Cómo
leer un libro ( fragmentos)
Joseph Brodsky*
Los libros son, en efecto, menos finitos que nosotros mismos. Incluso
los peores sobreviven a quienes los escribieron... sobre todo porque
ocupan mucho menos espacio que ellos. A menudo reposan en una estantería
acumulando polvo, mucho después de que el propio escritor
se haya convertido en polvo.
No hay duda de que puede resultar placentero retirarse
a algún lugar a leer un largo y mediocre novelón;
pero todos sabemos que, en definitiva, muy pocas veces solemos permitírnoslo.
Al fin y al cabo, leemos no sólo por leer sino para aprender
algo. De ahí la necesidad de concisión, de condensación,
de fusión, de obras que traten sobre el sufrimiento humano
de la forma más directa y exacta posible; en pocas palabras,
la necesidad de atajos. De ahí, también, y como consecuencia
de nuestra sospecha de que tales atajos no existen (aunque sí
existen, como veremos), la necesidad de alguna brújula para
navegar por el océano de lo publicado.
Esa función de brújula, por supuesto,
es la desempeñada por la crítica literaria. Pero su
aguja, ¡ay!, oscila locamente. Lo que para unos es el Norte
para otros es el Sur (Sudamérica, para ser más exactos),
y lo mismo, pero aún peor, ocurre con el Este y el Oeste.
El problema con los críticos es (como mínimo) triple:
a) que se trate de comentaristas mediocres, que saben tan poco como
nosotros; b) que manifiesten una clara predilección por un
determinado tipo de literatura o, simplemente, que se dejen comprar
por la industria editorial; y c) que se trate de escritores de talento
que convierten la crítica en género literario autónomo
(piénsese por ejemplo en Borges), y acabemos leyendo las
reseñas sobre los libros en vez de los propios libros.
En cualquier caso, nos hallaremos a la deriva en
pleno océano, rodeados de páginas por todas partes,
subidos a una balsa cuya capacidad para mantenerse a flote resulta
harto dudosa. Una alternativa sería, por tanto, educar nuestro
propio gusto, convertirnos en nuestra propia brújula, familiarizarnos
-por así decirlo- con determinadas estrellas y constelaciones,
de brillo débil o radiante pero siempre remoto. Sin embargo,
esto lleva muchísimo tiempo, y puede ser que entonces seamos
ya unos ancianos que hacen su mutis con un mohoso volumen bajo el
brazo. Otra alternativa –aunque quizá forme parte de
la anterior- consistiría en confiar en lo que otros dicen:
la recomendación de un amigo, una referencia en un texto
que nos gusta. Aunque no esté institucionalizado (y no sería
mala idea), este procedimiento “de oídas” nos
es familiar desde la más tierna edad. Pero tampoco resulta
un recurso muy seguro, pues el océano de literatura disponible
crece de forma continua, ...que no constituye sino una tormenta
más en tan proceloso océano.
Así pues, ¿dónde encontrar
nuestra propia tierra firma, aunque se trate de una isla inhóspita?
¿Dónde está nuestro buen Viernes, por no decir
nuestra mona Chita?...
En efecto, si yo hubiera sido editor, habría
hecho constar en las portadas de los libros no sólo los nombres
de los autores sino también la edad exacta que tenían
al escribirlos, para que sus lectores pudieran decidir si les interesaba
tener en cuenta el contenido o el punto de vista de un libro escrito
por un autor mucho más joven, o mucho mayor que ellos...
El modo de conseguir un buen gusto literario consiste
en leer poesía. Y si creen detectar en mi opinión
cierto partidismo profesional, alguna voluntad de defender los intereses
de mi gremio, se equivocan: no me interesan tales gremios. La cuestión
es que la poesía, siendo la forma suprema de elocución
humana, no sólo constituye el modo más conciso, más
sintético de expresar la experiencia vital, sino que permite,
asimismo, la mayor creatividad posible en un acto lingüístico,
sobre todo en el caso de los escritos.
Cuanta más poesía leemos, más
aborrecible nos resulta cualquier tipo de verborrea, tanto en el
discurso político o filosófico, como en los estudios
históricos y sociales, o en el arte de la ficción.
El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión,
de la rapidez y de la lacónica intensidad de la dicción
poética. Hija del epitafio y del epigrama, concebida, por
lo que parece, como una forma sintética de tratar cualquier
tema, la poesía supone una gran disciplina para la prosa.
Le enseña no sólo el valor de cada palabra sino también
los ricos esquemas mentales del ser humano, las posibles alternativas
a la composición lineal, la habilidad de omitir lo obvio,
el subrayado del detalle, la técnica del anticlímax.
Por encima de todo, la poesía despierta en la prosa el ansia
metafísica que distingue la obra de arte de las meras belles
lettres. Reconozcamos, sin embargo, que en este aspecto concreto
la prosa ha demostrado ser un alumno más bien perezoso.
Por favor, no se me malinterprete: no pretendo
desacreditar la prosa. Lo que ocurre es que la poesía es
más antigua que la prosa y, por lo tanto, ha recorrido una
distancia mayor. La literatura comenzó con la poesía,
con la canción del hombre nómada, que antecede a los
garabatos del hombre sedentario. Y aunque en algún lugar
he comparado la diferencia entre poesía y prosa con la existente
entre la aviación y la infantería, lo que ahora sugiero
nada tiene que ver con la jerarquía, o los orígenes
antropológicos de la literatura. Sólo intento ser
práctico y ahorrarles a su vista y a su cerebro un gran número
de lecturas inútiles...
Permítanme esbozar ahora una caricatura,
pues las caricaturas acentúan lo esencial. Imagínense
a un lector cuyas dos manos sostienen sendos libros abiertos: en
la izquierda, una colección de poemas; en la derecha, un
volumen en prosa. Veamos cuál deja caer primero. Podría,
por supuesto, cargar ambas manos de libros en prosa, pero no le
serviría para formarse un criterio. Y, por supuesto, podría
preguntarse cómo distinguir la buena poesía de la
mala y quién le asegura que lo que sostiene en su mano izquierda
merece algún interés.
Bien, en primer lugar, el peso de su mano izquierda
resultará, con toda probabilidad, más ligero que el
de la derecha. En segundo lugar, la poesía, como dijo Montale,
es un arte incurablemente semántico, y este hecho deja muy
pocas posibilidades a la charlatanería. Al tercer verso un
lector ya se ha hecho una idea de lo que tiene entre manos, pues
la poesía cobra sentido con rapidez y la calidad de su lenguaje
se pone de manifiesto inmediatamente. Después de leer tres
versos, ya puede echar un vistazo a lo que tiene en su mano derecha.
Como he dicho, se trata por supuesto de una caricatura...
Asegúrense al menos de que algunos libros sean en prosa y
otros en verso.
(*)Tomado de “Del dolor y la razón”, Ed.
Destino, 2.000 – Barcelona, España
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