Hoy es 18 de noviembre, lo que significa que ya estamos bastante
cerca del tema del que les quiero hablar, navidad. Como notaran
si salen a las calles de la ciudad ya hay unos cuantos lugares en
los que están puestas las decoraciones navideñas,
arbolitos de navidad, alguna que otra corona con lazos verdes y
rojos, luces de varios colores en algunos casos formando imágenes
alegóricas a esta celebración, y como siempre incontables
imágenes de un señor un poco pasado de peso vestido
como langosta, ese al que afectuosamente llamamos San Nicolás.
Precisamente de él es de quien quiero hablarles.
¿Por qué alguien de
veintidós años quiere hablar de San Nicolás?,
a esta edad se supone que eso es algo de un pasado ya olvidado muchos
años atrás, y es precisamente por eso que quiero hablarles
de San Nicolás, porque es algo que estoy a punto de olvidar.
Primero que nada debo aclararles algo, o mejor dicho confesarles
algo: “Yo a mis veintidós años de edad, creo
en la existencia de San Nicolás”.
Sí, sé lo que estás
pensando, es una estupidez a esta edad creer en San Nicolás,
sería lo mismo que creer en hadas madrinas o en el ratón
que te deja plata bajo la almohada cuando pierdes un diente, pero
sucede que también creo en ellos, al igual que creo en fantasmas,
extraterrestres, duendes, elfos y gnomos, creo en todo lo que se
pueda creer y en lo que no también, creo por el simple hecho
de que hace la vida más agradable, creo porque a veces es
bueno desechar todo tipo de prejuicio dado por el conocimiento y
creer, sencillamente creer. También sé que te parece
difícil creer, de hecho ahora que te estoy pidiendo que creas
estás considerando seriamente la posibilidad de que sea estúpido
o peor aún algún especie de demente peligroso, pero
si te lo propones creerás, después de todo crees que
alguien pudo resucitar, volver de la muerte (ni mas, ni menos),
a los tres días. Por lo tanto no debe ser tan difícil
para ti creer que un “gordito feliz” puede recorrer
el mundo en un trineo impulsado por renos voladores en una sola
noche, esparciendo alegría y felicidad por donde pasa (ojo,
jamás mencioné regalos, eso nada tiene que ver con
la felicidad, aunque seguramente ese es el concepto que se tiene
de la alegría de la navidad). Después de todo, debes
estar consciente de que si puedes creer en cosas que están
en contra de tu visión lógica del mundo.
Piénsalo bien, es sólo
cuestión de aceptar paso a paso varios razonamientos que
se unen uno con otro. Puedes empezar creyendo que alguien puede
vivir en el Polo Norte, si aceptas eso puedes luego aceptar que
tenga bajo su posesión una cierta cantidad de renos (al menos
ocho) y que suela desplazarse en un trineo, posiblemente halado
por esos mismos renos. Tampoco te puede ser tan difícil aceptar
la posibilidad de que se dedique todo el año a “hacer
juguetes” y que tenga toda una fábrica de ellos en
el Polo Norte, después de todo la mano de obra en esos lugares
debe ser sumamente barata, así que seguramente basta con
que creas en él como un empresario. El siguiente paso es
el de creer en los pequeños “duendes” que trabajan
para él en su fábrica, tampoco es tan complicado,
si te pones a pensar gente nacida y criada en el Polo Norte donde
la falta de sol es sólo opacada por la falta de alimento,
el desarrollo físico del hombre ciertamente no es mi área
de experticia pero sin duda que esas condiciones deben dar origen
a seres de muy baja estatura. Aceptando que existen esos duendes,
es evidente que tendrían que trabajar en la fábrica
de juguetes de San Nicolás, ¿quién más
emplearía a un montón de enanos en ese lugar?, lo
que nos vuelve a llevar al punto de la mano de obra, un enano que
vive en el Polo Norte tiene que ser inclusive más barato
como mano de obra que un niño en la china.
