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El ser de palabras ama las palabras. No necesariamente
es un maestro; pero podría serlo. O podría, tal vez,
aprender a serlo. Quizá porque ama las palabras es el más
indicado para enseñarlas. Puesto que las ama es capaz de
mostrar a otros la manera de amarlas.
Enseñar las palabras es un esfuerzo apoyado, sobre todo,
en el respeto a ellas, en una confianza hacia su poder y en la aceptación
de su expresiva belleza.
Más que enseñarse, las palabras se comparten. Compartirlas
es comulgar con ellas; encontrarse en ellas: maestros y discípulos,
encuentro de unos y de otros alrededor de las voces vivas llenas
de significados.
A veces, la voz del maestro de las
palabras puede propender al soliloquio; pero, en general, la enseñanza
de las palabras rehúye el monólogo e impone un diálogo
en el que se entretejen voces, tonalidades y entonaciones.
Quien enseña las palabras
sabe bien que nos mostramos en ellas, que ellas nos revelan. Sabe
que enseñar las palabras es mostrar como dominarlas con gracia:
sin deformarlas ni limitarlas ni pervertirlas.
Enseñar las palabras es enseñar
a dibujar percepciones e ilusiones. Ilusión en las palabras
y, a la vez, respeto por ellas; un respeto que empieza por rechazar
las entonaciones grandilocuentes, los énfasis exagerados.
Respetar las palabras significa buscar en ellas la claridad y la
mesura, rechazar todo cuanto sea énfasis exagerado y circunloquio
estéril.
Enseñar las palabras es acercarse
a su vitalidad y detenerse en las cadencias que cada tiempo individual
pueda haber ido colocando sobre ellas.
Enseñar
las palabras es, entre otras cosas, enseñar los pasos y huellas
que ellas evocan. Aprendizaje de las palabras y aprendizaje de la
vida: deuda que relaciona tanto de la poesía como de la filosofía,
al menos tal como ésta fue entendida en los albores de la
civilización occidental. Y es que, como recuerda María
Zambrano en su libro Poesía y filosofía, el saber
filosófico comenzó siendo una respuesta práctica
del ser humano a su necesidad de indagar dentro de sí mismo
para lograr orientarse en el mundo y alcanzar el dominio de su propia
existencia. Sentido primero de todo genuino saber: ayudar a los
seres humanos a sustraerse de la confusión ante el azar y
de la vulnerabilidad frente a la intemperie. El saber filosófico
permitió alguna vez a los hombres avizorar en necesarias
formas de coherencia en sus comportamientos personales. Frases como:
"¡conócete a tí mismo!" de los pitagóricos.
O "la felicidad sólo puede existir en tí y
en las las cosas que pertenecen al dominio de tu voluntad",
de los socráticos, eran el sustento de una esencial sabiduría
práctica y necesaria; un saber de vida, un método
para la vida. Esa noción del saber filosófico fue
rápidamente sustituida en el tiempo de la civilización
occidental por un empeño en ilustrar con categorizaciones
universales y atemporales un universo abarcable y sujeto al dominio
humano. El saber filosófico fue haciéndose saber científico:
conocimiento cuantificable encargado de dibujar el mundo a través
de trazos cada vez más incomunicados entre sí; conocimiento
que imponía claves, verbalizaciones y fórmulas, y
que apostaba a la incesante multiplicación de límites
entre las distintas areas del saber y que no cesaba de sugerir la
proliferación de siempre efímeras conclusiones. La
visión del conocimiento fue haciéndose sinónimo
de saber especializado que sólo podía adqurirse a
través del estudio y la erudición.
Pero junto a esta versión
del saber siguió existiendo, nunca dejó de existir,
el saber de las palabras: adherido a las voces y las experiencias
de los hombres, unido al tiempo propio e individual de cada ser
humano. Para el saber de las palabras carecen de sentido los espacios
estancos del conocimiento, o las catalogaciones infinitas, o las
incesantes especializaciones en beneficio de cada vez más
reducidas parcelas de sabiduría. Es un saber que no duda
en detenerse en el asombro. Que no rehúye ni la incertidumbre
ni la elusividad. Que, resignadamente, acepta, incluso, la obvia
incapacidad de las palabras para nombrar muchas cosas, aún
o quizá sobre todo, aquéllas que son esenciales. Que
sabe que las palabras nunca cesan de atraer a las palabras. Que
asume que, incluso en medio de lo incomprensible, existe siempre
una posibilidad de la comunicación; y que los hombres podemos
también comunicarnos con aquello que no entendemos porque
todas las voces nos conducen hacia alguna forma de comprensión.
El saber de las palabras postula
la sabiduría del tiento y de la humildad. Descree de las
verdades definitivas y no ignora ser dueño sólo de
unas pocas respuestas y de muchas particulares preguntas. Es un
saber que vislumbra sus asertos siempre muy cercanos a la
duda y que siente que alrededor de las verdades irrefutables suelen
sobrevolar la simpleza o la mala fe.
Uno de los mejores ejemplos que pueda yo recordar
de un maestro de las palabras es el de Rainer María Rilke,
quien en sus extrardinarias Cartas a un joven poeta, dice que la
comunicación de las palabras, la esencia del placer de su
creación es algo absolutamente indisociado de las experiencias
de la vida. Es ésta la que le permite al poeta construir
su experiencia de escritura. La vida traza los diseños y
las tonalidades de la voz poética. En suma: las palabras
son una consecuencia de una manera de vivir y de una manera de sentir
la vida; vida adherida a las palabras: pasos y voces convertidos
en una misma huella de evocaciones semejantes.
Una cosa recalca una y otra vez Rilke al joven
poeta Kappus, quien le pide consejo: que sea auténtico; necesariamente
auténtico: tanto con lo que vive como con lo que escribe.
Que la autenticidad señale el rumbo de su vida y de sus palabras.
La autenticidad en la vida será el punto de partida de la
autenticidad de su escritura: tanto en su pasión por la escritura
como en el testimonio de su mirada arrojada a lo más profundo
de sus laberintos interiores.
La palabra "autenticidad" revolotea a
todo lo largo de las páginas de Rilke. Es la gran enseñanza
de un maestro de las palabras al joven poeta que desea llegar a
dominar el arte de las palabras. El consejo de Rilke es terminante:
haga lo que genuinamente siente que debe hacer o que necesita hacer.
¿Siente que podría vivir sin escribir? Entonces prescinda
por completo de hacerlo. O, por el contrario, ¿piensa que
si dejara de escribir su vida entera se vería afectada por
esa decisión? Entonces continúe escribiendo por encima
de cualquier otra cosa: de la opinión de los otros o de la
indiferencia o rechazo de esos otros. El compromiso para con las
palabras, será el compromiso del poeta para con su vida.
Escritura, arte, vida: los tres exigen, por sobre todo, autenticidad.
Si ella falta, falta todo.
La enseñanza de las palabras, de su saber
y su poder, debería existir aún en aquellos espacios
que, como el universitario, tradicionalmente son asociados al conocimiento
científico o docto: no para oponerse a éste sino para
complementarlo. Y es que todos los saberes son necesarios. Todos
expresan el sentido de nuestras miradas y comprensiones humanas,
nuestra manera de vivir en el mundo y de nombrarlo.
(*)Licenciado en Letras por la
Universidad Católica Andrés Bello.
rfauquie@usb.ve
Universalia
nº 22 Sep-Dic 2004
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