| Ver
las estrellas dentro de ti
Daniel
Medvedov*
Yo tenía un profesor de estrellas, un profesor de
números, un profesor de cuerpo, un profesor de combate, un profesor
de ajedrez, un profesor de libros, un profesor de comida, un profesor
de dinero, un profesor de juego y un profesor de Dios.
Cada uno me enseñaba, sólo si yo preguntaba o me interesaba,
cosas relativas a sus conocimientos. Podía preguntar cualquier cosa.
Siempre había un profesor que me respondía. Sin embargo, ellos estaban
todos en sus casas y yo tenía que visitarlos según el interés que
me embargaba en el día respectivo.
A veces tenía ganas de hablar y de oír cosas sobre
números y visitaba al profesor Vermont. Sabía tanto de números y
de sus historias, que me impresionaba.
- ¿Cómo es posible saber tanto? ¡Eso es conocer!
-me decían cuando yo comentaba mi asombro- Saber es otra cosa.
- ¿Qué es saber? -preguntaba yo.
- Saber es tener la capacidad de ser “nadie”. Es
poder retornar a sí mismo cada vez que tu quieras. Es estar en
paz y ser modesto secretamente.
Esta era la respuesta del señor Hassan, el profesor
de ajedrez. Era bueno el que yo decidiera cada día qué cosa quería
estudiar. Esa es la verdadera educación: el placer del conocimiento.
Estudiaba las estrellas de noche y de mañana. A ratos
esperaba salir al lucero de la tarde al lado del profesor Ardan.
El conocía todo de las estrellas. No sólo su nombre y sus colores,
sus constelaciones o sus historias, conocía el secreto de las estrellas.
Es decir, sabía ¡qué cosas eran las estrellas!.
El profesor Ardan me enseñó ver en el cielo estrellado
durante la luz del día. Me decía: Nadiel, el cuerpo es como un alto
biombo que corta la luz difusa que te impide ver a las estrellas.
Cierra los ojos y aguanta así un rato. En pocos instantes serás
capaz de ver las estrellas dentro de ti mismo.
El profesor de libros, Don Berg, no sólo me enseñaba
a leer sino también a escribir. Aprendí a "poetizar" como él decía,
a construir poemas ejemplares con motivo de los más triviales momentos
del día. Estos poemas eran como pastillas de inmortalidad para la
tristeza y el desatino. No se trataba de construir alguna historia
en versos o contar rimado. Era otra cosa. Un gesto desapercibido,
un instante de quietud, una rana esperando la lluvia, todos esos
momentos sin importancia formaban el arsenal poético de la escritura.
Aprendí a curar mis sentimientos con la poesía. Esa
medicina del alma ungía la tristeza con el aceite sagrado de la
creación.
Ellos decían que son "hermanos", no "profesores".
Me enseñaron la diferencia entre los instructores y los maestros,
entre los guías y los baquianos.
El profesor Berna, experto culinario, era un individuo
curioso. Casi nunca comía y cuando lo hacía, su menú era menos que
escaso. Abría una lata de sardinas y con un pedazo de pan viejo
compartía con sus gatos el contenido de la lata.
- "Comer poco, esto es el secreto"- comentaba el
profesor Berna. Ser austero en la comida es el arte de la longevidad.
La sensación de tener siempre hambre es una bendición de Dios.
Años después descubrí que todos esos profesores me des-enseñaron
lo que ellos conocían.
Aprendí a no contar el dinero y todo lo demás, es decir a no
contar nada. Me enseñaron a mirar las estrellas de día, a no comer,
a no jugar ajedrez o mejor dicho a jugar sin piezas en el tablero,
y a buscar a Dios en el silencio.
Este es el gran misterio. Dios es el silencio. Allí
encontramos todo lo que deseamos saber y todo lo que debemos saber.
Busca el silencio.
Fragmento de la novela inédita El Gabinete fantástico
del Dr. M.
*PH.D. en Filosofía China, Taipei. M.A. en Artes
Cinemáticas en Bucarest. Licenciado en artes en Bucarest. Especialista
en teología en la UCAB. Médico Orientalista (O.M.D.) Profesor de
la escuela de Letras y Filosofía de la Universidad Central de Venezuela
y de la Universidad Católica Andrés Bello
Director del Centro de Estudios de Simbología.
Universalia nº 14 Enero-Marzo 2001
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