| El
lenguaje, ese hilo conductor
Rafael Cadenas*
De una manera general se puede decir que el venezolano
de hoy conoce muy poco su propia lengua. No tiene conciencia del
instrumento que utiliza para expresarse. En su lenguaje, admitámoslo
sin muchas vueltas, se advierte una pobreza alarmante. El número
de palabras que usa es escaso, está lejos de un nivel aceptable
y en los casos extremos apenas rebasa los límites del español básico;
por lo general no lee ni redacta bien. Infortunadamente también
ignora que la propia lengua puede y debe estudiarse a lo largo de
la vida; para él es sólo una tediosa materia de los programas de
la escuela y el bachillerato de la cual se siente al fin libre.
Tampoco sabe que nunca ha recibido clases de lengua, aunque haya
llegado a la universidad. Lo cierto es que el lenguaje no ocupa
ningún puesto en la gama de sus intereses.(1)
He oído decir que el lenguaje de las telenovelas es
el que usan los venezolanos, que los libretistas llevan a la pantalla
el que oyen en su ambiente y los directores y actores se encargan
de la “manera” de hablarlo. Si es así, las telenovelas constituyen
la prueba más contundente de que en punto a idioma sí se encuentra
Venezuela en un estado de indigencia.
Los periódicos contribuyen un poco más a sostener
la lengua, pero habría que reprocharles la grave negligencia que
se nota en el material procedente del extranjero, que se nos sirve
en un español tras el cual percibimos sin esfuerzo los giros ingleses.
Es, a veces, un inglés mal trajeado a lo español por traductores
a los que la construcción propia de nuestra lengua les es o se les
ha vuelto extraña y por periodistas que desconocen la frase española
y por ello no pueden detectar el contrabando o periodistas a quienes
simplemente les importa poco que nuestra lengua desaparezca, lo
cual a la larga es posible. Las deformaciones pueden ir poco a poco
–o tal vez rápidamente, nada es hoy lento- cambiando su faz, hasta
volvérsela irreconocible.
Cabe afirmar, sin injusticia, que los medios de comunicación
son indolentes ante el idioma. A la televisión –vuelvo sobre este
medio por ser el de mayor alcance y por considerar irremediable
la radio- puede exigírsele, al menos, que mantenga un nivel de expresión
aceptable, que no contribuya a desfigurar el idioma y que no recoja
lo peor, pues suele darle profusa circulación a injustificables
monedas lingüísticas.
La televisión magnetiza. Su influencia no admite comparación
con ninguna otra. Creo que la televisión, el automóvil y la propaganda
le dan su nota más característica a nuestra época. De ahí que me
haya demorado en este punto y no quisiera abandonarlo sin referirme
a la propaganda, especialmente la televisiva. Cada planta golpea
sobre un público inerme, incitándolo –a gritos o con tonadillas
para embobecer- a comprar, comprar, comprar, lo que sea, limpiadores,
detergentes, cigarrillos, automóviles, máquinas de afeitar, champúes,
margarinas, leches condensadas, discos, jabones, o anunciándole
los maravillosos espectáculos que tiene preparados o entonando loas,
en impar ejercicio de autoexaltación, a la calidad de sus programas,
lo que no puede menos de tener un efecto que seguramente va más
allá del estímulo al consumismo, el fomento de la masificación o
el pábulo a la simple tontería. Pienso hasta en un efecto neurológico,
difícil de rastrear. Tal vez lo más dañoso sea ese su desconsiderado
golpeteo, esa su endemoniada repetición, su abusiva frecuencia que
al decir de los expertos, no tiene parangón en otros países. De
ahí que sería saludable regular, es este aspecto, a las plantas
privadas.
La situación de deterioro que he descrito de manera
muy suscinta tiene graves consecuencias para el venezolano. El desconocimiento
de su lengua lo limita como ser humano en todo sentido. Lo traba;
le impide pensar, dado que sin lenguaje esta función se torna imposible;
lo priva de la herencia cultural de la humanidad y especialmente
la que pertenece a su ámbito lingüístico; lo convierte en presa
de embaucadores, pues la ignorancia lo toma inerme ante ellos y
no lo deja detectar la mentira en el lenguaje; lo transforma fácilmente
en hombre masa, ya que una conciencia del lenguaje es una de las
mejores defensas frente a las fuerzas que presionan contra la individualidad.
