la califican
como “aquella enemiga mortal del linaje humano”. Pero
¡atención a quien todavía no ha leído
El Quijote! No. Ésta Marcela no es Dulcinea. Ésta
es una Dulcinea a la “n” veces, con la gigantesca salvedad
de que no es la obsesión amorosa y platónica de un
solo hombre —el valiente Don Quijote cuyo ideal se sostiene
en la Aldonza Lorenzo que vio una sola vez desde lejos—, sino
el extravío real de todos aquellos que la han visto —y
son muchos— con sus propios e irrebatibles ojos. Dulcinea
es lo más ficticio de la ficción cervantina; Marcela
es lo más verdadero de esa misma ficción. Mientras
la desconcertante realidad de ésta hiere y duele a cualquier
macho, los vapores imaginativos de aquella sólo hacen sangrar
a Alonso Quijano, el paladín caballeresco. Lo singular de
Marcela, ciudadana común y corriente transformada en pastora
de cabras, proviene de una hibridez inigualable: su belleza no tiene
similar, y su carácter indómito y libertario la entrega
a la soledad y la aparta de su propia época. Esa misteriosa
combinación descoloca a los hombres. Entre ellos, el desafortunado
Grisóstomo se deja morir de amor por la sin par muchacha,
no sin sucumbir a su propio orgullo. Ya decía Ortega: “Marcela
les inquietaba con su decisión más que con su hermosura,
que era pasmosa”. ¿La decisión?: permanecer
sola a pesar de ser bella como nadie. Los españoles del Siglo
de Oro no lo entienden, porque si a la mujer promedio le costaba
trabajo encontrar marido apropiado (en el sentido económico
pero también en el humano), la mujer bella simplemente se
limitaba a esperar el mejor postor dentro de los linderos de su
propia clase social. Su pasividad tenía mejores perspectivas
de éxito. Pero a Marcela le importa un bledo la posición
marital, social o económica, hecho que, de acuerdo a los
códigos mentales del momento, no concuerda con su abrumadora
belleza. Pero no se trata sólo de una hembra bonita a lo
sumo. ¿Acaso en cualquier país hay una sola mujer
bella? Mujeres bellas hay muchas, pero mujeres bellas y además
dueñas de su propio destino hay muy pocas. Igual podría
decirse de su opuesto: mujeres feas sobran, pero al mando de su
sino terrenal pueden contarse con una mano. El problema no es la
belleza, atributo detectable a simple vista; es el atractivo exterior
combinado con la seducción de las gracias interiores, entre
las cuales la libertad que a Marcela se le sale por los poros todavía
no pertenece al patrimonio general de la sociedad barroca. Por eso
Marcela es una pieza humana única en esos tiempos modernos
todavía anclados en un feudalismo más mental que social,
más estructural que formal.
¿Qué encuentra el lector en el personaje llamado Marcela?
Una contundente declaración de individualismo femenino, tanto
como para inspirarle al mismo Ortega la siguiente sentencia: “Si
yo fuera escritor feminista, qué sabias moralejas deduciría
del manifiesto de Marcela”. Resumamos brevísimamente
el episodio. Amigos del fallecido se disponen a enterrarlo maldiciendo
mil veces a la muchacha inigualable, cuando de pronto aparece en
escena la causa del deceso, Marcela en persona. De inmediato asume
su propia defensa: “Ruego a todos los que aquí estáis
me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo
ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos”.
A continuación viene un impecable argumento difícilmente
superable. Según Marcela, ella no ha tenido arte ni parte
en su belleza: “Hízome el cielo hermosa”. Pero
Dios no sólo le ha dado hermosura, sino “natural entendimiento”.
Llamemos a esta cualidad la inteligencia mínima para observar,
analizar y ponderar el valor de las cosas y personas dispuestas
alrededor. El balance de la muchacha frente a las decenas de aspirantes
elimina cualquier rastro de culpabilidad. Ser amada por bella no
la obliga a amar al pretendiente, y, como ya hemos apuntado, no
todo se reduce a la belleza. Las razones de Marcela son contundentes:
“Puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por
eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras
enamoran: que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad”.
¡La voluntad, clave del gobierno del destino propio! Claro,
en este mundo la especie humana participa en su propio devenir dentro
de una permanente confrontación de voluntades; las más
fuertes imponen la dirección de su destino. Marcela lucha
contra una corriente tan fuerte que sólo su humanidad de
mármol —por lo bella y por lo dura— puede garantizarle
el estilo de vida deseado. Ella conoce el peligro de lo irresistible
—ella es la irresistible—, pero, conociéndolo,
le da un lugar: “Fuego soy apartado y espada puesta lejos”.
Terrible destino que también la afecta a ella misma, pues
la inserta en una vida semisalvaje que la margina como a una rata
del desierto. En cuanto a Grisóstomo, el muerto por amor,
Marcela sigue siendo lapidaria: “Bien se puede decir que antes
le mató su porfía que mi crueldad … porfió
desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad
ahora si será razón que de su pena se me dé
a mí la culpa … no me llame cruel ni homicida aquel
a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. El cielo
aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino”.
El razonamiento es sorprendente, y más claro que el agua.
Más sorprendente aún es el desenlace del episodio.
Cuando Marcela termina su inamovible argumentación y desaparece
“en lo más cerrado del monte”, algunos de los
espectadores pretenden seguirla a pesar de los tan machacados motivos
de su vocación solitaria. Hay voluntades que razonan, y hay
otras que no. De éstas últimas estaban plagados los
escuadrones de hombres tras la pista de Marcela. Con todo y la contundencia
del alegato marceliano, todavía algunos intentan perseguirla.
Pero Don Quijote, el más enamorado de los enamorados, que
había presenciado el monólogo de la muchacha, lo impide:
“Ninguna persona, de cualquier estado y condición que
sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en
la furiosa indignación mía”. La chica ha tocado
una de las fibras más sensibles del Ingenioso Hidalgo: la
libertad. Buena parte de sus enfrentamientos al transcurrir de la
novela provienen de querer liberar a personas real o supuestamente
cautivas: las damas que van con el vizcaíno, los galeotes,
la Virgen y los disciplinantes, etc. Su propio cambio de Alonso
Quijano a Don Quijote de La Mancha es el paso de una identidad anodina
y frustrante hacia otra que le permite realizar un sueño
liberador. Así pues, nuestro caballero se interpone entre
quienes todavía se creen capaces de seducir a Marcela. Y
lo logra. Marcela desaparecerá para siempre desconectándose
de toda relación con el otro sexo, aunque todavía
conservará el cordón umbilical de las inocuas relaciones
con zagalas de su misma edad y condición. Como dijo Luis
Rosales: “Ella es el mito de la absoluta libertad”.
Palabras más exactas, imposible. Tan separada queda la pastora
del sentimiento más humano que alcanzará características
míticas. Quizás sea más peligroso amar un mito
que a una persona de carne y hueso. Por eso, si quieres, enamórate
de Marcela, pero con cuidado, a menos que no te importes a ti mismo.
Imagen tomada
de www.iesalhamilla.com/Principl.htm
(*)Dpto. de Ciencias Sociales
Universidad Simón Bolívar
Universalia nº 23Sep-Dic
2005
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