| DE
VARIA INVENCIÓN
La Nueva California
Alfonso Lima Barreto
Versión en español: Carolina Alvarez
I
Nadie tenía idea sobre la procedencia de aquel hombre. El
empleado del correo sólo podía decir que respondía
al nombre de Raimundo Flamel, pues ése era el destinatario
que aparecía en la correspondencia que recibía el
extraño, correspondencia, sin duda, abundante. Casi diariamente
el cartero iba al otro extremo de la ciudad, donde vivía
el desconocido, con un grueso fajo de cartas provenientes de todas
partes del mundo, gruesas revistas en lenguas enrevesadas, libros,
paquetes...
Cuando Fabricio, el albañil, volvió de hacer un servicio
en casa del nuevo habitante, todos en el botiquín le preguntaban
en qué consistía el trabajo que le habían encomendado.
"Voy a hacer un horno", contestó Fabricio, "en
el comedor".
Imaginen el espanto del pequeño pueblo de Tubiacanga, al
saber de tan extravagante construcción: ¡un horno en
el comedor! Los días siguientes el albañil contó
a sus amigos todo lo que pudo ver en aquella casa: globos de vidrio,
cuchillos sin filo, recipientes de farmacéutico -una cantidad
de cosas extrañas que se encontraban en las mesas y estantes,
parecían los utensilios de una cocina en donde el mismo Lucifer
fuera el cocinero.
La alarma recorrió el pueblo. Para unos, los más inteligentes,
era un falsificador de monedas. Para otros, los creyentes y simples,
un ser que tenía pacto con el diablo.
Chico de la Tirana, el carretero, cuando pasaba frente a la casa
del hombre misterioso guiado por el ruido de su carreta, observaba
el humo que salía de la chimenea del comedor y no podía
dejar de persignarse y rezar un "credo" en voz baja. Lo
cierto es que si no hubiera sido por la intervención del
farmacéutico, el comandante de la policía hubiera
rodeado la casa de aquel individuo sospechoso que inquietaba la
imaginación de toda la población.
Tomando en cuenta las informaciones de Fabricio, el boticario Bastos
llegó a la conclusión de que el desconocido debía
ser un sabio, un gran químico, refugiado allí para
llevar a cabo algún trabajo científico de forma sosegada.
Siendo el farmacéutico un hombre respetado, con un título
universitario, concejal y además médico (porque al
doctor Jerónimo no le gustaba recetar y se hizo socio de
la farmacia para vivir con mayor tranquilidad), la opinión
de Bastos llevó la paz a las conciencias e hizo que la población
se llenara de una silenciosa admiración hacia la personalidad
del gran químico.
En las tardes se veía al desconocido pasear por las márgenes
del Tubiacanga, sentándose aquí y allá, con
la mirada perdida en las aguas claras del riacho, ensimismado ante
la penetrante melancolía del crepúsculo, todos se
descubrían y no era raro que las "buenas noches"
se acrecentaran con un "doctor". Conmovía el corazón
de aquella gente la profunda simpatía con que el doctor Flamel
trataba a los niños, al contemplarlos, parecía compadecerlos
por el hecho de haber nacido para sufrir y morir.
A decir verdad, era digno de verse bajo la dulzura suave de la tarde,
la bondad de Mesías con que acariciaba aquellos niños
morenos, tan lisos de piel y tan tristes de modos, sumergidos en
su cautiverio moral. También acariciaba a los niños
blancos, de piel opaca, agrietada y áspera viviendo amparados
en la necesaria hambruna de los trópicos.
En pocos días la admiración por el sabio era casi
general. "Casi" no porque hubiera alguna persona que dudara
de los grandes méritos del nuevo habitante, sino porque el
Capitán Pelino, maestro de escuela y redactor de La Gaceta
de Tubiacanga, órgano local y afiliado al partido situacionista,
sentía cierto recelo ante la figura del académico.
