| Ética
del quehacer educativo (Fragmentos)
Carlos Cardona
Es frecuente que la actividad educativa se vea como
adquisición de conocimientos, y a veces incluso como simple medio
para la obtención de una calificación académica satisfactoria o
de un título profesional. No resulta fácil dar primacía a lo ético,
quizá especialmente para el profesor de una materia de suyo neutra
desde un punto de vista ético.
Puede hacerse, sobre todo, a través del trato personal,
con el tenor de la propia conducta. La propia vida del profesor,
en cuanto los alumnos puedan percibirla, debe estar siendo un testimonio
de aquella primacía de lo ético. Luego lo es también, el modo de
tratar a los alumnos, como personas, y no como un simple medio -
para el profesor- de ganarse la vida. Es fácil encontrar en materias
aparentemente ajenas a la ética, aplicaciones morales prácticas.
Lo esencial es ayudar al alumno a comprender que lo que está haciendo
es mucho más que aprobar un curso y obtener un título que le capacite
para desempeñar una determinada función en el engranaje social.
Más allá de eso, lo que está intentando es adquirir madurez humana.
Y ahí tiene también las ciencias sectoriales una utilidad, aunque
parcial. Es capital hacer entender que lo parcial está en función
del todo: las ciencias sectoriales al servicio de la sabiduría,
y ésta al servicio del bien.
Lo primero que debe hacer el educador, como profesional
de la enseñanza, es conseguir que su propia tarea sea un acto ético.
Debe actuar éticamente, como persona que se dirige a personas, y
dar a esa relación recíproca que se establece un sentido moralmente
bueno: ha de ser un acto personal bueno, en sí y en sus consecuencias.
Ha de ser un buen profesor, siendo un profesor bueno.
Universalia nº 14 Enero-Marzo 2001
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