| ¿Del
hecho al dicho?
Lourdes C. Sifontes Greco(*)
I. De grosserías
En
el primer número de Universalia (1990) aparecía
una sección (que puede verse en la edición en línea)
con el título “Expresiones latinas más comúnmente
usadas”, entre las cuales figura la muy trajinada y útil
grosso modo. No es extraño escucharla acompañada
de una preposición “a” que no puedo sino calificar
de “paracaidista”. En correrías varias por pasillos,
consejos y Consejos, aulas, oficinas y textos impresos, me topo
con ese “a” grosso modo que hasta los correctores
de los procesadores de palabras corrigen con la violenta elisión
de esa “a” impertinente.
Hay
un doble detalle en lo que tiene que ver con este uso en nuestra
casa de estudios: no sólo no se justifica en nuestro medio,
sino que, además, revela otro problema: ¿quiénes
leen, quiénes han leído Universalia? ¿Quiénes
estaban aquí en 1990 y se sentaron con ella en su oficina
o en los jardines y dieron un vistazo a esas expresiones de esa
lengua que aún da vida a la nuestra? ¿Quiénes
y cuántos?
Y
hago la pregunta porque, en esa sección de ese número
inaugural, grosso modo aparece con un caveat entre paréntesis
que reza: “no decir ‘a grosso modo’”
¿Que
qué es eso de caveat? Pues podríamos comenzar
por remitir a los lectores curiosos (con la esperanza de que la
especie aún exista) a Universali@ en línea,
al contenido de ese primer número que viera la luz durante
el decanato de Iraset Páez Urdaneta, querido, recordado y
hoy ausente.
¿Y
el subtítulo que precede a estos párrafos? Pues “no
es nada, mamá, sólo un juego” (y persiste la
costumbre de apoyarme en el título de alguna película,
como en la edición anterior), un juego con el evidente grosso
modo y tres acepciones de grosería en el DRAE
(www.rae.es).
II. Digresión (de verdad)
Digresión,
sí, y no disgresión, como es desavenencia
y no desaveniencia. En el número anterior hablamos
del deber ser de un novel agudo y un ínterin esdrújulo.
Pero ahora no entraré en detalles sobre el léxico
nuestro de cada día. Lo de la digresión es en serio
y aprovecharé el espacio para contar una breve historia.
Una historia sobre una travesura de Iraset Páez Urdaneta
a mediados del año 2004. Y si quienes saben que la desaparición
del maestro y amigo tuvo lugar mucho antes han puesto cara de extrañeza
y asombro, pues que no cambien la expresión de su rostro,
porque probablemente deban hacerla volver en pocas líneas.
15
de julio de 2004. Jueves. Está prevista la continuación
de la sesión del Consejo Directivo de la Universidad Simón
Bolívar iniciada el día miércoles 14 e interrumpida
ya de noche por razones de horario, agotamiento y necesidad de retomar
la posibilidad de un diálogo eficiente con otras energías.
Es preciso, porque el año académico culmina y hay
mucho por resolver.
No
tengo carro. Está en el taller para una revisión.
La opción del cartel USB y la solicitud de “cola”
en el camino no es descartable. Sin embargo, telefoneo a la Prof.
Gloria Buendía, Decana de Investigaciones, para aprovechar
su paso por el frente de mi lugar de residencia. Y aquí comienza
todo: la Prof. Buendía me hace una propuesta alterna. Es
muy temprano, y nos da tiempo de ir a una misteriosa casa en La
Trinidad en la que está instalada, desde hace algún
tiempo, una curiosa librería de ejemplares usados.
Después
de algunas fórmulas de cortesía (“Ve tú,
¿para qué vas a subir hasta aquí para bajar
a La Trinidad de nuevo”, etc., etc., etc.), acepto, y en cuestión
de poco rato me veo entrando a uno de esos lugares que podrían
calificarse de mágicos. Muchos libros en inglés, mucho
best-seller, alguno que otro libro de texto, literatura para niños,
revistas viejas … Las maravillas no eran demasiadas ni visibles,
pero cuando uno ingresa a ese tipo de espacios, sabe, e incluso
huele que deben estar en alguna parte,
esperando para saltar frente a nosotros.
