“L'enfant que j'étais trouvait à l'idée
plus de réalité qu'à la chose”
Sartre, 1964
A los 15 años, emprender el Quijote
como lectura escolar obligatoria no es una experiencia demasiado
agradable. A esta edad, en general preferimos vivir la vida antes
que leerla: no concebimos la lectura como experiencia sensual,
placentera, adictiva.
En mi caso, la primera lectura del Quijote representó
principalmente el encuentro de un nuevo idioma: un castellano
que reconocía en muchas de sus formas pero que sonaba distinto,
no tanto antiguo, más bien lejano, distante y extraño,
pero igualmente curioso, agradable, gracioso.
La lectura me hizo quedar sumergido, encerrado
en casa durante días y días. Prácticamente
sin tiempo para otra cosa.
Me impresionaron las posibilidades de la historia.
Hasta ese momento no había leído nada similar: los
complejos cruces de la narración. Como hilos de un tejido.
¡Pero también como sucede muchas veces en la vida!
Posteriormente habría de encontrar (y disfrutar)
este mismo método en escritores como Borges (Ficciones,
1944) y en directores de cine como Robert Altman (“Short
Cuts”, 1993).
Recientemente leí la edición del
Quijote publicada por las Academias de la Lengua Española
con motivo del cuatricentenario. Han pasado 15 años. Y
es mucha la diferencia. Esta segunda lectura ha sido lenta, sosegada,
reflexionada. Saboreada, literalmente. Como si no quisiera terminarla.
Por una parte es cierto que nos impresiona menos
la técnica literaria (ya no somos niños, se entiende).
Sin embargo, apreciamos mejor lo que podríamos llamar la
parte filosófica, incluso ética, de la historia.
Recientemente comentaba con una amiga que
me sorprendía el gran número de estudios que se
realizan anualmente sobre el Quijote. Me respondió que
esta obra es prácticamente inagotable: estuve de acuerdo.
Mientras tanto, nos tocará esperar otros 15 años
para ver como nos va.