"Ustedes verán", decía él, "Que
ese señor no es más que un estafador, un aventurero
o tal vez un ladrón huido de Río".
La opinión del maestro no tenía ninguna base real,
o más bien se basaba en su oculto despecho ante la posibilidad
de ver sobre la faz de la tierra un rival que compitiera con la
fama de sabio que él mismo gozara. No es que Pelino fuera
un químico, lejos de eso, él era un humanista, un
gramático, pero sabio. Nadie podía escribir en Tubiacanga
sin recibir alguna crítica del Capitán Pelino, incluso
cuando se trataba de alguna persona notable de allá de Río,
no dejaba de hacer un comentario.
"¡No hay duda! El hombre tiene talento, pero escribe
cosas como `bien importante', al lado suyo..." y contraía
los labios como si hubiera tragado alguna fruta amarga. Todo el
pueblo de Tubiacanga se había acostumbrado al solemne Pelino,
que corregía y enmendaba las mayores glorias nacionales.
Un sabio...
Al atardecer, después de leer un poco de Sotero, de Cándido
de Figueiredo o de Castro Lopes y de haber pasado una vez más
el tinte en sus cabellos, el viejo maestro de escuela salía
serenamente de casa, cuidadosamente abotonado con su chaqueta de
brin minero, y se encaminaba a la botica de Bastos para brindar
dos dedos de prosa. Conversar es una forma de decir, porque Pelino
era avaro en palabras, se limitaba a oír. Sin embargo, cuando
de los labios de alguien se escapaba la menor incorrección
de lenguaje, intervenía y la enmendaba. "Tengo que tipear
unos formatos..." decía el empleado de correos -Entonces
intervenía el maestro de escuela con mansedumbre evangélica:
"No diga tipear, señor Bemardes; en español se
dice escribir a máquina". Y la conversación continuaba,
para ser interrumpida de nuevo por una nueva enmienda. Por esas
y otras, hubo muchos interlocutores que lo evadían, pero
Pelino, indiferente, seguro de sus deberes, continuaba su apostolado
de protección y cuidado de la lengua. La llegada de aquel
"nuevo" sabio vino a distraerlo de su misión. Todo
su esfuerzo se concentraba ahora en combatir ese rival que surgía
de forma tan imprevista.
Fueron vanas sus palabras y su elocuencia, Raimundo Flamel no sólo
pagaba sus cuentas al día. sino que era generoso -padre de
la pobreza- y por añadidura el farmacéutico Bastos
había visto su nombre en una revista de especialistas citado
como el de un químico importante.
II
Hacía ya varios años que el químico vivía
en Tubiacanga, cuando una bella mañana, Bastos lo vio entrar
en su botica. El placer del farmacéutico fue inmenso. El
sabio no se había dignado hasta entonces a visitar a nadie.
Contaban que cierto día cuando el sacristán Orestes
osó penetrar en su casa, para pedirle una contribución
para las fiestas de Nuestra Señora de la Concepción,
fue recibido y atendido con visible enfado.
Al verlo, Bastos salió de su puesto detrás del mostrador,
corrió a recibirlo demostrando claramente que sabía
con quién trataba y fue casi con una exclamación que
dijo:
-Doctor, sea bienvenido.
El sabio no pareció sorprenderse ni con la demostración
de respeto del farmacéutico ni con el tratamiento universitario.
Miró un instante los armarios llenos de medicinas y respondió:
-Deseo hablarle en privado, Señor Bastos.
El asombro del farmacéutico fue grande. ¿En qué
podría serle útil él a un hombre cuyo nombre
recosía el mundo y de quien los periódicos hablaban
con tanto esmero? ¿Sería dinero? Quizás...
Un retraso en el pago de las rentas ¿Quién sabe? Y
fue llevando al químico al interior de la casa, bajo la mirada
atónita del aprendiz, que por un momento dejó descansar
su mano en el mortero, donde maceraba una mezcla cualquiera.