Hay
una pequeña sección de poesía. Me acerco a
revisarla. Es mínima, y me pregunto si podrá haber
allí algún volumen de poemas de Iraset Páez
Urdaneta. No lo consigo. ¿Por qué buscaba un libro
de Iraset? No lo tengo demasiado claro. Pero el caso es que desde
que me he visto en la situación de moverme a diario por los
espacios del Decanato de Estudios Generales, tengo muy presentes
su imagen, su voz y su persona toda.
No
encuentro nada. Comienzo a ver otro tipo de libros, y separo algunos
para adquirirlos. En cuestión de segundos, la Prof. Buendía,
con su incuestionablemente literario apellido, se me acerca y me
extiende un ejemplar en rústica, tapas color ¿tierra?
¿arena? ¿ocre? que lleva en sus manos.
En
toda librería o biblioteca hay siempre un libro mal ubicado.
Un libro que está donde no le corresponde. Un poemario entre
los manuales de yoga, una autobiografía entre los diccionarios,
una selección de teatro clásico entre las novelas
de ciencia ficción. Usuarios descuidados, empleados cansados
… Las razones son miles y en absoluto cuestionan el esmero
y la eficiencia de quienes administran el lugar. Mi pregunta es
si ese libro estaba realmente en el lugar incorrecto, o más
bien en el lugar preciso para que lo encontrara Gloria Buendía.
“Mira,
esto te puede interesar”, me dice, absolutamente ignorante
de mis pensamientos previos ante el escaso estante de producción
poética. Lo tomo. Y esto es lo que veo:
Vivir
robando el fuego
Iraset
Páez Urdaneta
Perdonen
el lugar común, pero no encuentro otra expresión y
usaré la que sigue: el corazón me dio un vuelco. Comenté
entonces con Gloria mi búsqueda de momentos atrás.
¿Qué se hace en una situación como ésa?
Pues no mucho más que pensar en aquello de las coincidencias,
sonreír, y decir, como en ese instante dije: “Claro
que me lo voy a llevar”.
Pero
hay más. Ojeando y hojeando el libro (no he dicho aún
que es un libro de poesía), vimos que había una dedicatoria
del autor. Escueta, sin mayores elaboraciones, de mayo de 1984.
Aquí
se me queda corta la expresión del vuelco, porque se convirtió
en una taquicardia que revivo cada vez que me viene a la memoria
lo ocurrido. Podremos apelar a la razón, buscar explicaciones,
decir que no las hay, pensar en la opción de la casualidad,
y punto. Pero Sabato, entre paréntesis, pregunta si “casualidad”
es un barbarismo por “causalidad”. Aquí, según
creo, vale la referencia.
La
dedicatoria es la siguiente:
Para Lourdes
de
Iraset
mayo 84
Si
me preguntan, y si no también, tengo que decirlo: sentí
frío, ese frío enrarecido de quien vive un susto,
de quien experimenta un acontecimiento extraño, de quien
se topa con un mensaje críptico del que puede depender la
vida. Yo no estaba en el entorno de Iraset Páez Urdaneta
en 1984, así que no cabe duda de que la “Lourdes original”,
llamémosla así, era otra. Pero el caso es que, después
de buscar un libro suyo y no hallarlo, éste llegaba a mis
manos por mediación de otras (nada más y nada menos
que las de mi predecesora en estas funciones que Iraset ejercía
cuando ingresé a la USB). Y, además, con esa dedicatoria
que me resistía a creer. Pensé que era un engaño
de mi propia visión, o que las líneas tenían
alguna de esas propiedades fantásticas de mutar ante el lector
de turno. Veía la dedicatoria una y otra vez. Veía
mi nombre. Me preguntaba por qué, cómo, de dónde
…
Cabe
citar la jugada del humor de la Prof. Buendía en aquel momento,
buscando quizás una salida a ese extraño pasadizo
en el que Iraset ¿me? dedicaba el volumen: “Di
la verdad, regalaste o vendiste el libro que Iraset te dedicó
y mira dónde vino a parar” … Tal vez no lo reconozca,
pero sé que ella estaba tan sorprendida como yo.
