| DE
VARIA INVENCIÓN
Si a tu ventana llega
Carlos Pacheco
Junto a la ventana de la cocina de la planta alta que alquilo en
una de estas casitas de madera de Berkeley, hay un matero de 80
x 20 x 20 cm. aproximadamente donde crece el romero, el orégano,
el perejil "y otras yerbas aromáticas" que la dueña
suele utilizar. Aunque sin usarlas, ya que mi permanencia en esta
pequeña ciudad recostada a la bahía de San Francisco
tiene poco que ver con las artes culinarias, he regado religiosamente
estas plantas por encargo suyo, cada tres días, desde mi
llegada en pleno invierno. Por eso, a mediados de marzo, descubro
inmediatamente la novedad: no sólo han empezado a aparecer
pequeñas ramas y palitos secos, entre el cilantro y el perejil,
sino que van adquiriendo el inconfundible diseño cóncavo
y oval (¡oval, por supuesto!) de un nido.
A los pocos días se muda al nuevo recinto lo que descubriría
como una especie de tortolita (excepto que por su tamaño
casi colombario habría que despojarla de todo diminutivo).
La nueva inquilina es sin duda un ave en trance de parto (una pájara
brava, habría que decir también, porque no ayuda con
el pago del arriendo). Suspendo de todas las maneras el riego por
temor a interrumpir el sagrado misterio de la maternidad. Muy pronto
dos blanquísimos huevos vienen a darme la razón. El
vecino de abajo y amigo de mi landlady me informa que se
trata de un "mourning dove" y está de acuerdo en
que los derechos civiles (o naturales) de la madre y los nonatos
pollitos tienen prioridad sobre los de los cebollines, el orégano
y otros congéneres.
Con una eco-conciencia muy sensibilizada después de varios
meses en esta parte del mundo, trato de apoyar el proceso de empollamiento.
La estoica madre desdeña sin embargo las boronas de pan y
el dedal de agua que sigilosamente acerco al extremo de la matera.
Ella permanece impasible, aunque con ojos muy vigilantes, ante las
actividades desarrolladas por el extraño bípedo implume
del otro lado de la ventana, mientras perservera en su función
resguardadora de la brisa, fomentadora de calor y ocultadora de
sus dos relucientes óvalos blancos.
Mejor no interferir, me digo, y con todo ciudado coloco una toalla
por dentro del cristal: vida privada, me digo. Pero es inútil:
no dejo de observarlos diagonalmente. Día y noche la veo
allí. Al levantarme, cuando regreso de la biblioteca, mientras
preparo mi cena, tarde en la noche: ella está allí,
su larga cola movida por el viento. Hasta en las noches aún
frías o en los primeros días soleados y cálidos
de la primavera. Después de dos o tres semanas no dejo de
preguntarme: ¿cómo logra mantenerse tanto tiempo casi
inmóvil?, ¿de qué se alimenta? ¿Será
por esa vía tan dura que se lamenta con un suave quejido
el mourning dove?
Pocos días después, descubro que la inmóvil
blancura oval ha sido sustituida por un par de horrendas y torpes
criaturas carentes de plumas y de gracia; dotadas de cañones
(creo que así se llaman los muñones de las plumas)
y de ojos brotados y sanguinolientos. La palometa sigue allí,
cada vez más esponjada, protegiendo, calentando, vigilando.
(Sí, pero ¿cómo sobrevive?, sigo preguntándome).
Un par de semanas más tarde, los aguiluchos (¿o habrá
que decir "palomuchos"? No: los polluelos) empiezan a
moverse por su cuenta. De lo contrario, la madre los estimula halándolos
con el pico. Estimulación precoz, me digo; iniciación
gimnástica: la educación formal ha comenzado. Pocos
días después las plumas van brotando rápidamente
y el aspecto de los pichones (¡esa es la palabra!) se torna
bastante aceptable. Una mañana presencio la lección
de espulgamiento, perteneciente al curso de higiene personal. Poco
después vienen: "Estiramiento de alas" y "Posiciones
de vuelo I y II".
Un buen día me doy un buen golpe en la frente al comprender
el misterio de la sobrevivencia de la tortolota. ¡Claro! ¿Cómo
no se me había ocurrido antes? Al entrar a la cocina esa
tarde no vi uno sino dos pájaros adultos. Uno, más
delgado y de cola un poco más larga y vistosa, pero por otros
respectos idénticos a la madre, se preparaba para asumir
el turno nocturno de vigilancia del bastión familiar. Ella
(si no estoy equivocado era ella) se preparaba para partir en busca
de movimiento, reposo y alimento para ella y para sus pichones.
División intermarital del trabajo. Todo muy convenientemente
organizado. "Ciao, mi amor, hasta mañana", me pareció
que le decía, justo antes de emprender el vuelo. Todo muy
devotamente cumplido de acuerdo con las sagradas leyes del instinto.
Me quedé pensando, sintiendo. Con ganas de darme también
un buen golpe en el pecho y otro tal vez en las piernas. Porque
aquellas sencillas escenas de abnegación animal, de educación
silvestre, de cooperación conyugal, me estaban enseñando
algo tan importante como la biblioteca y el simposio. No mucho después,
los polluelos eran dejados solos por períodos cada vez más
largos. La vigilancia ejercida desde lejitos, junto con algunas
demostraciones prácticas de despegue, aleteo, planeo y aterrizaje.
No tardaron mucho en despegar. Quedó el nido, quizá
para la próxima vez, sobre el matero, y yo con mi lección
de este lado de la ventana.
Berkeley, junio de 1994.
Universalia nº 12 Ene - Jun 1995
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