Por fin, encontró en los fondos de la casa, muy al fondo,
el pequeño cuarto que le servía para los exámenes
médicos más minuciosos o para las pequeñas
operaciones (porque Bastos también operaba). Se sentaron
y Flamel no tardó en exponer: -Como usted debe saber, me
dedico a la química, incluso mi nombre es respetado en el
mundo científico...
-Lo sé perfectamente, doctor, yo mismo he informado de esto,
aquí, a mis amigos.
-Muchas gracias. Pues bien, he hecho un gran descubrimiento, un
descubrimiento extraordinario...
Avergonzado por su entusiasmo, el sabio hizo una pausa y después
continuó:
-Un descubrimiento... pero no me conviene, por ahora, comunicarlo
al mundo científico, ¿comprende?
-Perfectamente.
-Por eso, necesito tres personas de respeto para que sean testigos
de un experimento relacionado con este descubrimiento y a su vez
firmen un testimonio formal que resguarde la primicia de mi invención...
Usted sabe: hay acontecimientos, imprevistos y...
-¡Ciertamente, no hay duda!
-Imagine usted que se trata de hacer oro...
-¿Cómo? ¿con qué'! -dijo Bastos abriendo
los ojos en forma desmesurada.
-¡Sí! ¡Oro! dijo con firmeza Flamel.
-¿Cómo'!
-Usted lo sabrá, -dijo el químico secamente.
-La cuestión ahora son las personas que deben presenciar
el experimento, ¿no cree?
-Seguro, es necesario que sus derechos queden resguardados. por
ahora...
-Una de estas personas, -interrumpió el sabio -es usted;
en relación a las otras dos, Señor Bastos, necesito
que me asesore. por favor.
El boticario estuvo pensando un instante, pasando revista entre
sus conocidos, y finalmente, después de unos tres minutos,
preguntó:
-¿El Coronel Bentes le sirve? ¿Lo conoce?
-No. Usted sabe que no trato a nadie por aquí.
-Puedo garantizarle que es un hombre serio, rico, muy discreto.
-¿Es religioso? Le hago esta pregunta -añadió
Flamel enseguida -porque tenemos que trabajar con huesos de difunto
y sólo éstos sirven.
-No se preocupe, es casi ateo...
-¡Bien! acepto. ¿Y el otro? Bastos volvió a
pensar, esta vez tardó un poco mas en consultar su memoria...
Por fin habló: -Será el Teniente Carvalhais, el contralor
municipal ¿lo conoce?
-Como ya le dije...
-Es verdad. Es hombre de confianza, serio, pero...
-¿Cuál es el problema?
-Es masón
-Mejor
-Y ¿cuándo será el encuentro?
-El domingo. El domingo los tres irán allá, a mi casa
para presenciar el experimento y espero que no me nieguen sus firmas
para autenticar mi descubrimiento.
-Trato hecho.
El domingo, de acuerdo con lo convenido, las tres personas respetables
de Tubiacanga fueron a casa de Flamel, y, días después,
misteriosamente el científico desaparecería sin dejar
rastros o dar alguna explicación para su desaparición.
III
Tubiacanga era un pueblo pequeño de tres o cuatro mil habitantes,
muy pacífico, en cuya estación, de cuando en cuando,
el tren expreso se dignaba parar. Hacía cinco años
que no se registraba en este poblado un hurto o robo. Las puertas
y ventanas sólo se usaban porque en Río las usaban.
El único crimen anotado en su pobre registro fue un asesinato
en tiempo de elecciones municipales; pero tomando en cuenta que
el homicida era del partido de gobierno, y la víctima de
la oposición, el acontecimiento no modificó en nada
los hábitos del pueblo, continuando con la exportación
de su café y mirando el reflejo de sus bajas y raquíticas
moradas en las escasas aguas del pequeño río que lo
bautizara.