Claro, esa parte era la más
sencilla de probar, ¿cómo puede hacer que el trineo
vuele?, fácilmente, haciendo que los renos vuelen. ¿Cómo
puede hacer que los renos vuelen?, eso sí es más complicado,
sencillamente te pediré que creas en la magia, y por qué
no habrías de hacerlo, la magia es parte de nuestra vida
diaria, seguramente te has comunicado con alguien con tan solo mirar
a esa persona, sin necesidad de palabras o de gestos, y aunque te
parezca extraño eso es magia, personalmente la única
prueba de magia que necesito en la vida es la sonrisa de un niño,
sólo con verla sabes que hay algo más en el mundo
de lo que tu visión del mismo te permite ver. En todo caso,
si crees que una imagen de una virgen María o de un Cristo
puede llorar, seguramente no te debe costar tanto creer que un trineo
puede volar, de hecho, es probable que en estos momentos del desarrollo
tecnológico un trineo volador esté a nuestro alcance.
¿Cómo recorre el mundo
en una sola noche?, pues con tiempo y una excelente planificación.
Seguramente sabes que alrededor del mundo existen muchos horarios
diferentes, lo que le da a San Nicolás prácticamente
unas veinticuatro horas de noches, para entregar los regalos, tiempo
posiblemente suficiente. Después de todo tienes que tomar
en cuenta que sólo le reparte juguetes a los niños
cristianos, lo que debe eliminar seguramente a un tercio de los
niños del mundo, lamento mucho no poder darle un valor estadístico
con bases. Además, de estos niños cristianos no reciben
regalos los más pobres, lo que seguramente elimina a más
de un sesenta por ciento de los niños cristianos, nuevamente
lamento no poseer datos estadísticos al respecto, pero esto
sólo deja a un diez por ciento de los niños del mundo
a los que San Nicolás visita y deja regalos. Veinticuatro
horas en un trineo volador para entregar juguetes a sólo
un diez por ciento de los niños del mundo, la mayoría
de ellos concentrados en las grandes ciudades, sin duda me parece
tiempo suficiente. No entiendo por qué no le lleva regalos
a los niños pobres si ciertamente ellos deben necesitarlos
más, pero supongo que nunca se es lo suficientemente joven
para aprender que la vida es injusta.
Por otra parte, no puedo despreciar
las razones sentimentales por las que aún creo en San Nicolás,
seguramente todos recuerdan el sentimiento y la intensidad con las
que uno vivía la noche del veinticuatro de diciembre, apuesto
a que sí. ¿Alguna vez lograste dormir hasta entrada
la mañana de navidad?¿verdad que no?, no importaba
cuánto te “amenazaran” tus padres con que duermas
o no venía San Nicolás, jamás lograste estar
dormido del todo, personalmente debo admitir que aún ahora
me cuesta dormir y me despierto varias veces en la noche dándome
excusas tontas como: voy a tomar agua o tengo que ir al baño;
cuando realmente lo único que quiero es acercarme al arbolito
de navidad y ver si hay algún regalo bajo él, ni hablar
de cómo era cuando niño, no creo que haya dormido
más de una hora nunca.
Lo que me lleva al sentimiento indescriptible
que sentía cuando llegaba al arbolito y veía mis regalos,
es para mí realmente imposible describirlo, no sabría
por donde empezar, supongo que tendría que empezar con alivio,
siempre me preocupaba que se considerase que había sido un
“niño malo” y no me dejaran regalos en navidad,
creo que ese era mi mayor miedo cuando niño. Ahora las cosas
han cambiado un poco y mis temores van más allá de
lo que me atrevería a poner en un papel, pero siempre fue
un alivio ver que no había sido un “niño malo”.
Luego venía lo que los psicólogos seguramente llamarían
una etapa pseudo-histérica de agitación y excitación.
