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Carlos Pacheco
Cuando me abordó aquella mañana en el camino que va
del estacionamiento de Energética al Departamento de Literatura,
nos conocíamos apenas superficialmente. Por unos meses habíamos
compartido responsabilidades en sendas coordinaciones de postgrado.
Ahora él era Decano de Estudios Generales y me proponía
asumir la coordinación de una de las áreas en el Decanato.
Yo andaba por aquellos días concentrado en terminar mi tesis
de doctorado y nunca pensé que mi tibia aceptación
de aquel momento determinaría mi actividad universitaria
por los próximos seis años. Por él, puedo decir
hoy que no me arrepiento.
Desde lejos recibo la noticia -no por esperada menos sentida- de
su muerte. Y no sin terror a los lugares comunes del obituario,
dejó fluir estas líneas en su memoria, tal vez para
compartir con mis colegas aquella experiencia y este sentimiento.
Para ceñirme, busco unas pocas palabras que caracterizan
al menos algunos aspectos de mi percepción de lo que fue
su persona y su aporte, sabiendo que quedará siempre mucho
por decir.
Condensado. No me refiero por supuesto a la brevedad de su cuerpo,
aunque de hecho ella forma también parte de su imagen. Escribo
"condensado" buscando simplemente integrar lo múltiple
en lo uno. Porque el rasgo que primero destacó ante mis ojos
al trabajar a su lado fue su índole polifacética,
la amplitud y diversidad de sus intereses, saberes, actividades.
¿Cómo haces Iraset -solía preguntarle- para
ser a un mismo tiempo Decano y Coordinador de Postgrado, mientras
continúas enseñando en pregrado y postgrado, en la
USB y en el Pedagógico? ¿Cómo haces para incluir
en tu agenda a tus tesistas, mientras participas como jurado en
el "Concurso Millonario" o en el premio de novela "Rómulo
Gallegos", mientras sigues publicando resultados de tu investigación
en Lingüística, Literatura y Ciencias de la Información,
sin olvidar los trabajos sobre la universidad y los Estudios Generales,
o esas sabrosas crónicas universitarias en castellano cervantino?
"Trato de estar completo en lo que estoy haciendo", me
respondió una vez. Fácil es decirlo.
Intenso. Tal vez "estar completo" quiere decir
vivir intensamente cada momento, cada situación. Y esa intensidad
se translucía con no poca frecuencia en un apasionamiento
que llegaba a veces a la belicosidad. Para algunos colegas, las
manifestaciones de ese temperamento (las venas brotadas en su frente,
el resultante color encendido de su rostro, un cierto exceso en
la gesticulación y sobre todo un timbre y un volumen de voz
más altos que los usuales) conformaron, por ser más
evidentes, una imagen irascible del personaje que los llevó
a un rechazo tal vez demasiado rápido, demasiado drástico.
Esta imagen no es lejana a la realidad, pero es sólo parte
de ella. Yo mismo me sentí en ocasiones repelido por aquella
pasión a borbotones. Pero también conocí al
Iraset reflexivo, al silencioso, al contenido. Y de todas maneras,
pasada la tempestad, llegué a preguntarme en ocasiones: ¿no
es esa intensidad precisamente la que sostiene sus múltiples
empresas? Condensación, intensidad, ¿no está
allí la explicación de que haya dejado tan honda huella
en la institución en un tiempo relativamente escaso? Sin
duda, pero hay más.
Universitario. Y es que muchas veces presencié los
momentos menos públicos posteriores a esas tormentas. Tan
rápidamente como se había producido aquel clímax
de entusiasmo o indignación, podía producirse una
situación donde el buen humor y la tolerancia abrían
las puertas al diálogo. Me pareció percibir entonces
que lo que estaba en juego para él, tanto en el momento de
la discusión apasionada como en el de la conversación
más cordial, no era tanto su importancia personal ("salirse
con la suya", digamos), sino un interés muy genuino
y profundo por la universidad que he conocido en pocos colegas.
Amaba la institución universitaria, la academia en general,
como producto eximio de la cultura humana y amaba también
nuestra universidad, la Simón Bolívar, en cada uno
de sus aspectos. Discutible, polémico, tal vez, él
sí visualizaba y proponía un proyecto orgánico
de universidad. Algunos de sus aportes, de sus ideas, llegaron a
hacerse visibles y fueron reconocidos en su momento. Muchos otros
se realizaron en el anonimato de pequeñas reuniones, de conversaciones
informales, o también en el salón de clases.
Educador. La cercanía del trabajo compartido en
el Decanato de Estudios Generales me permitió apreciar esa
faceta tal vez menos conocida de su vida académica. En ella
se distinguió sin duda como investigador y como gerente académico,
pero he conocido pocas personas que disfrutaran tanto de la docencia,
que fueran tan admiradas y queridas por sus alumnos. La inscripción
en sus cursos sobre mitología griega, cultura japonesa o
creatividad en el programa de Estudios Generales solía ser
reñida. De nuevo, sacaba tiempo Dios sabe de dónde
para atender a esos alumnos en consulta, para corregir meticulosamente
sus trabajos, para inventar (creatividad era el motto de
aquellos cursos) originales ejercicios, concursos y formas de evaluación.
Y ese talante de educador se filtraba en su actividad de Decano,
cuando al tener que afrontar el problema de un estudiante o un grupo
de ellos lo más importante para él era que esa coyuntura
o ese conflicto resultaran también un acto educativo. Los
hijos que no tuvo fueron sus alumnos y su éxito como docente
una de las pocas vanidades que se permitió expresar. Una
tarde (y esto para mí fue muy revelador), compartió
con algunos de nosotros su orgullo porque algunos de sus estudiantes
lo identificaban con el protagonista de La sociedad de los poetas
muertos. Para él, como para mí, aquel personaje
representaba muy bien el sentido de los Estudios Generales: principios,
ejemplo, método, antes que conveniencias, contenidos, resultados.
Y el lema de aquel docente de la película que por ser tan
buen profesor terminó expulsado de la academia no está
lejos de nuestro personaje: ¡Carpe diem!.
Detengo aquí estos dispersos intentos de caracterización
con la certeza de que son muchas las pinceladas que faltan aún
para un perfil completo de Iraset Páez Urdaneta. Y lo despido
con profundo respeto por sus opciones personales, con la gratitud
de quien aprendió a su lado más de una lección
de humanidad y con un gran orgullo de haber sido su colega muy cercano
y su amigo.
Berkeley. mayo de 1994.
(*)Carlos Pacheco es Ph.D. en Literatura Hispanoamericana por
el King's Collage de la Universidad de Londres. Miembro del Departamento
de Lengua y Literatura, ha sido Coordinador del Postgrado de Literatura
y Decano de Estudios Generales de esta universidad.
Universalia nº 12 Ene - Jun 1995
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