| Vista,
oído, gusto, tacto, olfato... y lenguaje
Julio Guzmán*
“Lo que no puedas decir
con claridad es que no lo sabes. Con el pensamiento nace la palabra
en los labios del hombre: lo dicho oscuramente es lo pensado oscuramente.”
(Esaias Tegnér, 1820)
Según cuenta una fábula,
un grupo de ciegos se reunió porque quería saber cómo
era un elefante. El primer ciego, estando detrás del elefante,
le tocó la cola y dijo: “¡Pero este animal parece
una cuerda!”. El segundo ciego fue rápidamente a palparlo
y, tocando una de las patas, dijo: “No… es más
bien parecido a un árbol”. El tercero, que ya no aguantaba
la intriga, fue y le tocó un costado. Ante esto, dijo asombrado:
“Pero si este fabuloso animal lo que parece es una pared…”.
Cada uno de los ciegos sólo
podía reconocer lo que estaba a su alcance: una cola,
una pata, un costado. De haber tenido un mayor campo de percepción,
o de haber sido el animal mucho más pequeño, hubiese
habido mayor posibilidad de acertar en la descripción, es
decir, de que se acercasen más a la realidad. Algo parecido
ocurre con el idioma. Si es una ventana a través de la cual
se observa la realidad, conseguiremos ver más claramente
de ser más amplia, o si no, tendremos que conformarnos con
percibir sólo las cosas más inmediatas, igual que
los ciegos de la fábula.
El lenguaje es una parte esencial
de la vida, es una herramienta a través de la cual percibimos
la realidad; gracias a él somos capaces de crear conceptos
que inclinan nuestra percepción. Cuando nombramos algo no
simplemente estamos poniéndole una etiqueta, sino que estamos
delimitando o cortando un continuo (la realidad) de la manera que
mejor nos parece y le damos un significado. Si nuestro lenguaje
es pobre, no podremos hacer “cortes finos” de la realidad
y nuestra visión acerca de ella sólo podrá
ser tosca. Toda una gama de matices será para nosotros una
misma cosa y perderemos todo lo que está en medio. En fin,
no sabremos apreciar la riqueza de la realidad.
Considérese el caso de los Zuni (ubicados en el sudoeste
de los EEUU). En su idioma no hay diferencia para el rango de colores
ubicado entre el amarillo y el anaranjado. En una prueba en la cual
a un grupo de personas se le presentaba un color y luego una paleta
de colores para identificar aquél que le había sido
mostrado en un principio, los Zuni monolingües cometieron la
mayor cantidad de errores, seguidos por los Zuni bilingües
y finalmente los anglófonos monolingües que casi no
cometieron errores. ¿Por qué cometieron los Zuni monolingües
la mayor cantidad de errores? Pues porque en su mente tenían
el mismo concepto para el anaranjado y el amarillo: a ello los inclina
su idioma. Si el lenguaje que les proporciona conceptos dice que
el amarillo y el anaranjado son lo mismo, entonces, en la mente
de los Zuni, la percepción del matiz no estará tan
clara.
Podríamos citar también, en este orden de ideas, la
novela 1984 escrita por George Orwell. En ésta se
narra la historia de un país en el cual se intenta cambiar
la manera de pensar de sus habitantes cambiándoles su idioma.
El nuevo idioma (bautizado en el libro como Newspeak) estaba
creado no sólo para cambiar los puntos de vista de una persona,
sino también para hacer otros puntos de vista casi imposibles.
Orwell probablemente estaba pensando en lo mismo que concluyó
el lingüista Charles Hockett, quien dijo que las lenguas no
varían mucho en cuanto a qué se puede decir con ellas,
sino en cuanto a qué es más fácil decir con
ellas (y con esto qué es más fácil pensar con
ellas). Así, los creadores del newspeak, que tenían
como finalidad entorpecer la concepción
de conceptos como honor, justicia, moralidad, internacionalismo,
democracia, ciencia, etc., ¿qué hicieron? No incluyeron
estas palabras en el nuevo lenguaje. A veces ni siquiera era necesario
borrar una palabra de este tipo, bastaba con despojarla de la acepción
indeseada (tal era el caso de la palabra igual, cuyo único
sentido en una oración como “todos los hombres son
iguales”, sería el de que todos los hombres tienen
más o menos la misma estatura, peso, etc.). Y es que todas
las personas están orientadas por su lenguaje: los indios
Zuni, los personajes de Orwell y, por supuesto, nosotros mismos.
Si no queremos entorpecer nuestra
percepción de la realidad debemos esforzarnos por mejorar
nuestra lengua y el dominio que de ella tenemos. Al manejarla con
propiedad podremos expresar mejor lo que creemos, logrando así
pensar con más claridad. Imaginémonos un momento sin
lenguaje: sería un poco difícil lograr pensar ¿verdad?
Qué difícil sería recordar, por ejemplo, cuántas
veces hemos estado en un lugar si ni siquiera tuviésemos
el concepto de números. El lenguaje es ese sentido (como
el tacto o la visión) que agrega una nueva dimensión
a nuestra percepción de la realidad, la dimensión
en la que logramos abstraernos. Cuando vemos un carro, por ejemplo,
vemos un concepto: “una máquina capaz de trasladarnos
por tierra”. Es esta capacidad de asociación, esta
abstracción, la que nos permite pensar con más claridad,
y ver, en el caso del carro, más allá del armatoste
de metal y plástico que se nos presenta enfrente.
Y si es el lenguaje el que nos regala
los conceptos, ¿no deberíamos tratar de cultivarlo?
(*) Estudiante de Ingeniería
Electrónica
Alumno del Estudio General La Guerra de los Idiomas, Prof. Carlos
Leañez Aristimuño.
Universalia nº 21 Ene-Jul
2004
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