No podía aguantar las ganas de saber qué era lo que
me había traído mi querido amigo San Nicolás,
quería abrir todos los regalos a la vez, los míos
y los de los demás, siempre tenía que tomarme unos
segundos para respirar y poner mis ideas en orden para evitar así
que mi cerebro de alguna forma explotara. Después claro venía
despertar inmediatamente a mis padres para que vean qué fue
lo que me trajo San Nicolás, la verdad es que hubiese querido
ver mi cara en esos momentos, tanto así que no puedo esperar
a conseguir alguien a quien amar y con quien tener una familia,
no puedo esperar el momento que mis hijos me despierten en navidad
con un simple pero lleno de emoción: “papi, mira lo
que me trajo San Nicolás”. Seguramente irán
primero con su madre, aún no se me ocurre quién podría
ser pero quién podría culpar a los niños por
ir primero a ella que a mí, de todas formas lo importante
es ver las caras que tendrán y verme quizás reflejado
un momento en ellos (espero que se parezcan a mí, pero no
mucho, aún tengo la esperanza de que su madre sea medianamente
bonita). Así que, como ves, si creo en San Nicolás
y sin duda alguna creo en la magia.
Pero la verdadera razón por
la que creo en San Nicolás es la más simple de todas:
“Porque lo vi”. Si, efectivamente lo vi, de hecho lo
he visto varias veces, viene todos los años a mi casa (¿adivinan
el día?) y conversamos, es por eso que anteriormente les
dije que esparcía alegría por el mundo, nada que tenga
que ver con regalos.
La primera vez que lo vi tenía
cinco años de edad, era una navidad difícil para mí,
se había muerto mi tortuga mascota “Sr. Tortuga”,
en esos momentos no era tan creativo como ahora o mi tortuga hubiese
tenido un nombre como “la tortuga de la muerte”, y ese
era mi primer encuentro con la muerte. Desafortunadamente la vida
me ha hecho encontrarla ya tantas veces que permanezco inalterado
ante su presencia, casi forma parte de cotidianeidad. Volviendo
a lo importante, esa navidad sólo quería a mi tortuga,
me negaba a entender que no volvería, y fue entonces cuando
encontré a San Nicolás sentado en el sofá de
la sala junto al arbolito, “Te estaba esperando” me
dijo con una sonrisa en su redondo y rosado rostro, en ese momento
estaba congelado, creo que debí parecer un personaje de caricaturas
con la barbilla pegada completamente contra el piso, no podía
hablar. “Tengo algo para ti” continuó San Nicolás.
“Ven, siéntate a mi lado”.
Evidentemente caminé hacia
él y me senté a su lado, si tienes la suerte de ser
visitado por alguien de su importancia lo mejor es hacer lo que
dice. “Sé que estás triste por tu tortuga”
me dijo, yo simplemente lo vi a los ojos y lloré. “Calma
mi niño, tengo otra tortuga para ti”, le expliqué
que no quería otra, que tan sólo quería de
vuelta a la mía, al Sr. Tortuga. Esa era la que quería,
porque el Sr. Tortuga era mi amigo.
San Nicolás me miró
con una amplia y amigable sonrisa, me dio unas palmaditas en la
espalda, aunque alguien de su corpulencia no es capaz de dar unas
simples palmaditas, parecían casi unos golpes, y me dijo
con voz seria: “Tengo que explicarte lo que significa la muerte,
no es algo agradable pero creo que necesitas saberlo”. Si
bien no fue agradable, sin duda que haberlo escuchado de San Nicolás
lo hizo mucho más fácil. Esa noche dejé de
llorar por mi tortuga y le pedí que no me diera la otra,
que se la llevara a otro niño, sentía como si de alguna
manera estuviese traicionando al Sr. Tortuga.
Esa noche San Nicolás se
fue con la promesa de que volvería al año siguiente
y así hizo. Volvió durante muchos años hasta
que dejó de hacerlo, no sé si considera que ya dejé
de ser niño (nada más lejos de la verdad) o que he
sido un “niño malo” últimamente. Seguramente
ya no me ve como un niño y tiene suficiente trabajo con los
niños de verdad como para reparar en mí.
La verdad es que tan sólo
quisiera decirle que ahora no me vendría mal una nueva tortuga.
(*)Estudiante de Licenciatura en
Química USB
Universalia nº 22 Sep-Dic
2004
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