¿Para qué seguir enumerando limitaciones? Sería nunca acabar. Ya
se sabe que la lengua es como el armazón de toda la cultura.
Hablar y pensar son funciones que se vinculan de
modo indisoluble; no puede existir la una sin la otra. Además el
lenguaje no sólo le da su rasgo más característico al hombre: también
lo configura. “El mundo va conformándose para el hombre según la
imagen del lenguaje, y cada nueva precisión idiomática es al mismo
tiempo un aumento, un enriquecimiento de su mundo. Esto no se refiere
sólo al mundo externo, sino también al interno, espiritual y anímico.
Así como el mundo externo va estructurándose en el niño al aprender
éste a designarlo, a captarlo idiomáticamente, así también se estructura
y se forma su fuero íntimo por medio de la expresión idiomática.
Alegría y dolor, amor y paciencia, aburrimiento y expectativa, franqueza
y orgullo, etc.: todo ello va configurándose bajo la conducción
de las palabras que el lenguaje pone a disposición del hombre. Y
con tal proceso se va formando su naturaleza interior. Lo cual sin
duda no significa que el lenguaje produzca los sentimientos sacándolos
sencillamente de la nada. Algo de vida anímica debe preexistir.
Pero ese algo es todavía informe e inaprensible y sólo adquiere
su forma y con ello su verdadera realidad al fundirse en los moldes
idiomáticos prefigurados o, mejor dicho, al unirse a tales formas
prefiguradas. Y puesto que cada lengua, como hemos visto, va acuñando
esta actitud de un modo específico en cada caso, también el hombre
se va formando dentro del lenguaje de un modo específico en cada
caso”(2). Podría afirmarse
que, en gran medida, el hombre es hechura del lenguaje. Este le
sirve no sólo como medio principal de comunicación, para pensar
y expresar sus ideas y sentimientos, sino que también lo forma.
Está unido en lo más hondo a su ser; es parte suya esencial, propia,
constitutiva. En cierto modo conocemos a las personas por su manera
de usar el lenguaje. Este nos revela más que cualquier otro rasgo.
Un descenso del lenguaje debilita y hasta puede cortar
nuestros vínculos con el pasado, quitarnos el suelo histórico al
que pertenecemos, pues hablar una lengua es una filiación a un territorio
cultural específico. La desmemoria que se observa en el mundo moderno
quizá tenga que ver con ese descenso, ya que el lenguaje es vía
cardinal de comunicación no sólo en el presente, sino también con
el pasado. Cuando hablamos, en nuestras palabras resuenan siglos,
cuando leemos libros de épocas remotas nos topamos palabras que
aún decimos. Se trata de un hilo conductor que viene del ayer, y
está entrelazado con el de la historia.
Me emociona pensar que las palabras que yo pronuncio
son las mismas que pronunciaba, por ejemplo, Cervantes, o encontrar
en sus obras las palabras de mi infancia oídas tantas veces en boca
de mis abuelos o de mis padres o compañeros de escuela o de juegos.
El lenguaje está cargado hasta los bordes de tiempo.
(1) Aludo, claro está,
a un enorme sector de la población, no a toda. En Venezuela, como
en la mayoría de los países, existen muchos niveles y diferencias.
Mis afirmaciones no deben tomarse a la letra. Con todo, aun el lenguaje
de personas a quienes la lectura no les es extraña y cuyo español
no puede considerarse deficiente, muestra poca variedad, ha ido
perdiendo sabor, se siente desangelado.
(2) Otto Friedrich Bollnow, Lenguaje
y Educación. Alianza Editorial. Madrid, 1967
Tomado de La quiebra
del lenguaje. Rafael Cadenas. En torno al lenguaje. Ediciones
Dirección de Cultura UCV. Caracas, 1985
Universalia nº 14 Enero-Marzo 2001
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