Me
he preguntado una y mil veces por el sentido de este episodio. ¿Un
mensaje? ¿Una broma? ¿Una jugarreta? El caso es que
vuelvo a leer la reflexión de Sabato sobre la casualidad
y su improcedencia. Una definición vestida de pregunta, breve,
brevísima: “CASUALIDAD.- ¿Barbarismo, por causalidad?”.
¿Tiene
todo una razón? ¿Hay una trayectoria que condujo este
ejemplar de Vivir robando el fuego hasta mí en ese
momento? ¿Por qué poner en mi mano ese libro, allí,
y frente al testimonio de la razón positivista de Gloria
Buendía, como para que no quedaran dudas?
Miriam
Pires, actriz que interpretaba al personaje de Doña Milú
en la telenovela Tieta (versión del volumen Tieta de
Agreste de Jorge Amado), impuso en su interpretación
el modo particular de pronunciar una expresión que pasaría
a la historia por su curiosa mezcla de circunspección y picardía
y su tonalidad jocosa de balido en una “e” prolongadísima,
a partir de una única palabra: misterio.
Pero,
como no me gusta excluir posibilidades, apelo igualmente a otras
opciones: maktub. Estaba escrito. Con la reflexión
de que, más allá de una simplificación de la
noción de destino, ese maktub implica que quien
escribió, sin duda, como que sabía lo que estaba haciendo.
III. El lenguaje de las vicisitudes
Después
de esta historia, vuelvo entonces brevemente a hechos, dichos, hechos
sobre dichos y dichos sobre hechos. En la lamentable situación
de las persistentes lluvias de febrero de este año 2005 en
Venezuela, no hay cómo sustraerse: noticias, reporteros,
programas especiales, entrevistas a expertos. Y es mucho lo que
allí se ve, se oye y se aprende. Y sin restar méritos
a la labor informativa sobre este tipo de acontecimientos, en la
que incluso quienes la asumen ponen en riesgo su propia vida, quizás
es importante pensar en el impacto público del discurso noticioso
y de opinión como modelo, y en la manera en que nuestra audiencia
de las aulas absorbe usos y abusos en la buena fe de quien escucha
a los poseedores de un saber, de una preparación para la
transmisión de informaciones a través de la lengua
común.
En
esos días, hemos escuchado muchos “areopuertos”
por aeropuertos, “metereológicos”
por meteorológicos. A mí
que me expliquen, más allá de posibles comodidades
–ligerezas- en la fonación, la lógica compositiva
con la que se construye algo con un “areo” o un “metereo”
… Esto explica muchas veces nuestros despistes asociativos,
nuestras incapacidades, como hablantes, de optimizar nuestro inventario
en función de las siempre inteligentes etimología
y morfología de la lengua. Para muchos, probablemente, la
relación entre el aire y ese lugar en el que aterrizan y
del que despegan (entre otras cosas) los aviones no se ha hecho
evidente. ¿Y cómo, si lo vinculamos con “areo”
y no “aero”? ¿Será que pensamos
en “área” (porque los aeropuertos tienen cierta
necesaria extensión)? ¿O será que no pensamos
en nada y la palabra es memorizada sin vinculaciones a un árbol
que entronca el contenido de nuestro diccionario con lazos impecables
y es, si nos acercamos a verlo, extraordinariamente lógico
y funcional? Recuerdo las clases en las que el Prof. Víctor
Rago, en la UCV, nos hablaba de la economía de la lengua,
y creo que lo que hacemos con el lenguaje lo hacemos también
con nuestro mundo: tal vez por eso manejamos tan mal la economía,
con perdón de los expertos …
Hemos
escuchado también de muchos territorios asolados, arrasados,
destruidos. Entre las paradojas de este terrible cuadro, surge además
la alusión televisiva a las lluvias o a las consecuentes
crecidas “que asolan” (sic) tal o cual
lugar de nuestra geografía.
