Don
Quijote de la Mancha, después de cuatro siglos, nos ha
generado la imagen de una persona que a todo trance quiere ser
defensor de cosas con excesivo amor a lo ideal, aunque pueda ser
que, en principio, no le atañen. El hombre que pugna con
las opiniones y los usos corrientes. Contra los molinos de viento,
que luce que no existen, pero que están allí. El
hombre de las aventuras.
Y
qué mejor y más dichosa aventura la de ingresar
a una Casa, a un espacio, cuyos habitantes en su conjunto llamamos
academia y que tienen la tarea de vencer sombras, de crear algo
tan ideal como es el conocimiento. Conocimiento y saber que tiene
que ser divulgado, más allá de La Mancha. Una academia
a la que la sociedad le asigna y le reclama que cumpla con la
misión de la formación integral de un grupo de sus
habitantes, los jóvenes que llamamos estudiantes y que
deben convertirse, por el milagro del estudio, la enseñanza,
el aprendizaje y la constancia, en egresados con competencias
profesionales de las más diversas pero, independientemente
de ellas, algunas veces a pesar de ellas, de ser capaces de ejercer
una vida profesional con sensibilidad social. Menuda aventura.
Molinos de viento a vencer, pero vencibles como lo demuestran
los hechos de la historia, a pesar de que “cada cabeza es
un mundo”. Un mundo que ve e imagina cosas, que lucha entre
lo imaginativo y lo real, que descubre cosas, que tiene y emite
sus propias opiniones y concepciones, que genera y debate ideas,
que pugna por la felicidad del hombre, aunque no sabe muy bien
dónde está esa felicidad ni en que consiste. Tan
quijotesco es ese lugar que algunos lo señalan como los
“castillos de cristal”, haciendo alusión a
un ambiente, a un lugar fuera de lo real. Más allá
de la realidad, a un lugar de lo imaginario. Valles y jardines
paradisíacos, donde sus gentes trabajan por placer, porque
les gusta la educación y la creación.
En
efecto, es un lugar para el debate de las ideas, un lugar que
requiere pluralidad y respeto por ellas, que construye saberes
sobre esa base, con la creatividad. Que la argumentación,
la experimentación y el apego a la verdad son las únicas
armas, herramientas para construir sobre lo construido. Se construye
por y con la sabiduría del Homo sapiens, aunque no dominemos
o entendamos perfectamente cómo es que la mente, el cerebro
y la voluntad trabajan para logarlo, pero que sabemos que se conjugan
entre sí y con el corazón. Lugar de encuentros y
desencuentros, de amores y de odios, de Dulcineas y de caballeros
andantes. Lugar donde la amistad se ejercita y obtiene significativos
logros, victorias cuyos recuerdos perduran para la vida. Donde
cada quien está montado en su Rocinante para luchar contra
las sombras, donde Principios Rectores y Patrimonio Ético
son valores que empujan y dan movimiento andante a la caballería.
Un
sueño de futuro. Eso es la Universidad. Entre sueños
y ocasos vive, pero sin embargo evoluciona y perdura. Por ello,
tomamos unas ideas del rector-fundador y Jardinero: “No
debemos arrepentirnos de nuestros actos, si ellos han sido sugeridos
y ordenados por nuestros ideales, aunque duras sean las vicisitudes
de los tiempos e injustas las críticas de nuestros adversarios.
Propio del hombre es luchar y ser combativo por sus ideas y sus
obras”. Ideas y obras: eso es lo que hace a la academia
valer, ser presente y futuro, vivir ideales y convivir con los
jóvenes, fuente de eterna juventud. Por eso estamos y amamos
la Universidad; a ella nos debemos, Quijote.
(*)Prof del departamento de Biología
Celular e Inmunología
Universidad Simón Bolívar
pedrom@usb.ve