Pero, ¡cuál no sería la sorpresa de sus habitantes
cuando se verificó en la localidad uno de los crímenes
más repugnantes que se tiene memoria! No se trataba de un
descuartizamiento o un parricidio; no era el asesinato de una familia
entera o el robo de los impuestos municipales; era una cosa peor,
sacrílega a los ojos de todas las religiones y conciencias:
se violaron las sepulturas de "El Sosiego", de su cementerio,
de su campo santo.
Al comienzo el sepulturero pensó que eran perros, pero, revisando
bien el muro, no encontró sino pequeños orificios.
Los cerró; fue inútil. Al día siguiente, una
lápida rodada y los huesos saqueados; en el otro una urna
y una sepultura lisa. Era obra de gente o demonio. El sepulturero
no quiso continuar las investigaciones por su cuenta, así
que fue a hablar con el comisario y la noticia se regó por
todo el pueblo.
La indignación cubrió todos los rostros y voluntades.
La religión de la muerte precede a todas y ciertamente será
la última en morir en las conciencias. Contra la profanación
de las tumbas clamaron los seis presbiterianos del lugar -los evangélicos,
como los llama la gente. Clamaba el Agrimensor Nicolau, antiguo
cadete, positivista del rito de Teixeira Mendes; clamaba el Mayor
Camanho, presidente de la Logia Nueva Esperanza. Clamaban el turco
Miguel Abudala, negociante de bodegas y el escéptico Belmiro,
antiguo estudiante que vivía a costas del "Dios-proveerá",
bebiendo aguardiente en los bares.
La propia hija del ingeniero residente de la construcción
de la vía férrea, también alzó su voz.
Ella que vivía despreciando aquel caserío, sin notar
siquiera los suspiros de los apasionados jóvenes locales,
siempre esperando que el expreso trajera un príncipe para
desposarla. La linda y despreciativa Cora no podía dejar
de compartir la indignación y el horror que tal acto provocara
en el pueblo. ¿Qué podía tener ella en común
con aquel grupo de antiguos esclavos y humildes campesinos? ¿Qué
interés podían tener ante sus lindos ojos el destino
de tan humildes huesos? ¿Acaso aquel robo podría afectar
el sueño de hacer radiar la belleza de su boca, de sus ojos
y de su busto en las calles de Río? Seguramente, no, pero
se trataba de la Muerte, la Muerte implacable y omnipotente, de
quien también se sentía esclava, y que un día
no dejaría de llevar su linda calaverita hacia la paz eterna
del cementerio. Es allí donde Cora quería sus huesos
tranquilos, quietos y cómodamente descansando en un ataúd
bien hecho y en un túmulo seguro, después de haber
sido su carne encanto y placer de los gusanos.
El más indignado, sin embargo, era Pelino. El profesor dedicó
un artículo de fondo, exclamando, bramando, gritando: "En
la historia del crimen, decía él, ya bastante rica
en hechos repugnantes, como por ejemplo: el descuartizamiento de
María de Macedo, o el estrangulamiento de los hermanos Fuoco,
no se registra uno que sea tan grave como el saqueo de las sepulturas
de "El Sosiego".
Y el pueblo vivía en sobresalto. En los rostros no se leía
más la paz; los negocios estaban paralizados; los romances
suspendidos. Días y días sobre las casas cruzaban
lentamente gruesas nubes negras y en la noche todos oían
ruidos, gemidos, murmullos sobrenaturales... Parecía que
los muertos pedían venganza...
El saqueo continuaba. Todas las noches dos o tres sepulturas eran
abiertas y vaciadas de su fúnebre contenido. Toda la población
decidió ir en masa a guardar los huesos de sus antepasados.
Llegaron temprano, pero pronto, la fatiga y el sueño los
fue venciendo, se retiró uno, después otro y en la
madrugada ya no había ningún vigilante. Incluso, ese
mismo día, el sepulturero verificó que dos tumbas
habían sido abiertas y los huesos llevados hacia un destino
misterioso.