Asolar,
así conjugado, define una clase de destrucción propia
del sol y la sequía, que daña los frutos y campos
por efectos de ésta. Poco apropiado para lo que destruye,
arrasa, aplasta y derriba del modo en que lo han hecho la lluvia
y los ríos, que se han llevado todo por delante, porque han
asolado nuestra tierra, sí, pero no porque asolan, sino porque
asuelan. Como dicen popularmente, ni es lo mismo ni se
escribe igual (o, al menos, no en todas las personas gramaticales).
Y en caso de duda, véase asolar en el DRAE (edición
en Internet), y en especial la coletilla que aclara cómo
conjugarlo, y, de paso, también asolar, regular
como el sol que le da origen. Tal vez decir que la lluvia o el río
asolan implique que no nos estamos tomando de todo en serio la fuerza
y el poder del agua, y su reclamo natural de espacio.
Allí,
en Vargas, en Yaracuy, en Mérida y en otros lugares, hay
miles de habitantes de esta tierra que necesitan de nosotros. Han
quedado sin hogar, sin ropa, sin alimento, sin seres queridos. Carentes.
Se escucha en la televisión: “Adolecen de comida, abrigo,
vivienda …”.
Me
pregunto si se producen mensajes cruzados. No les faltan, entonces,
la comida, el abrigo y la vivienda: les producen enfermedad o dolor.
¿Será que hay algo subyacente que puede orientar la
generosidad en otras direcciones, si se nos dice que sufren
de tales cosas y no que carecen de ellas y las necesitan?
Aunque
la reflexión anterior puede sonar caricaturesca para muchos,
una cosa es cierta: y es que al parecer dejamos de lado la importancia
de nuestro lenguaje, de la propiedad en el uso de ciertas expresiones.
Nunca estaremos totalmente libres de ello, pero en el uso informativo
y en el académico (entre otros) es fundamental que no haya
mayor distancia entre lo que se quiere decir y lo que efectivamente
se dice.
En
los últimos años escuché, no pocas veces, a
los llamados “personeros” y personajes del acontecer
político y a unos cuantos periodistas referirse a una “crisis
de ingobernabilidad”. Si bien no puedo negar que muchos aludían
con preocupación a una “crisis de gobernabilidad”,
me resultaba llamativa la otra inquietud, que contradictoriamente
parecía referirse a lo mismo. Si en un país nos atormenta,
y no en un lapsus, sino en ocurrencias constantes y periódicas,
la “crisis de ingobernabilidad”, ¿no estamos
diciendo que queremos, entonces, ser –o seguir siendo- ingobernables?
Me encuentro muchas veces, cada semana, con conductores uesebistas
que “se comen la flecha” en el campus (y aunque creo
que las infracciones no tienen lugar ni horario, no estoy hablando
de conductores de medianoche, sino de mediodía, media mañana
y media tarde), o que estacionan cómodamente un vehículo
sobre el rayado que separa dos puestos, o, incluso, dentro de estacionamientos
demarcados, en zonas que no están señalizadas como
autorizadas para estacionar, cuando hay puestos libres a cierta
distancia. ¿No es ésta, acaso, una prueba de que hay
mentes a las que preocupa la más remota posibilidad de que
la ingobernabilidad entre en crisis y dejemos de ser ingobernables?
La
noción de información veraz implica mucho más
que el lugar, la hora y los protagonistas. Implica el ejercicio
de la precisión y sus recursos. El “tú me entiendes”
sin esfuerzo (y, sobre todo, sin conciencia) de quien enuncia, es
un irrespeto a convenios comunicativos que mueven el mundo entre
y para la gente. Hace pocos meses quise leer un artículo
en, como dicen las noticias cuando no quieren acordarse del nombre
del lugar de La Mancha, un conocido periódico de circulación
nacional. Alguien recomendaba en el título la realización
sistemática de un análisis de eses. Me pareció
curioso el tema grafológico, y me dispuse a la lectura. Pero
no. Se trataba de una nota sobre gastroenterología.
(*) Decana de Estudios Generales USB.
Universalia nº 22 Sep-Dic
2004
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