Razones
de una razón poética
Rafael Fauquié*
Poética, poético: términos
que van mucho más allá de cualquier alusión
a reglas y preceptos estéticos relacionados con la escritura
de poesía. Nociones amplísimas identificadas, además,
con percepción, comprensión, saber, intuición,
recuerdo. Así como existe una “razón técnica”
apoyada en la experimentación, en la eficacia, en el pragmatismo
y en la contundencia de inapelables resultados, existe, también,
una “razón poética” que surge de la intuición
y la experiencia humana convertidas en mediadoras de una conciencia
que nombra el universo.
Para la razón poética la intuición
se hace siempre genuina posibilidad de conocimiento; no opuesto
a la lógica: complementario a ella. Es un saber que tiene
que ver con sentimiento tanto como con sensibilidad, con inteligencia
tanto como con lucidez y pasión. Es reflexión y fervor
reunidos. Es saber personal que intuye respuestas a lo desconocido
a partir de las evocaciones y relaciones surgidas de una experiencia
humana individual. La razón poética surge siempre
de un razonador: de lo que él ha vivido, de lo que ha experimentado
y creado. Para la razón poética, las interrogantes
y búsquedas suelen girar en torno a una imagen de revelación:
comprensión fugaz de lo que se adivina como final o como
total. Para la razón poética todo conocimiento es
una larga cadena en la que cada eslabón es mediación
entre lo que continúa y lo que es precedente. Es sabiduría
en la que lo instantáneo y lo perenne no cesan de relacionarse.
Fugacidad y permanencia: la razón poética se mueve
constantemente entre ambas. En ella el tiempo de lo momentáneo
se relaciona con el tiempo del siempre. Es una argumentación
que habla en presente pero que, constantemente, enuncia ecos de
un pasado ya vivido.
La razón poética es una razón
de vida, un argumento para la vida y en comunicación directa
con ella. La razón poética nos conduce hacia la intuición
de lo que es inefable o elusivo. Alcanza a asir cierta diafanidad
en la comprensión de cosas que jamás podrían
entenderse de una sola manera. Es un saber dubitativo, particular,
cambiante, circunstancial. Un saber de tientos, un conocimiento
que se transforma sin cesar; una sabiduría que impone la
noción de lo enigmático y de lo incierto, y que desconfía
de las conclusiones tajantes y de las verdades absolutas. La razón
poética se mueve constantemente dentro de nociones de transitoriedad
y de riesgo; también de humildad. Es, sobre todo, un saber
de incertidumbres, y la incertidumbre está forzada a ser
humilde. Necesariamente debe refugiarse en la precaución
y en la cautela.
La razón poética acepta que la realidad
es, esencialmente, la palabra que la nombra. Humanización
de la razón poética porque las palabras pertenecen
siempre a alguien: a una individualidad en diálogo con el
universo, a una conciencia que dibuja la realidad a partir de sí
misma. Mucho más que la comprensión del mundo, la
razón poética muestra la mirada de un ser humano sobre
el mundo o el mundo convertido en eso que lo convierten las miradas
que lo contemplan. Razón poética: razón de
lo inmenso proyectándose sobre lo ínfimo, razón
de lo mínimo que reproduce nociones de infinitud.
La mirada de la razón poética es
adánica. Mirada primera que, aunque perciba cosas muy viejas,
las contempla como si las descubriese por primera vez. Nombrar desde
una razón poética es nombrar lo recién descubierto;
no lo nuevo sino la percepción de lo nuevo. La razón
poética es razón mediadora o razón en diálogo
que busca la comunicación de las voces, el encuentro de los
argumentos, la reunión de las imágenes. Para la razón
poética todas las razones pasan a ser versiones, puntos de
vista, percepciones.
Frente a uno de los signos de nuestro tiempo: el
de la generalizada indiferencia ante las palabras, ante el signo
escrito, la razón poética devuelve a la voz, a la
escritura, todo el poder de la comprensión. De alguna manera,
es un rescate de la vieja visión de los griegos en torno
al poder de las palabras. Para los griegos la voz era una evocación
de lo nombrado que convocaba las cosas ante quien las pronunciaba.
La palabra podía transmutar la realidad, cambiarla: reflejaba
al mundo y, al hacerlo, daba vida al mundo. Esa convicción
pareciera revivir, de muchas maneras, en esa razón poética
que es voz que dice que las cosas y el mundo son, por sobre todo,
las cosas y el mundo percibidas por los hombres.
(*)Profesor de Dpto. de Lengua y Literatura USB
Universalia nº 19 Abr - Sept 2003
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