Organizaron entonces una guardia. Diez hombres decididos juraron
delante del comisario vigilar durante la noche la mansión
de los muertos.
Nada hubo de anormal la primera noche, ni la segunda ni la tercera,
pero, en la cuarta, cuando los vigilantes se disponían a
descansar un rato, uno de ellos creyó distinguir un bulto
escurriéndose entre las cuadras de las tumbas. Corrieron
y consiguieron atrapar a dos vampiros. La rabia y la indignación
hasta entonces represada en sus ánimos, no se contuvo más
y le dieron tal paliza a los macabros ladrones, que los dejaron
tendidos como muertos.
La noticia corrió rápidamente de casa en casa y cuando
en la mañana se trató de establecer la identidad de
los dos malhechores, delante de toda la población fueron
reconocidos el contralor Carvalhais y el Coronel Bentes, rico hacendado
y presidente de la Cámara. Este último todavía
vivía; a las continuas preguntas que le hicieron, pudo responder
que juntaba los huesos para hacer oro y que el otro compañero
había huido la noche anterior; se trataba del farmacéutico.
Hubo espanto y hubo esperanzas. ¿Cómo hacer oro con
huesos? ¿Sería eso posible? Pero aquel hombre rico,
respetado, ¿cómo descendería al papel de ladrón
de muertos si el asunto no fuera verdad?
Si fuera posible, si de aquellos míseros despojos fúnebres
se pudieran hacer algunas cuantas monedas de oro,... ¡eso
sí sería maravilloso!
El cartero, cuyo antiguo y preciado sueño era la graduación
de su hijo, vio allí medios para hacer este sueño
realidad. Castrioto, el escribano del juez de paz, que el año
pasado había logrado comprar una casa, pero todavía
no la había podido cercar, pensó en el muro que protegería
su huerta y su corral. Marques, el pequeño hacendado, que
desde hacía años andaba en la búsqueda de un
pastizal, pensó enseguida en el prado verde de Costa, donde
sus bueyes engordarían y ganarían fuerzas...
Las necesidades de cada uno. Aquellos huesos eran oro, vendrían
a atender, satisfacer y hacerlos felices y aquellos dos o tres mil
personas, hombres, niños, mujeres, jóvenes y viejos,
como si fueran una sola persona, fueron a casa del farmacéutico.
Con gran dificultad, el comisario pudo impedir que saquearan la
botica y logró que se quedaran en la plaza a la espera del
hombre que tenía el secreto de todo un Potosí. El
no tardó en aparecer. Subido a una silla, llevando en la
mano una pequeña barra de oro que relucía ante el
fuerte sol de la mañana, Bastos pidió una oportunidad,
prometiendo que enseñaría el secreto si le perdonaban
la vida. "¡Queremos saberlo ya!", gritaron. Entonces
él explicó que era necesario reescribir la receta,
indicar la marcha del proceso, los reactivos-trabajo largo que sólo
podría ser entregado al día siguiente. Hubo un murmullo,
algunos llegaron a gritar pero el comisario habló y se responsabilizó
por el resultado.
Dócilmente, con aquella docilidad particular de las multitudes
furiosas, cada cual se fue a una casa, llevando en la cabeza un
único pensamiento: recoger inmediatamente la mayor cantidad
de huesos de difunto que fuera posible.
La narración de todos estos hechos llegó a casa del
ingeniero residente de la vía férrea. En la cena no
se habló de otra cosa. El doctor hizo una compilación
de lo que todavía recordaba de su curso, y afirmó
que era imposible. Esto era alquimia, cosa muerta: el oro es oro,
cuerpo simple, y hueso es hueso, un compuesto, fosfato de cal. Pensar
que se podía hacer una cosa de la otra era una "estupidez".
