| CLASE
MAGISTRAL 1994-1995
Universidad y Democracia (Fragmento)
Prof. Freddy Malpica Pérez*
Una vez se dijo -escribe Leo Strauss-que la democracia es un régimen
que se mantiene o cae por la virtud: una democracia es un régimen
en el cual todos o la mayoría de los adultos son hombres
virtuosos, y puesto que la virtud parece requerir sabiduría,
un régimen en el cual todos o la mayoría de los adultos
han desarrollado su razón hasta un alto grado, o la sociedad
racional. En una palabra, la democracia debe ser una aristocracia
que se ha ensanchado hasta llegar a ser una aristocracia universal".
EL PAPEL DE LA UNIVERSIDAD
¿Qué ha de hacer, qué hace
la Universidad para contribuir a la efectiva realización
de las aspiraciones democráticas?
Como atinadamente lo indicara Ortega y Gasset, lo grave de una educación
universitaria limitada a finalidades profesionales y de especialización,
que no repare en la comprensión de los asuntos comunes y,
en esa medida, incluso favorezca de hecho los intereses individuales,
conduciría a una sociedad en la cual prevaleciera la barbarie
del especialismo, y ello haría imposible la preservación
y el desarrollo de la vida democrática. De allí que
una función primaria de la Universidad es la formación
del hombre culto con vocación humanística.
O dicho de forma más imperativa: la Universidad debe, por
sobre todo, propiciar la formación de ciudadanos, esto es,
de profesionales y técnicos, equipados desde luego para la
resolución de los problemas de su especialidad, pero también
abiertos a lo común y general, conscientes de su responsabilidad
en los aportes a las grandes cuestiones sociales que a todos nos
atañen y, si cabe, con más fuerza a quienes por haber
recibido una mejor preparación tienen mayor capacidad de
actuar.
Esto nos conduce a pensar que cuando la Universidad cumple a cabalidad
esta misión primaria de formar ciudadanos integrales, se
constituye de manera natural en la fragua de los futuros dirigentes
del país. Dirigentes, no como usualmente se interpreta, referidos
a los asuntos políticos; sino en una más amplia acepción,
de ser capaces de proyectar el desarrollo de sus respectivos campos
de actividad y de promover las correspondientes transformaciones,
con lúcida noción de las consecuencias sociales, económicas
y hasta políticas que tales decisiones conllevan.
Quizás presentar ante ustedes que inician su tránsito
en la vida universitaria, semejantes expectativas pueden resultarles
difíciles de comprender y aún más de llevarlas
a cabo. Conscientes de ello la Universidad Simón Bolívar
ha incluido en los programas de las distintas carreras, los
Estudios Generales. A través de ellos se pretende
dotar a estudiantes de una capacidad de comprensión de los
aspectos fundamentales que definen la civilizacion de
nuestro tiempo y, en particular, de los problemas que enfrenta nuestro
país en su incesante búsqueda del progreso social.
Esta visión o de manera más precisa, esta cosmovisión
de la época actual, complementa los estudios especializados
y amplía la conciencia para el ejercicio creador y a la vez
crítico, que demandan de sus futuros dirigentes la sociedad
democrática en que vivimos.
Uno de los primeros elementos que auspicia el éxito de este
promisorio y exigente programa formativo, es que el ingreso de los
estudiantes a esta Universidad se ha basado en la igualdad de oportunidades
ofrecidas a los estudiantes del país. Solo los méritos
acumulados y demostrados por ustedes han sido considerados en la
rigurosa selección realizada. De allí que pasan a
formar parte de una élite, entendida ésta como una
élite académica y moral comprometida con la misión
formativa de los futuros dirigentes de nuestra sociedad democrática.
UNIVERSIDAD Y ESTADO
Es claro -y sería inútil decirlo
si no hubiéramos encontrado el repetido intento de hacer
lo contrario- que a la Universidad como tal no le corresponde participar
en los procesos políticos, en el sentido restringido de gobierno
y administración del Estado. Esto es, no le corresponde ejercer
el poder. Intentar ocuparse de ello iría en detrimento de
su labor educativa, científica y cultural, conduciendo a
la desnaturalización misma de la institución universitaria
por descuido de su misión propia.
Pero de inmediato, y en primer término, hay que señalar
con palabras del antiguo Rector de Harvard, Derek Bok, que "el
trabajo académico de la universidad no es un asunto meramente
privado. Es un esfuerzo o tarea pública, que tiene una significación
social y un valor moral propio”. En tal sentido ninguna acción
o tarea que interfiera con el trabajo académico debería
ser emprendida a menos que sea indispensable para alcanzar un bien
común más importante.
La Universidad es, como sabemos, lugar de educación superior,
una "comunidad de intereses espirituales que reúne a
profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar
los valores trascendentales del hombre. Y, como tal, debe ser un
ámbito de libertad, un espacio donde se pueda investigar
y discutir sin presiones (externas o internas) para alcanzar una
mejor comprensión de las cosas.
Ahora bien, la existencia en el seno de la sociedad de una comunidad
de este tipo, con la libertad académica que le es propia,
representa por sí misma una aportación al bien común.
Por eso -veámoslo por contraste-, hace tanto daño
la instalación de un sectarismo político o ideológico
en la vida universitaria, ya venga de fuera (como en la invasión
de la Universidad por los partidos políticos) o brote dentro
(como el lamentablemente generalizado fenómeno de la formación
de grupos clientelares para gobernar la vida de la academia) .