Cora aprovechó la ocasión para reirse con urbana ironía
de la crueldad de aquellos montunos, pero su madre, Doña
Emilia, tenía fe en que la cosa era posible.
En la noche, sin embargo, el doctor sintiendo que su mujer dormía,
saltó por la ventana y corrió directo al cementerio;
Cora con los pies desnudos y pantuflas en mano, buscó a la
criada para ir juntas a la colecta de huesos. No la encontró
así que fue sin compañía; y Doña Emilia,
viéndose sola, adivinó dónde era el paseo y
fue allá también.
Y así ocurrió en todo el pueblo. El padre sin decir
nada al hijo, salía; la mujer, juzgando engañar al
marido salía; los hijos, las hijas, los criados -toda la
población, bajo la luz de las estrellas asombradas corrió
al encuentro de aquella fiesta satánica en "El Sosiego".
Nadie faltó. Desde los más ricos hasta los más
pobres se dieron cita en aquel lugar. Estaban el turco Miguel, el
profesor Pelino, el doctor Jerónimo, el Mayor Camanho, Cora,
la linda y deslumbrante Cora, con sus lindos dedos de alabastro,
revolvía las entrañas de las sepulturas, arrancaba
las carnes aún podridas aferradas tenazmente a los huesos
y con ellos llenaba su regazo hasta entonces inútil. Era
la dote que conseguía y su nariz se abría como asas
rosadas y casi transparentes, no sentía el fétido
olor de los tejidos ya putrefactos en un lodo hediondo...
La falta de inteligencia no tardó en surgir; los muertos
eran pocos y no bastaban para satisfacer el hambre de los vivos.
Hubo cuchillos y golpes. Pelino hirió con su navaja al turco
a causa de un fémur y situaciones similares surgieron incluso
entre las familias. Los únicos que no pelearon fueron el
cartero y su hijo. Estuvieron juntos y en armonía, hubo un
momento en que el pequeño, un niño precoz de once
años, aconsejó al padre: "Papá, vamos
donde está mamá, ella era tan gorda..."
En la mañana, el cementerio tenía más muertos
que aquellos que recibiera en treinta años de existencia.
La única persona del pueblo que no asistió, que no
mató ni profanó sepulturas fue el borracho Belmiro,
el cual al entrar en un botiquín medio abierto y no encontrar
a nadie, llenó una garrafa de aguardiente y se dedicó
a beber en las márgenes del río Tubiacanga, viendo
correr mansamente sus aguas sobre el áspero lecho de granito;
ambos, él y el río, indiferentes a lo que habían
visto, a lo que veían, incluso indiferentes ante la fuga
del farmacéutico, con su Potosí y su secreto, bajo
la alfombra eterna de las estrellas.
Alfonso Henriques de Lima Barreto (1881-1922)
Nació y murió en Río de Janeiro. Después
de ingresar en la Escuela Politécnica de Río, se vio
obligado a abandonar sus estudios de ingeniería para sustentar
su familia debido a la enfermedad mental de su padre. Trabajó
como empleado en la Secretaría de Guerra pero se dedicó
más al periodismo profesional y a la literatura que a su
empleo.
Entre sus obras encontramos, además de crónicas y
trabajos de crítica literaria, las novelas Recordaçoes
do escrivao Isaías Caminha (1909); Triste fim de Policarpo
Cuaresma (1915); Numa y Ninfa (1915); Vida e morte de M.J. Gonzada
de Sá (1919) y Clara dos Anios (1920), así como los
cuentos Histórias e Sonhos (1920) y las sátiras Oz
Bruzundangas (1922) y Coisas do reino do Jambom (recopiladas y organizadas
después
de su muerte en 1956).
Carolina Alvarez es Licenciada en Educación UCV. Magister
en Linguística y Magister en Literatura Portuguesa Universidad
de Georgia. Profesora de la Universidad Nacional Abierta.
Universalia nº 13 Ene - Jun 1997
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