En efecto, la libertad académica que permite la investigación,
sin limitaciones indebidas; que, por otra parte, garantiza la posibilidad
de ese diálogo y esa discusión en los cuales la motivación
predominante es la de esclarecer los problemas, comprobar los resultados,
verificar las conclusiones propuestas; esa libertad académica
es la condición necesaria para que en la Universidad se dé
un incremento del saber. A su vez, esa mayor comprensión
será lo que le va a permitir como indica programáticamente
la Ley de Universidades` "colaborar en la orientación
de la vida del país mediante su contribución doctrinaria
en el esclarecimiento de los problemas nacionales".
Esta será pues la principal contribución de la Universidad
al logro y preservación del ideal democrático: la
de ser un ámbito de libertad, donde pueda cultivarse intensamente
la búsqueda de la verdad y la transmisión del saber,
de tal modo que puedan surgir de ella orientaciones doctrinarias
para la solución de los problemas nacionales.
De otra parte, por esa libertad que le es intrínseca, la
Universidad tampoco podría alcanzar o mantener la normalidad
de su propia vida académica sin que la sociedad, en la cual
tiene lugar y de la cual depende, permita el diálogo abierto
y franco sobre los problemas nacionales.
La preservación de ese ámbito de libertad, justifica
el estatuto especial de autonomía que el Estado ha otorgado
a la Universidad. Esta autonomía, -cuya naturaleza fundamental
es académica,- debe comprender también los asuntos
administrativos esenciales que eviten la intromisión de influjos
políticos externos en las que deben ser genuinas decisiones
universitarias.
Sin embargo, tan especial condición que es la autonomía,
no debe conllevamos a concepciones e interpretaciones desorbitadas
e irracionales, capaces de contradecir su esencial naturaleza; es
así como la Universidad no puede pretender ejercer una desafiante
soberanía o independencia respecto del Estado y de la sociedad
que la sustenta.
La educación en general, y la educación universitaria
en particular, no pueden verse separadas de la vida social. Por
la misma fuerza de las cosas, no pueden ser aisladas del sentido
de la acción del gobierno, ya que ambas actividades -educar
y gobernar- están orientadas al mismo fin humano del desarrollo
de la persona en la sociedad, se llevan a cabo dentro de una idea
del hombre compartida socialmente, de tal modo que puede alcanzarse
el bien común.
Por eso, a pesar de su neta y justificada oposición a que
las Universidades, trasponiendo la frontera de sus fines institucionales
inmediatos, entren en los vastos campos de las posiciones públicas,
el Rector Bok de Harvard se atrevía a decir: "no debemos
olvidar que la buena condición de las universidades en los
Estados Unidos depende finalmente de la perservación de una
sociedad libre y democrática. Si esa forma de sociedad -añade-
se ve en peligro, los líderes académicos no pueden
permitirse replegar demasiado sus frentes de batalla”. Una
Universidad no se puede aislar en tales casos porque, como veíamos,
la propia naturaleza de sus actividades exige un espíritu
de libertad y responsabilidad personal, y porque su tarea formativa
se orienta siempre -en toda Universidad que merezca el nombre- a
la formación de la persona.
EL RETO DE LAS DIFICULTADES
Al inicio evocaba la dificultad de la situación
por la que atraviesa nuestro país (incluso, el mundo latinoamericano).
Para quien intente contemplar el panorama con una cierta perspectiva,
lo más significativo -aunque quizás no lo más
aparente o estruendoso- es la crisis de cultura que afecta al mundo
occidental y, con sus rasgos y matices peculiares, a esta porción
más occidental de Occidente que es la América. En
las artes, en el pensamiento, en las formas de vida, parecería
que asistimos a una descomposición de lo que había
estado vigente -eso que dio lugar ala civilización occidental-
y, al mismo tiempo, como a una búsqueda de nuevas formas
culturales. En la vida de las sociedades democráticas, aún
cuando la democracia como aspiración se ha hecho prácticamente
universal, ello se traduce en rupturas del consenso, desorientación,
y en un relativismo incapaz de justificarse a sí mismo o
a ningún régimen político, con lo cual estas
sociedades pueden aparecer como ingobemables en momentos de crisis,
y resurgir de nuevo el espejismo de los regímenes de fuerza.
Para las Universidades, por su parte, esa condición cultural
resulta grave en la medida en que la vigencia del relativismo puede
significar de hecho una atenuación de la búsqueda
de la verdad o del esfuerzo por acrecentar los saberes, al margen
de lo cual toda comunidad académica pierde su vigor y su
vitalidad.
Sin embargo, las dificultades del país y de la época
han de verse como un reto. Al entrar la Universidad Simón
Bolívar en el año veinticinco del inicio de sus actividades,
las circunstancias nuevamente exigen una respuesta que va más
allá de lo rutinario o lo trivial. Esperemos que, fieles
al compromiso fundacional y a la trayectoria de la institución
en este primer cuarto de siglo, se sepa encontrar en este reto ocasión
y motivo para la superación, en pos de la excelencia, norte
y finalidad de esta Institución.
(*)Rector Universidad Simón Bolívar.
NOTAS
1. Leo Strauss, ¿Qué es la educación? en M.A.
González Diestro y R.T. Caldera (edit.) La formación
Intelectual, Caracas, AYSE, 1971, pág. 1 12.
2. Derek Bok, "Taking Political Positions", en
Beyond the Ivory Tower, Harvard University Press, 1982,
pág. 247.
3. Ley de Universidades, Art. 1 °. 4. Ver a este respecto
Josef Pieper, "La defensa de la libertad", en Universalia,
N°.9, Caracas, Universidad Simón Bolívar, Enero-Marzo
de 1993, Págs. 16-17.
5. Ley de Universidades. Art. 2°. 6. Bok, cit., Pág.
265
Universalia nº 12 Ene - Jun 1995
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